Continuidad… con cambio (a derecha)

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Después de las elecciones en Brasil, Bolivia y Uruguay

EDUARDO MOLINA

Número 15, noviembre 2014.

Octubre fue un mes de elecciones generales en Brasil, Bolivia y Uruguay. Este artículo ensaya una primera lectura de esos resultados y de las consecuencias para la redefinición del equilibrio geopolítico regional.

 

En esta coyuntura se puso a prueba la continuidad de varios de los gobiernos que caracterizaron el primado progresista en Sudamérica desde hace más de una década, un cuadro que terminará de definirse con las elecciones de 2015 en Argentina.

La clave la dio Brasil, tanto por el peso del gigante sudamericano, como por la importancia de lulismo como referencia política e ideológica en el campo progresista. La trabajosa victoria de Dilma Rousseff asegura la continuidad del signo político, completada por la reelección de Evo Morales en Bolivia y el éxito del Frente Amplio. En cambio, en Argentina, un kirchnerismo debilitado y girando a derecha ingresa con escasas posibilidades en la campaña electoral.

En el artículo “¿Qué dejó la segunda vuelta en Brasil?” de este número de Ideas de Izquierda se analiza el proceso electoral brasileño. Baste señalar aquí que el triunfo por escasa diferencia tiene sabor amargo para el PT. Dilma inicia su segundo mandato con un Parlamento complicado, una oposición fortalecida en varios estados importantes como el de San Pablo, y frente al estancamiento de la economía brasileña, los escándalos de corrupción, y el descontento social. En Bolivia, Evo Morales arrasó en el primer turno con dos tercios de los votos, asegurándose una cómoda mayoría parlamentaria y venciendo en ocho de los nueve departamentos del país, incluso en Santa Cruz, aunque retrocedió de sus porcentajes históricos en La Paz y los departamentos del Altiplano, lo que refleja cierto desgaste, compensado por el ascenso en el Oriente. Entre las claves del triunfo están la buena situación económica, las alianzas con sectores de las élites de Santa Cruz y la crisis de la oposición derechista.

En Uruguay, el Frente Amplio, con el expresidente Tabaré Vásquez, figura de su ala derecha, logró cerca del 48 % de los votos, obtuvo la mayoría parlamentaria y dejó atrás a los partidos tradicionales (Blanco y Colorado), que suman solo un 44 % de los sufragios y además fueron derrotados en el plebiscito por la baja de la edad de imputabilidad. Vázquez tiene claras probabilidades de ganar la presidencia en el segundo turno del 30 de noviembre.

 

Triunfos electorales y otoño del progresismo

La derecha fracasó en imponer un cambio de signo político abiertamente reaccionario, y los recientes triunfos electorales prolongan el ciclo progresista por un nuevo mandato. Sin embargo, la continuidad no significa rejuvenecimiento. José Natanson, en Le Monde Diplomatique de septiembre, retomaba planteos del vicepresidente boliviano García Linera para decir que

 

…la “fase heroica” del giro a la izquierda ha quedado atrás, y hoy atravesamos un momento caracterizado por el amesetamiento de los procesos de integración, la moderación económica de los liderazgos (incluyendo los más radicales, como el de Evo Morales) y la marginación de las propuestas al estilo del socialismo del siglo XXI1.

 

Resulta problemático encontrar “heroísmo” en la primera etapa de la gobernabilidad progresista, pero es irrebatible su viraje a la moderación. García Linera había dicho hace un tiempo: “En esta etapa hay que resistir la tentación populista y afianzar los logros”2, lo que significa poner coto a las demandas populares. En términos de Cristina Fernández, equivaldría al famoso “Nunca menos” que, a medida de que la crisis económica desnuda las fisuras del “modelo”, se transforma en “Ahora sí, menos”, con ataques a los ingresos populares por vía inflacionaria, políticas represivas y otros signos de regresión.

La curva de la hegemonía posneoliberal entró en un “amesetamiento” después del impacto de la crisis internacional hacia 2009. Pero con las dificultades económicas y sin nuevas reformas que ofrecer, su trayectoria se inclina hacia abajo, como muestran la crisis del chavismo en Venezuela y del kirchnerismo en Argentina, o el desgaste del PT en Brasil.

