Cosa de negros

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Un comentario a Black Music. Free jazz y conciencia negra 1959-1967, de Leroi Jones / Amiri Baraka.

 

FERNANDO AIZICZON

Número 7, marzo 2014.

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“Uno respira, el corazón late, se acelera con el pulso de la música, los pies se mueven: son las cosas en las que uno ni siquiera piensa. El punto es entonces mover esto, desde lo que ya sabemos, hacia –o dentro de– lo que solamente sentimos. La música es para los sentidos. La música debería hacernos sentir. Pero, finalmente, a menos que te deshagas de todas las interferencias del afuera, todas las reacciones serán sociales, como la gente que escucha Mozart porque es ‘de clase alta’, ¿no? Pero el objetivo de la vida es, en mi opinión, llegar a nuestros propios sentimientos del mismo modo que estos músicos quieren llegar a los suyos. Si uno puede encontrar quién es (uno no es una cosa), entonces se puede descubrir qué se siente. Puesto que nosotros somos nuestros sentimientos, o nuestra falta de ellos. La música, sentimiento posible, está aquí. Dondequiera que estés. Solo hay que escucharla. ¡Escuchen!”.

Leroi Jones / Amiri Baraka

 

¿Cuál es la música de nuestro tiempo?

Hace unos años asistí a una charla en Córdoba sobre “la música y los músicos hoy” o algo parecido, no importa ahora el título; lo que me interesaba escuchar era cómo artistas de diversos géneros (rock, pop, indie, reggae, fusionados con ska, folclore y cuarteto, excluyendo lógicamente gente que hace música clásica y jazz, porque casi nunca hablan de nada) se pensaban y actuaban en torno a ese tensor constitutivo del arte: su relación con la época, su posición frente a lo que considera esencial para componer, su actitud de cara al público, el tema de las canciones, el proceso creativo, las presiones de la industria musical y cosas por el estilo. Por supuesto, poco y nada de eso nadie planteó (excepto las presiones de la industria musical, un ítem discutido con una liviandad espantosa), y debo confesar que estaba preparado para que esa ausencia no me sorprendiera; sin embargo, la cuestión es que tanto los músicos –en su mayoría “emergentes” de la escena contemporánea local– como sus comentaristas –estudiosos del tema– ni se inmutaron de algo que se mencionó y que, supongo, constituye un consenso dentro del universo musical actual, incluso más allá de Córdoba y su mentado cordobesismo1: “3/4 partes de nuestra actividad artística consiste en gestionar nuestra imagen” lanzó al aire un músico, y todo siguió igual. Nadie pone en duda el hecho de que hoy efectivamente se hace buena música y buenas tapas de discos, de que esa música se siente y por lo tanto expresa algo, ni tampoco se duda que exista un Tema (contenido) que circula en el aire, o que las melodías dominantes se proponen movilizar alguna zona corporal del público; pero, después de leer y fundamentalmente escuchar la música y los músicos que habitan el libro Black Music2 no se puede abandonar la pregunta, sin dudas difícil de responder, respecto de qué música busca decir algo hoy o, si no existe actualmente una respuesta a ese interrogante (porque nadie pregunta), asumir que la creación artística hoy descansa tan relajadamente –y se expresa de modos tan pasteurizados– que justifica la absorción final del músico (y el arte) en la mezquina escena de una imagen.

