Consideraciones sobre el movimiento estudiantil

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CELESTE O´HIGGINS

Sociología UBA, Juventud del PTS

LUISA ROMO

Periodismo UNLP, Juventud del PTS

Número 42, abril-mayo 2018.

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Responder a la pregunta de por qué puede desarrollarse en Argentina un movimiento estudiantil que se transforme en un actor político capaz de intervenir en el escenario nacional, requiere adentrarse en una conceptualización desde el marxismo sobre sus características fundamentales y realizar un análisis del mismo y sus organizaciones.

Toda reflexión sobre el movimiento estudiantil actual tiene que partir de considerar que históricamente éste ha jugado un rol político importante durante el siglo XX, como ejemplificamos con la experiencia de la Reforma de 1918 que analizamos en otras notas de esta revista. El movimiento estudiantil históricamente ha actuado como una “caja de resonancia” [1] ante las crisis y conflictos sociales, adelantando fenómenos políticos y amplificando las contradicciones de clase presentes en la sociedad. En este sentido, León Trotsky escribía: “(…) en el estudiantado se reflejan a toda potencia, exactamente como en una cámara de resonancia, los intereses y aspiraciones sociales generales de las clases en que es reclutado” [2]. Aun cuando era un movimiento estudiantil de bases más restringidas jugó un rol en cuestionar aspectos antidemocráticos de la sociedad y el régimen oscurantista en los claustros como en el proceso de la Reforma. Con el cambio en su composición social, producto de la conformación de una universidad de masas durante la segunda mitad del siglo XX, el movimiento estudiantil se transformó en un actor social y político relevante.

Si a principios de siglo XX la universidad nucleaba a las franjas más acomodadas de la clase dominante –que en la actualidad, vale señalar, suelen formarse en instituciones privadas– a partir de la masificación de la educación universitaria el estudiantado cambia su composición social con el ingreso de numerosos sectores de las clases medias y en menor medida de sectores obreros y asalariados, sin modificar la desigual estructura de clase de la que es producto bajo el régimen capitalista.

Esta composición estructural del estudiantado se ve reflejada políticamente en el movimiento estudiantil (es decir, del sector activo de los estudiantes) y su rol de amplificador de las contradicciones de clase se acrecienta aún más. Es que por su rol dentro de una estructura que se encarga de los principales avances de la ciencia y la técnica, de reflexionar y preguntarse cómo se conforma la sociedad actual, los estudiantes conforman una capa social sensible al conjunto de los problemas y contradicciones que la aquejan.

Decía Daniel Bensaïd sobre esto:

 

El medio estudiantil encuentra fuera de la universidad, en los protagonistas principales de la lucha de clases (burguesía y proletariado) los polos de su politización. La lucha de clases encuentra en el crisol de las contradicciones que representa el medio estudiantil, un terreno favorable y fecundo de donde resurge con vigor [3].

 

Es decir, en momentos de agudas crisis económicas, sociales y políticas, el estudiantado muestra su heterogeneidad entre dos tendencias principales: puede desarrollar movimientos progresivos aliándose a las demandas de la clase obrera y que éstas se conviertan en un cuestionamiento más profundo al Estado y los gobiernos; o protagonizar movimientos conservadores del status quo. Ello depende del contexto histórico y del resultado de la batalla política que den las diversas tendencias dentro del movimiento estudiantil, así como del desarrollo de los espacios de autoorganización a los que apuesten sus direcciones. Por ejemplo, el movimiento estudiantil universitario en 1955 apoyó el golpe militar de la Revolución Libertadora contra el peronismo que era respaldado por la mayoría de la clase obrera, mientras que en el Cordobazo construyó una confluencia con los trabajadores en lucha que desafiaron el orden político y las fuerzas represivas del Estado.

Además de las consideraciones mencionadas, por su composición social actual, y por concentrarse durante determinado tiempo en instituciones educativas, el movimiento estudiantil universitario se constituyó como un actor político con un conjunto de demandas progresivas que hacen al ingreso, la permanencia y el egreso a la universidad, que lo convierten en un potencial oponente del Estado capitalista y sus gobiernos, especialmente en momento de ajustes y ataques a la universidad pública. En este sentido, la pelea por aumentos presupuestarios, becas, contra las reformas antidemocráticas de los planes de estudio y contra los intentos de privatización de la educación pública han encontrado al movimiento estudiantil organizado, enfrentando las políticas de ajuste de distintos gobiernos, e incluso tomando en sus manos demandas democráticas como la pelea contra la represión, etc. Claro ejemplo de esto son las luchas nacionales, en 1995, contra la Ley de Educación Superior, donde se desarrolló una de las movilizaciones más importantes en décadas; o en 1999, contra el ajuste presupuestario de Menem [4].