Los progresistas en funciones de gobierno, que a lo largo de una década o más se han asimilado a las élites y se demostraron como “partidos del orden” –para usar la definición de Emir Sader–, se ven empujados a derecha para responder a las necesidades y presiones del capital, lo que lleva al desgaste del apoyo popular por las demandas insatisfechas o la erosión de sus conquistas. Este es el contenido más general de una decadencia que los triunfos electorales amortiguan, ralentizan… o pueden acelerar, según el cuadro general de la situación que deben enfrentar en cada país.

 

Las bases de la decadencia

El desarrollo de la crisis económica internacional y la crisis de hegemonía del imperialismo norteamericano proporcionan las dos grandes coordenadas del escenario latinoamericano. La fase de crecimiento sostenida por el boom de las materias primas y la recomposición del mercado interno ya quedó atrás. La crisis internacional afecta a la región en su conjunto: a los “modelos neoliberales” en desaceleración como Chile, Perú o México, a un Brasil estancado, y a Venezuela y Argentina con mayor niveles de crisis. Entre tanto, el imperialismo norteamericano en plena decadencia hegemónica busca recuperar terreno allí donde puede, como es hoy en América latina, apoyándose en sus aliados locales e intentando utilizar a su favor el desgaste de los gobiernos de centroizquierda y la crisis del chavismo.

En estos marcos se agotan las posibilidades del complejo sistema de mediaciones en el que se basa el progresismo: ya no hay “círculo virtuoso” de crecimiento que pueda satisfacer a la vez al capital y a las demandas populares. Las viejas concesiones son consideradas un “piso” por las nuevas generaciones obreras y de clase media que aspiran a algo más pero chocan con que el deterioro económico les cierra perspectivas y aún amenaza su situación actual. Y no hay muchas que ofrecer, ni materiales ni democráticas, porque los propios pactos con los factores de poder como la Iglesia, los militares o la gran burguesía, restringen las posibilidades: es el caso de Brasil o de Argentina. Las victorias electorales son triunfos “tácticos” importantes pero que encubren la retirada “estratégica”.

 

La derecha en busca de “renovación” y sus límites

La derecha regional apostó en Brasil y Uruguay a la “renovación” para aprovechar el desgaste progresista. Aunque se fortaleció, terminó sufriendo una importante derrota electoral mientras que en Bolivia sigue en profunda crisis. Si se suma la debilidad de la derecha después de Piñera en Chile y la crisis estatal de México, donde el gobierno “modernizador” de Peña Nieto se mancha de sangre con la “narcopolítica” y la masacre de Iguala3, no tiene mucho que mostrar para un “operativo retorno” en el Cono Sur. Desde el surgimiento de Capriles en Venezuela, como una oposición que se dice dispuesta a respetar las conquistas sociales del chavismo, la derecha viene tanteando nuevas vías para rearmarse y ampliar base social hacia sectores populares.

En Uruguay, Luis Lacalle intentó una imagen “renovada” y “positiva”, sin atacar las políticas sociales frenteamplistas, pero no logró superar al Frente Amplio. En Brasil, se probaron dos alternativas: Marina Silva, que debido a su origen humilde, trayectoria como ambientalista y exlulista, fue vista como capaz de disputarle base popular al PT pero se desinfló rápidamente. Luego Aécio Neves, que no pudo desprenderse de la sombra del gobierno de F.H. Cardoso ni de su imagen como miembro de las clases ricas. Terminó derrotado aunque se fortalece el PSDB como principal oposición. La volatilidad de las intenciones de voto durante la campaña es un indicador de la “crisis de representación” política. Un fenómeno extendido que la burguesía no pudo superar desde la debacle de sus viejos partidos políticos tras la experiencia neoliberal de los años ‘90.

En este sentido, guarda similitudes la situación en Argentina, donde la burguesía discute cómo organizar recambios en el marco de la crisis y fragmentación del peronismo, sin lograr hasta ahora unificarse en torno a una de las variantes en competencia: el massismo, ruptura por derecha con el gobierno de Cristina Fernández, el PRO de Macri o FA-UNEN, bloque radicalcentroizquierdista en aguda crisis. Entre tanto, Scioli se postula como el garante de una transición “poskirchnerista” que integre a las distintas alas del oficialismo.