“Cómo es qué. Pero si se pone demasiada atención en el cómo, entonces la cosa se vuelve ‘performance’, en el sentido más tonto”, apunta Leroi Jones. No es el malinterpretado tema del compromiso, ni tampoco la relación técnica-expresión. Se trata de la búsqueda vital, expresiva, que abre caminos y rompe formas, la que

perturba o incomoda las zonas de lo aceptable o lo audible (de allí que tengamos que hablar de vanguardias, de revolución), no por pose sino porque el impulso innovador, ese que avanza y hace temblar la chatura estructural a que tiende lo humano, es el que permite saltar hacia adelante, cosa que no es una simple evolución etapista (tocar velozmente, o componer bajo el látigo de la complejidad) sino un bucear en esa música que es, como sentencia Leroi Jones, “sentimiento posible”…

 

Izquierda negra

Sucede que esas búsquedas profundas no ocurren cuando se flota en el aire, sino al revés, cuando se experimenta la opresión absoluta al nivel del subsuelo. Esa opresión puede generar conciencia política y ser expresada a través de lo que llamamos arte. No es casual entonces que, cuando hablemos de música, lleguemos muchas veces al mismo lugar: los negros en EE. UU., opresión racial y opresión de clase. Imposible repetir la ecuación o encontrarla desarrollada de igual modo en otro lugar (plantear que opresión=desarrollo artístico es un absurdo, al contrario, la norma es opresión=anulación de lo humano).

Everett Leroi Jones (1934-2014), profesor universitario, dramaturgo, músico, poeta ligado a la generación beatnik, ensayista y fundamentalmente, negro activista por lo derechos civiles, contra el colonialismo, el imperialismo yanqui y el racismo, es la conciencia política negra que se expresa en lenguaje poético, espiritual y musical. Fundador de la Black Arts Repertory Theatre/School (1964, aliada al movimiento Black Power), del Congreso del Pueblo Negro y organizador de la Convención Política Nacional Negra (1972), se lo suele incluir dentro de los poetas “desconocidos”, aunque no para el FBI que lo tenía marcado por negro, comunista, poeta y por haber sido expulsado del ejército yanqui al encontrársele libros de Marx y Lenin (ya cuando viajó a Cuba para saludar la revolución era un poco más conocido).

Luego del asesinato de Malcom X –un golpe tremendo al movimiento negro– Leroi Jones busca romper todo vínculo con la cultura blanca, al punto de divorciarse de su esposa (blanca) para entablar relación con Sylvia Robinson (poeta negra), cambiando ambos sus nombres en Amiri Baraka y Bibi Amina Baraka respectivamente, marcando también su acercamiento al Islam3. Son rupturas radicales. Hay un poema tremendo de mediados de los ‘60, “Black Dada Nihilismus”, donde Amiri Baraka se despacha con una furia descomunal contra los blancos que, sin perder reflejos, ya identifican en este movimiento un llamado de los negros revolucionarios a asesinar y violar –literalmente– la cultura blanca. El desprecio y odio amplificado hacia el opresor yanqui-blanco lo conduce a combatir posiciones naif como las del “arte por el arte” o a cuestionar poses pacifistas como la hermandad entre blancos y negros; nada de eso, el ahora Amiri Baraka (AB) pide “poemas que maten” y revolución4. Y los pide porque ya están ahí, en esa atmósfera social que dice: “queremos un cambio”, y esos cambios ya ocurren en el territorio más fértil de la expresividad negra norteamericana: el jazz.

 

La “new thing” (cosa nueva)

“Jóvenes guerreros de nuestro ejército de música libre” les llama AB a los precursores del movimiento conocido como “free jazz” (“new thing” antes de esa etiqueta); a mi entender, la búsqueda más osadamente espiritual, libre y descarnada que jamás ninguna otra música experimentó, simplemente por el hecho de partir de una tradición (el blues) ligada a una situación de opresión social que pudo ser resistida y expresada bajo la poderosa arma de la improvisación musical negra. Cada músico de ese movimiento es un universo inabarcable, cada uno lega armas al que sigue, y los que las toman pegan saltos creativos descomunales: Thelonious Monk, Ornette Coleman, Cecil Taylor, Don Cherry, Archie Shepp, Paroah Sanders, Sun-Ra, Billy Higgins, Sonny Rollins, Eric Dolphy, John Coltrane, éste último, al decir de AB, “el espíritu más pesado”. Las formas de la opresión-resistencia se revelan acá más sutiles, pues se trata de reacciones ante el sonido formal del funk y las versiones trilladas del cool jazz, movimientos internos de la cultura negra imperceptibles a la crítica blanca que se desarma practicando una crítica sociologizante, tecnicista, estilística o, en el más honesto de los casos, intentando una apropiación de los códigos que encierran el secreto (un “rito de sangre”) de la música negra. AB es ácido, implacable y corrosivo con el blanco cada vez que éste pretende comprender esos movimientos; a ellos les dice: la música de los negros es esencialmente la expresión de una actitud acerca del mundo, y solo secundariamente un modo de hacer música (“ustedes los negros sí que tienen ritmo”, repiten incansablemente

