Crítica a la nueva política

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A propósito de LAS MALDICIONES, de Claudia Piñeiro

 

DAVID VOLOJ

Número 40, agosto-septiembre 2017

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La literatura de Claudia Piñeiro discute temas que atraviesan el contexto en el que surge y, en tanto debate la actualidad, polemiza con otros discursos sociales que pretenden definir lo real. Así se ubica dentro de esa tradición de la historia de la literatura argentina que comienza con “El matadero” de Echeverría y el Facundo de Sarmiento, y se proyecta en Rodolfo Walsh o Andrés Rivera, entre otros. Al desarrollarse en la frontera misma del presente, la ficción exhibe los mecanismos del poder político, económico, judicial y mediático que rigen las prácticas sociales. Es entonces cuando ciertos hechos contemporáneos, así como actores sociales con nombre propio, resuenan en el imaginario del lector.

Las maldiciones, la última novela de Piñeiro, puede leerse como una radiografía de la llamada nueva política, un thriller con tintes de novela negra que hace foco en la clase dirigente para dar cuenta de los modos en que se construyen los sujetos que aspiran a la administración del Estado. La trama gira en torno a un joven que ingresa a Pragma, un flamante partido político fundado por Fernando Rovira, exitoso empresario inmobiliario del Gran Buenos Aires. El protagonista, Román Sabaté, no tiene formación política, de allí que sostenga que se

…puede llegar a la política por muchos motivos. Unos más legítimos, otros menos. También por error, por desidia, por no saber decir que no. Por estar en el lugar preciso, en el momento preciso. O en el lugar equivocado, en el momento equivocado. Porque de algo hay que vivir, y ése sí era para mí un motivo legítimo en aquel entonces, cinco años atrás.

La política aparece, en principio, como un empleo, un trabajo mecánico y alienado, deslindado de la militancia. A lo largo de las páginas, Sabaté transitará de la ingenuidad al desconcierto, del asombro al temor, dentro de un clima de corrupción naturalizada donde cualquier acción es válida para centralizar el poder en la esfera pública. Los negocios con los medios de comunicación, los contratos ilícitos del empresariado que gestiona la obra pública, la complicidad de la justicia y la falta de escrúpulos son los rasgos distintivos de la política sui generis que retrata la novela.

Amparado en el pragmatismo, Rovira organiza el partido como un CEO. “Lo importante es hacer” es su lema y, para ello, se intentan alcanzar objetivos, se venden consignas con estrategias publicitarias, y cada acción se evalúa se realiza en términos de costo y beneficio. Quien quiere formar parte de Pragma, presenta un currículum, realiza una entrevista laboral, se somete a diferentes test de rendimiento y es observado a través de una cámara Gesell. Este es el recorrido que hace Sabaté hasta conseguir el puesto de personal trainer de Rovira y sumarse al GAP (Grupo de Amigos de Pragma).

Entre ambos personajes se establece una estrecha relación que incluye una serie de responsabilidades y complicidades de las que resulta difícil escapar. Porque Rovira aspira a la gobernación de Buenos Aires y, para conseguirlo, lanza la campaña de dividir la provincia en dos, al tiempo que despliega distintas estrategias para generar consenso.

Aquí entra en juego Arturo Sylvestre, el gurú político y asesor de imagen de este incipiente político bonaerense. A él se recurre para saber qué debe decir, qué vestir, cómo comportarse, y también para evaluar quién conviene que viva y quién conviene que desaparezca de la escena. En el plano de la vida familiar, Rovira lo consulta para evaluar qué clase de mujer debe tener a su lado e incluso posterga la decisión de ser padre hasta no conocer los resultados de un focus group al respecto.

“No hay que demostrar, hay que convencer. Y no se trata de lo que te guste a vos sino de lo que sirva a nuestros objetivos” expresa Sylvestre al momento de evaluar un cambio en la legislación. Como si en algún momento de la historia el mundo de la política hubiera decidido prescindir de la militancia, la lucha, la convicción, el debate de ideas, el asesor de imagen explica que en el discurso público hay que apelar a la felicidad, el amor, la bondad y cualquier otro sustantivo abstracto: “cada votante sabe qué es para él la felicidad, a nosotros no nos importa, cada quién completa con su propio deseo”.

Establecer relaciones entre la figura de Sylvestre y actores sociales como el asesor político Jaime Durán Barba es tan tentador como encontrar en Pragma rasgos del PRO y otros partidos políticos que surgieron en Argentina después de la crisis de 2001. Más aún si se repara en los discursos de los personajes, un entramado de ambigüedades, imprecisiones y conceptos de autoayuda adaptados a la opinión pública.

Piñeiro encuentra en la política actual un arte adaptado a las leyes del mercado que busca vender esa peligrosa mercancía que es el nuevo político. Ahora bien, Las maldiciones también realiza un rescate de otra forma de hacer política que tiene en la Unión Cívica Radical, y particularmente en la figura del expresidente Raúl Alfonsín, un modelo opuesto.

A Román Sabaté

…la política no le genera ninguna ilusión, al menos lo que aprendió en Pragma que es la política, algo más cercano a la ficción, por no decir la mentira, que a lo que su tío dice que alguna vez fue. Aquella otra política es hoy un mueble viejo, tiempo atrás muy valioso, que ya nadie quiere en el living de su casa.

La vieja política de la que se habla y que se evoca con nostalgia, la contracara de un momento histórico donde se banaliza la militancia y los principios ideológicos, se encarna en la figura de su tío Adolfo, exconcejal bonaerense que pasa los días mirando viejos discursos de Alfonsín por televisión

El tío de Sabaté rememora gestos y palabras del expresidente tras la recuperación de la democracia para presentarlo como ejemplo de orador, pero también de coherencia y convicción. Frases emblemáticas como “Sigan las ideas, no sigan a los hombres”, “Si la política solo fuera el arte de lo posible sería el arte de la resignación” o “No vamos a pagar la deuda con el hambre del pueblo” se mezclan con sus propias palabras, y el tío Adolfo llega a arrogarse su autoría sin ocultar su orgullo.

Este tipo de gestos, que le aportan a la novela cierta comicidad y funcionan como puntos de fuga frente al clima asfixiante de la trama, mitifican el alfonsinismo. Ahora bien, esta recuperación de tintes melancólicos de un hombre que “no actuaba” para las cámaras, hace un recorte parcial en la historia política argentina, dejando de lado las responsabilidades de los partidos tradicionales –particularmente de la UCR– en las condiciones críticas de la clase trabajadora durante las décadas del ‘80 y ‘90, así como en la emergencia de nuevos actores políticos, sea por la vía de la alianza y otros acuerdos electorales.

Pero Piñeiro se arriesga todavía a más, y repasa temas silenciados de la historia argentina. Entonces aparece una larga serie de supersticiones, de poderes ocultos que han afectado al desarrollo del quehacer político. Esto, para algunos lectores, quizás sea un descubrimiento. ¿Por qué ningún gobernador de la provincia de Buenos Aires logró acceder, por la vía democrática, a la presidencia de la Nación? ¿Por qué ningún político cordobés pudo terminar su mandato? Tales interrogantes pertenecen al orden de lo irracional y aportan un tópico casi inexplorado en la literatura argentina. Sobre el tema se incluyen fragmentos de entrevistas (¿ficcionales?) a políticos reales como Eduardo Duhalde y Raúl Alfonsín hijo. De esta forma, la intriga, el crimen y la violencia cifrados en Las maldiciones se revelan con un nivel de realismo que por momentos desdibuja los límites entre ficción y realidad.

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