Clase, nación, raza

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LOS ANÁLISIS DE MARX Y TROTSKY A PARTIR DE UNA OBRA DE KEVIN B. ANDERSON

Alan Korell 

EMMANUEL BAROT

Profesor de filosofía en Toulouse II-Le Mirail

Número 22, agosto 2015.

 

“El obrero blanco no podrá emanciparse allí donde se estigmatiza al obrero negro”.

Karl Marx, El capital, 1867.

 

El entrelazamiento de cuestiones de clase, de nación y de raza, y también de género, se encuentra hoy en el centro de los debates teóricos y militantes de la izquierda radical. Retomar la manera en que Marx mismo había abordado este tema será útil, tanto para recordar que este debate no ha surgido en la actualidad, aunque se ha renovado profundamente, y que contrariamente a lo que se cree, nos puede aportar varios elementos en este plano.

Una de las objeciones clásicas que se le hacen a Marx y al marxismo consiste en estigmatizarlo como portador de un  “eurocentrismo” congénito, un economicismo y un obrerismo rígidos, y una visión determinista y unilineal, esencialmente evolucionista, de un proceso histórico que tendría en todas partes del planeta los mismos estadios de desarrollo, induciendo con esto un único esquema en materia de transición revolucionaria. Ciertamente, en el joven Marx, algunos desarrollos del Manifiesto de 1848 o diversos artículos de comienzos de los años 1850, en un contexto en el que le llama la atención esencialmente el desarrollo del modo de producción capitalista y del proletariado en Europa (sobre todo en Francia, en Alemania y en una Inglaterra que sirve de telón de fondo y como ejemplo emblemático para todo El capital), contienen tesis que exaltan el rol revolucionario del capitalismo en la civilización de las naciones “bárbaras”. Marx habría minimizado y despreciado la importancia de las formas no occidentales o no capitalistas de organización social y, finalmente, las batallas no “obreras”, relacionadas con reivindicaciones nacionales, raciales o incluso religiosas. Por estas razones debería ser considerado como totalmente obsoleto, más aún, retrógrado, aunque haya escrito después.

 

Marx en las antípodas”: el marxismo no es un “eurocentrismo”

El gran mérito de la obra de Kevin Anderson de 2010, Marx en las antípodas. Naciones, etnicidad y sociedades no-occidentales (París, Syllepse, 2015), recientemente traducida al francés, donde revisa no solo la totalidad de los textos publicados por Marx sobre las sociedades no occidentales, sino también sus escritos tardíos que siguen inéditos hoy en día (sobre Roma Antigua, Rusia e India), es que permite destruir esas lecturas parciales y los prejuicios que las acompañan. Muestra que Marx, paso a paso, supera sus primeros límites, confronta profundamente y no de manera anecdótica, apoyándose en particular en la antropología naciente, con las formas que adquiere el entrelazamiento de las cuestiones de clase, de nación y de raza, y con las cuestiones estratégicas y tácticas suscitadas en situaciones nacionales distintas y diferentes cada vez. Anderson retoma en particular los textos de Marx sobre la guerra civil norteamericana de 1861 a 1865, la Irlanda colonizada por los británicos, y en general, las sociedades no, pre o semicapitalistas, en especial aquellas que se caracterizan por lo que él denominó, en sus Grundrisse de 1857-1858, el “despotismo oriental”, con China en primer lugar, pero también Rusia, o aun la India.

La lucha contra la esclavitud norteamericana tiene para Marx una importancia crucial: como combate democrático e igualitarista que se justifica por sí mismo, pero también en estrecha relación con la lucha de clases del país y a escala internacional. El capitalismo no ha sido de ninguna manera un factor abolicionista, sino por el contrario encauzó la esclavitud, que existía antes de él (ante todo subordinada a la producción de bienes materiales destinados a las clases elevadas y a la población blanca), hacia la producción de plusvalía, que lo caracteriza claramente. ¿El combate democrático y antirracista queda así orgánicamente ligado al combate conjunto contra la esclavitud y el salariado?: sólo si se alían los trabajadores, negros o blancos, podrán emanciparse. Pero, además de los efectos devastadores del racismo entre las filas de la clase obrera norteamericana, la abolición de la esclavitud constituye para él una condición previa, razón por la cual Marx sostiene a Lincoln y a los abolicionistas contra la confederación de los Estados esclavistas del sur. Apoyo crítico, naturalmente: muestra sin la menor ambigüedad el hecho de que Lincoln no prolonga la lucha contra la esclavitud con la lucha revolucionaria.