los críticos blancos).

Cada nota significa algo, cada grito, alarido o sacudida corporal de Coltrane, de Ornette Coleman o de Elvin Jones, devela expresiones de la “psiquis negra”, intraducibles en una partitura, soporte por excelencia de la inteligibilidad musical de Occidente. Pero lo que AB busca no es, aunque parezca, instalar la idea de la imposible comprensión de lo negro, sino justamente proponer criterios de valor y excelencia estética que dependan del conocimiento “nativo”, que contemplen la filosofía y la cultura negra para, desde allí, intentar una escritura crítica válida. Y eso es lo que hace en este pequeño pero intenso libro titulado Black Music, una joya dentro del cuidado catálogo de la editorial Caja Negra. Este libro propone 3 tipos de abordajes posibles de la música negra: la forma de ensayo histórico-sociológico (“El jazz y la crítica blanca”), la presentación de músicos de la avant-garde del momento o de figuras notables que incluye fragmentos breves de entrevistas (“La oscura dama de los sonetos: Billie Holiday”, ó “Habla Archie Shepp, el nuevo saxo tenor”), y los sugerentes “Apple Cores”, una serie de notas críticas, columnas editadas en revistas especializadas como la Down Beat o la Wild Dog, donde AB despliega toda su profundidad crítica y presenta lo que denomina la New Black Music: la conexión espiritual, expresada en lenguaje musical, con una época que reclama cambios a gritos. Ser espiritual es estar en contacto con el “magnetismo vivo de la vida”; ser contemporáneo es “estar con el sentimiento de nuestro tiempo”. ¿Cómo se toca esto?, con toda la expresividad, la tradición de fondo y la improvisación moderna posible: cuartetos dobles (Ornette Coleman), duetos de saxo y batería (Roach-Shepp), “familias negras” formando nuevos tipos de big band (Sunra Myth-Science Arkestra) o la evolución clásica que tuvo el jazz: innovadores y virtuosos del saxo a lo John Coltrane. Generalmente, al ser vanguardias de sonoridad compleja, los lugares para tocar son escasos, el trabajo es poco, el público reducido: pequeños clubes, pubs, bares, departamentos privados, y con suerte, algún gran teatro.

Es común que se toque y se lean poemas o intervenga algún artista, siempre con la misma actitud: expandir la expresividad a zonas nuevas bajo el imperio de la ruptura, el riesgo estético y el buceo en las profundidades identitarias de lo negro: “de esto se trata la New Black Music: encuentren al yo, y luego mátenlo”.

Una crítica musical de este escenario social no puede repetir el canon de la “apreciación musical” blanca, por eso, las notas críticas de AB remiten a una escritura que intenta poner sobre papel la actitud de esta música, aunque muchas veces se escape la posibilidad (nuestra) de comprenderla. Del baterista Sonny Murray, por ejemplo, dice: “No mantiene el ritmo; lo hace, lo mueve”, o desarrolla argumentos en torno a frases significativas de algunos músicos, como el saxo Paul Allen, cuando dice: “el tiempo no es velocidad, es distancia, y el sonido es movimiento medido”.