Por lo dicho, se puede afirmar que el movimiento estudiantil se puede articular por una doble vía a una estrategia revolucionaria con centralidad en la clase obrera: por un lado, como un potencial aliado de ésta en tanto “caja de resonancia”, que exprese el giro de sectores del estudiantado hacia una unidad en las luchas con la clase trabajadora, ya sea por la vía de la radicalización política de sus propias demandas, por la radicalización de sus ideas en tanto capa social sensible, o por un aumento de la lucha de clases que coloque en una perspectiva hegemónica al movimiento obrero; por otro lado, como sujeto social y político en las sociedades modernas, puede ser un actor protagonista de luchas progresivas contra el Estado y los gobiernos por demandas democráticas, como vemos por ejemplo hoy con el enorme movimiento por la legalización del aborto y los derechos de las mujeres, o en el movimiento estudiantil francés que lucha contra los planes de Emmanuel Macron junto a los trabajadores.

 

El movimiento estudiantil argentino

 

De acuerdo a un estudio realizado por el Ministerio de Educación de la Nación [5], en 2016 los estudiantes universitarios en Argentina eran 1.939.419, contando las carreras de grado y pregrado, y 160.672 estudiantes de posgrado. De los estudiantes de grado y pregrado, 1.519.797 pertenecen a instituciones estatales. De las instituciones privadas participan 419.622 estudiantes. En el caso del posgrado la matrícula en instituciones públicas es del 76,27% de los estudiantes. Estas cifras muestran el peso y la influencia cuantitativa que posee el movimiento estudiantil en nuestro país, sobre todo en las ciudades.

Pese a este enorme peso estructural, la intervención política del movimiento estudiantil en los últimos años se ha trasladado esencialmente a su superestructura política. Luego de la dictadura militar y de la recomposición de las universidades post 1983 con el alfonsinismo, corrientes como la Franja Morada (UCR), la Juventud Universitaria Peronista (PJ) o la UPAU ucedeísta instalaron un modelo de centros de estudiantes que se aleja progresivamente de la política (al que se dedicará una casta de expertos llamada “gobierno universitario”) hacia la gestión de los espacios del centro de estudiantes, a partir de lo cual se mide a las conducciones por su “eficacia” en la prestación de servicios al estudiantado.

Apoyados en este modelo, la Franja Morada y la JUP mantuvieron desde entonces la Presidencia y la Secretaría General, respectivamente, de la FUA, donde se nuclean decenas de Federaciones y centenares de centros de estudiantes, pero donde sistemáticamente las instancias de deliberación y partición se van degradando, dando paso a “simulaciones democráticas” con congresos caracterizados por la presencia de patovicas, delegados ausentes –cuyos votos están representados por “cartones para la acreditación de delegados”–, y ninguna resolución política más que la propia elección de autoridades.

 

Un debate de estrategias

Con la crisis del régimen en el 2001 se produjo la debacle de la Franja Morada, principalmente en la UBA, permitiendo la emergencia tanto de corrientes de izquierda como independientes en la conducción de Centros y Federaciones. Junto a esto, el impacto de los fenómenos de la lucha de los desocupados, las asambleas populares y la de los trabajadores de fábricas recuperadas signó el ala izquierda del movimiento estudiantil [6].

Posteriormente, durante los gobiernos kirchneristas se produjo una pasivización del movimiento estudiantil subproducto de un ciclo de crecimiento económico y de las ilusiones reformistas en las cuales el Estado era percibido como un dador de derechos. En ese marco, la mayoría de las corrientes de izquierda comenzaron a adaptarse a conducir centros y federaciones sin pelear por transformarlos, reproduciendo la lógica que construyeron sus antecesores al considerarlos meros espacios de gestión para la administración de los bares y fotocopias, degradando al estudiantado a ser un mero consumidor pasivo de estos servicios.

Por otro lado, a partir del 2010 las corrientes kirchneristas comenzaron a tener cierta gravitación en algunas facultades, pero subordinados a las camarillas universitarias y al gobierno. Patria Grande, como parte de este fenómeno pero ubicándose al principio como la “izquierda” del “campo popular” hegemonizado por el kirchnerismo, terminó integrándose al régimen universitario [7].