Marx explica también (después de haber cambiado de opinión, pero denunciando al mismo tiempo todo nacionalismo estrecho) que la condición previa para superar tanto el rencor de los obreros irlandeses hacia el movimiento obrero inglés (percibido como favorable a la opresión colonial) como la estigmatización, de parte de los trabajadores ingleses, de los obreros irlandeses subremunerados en tanto factores de desvalorización de sus propios salarios (nuestro “plomero polaco”[1] no es más que la enésima versión de este argumento), es que Irlanda conquiste la independencia: una revolución nacional irlandesa podría servir de palanca para derrotar al capitalismo inglés. Asimismo Marx había defendido hacía ya mucho tiempo, contra el silencio de los demócratas franceses, la independencia de Polonia. Respecto de India, denunciará a partir de 1853, con más y más fuerza, al colonialismo británico, repudiando la tortura institucionalizada por la administración y el ejército de su majestad que hacía estragos, ya que estimaba que la lucha nacional unida a las estructuras comunitarias de los pueblos indios, podía eventualmente adquirir una dimensión revolucionaria. Esta visión se encuentra también en su tesis, la cual plantea que las comunas rurales rusas podrían servir como punto de partida para una dinámica hacia el comunismo en toda Europa.

 

El capitalismo sabe reconfigurar en su propio beneficio lo que existía antes de él

La xenofobia, miedo-odio hacia el extranjero-enemigo, sólo pudo existir desde el momento en que las comunidades llamadas “primitivas” debieron construir relaciones de intercambio y enfrentarse con formas de vida y costumbres diferentes a las propias. El racismo como tal es una especificación tardía, que se constituyó durante los primeros imperios coloniales a fines de la edad media, como estructura doctrinaria, ideológica y política, y como verdadero sistema social en el siglo XVIII y sobre todo el XIX. Queda legitimado científicamente entonces por un nuevo concepto de “raza” que se transformará en particular en el blasón del universalismo (imperial y luego republicano) que el colonialismo francés utilizará siempre, y del cual el imperialismo actual es su heredero natural.

Ahora bien, tal como fue conceptualizado por Marx, incluso en el plano propiamente económico, que Anderson revisa extensamente (actualizando de manera apasionante los debates de los años ‘60 y ‘70 sobre la antropología marxista), no hay que confundir los puntos de partida y presupuestos históricos que, anteriores al capitalismo, pudieron contribuir a su surgimiento o simplemente coexistieron con él, con el modo en que éste, a medida que se expandía por todo el mundo, iba reconfigurando esos puntos de partida o factores independientes. Anulando su autonomía anterior, lo propio del capitalismo ya desarrollado es relocalizarlos en relación con sus propios presupuestos lógicos, es decir, sus leyes fundamentales propias, en este caso la ley del valor y de la acumulación del capital. Aunque el propósito en este artículo no sea éste (además Anderson no aborda la cuestión feminista), podemos agregar que el dominio patriarcal, aun en las sociedades que tienen propiedad común de los medios de producción y en este sentido un “comunismo primitivo”, se remonta de manera estadísticamente dominante a la edad de piedra. Aquí también el capital supo encauzarlo perfectamente en su propia lógica.

En el plano conceptual, lo importante, sin embargo, es que Marx mismo explica al final de su vida que el esquema de desarrollo histórico conceptualizado en  El capital era válido para las sociedades capitalistas occidentales y no podía ser extrapolado al resto del mundo. Apoyándose en esto, Anderson insiste en el carácter plural de la dialéctica marxista de las transiciones al capitalismo (o de las posibilidades de transición revolucionaria en el seno del capitalismo), dialéctica en relación a la cual él destaca su deuda ante la formulación hegeliano-marxista propuesta por R. Dunayevskaya. Ésta, que fue secretaria de Trotsky en 1937, codirigente en la posguerra de la tendencia Johnson-Forest en el Workers Party, defendió la tesis de la URSS como capitalismo de Estado (con conceptos cercanos al Socialismo o Barbarie), luego desarrolló un “humanismo marxista” que rompía con el determinismo economicista y las visiones lineales del progreso histórico que, según ella, afectaban en esa época a la casi totalidad del movimiento obrero y del marxismo organizado, incluido el trotskista. Herencia que se encuentra efectivamente en Anderson cuando pone de relieve un Marx promotor de una “dialéctica social multicultural y multilineal”, y afirma que la teoría de la revolución de este último “se concentra cada vez más en la articulación entre clase y etnicidad, raza y nacionalismo”.