Pero de todos ellos es John Coltrane, “Trane”, por lejos, la mayor síntesis religiosa, musical y expresiva de la época: Trane combina el acercamiento al Islam, la búsqueda de raíces africanas y una profunda espiritualidad en la ejecución. “A love supreme”, “Ascension”, “Meditations”, “Africa Brass”, “Afro Blue Impressions”, “Om”, “Stellar Regions”, “Interstellar Space” son títulos que hablan por sí mismos. La religión como culto al espíritu está en la raíz de la música negra, de cualquier arte negro: la forma “llamado y respuesta” (voz principal y coro), la figura del líder-profeta y la música como reflexión del espíritu, pero de un espíritu oprimido, y esto es lo que AB señala con claridad: lo que uno escucha es el lugar adonde uno se dirige…, en otras palabras: así como existe el movimiento de y hacia una Black Music, también existe el negro de clase media que reniega del grito duro de James Brown y solo escucha el R&B comercial, el ritmo “blanqueado”… Allí es donde emergen las implicaciones del contenido: la Black Music es conciencia (“con qué estás”), expresión con dirección. Reflexión. Poesía: “Cambio. Libertad. Y finalmente, Espíritu. Pero el Espíritu hace posible las otras dos. ¿Un ciclo otra vez?”.

La espiritualidad negra, tan difícil de asir, tan fácil de ser confundida con la religiosidad frígida de Occidente, es otra cosa: es canto-poemagemido rítmico y antifonal (canto alternado), es la búsqueda puesta en la mítica y quizás inexistente África libre, un lugar que persiste en ser el faro hacia la libertad del pueblo negro oprimido. “Alcancen a esta música si pueden. Alcáncela y ella los alcanzará a ustedes”. Al final del libro hay una entrevista donde AB aclara un poco más el contenido de aquella apuesta musical de la New Black Music, hoy confinada a curiosidad de expertos y críticos de jazz que escriben como si AB no hubiera existido. Aquella fue una época dorada, un momento de turbulencia política que fue capturada, reformulada y “tocada” por la conciencia negra más politizada, la que habita en el país capitalista por excelencia, esa conciencia que busca aún la forma de la libertad que, lo sabemos, no puede restringirse a la acción musical “pura”, aunque, si los músicos se esfuerzan por acercar lo que está ocurriendo a su público, entonces la tarea del momento, al menos de parte del arte, habrá recomenzado:

 

Cuando muera, la conciencia que poseo la legaré a los negros. Podrán ellos entonces desplazarme y tomar lo que es útil, la dulce pulpa de mis sentimientos, y dejar las alegrías y pútridas partes blancas (Leroi Jones/Amiri Baraka).

 

1. Algo similar ocurre en el campo literario, por ejemplo puede pensarse en el éxito del libro Escolástica Peronista Ilustrada, del cordobés Carlos Godoy (2007), recientemente reeditado. Aunque se lo lea desprovisto de propósitos políticos, el autor trabaja sobre una idea perezosa: todo y nada es o puede ser “peronista”; en eso descansa su (des)compromiso con la densidad del Tema, y su éxito editorial (o compromiso) en el campo de la literatura emergente o periférica. En una entrevista publicada en febrero de 2014 en el diario La Voz del Interior, el autor aclara su posición y plantea que, en realidad, la pregunta sobre qué es un “peronista” para él carece de sentido.

2. Buenos Aires, Caja Negra, 2013.

3. Amiri (“príncipe”), Baraka (“el bendecido”).

4. En esos convulsionados años Mao Tse tung lanza un llamado a los pueblos del mundo para unirse “en contra de la discriminación racial que ejerce el imperialismo yanqui y apoyar a los negros de ese país en su lucha”; el impacto de ese llamado puede verse en el tremendo disco que grabaron el baterista Max Roach junto al saxofonista Archie Shepp, titulado Force, y en cuya tapa se muestra al líder chino junto a un gigantesco puño negro que emerge de las aguas.

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