Con los centros de estudiantes convertidos en “centros de servicios”, la participación política se reduce a las elecciones anuales, por lo cual la única vía de confluencia de la totalidad de los estudiantes es a través del voto directo una vez al año, donde las elecciones universitarias constituyen el momento de mayor “retórica” de la militancia estudiantil. A pesar de que las perspectivas políticas de las agrupaciones son muy disímiles, retener las conducciones, independientemente de la práctica política y los fines que se lleven adelante, termina siendo la principal tensión.

Estas prácticas desarrollaron un proceso de degradación en el que las federaciones y centros de estudiantes terminan siendo instancias vacías de participación donde lo que prima es el recuento de delegados para dirimir las conducciones políticas. Hace años que incluso las federaciones con conducciones alternativas a la Franja Morada (FUBA, FULP y FUC) no desarrollan congresos democráticos realmente participativos, ni instancias de debate ningún tipo.

 

Nuestra perspectiva

La pelea por el desarrollo del movimiento estudiantil parte muchas veces de las demandas cotidianas con las que convive en su cursada, por los altos niveles de deserción debido a las dificultades para trabajar y estudiar, sumadas al ajuste que impulsa el macrismo alrededor del aumento en el transporte y los servicios y la falta de becas. En un contexto inflacionario y de aumento del costo de vida es imposible pensar que estas tendencias no se van a agudizar, elevando la tasa de abandono estudiantil, especialmente entre aquellos provenientes de familias de trabajadores [8]. Desarrollar y organizar un movimiento que pelee contra estas problemáticas, así como también por cuestiones presupuestarias, edilicias, o como actualmente en Neuquén, contra la aplicación de la Ley de Educación Superior (LES) y la acreditación de las carreras a su órgano evaluador, la CONEAU [9], y por la democratización del régimen universitario, es parte de una política para que el movimiento estudiantil avance en conquistar métodos de lucha y organización para las distintas batallas planteadas.

Al ser un sector con mayores “libertades” en comparación con el movimiento obrero –que vive bajo la “dictadura patronal”–, la radicalización de los métodos tiende a escalar cuando faltan respuestas satisfactorias a sus problemas. Las demandas de defensa de la universidad y la educación públicas, atacadas por los gobiernos y los organismos internacionales de crédito (BID, OCDE o Banco Mundial) se transforman en causas populares, como vimos en el conflicto de los estudiantes en Chile. Estas luchas dejan sentados importantes jalones, que pueden transformar esas peleas en causas nacionales contra los gobiernos de turno y las fuerzas represivas [10].

En estos casos, el movimiento estudiantil organizado tiende a buscar aliados fuera de la universidad y ligarse a otros sectores para fortalecer sus combates. Es esta tendencia la que puede generar una confluencia con el movimiento obrero, que se trasforme en la base para un movimiento revolucionario.

En procesos de lucha generalizados, como los de 1995 o 1999, el movimiento estudiantil ha construido espacios de autoorganización como las asambleas, comisiones y cuerpos de delegados, para que la toma de decisiones involucre a sectores más amplios que intervengan activamente en los procesos. Actualmente las federaciones, incluso las opositoras, están vaciadas de participación estudiantil, cuando bien podrían funcionar en base a mandatos de base de asambleas por facultad, que se reúnan en una Interfacultades real que exprese las demandas y luchas del movimiento estudiantil organizado democráticamente. Algo similar con respecto a los centros de estudiantes basados en asambleas y cuerpos de delegados por curso. Trasladar estos métodos democráticos a los mecanismos de funcionamiento de los centros de estudiantes, permitiría vigorizar el movimiento estudiantil. Como ser la propia administración de servicios, que dejaría de ser un problema central si se realizaran sorteos del 100% de los puestos de los becarios que se desempeñan en ellos; y que, en caso de requerirse que existan responsables políticos de los espacios, éstos sean elegidos en asamblea, funcionando comisiones donde accedan el conjunto de las corrientes políticas y estudiantes que así lo deseen. Por supuesto, se trataría de medidas transicionales en la pelea hacia la estatización con plenos derechos laborales y gestión democrática estudiantil-docente- no docente de dichos espacios.