No hace mucho un artículo de la revista imperialista The Economist recomendaba una “onda rosa” (suponiendo que los gobiernos progresistas son “rojos” y que la oposición de derecha es “blanca”): adoptar algunas propuestas “sociales” para disimular su perfil clasista y envolver mejor el programa reaccionario. Las elecciones del Cono Sur fueron un laboratorio en que todavía no encontró “la fórmula”, pues pese al descontento con los gobiernos progresistas, primó más el rechazo al espectro del neoliberalismo que encarnan los Neves o Lacalle. Sin embargo, la derecha se beneficia del curso progresista, de espaldas a los reclamos y aplicando políticas económicas que erosionan la situación de los sectores populares. Más aún, adoptando la agenda de la reacción en temas como la “seguridad”, la criminalización de la protesta, el rechazo al derecho al aborto, etc.

 

¿A dónde van los gobiernos progresistas?

Probablemente, el gobernador Scioli, en su visita a Colonia para fotografiarse junto a Tabaré Vázquez, haya dado una síntesis del sentido político de los nuevos rumbos. Dijo el gobernador-candidato: “Tabaré y Sendic representan la continuidad con cambio, la experiencia y la verdadera renovación, lo que requiere la región”. En resumen, si la derecha se arrogó “el cambio”, disputémosle la bandera: “continuidad con cambio”… a derecha, lo que significa la transición a gobiernos más en sintonía con los requerimientos de la clase dominante.

En su primer discurso después de ser reelecta, Dilma llamó a la unidad nacional, afirmando que pese a la polarización electoral, hay con la oposición de derecha “sentimientos comunes: la búsqueda de un futuro mejor para el país”, y se propuso “la construcción de puentes”, insistiendo en que su “primer compromiso en el segundo mandato es el diálogo”; lo que significaría reconocer la “advertencia de las urnas”, en función de las exigencias del gran empresariado.

Planteó también una reforma política, cuyo contenido está por verse. De marchar, podría incluir cambios políticos parciales, para canalizar las aspiraciones democráticas de las masas, al mismo tiempo que encubrir una plataforma económico-social más acorde con la presión del establishment. Éste, por su parte, no deja de presionar a través de “los mercados” con bajones de la Bolsa y de las acciones de Petrobras a lo que Dilma reiteró que está dispuesta a dialogar pero no a aceptar imposiciones.

Una situación distinta es la de Evo Morales, plebiscitado en las elecciones. Pero éste tampoco se prepara a profundizar el “proceso de cambio”, sino a acentuar los rasgos semibonapartistas de su gobierno en tiempos de “amesetamiento” (como dice García Linera). Debe ser el árbitro que pueda poner coto a las expectativas populares y acordar con el empresariado cuando, con la baja del precio del petróleo y los minerales, y las dificultades de los compradores del gas boliviano (Brasil y Argentina), las perspectivas económicas amenazan volverse turbulentas.

En este marco, un análisis más afinado de la situación y sus perspectivas deberá integrar la relación de fuerzas con una clase trabajadora que recuperó fuerzas objetivamente en la década con la incorporación al trabajo, si bien mayormente precario, de millones. Cabe recordar que desde el paro general del 20N de 2012 en Argentina, pasando por los procesos de movilización estudiantil y paros de trabajadores en Chile, Paraguay, Bolivia y Uruguay, hasta considerar en Brasil las multitudinarias movilizaciones de junio de 2013 y los procesos huelguísticos que les siguieron –los mayores en dos décadas–, el movimiento obrero vino a hacerse presente en la escena del Cono Sur. Sectores de vanguardia vienen haciendo una importante experiencia política.

La presión de la gran burguesía y el viraje a derecha de los gobiernos generan un clima de vientos reaccionarios, por arriba, pero alimentan más que nada la polarización social y política, cuyo terreno de cultivo es el desarrollo de la crisis económica. Los ajustes progresistas o los ataques patronales pueden detonar la resistencia del movimiento obrero y popular, y acelerar rupturas políticas progresivas. Entre tanto, el desgaste progresista abre también espacios a izquierda que, con el avance de la lucha y experiencias de los trabajadores, los jóvenes y las mujeres, fortalecen la lucha por la organización políticamente independiente de los trabajadores y permiten acumular fuerzas en la construcción de una alternativa obrera y socialista.