De igual forma, promover instancias de participación estudiantil con otras universidades y realizar publicaciones para difundir los debates ideológicos sobre los contenidos de cada carrera, ligados a las problemáticas actuales. El movimiento estudiantil puede articularse como sujeto de disputa del conocimiento que ofrece una universidad orientada mayormente bajo los preceptos mercantilistas. Experiencias históricas como las del taller total en los ‘70, en Córdoba y La Plata, donde las cátedras se reorganizaron entre docentes y alumnos en una perspectiva orientada en torno a la praxis, rompiendo no solo jerarquías pedagógicas sino la división teoría/práctica y volcando el conocimiento a las necesidades sociales. La pregunta de “profesionales para qué” reaparece constantemente en el movimiento estudiantil cuando se autoorganiza. Los reformistas hace 100 años armaron cátedras para cuestionar no solo la estructura de gobierno sino el contenido del conocimiento. En Córdoba, por ejemplo, en los ‘70, los estudiantes de Arquitectura organizaban comisiones de trabajo en los barrios obreros, y se ligaron al sindicato clasista Sitrac. O, más recientemente, ingenieros y otros profesionales aportaron sus conocimientos a la gestión obrera de la fábrica Zanon.

Estas son algunas demandas y medidas básicas para un programa transicional que permita desarrollar hoy un movimiento estudiantil autoorganizado junto a las luchas de los trabajadores. La unidad obrero- estudiantil ocupa un lugar destacado en este programa, en función de que se busca que la mayoría del movimiento estudiantil ocupe su lugar en una alianza obrera y popular con hegemonía de la clase obrera.

Esto es indisociable de pelear por construir una dirección política que pelee una orientación de independencia política de las distintas variantes patronales. En nuestro país, es el Frente de Izquierda el que combate por esta perspectiva y concentra la adhesión de importantes franjas de los trabajadores y la juventud, aunque en su interior, se dirimen dos variantes: mientras la Juventud del PTS apuesta a desarrollar esta perspectiva consecuentemente, buscando este tipo de alianzas en cada lugar de estudio, el PO devalúa la política de independencia de clase contraponiéndole una política de alianzas oportunistas con corrientes que no sostienen esta perspectiva, como lo demuestra en la FUBA y su alianza con Patria Grande.

La pelea para que emerja este movimiento estudiantil implica una articulación entre las demandas sociales más acuciantes –como actualmente puede ser el reclamo por el derecho al aborto, que ha movilizado a franjas importantes de la juventud–; un cuestionamiento a la sociedad en su conjunto y a la ideología que desarrolla la universidad; y el desarrollo de los métodos de la autoorganización que permitan ligar las más amplias franjas del estudiantado al conjunto de los sectores en lucha.

 

  1. Un ejemplo de esto es en los ‘60 y ‘70, donde conflictos estudiantiles mostraban las contradicciones ya latentes en la sociedad y amplificaron, con el Rosariazo y el Tucumanazo, el ascenso obrero que tendría inicio con el Cordobazo.
  2. Trotsky, León, “Apendice. Textos sobre arte, cultura y literatura: La Intelligentsia y el socialismo” en Literatura y Revolución, disponible en www.ceip. org.ar.
  3. Bensaïd, Daniel y Scalabrino, Camille. El segundo aliento, 1969. Disponible en www.danielbensaid.org.
  4. Como continuidad de este proceso, en 1998 los estudiantes secundarios y terciarios de Neuquén realizaron una ocupación masiva de colegios contra la aplicación de la Ley Federal de Educación.
  5. Ver: www.estadisticasuniversitarias.me.gov.ar.
  6. Dos grandes hitos fueron las movilizaciones de 15 mil estudiantes en defensa de la gestión obrera de Brukman y la lucha de la Universidad Nacional del Comahue junto con los docentes en defensa de Zanon, fábrica ceramista que había sido puesta a producir por los trabajadores.
  7. Al momento de escribir esta nota, Patria Grande votó al Rector radical, Fernando Tauber para el próximo periodo, terminando de consolidar sus alianzas con el kirchnerismo en la conducción de la Federación Universitaria de La Plata (FULP).
  8. Ver Vanina Malabrán, Las universidades del conurbano ¿ejercicio de un derecho o relato?, IdZ 30, junio 2016.
  9. Al cierre de esta nota, los estudiantes de la Universidad Nacional del Comahue rechazaron la resolución del Consejo Superior que habilita por un año la acreditación de carreras de la UnCo a la CONEAU, e iniciaron una serie de medidas para impedir la aplicación.
  10. El caso más emblemático en Argentina fue el conjunto de intervenciones comunes con el movimiento obrero entre los ‘60 y ‘70, y la expresión más reconocida de este proceso fue el Cordobazo.

 

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