 

1. “Las penas pesan en el corazón”, Le Monde Diplomatique 183, edición Cono Sur.

2. Página/12, 27/05/2011.

3. Ver en este número “México: ‘Pienso, luego me desaparecen’”.

***

BRASIL Y LA GEOPOLÍTICA REGIONAL

Dilma Rousseff y Neves mantuvieron diferentes discursos sobre la política internacional. Mientras Dilma defendió la actual orientación de la diplomacia brasileña en términos de relación “Sur-Sur” e integración regional, el candidato tucano insistió en virar al entendimiento con Washington, flexibilizar el Mercosur para acelerar el acuerdo con la Unión Europea y acercarse a los países de la Alianza del Pacífico. Así, la política exterior parecía uno de los terrenos donde más opuestas eran sus posiciones.

La política internacional no es una dimensión autónoma de la política interna. En la medida en que Dilma avance hacia un entendimiento con el conjunto de la burguesía, podría darse una deriva más “pragmática” en las cuestiones internacionales, para responder mejor a las demandas de las “multilatinas” brasileñas, del complejo sojero y agroexportador, de los sectores interesados en abrir el sector energético a la inversión extranjera, etc.

La clase dominante aspira a un mayor papel en la economía y la política internacional. Lula implementó una estrategia internacional más independiente como forma de regatear con el imperialismo, ubicándose desde el “multilateralismo” y la construcción de un liderazgo regional como punto de apoyo para aumentar su poder de negociación. El impulso a la CELAC o Unasur, así como las alianzas en África y el mundo árabe, son parte de esa lógica, lo mismo que la ubicación como parte de los BRICS. Esto implica fricciones pero sin llegar a romper la colaboración.

La mejor muestra es el papel de Brasil en la ocupación de Haití, como también su labor de moderación de los gobiernos de Venezuela y Bolivia. Durante la última década, la enorme economía brasileña –entre las 10 mayores del mundo–, se convirtió en un motor del intercambio regional para Argentina y el Mercosur. Los países latinoamericanos absorben un cuarto de las exportaciones brasileñas. El Mercosur beneficia a las transnacionales automotrices y a fuertes sectores del empresariado brasileño. Claro que las dificultades de Venezuela y Argentina, las tensiones devaluatorias, la competencia china, incrementan las tensiones y pueden llevar a una crisis mayor, pero por ahora, el establishment brasileño no busca cortar estos vínculos sino reconfigurarlos más a su favor, de manera funcional a una reinserción en los circuitos comerciales globales.

Dilma ha reafirmado la orientación general actual: “[Sobre] Nuestra relación con el Mercosur y América Latina, hay gente diciendo que es ideológica. Pero el 80 por ciento de lo que exportamos en mercaderías con valor agregado es para América Latina. Acabar con el Mercosur sería dispararnos en el pie”. Pero sin abandonar el bloque sudamericano, puede conceder una política más “pragmática”. Su gobierno mantiene reuniones bilaterales con la Unión Europea en pos de un tratado de libre comercio que solo podría profundizar la dependencia económica del país, y arrastrar a la región. Converge con Chile –país de la Alianza del Pacífico– para la integración en infraestructura y otros temas que también involucran a Argentina en los flujos comerciales hacia el Pacífico.

Entre tanto, Rafael Correa en Ecuador compone relaciones con el régimen colombiano y sella un Tratado de Libre Comercio con la Unión Europea. En suma, bajo la presión de la crisis, se reorientan en función de las posibilidades comerciales, procurando atraer al capital extranjero, como ya se observa en el “olor a petróleo” que se desprende de la apertura del Pre-sal a inversores, en la entrega de Vaca Muerta a Exxon y otros socios, en Argentina. Entre tanto, CELAC y Unasur también son “mediatizadas” por el consenso con los aliados locales de EE. UU., como Colombia, Chile o México, lo que también en la geopolítica regional acentúa las tendencias “al centro” como forma de buscar la distensión, adecuarse a los planes del gran capital y mantener el equilibrio en medio de las tendencias a la desestabilización que crujen bajo la presión de la crisis internacional.

El sudamericanismo, bajo liderazgo brasileño, también puede crujir, más alejado que nunca del contenido “liberador” en marcha hacia la “patria grande” que le inventan sus adoradores.

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