El libro de Anderson es imprescindible en el plano científico, pero, como lo recuerda en otro trabajo reciente “Capital y clase, pero no solamente”, en la obra colectiva publicada a comienzos de 2015, Marx político, son igualmente sus implicaciones políticas contemporáneas las que importan. La politización que propone en el texto es, sin embargo, extremadamente “algebraica”, es decir, no da ninguna precisión sobre cómo realizarlas hoy en términos de programas, prioridades eventuales, modalidades organizacionales.

 

Claramente, escribe Anderson, Marx no es un filósofo de la diferencia en el sentido posmoderno del término, puesto que la crítica de una sola entidad primordial, el capital, se encuentra en el centro de todo su proceso intelectual. Pero central no quiere decir unívoca o exclusiva (conclusión, p. 368).

 

Totalmente de acuerdo. Pero cuando Anderson se refiere, sin más, a los movimientos indígenas de Chiapas o Bolivia, con sus formas comunitarias específicas, como “movimientos anticapitalistas notables”, se ve bien, desde un punto de vista militante, que las mediaciones y clarificaciones estratégicas y una “aritmética” llevada al plano estratégico son totalmente indispensables.

Y por esto, es indispensable volver a los escritos de la generación de marxistas que se confrontó de manera más directa con las cuestiones de estrategia en condiciones complejas y multiformes. En particular, contrariamente a las enseñanzas más difundidas en la actualidad, provenientes de este tipo de trabajos, la defensa de la dialéctica y de la centralidad obrera tal como fueron elaboradas por Trotsky, son perfectamente coherentes con ellos.

 

Desarrollo desigual y combinado, revolución permanente, hegemonía obrera

I

La ley del “desarrollo desigual y combinado” formulada por Trotsky abunda en el sentido de esta lectura de Marx. Todas las formaciones nacionales están estructuradas de manera diferente, producto de una historia singular en cada uno de los casos, cuyo futuro no podría encerrarse en un esquema a priori. Trotsky excluye así, para una determinada “región atrasada”, “la posibilidad de repetir formas de desarrollo de diversas naciones”, subrayando al contrario la “posibilidad” para ésta de “asimilar lo ya hecho antes de los plazos establecidos, saltando una serie de etapas intermedias” aún si, por supuesto “la posibilidad de saltear los grados intermedios no sea, entendiéndolo bien, totalmente absoluta” puesto que está “limitada por las capacidades económicas y culturales del país”. Por eso esta definición:

 

De esta ley universal de desigualdad de los ritmos se desprende otra ley que, a falta de otra denominación más apropiada, se la puede llamar ley del desarrollo combinado, en el sentido de un acercamiento de diversas etapas, de la combinación de fases distintas, de la amalgama de formas arcaicas con las más modernas. Sin esta ley, considerada por supuesto, en todo su contenido material, es imposible comprender la historia de Rusia, como tampoco, en general, de todos los países llamados a la civilización en segunda, tercera o décima línea (Historia de la revolución rusa).

 

II

Esta ley es fundamental para poder plantear el problema propiamente estratégico. Por definición, las contradicciones fundamentales de cada región o país se van moldeando de manera diferente, y pueden acelerarse o desacelerarse, en todo caso, están más o menos sobredeterminadas, por ejemplo, por la cuestión nacional (colonias), religiosa (por ejemplo en Irlanda, o también en Palestina), o racial, como se ve constantemente en Estados Unidos una y otra vez. Por eso, el punto de partida de las luchas populares, aunque se produzcan en un contexto general de miseria y de explotación de clase, puede ser una reivindicación nacional, racial o ampliamente democrática como lo ha demostrado la primavera árabe. La teoría-programa de la revolución permanente de Trotsky en el fondo no dice otra cosa más que lo siguiente: para que una revolución democrática pueda tener éxito plenamente, para que la lucha por la autodeterminación de un pueblo no se limite a la obtención de una independencia puramente formal (semicolonial), es necesario que el centro neurálgico en torno al cual se organiza la dominación social, con su cortejo de desigualdades y opresiones, sea combatido y derrotado definitivamente, que el combate nacional y/o democrático “transcrezca” [2] en combate de clase y socialista. El centro neurálgico del capitalismo es el capital mismo, es decir, la propiedad privada. Y la única clase que es constitutivamente capaz de enfrentar esta última, y por consiguiente, conducir a buen término los combates elementales por los derechos individuales y colectivos por una existencia digna (que pueden ser compartidos por todo tipo de fracciones de clase), es la clase obrera.

 

III

Para que las luchas contra las diferentes opresiones que dividen al proletariado tengan más cohesión, es necesario que estén orgánicamente relacionadas con el combate contra la opresión de clase que es el denominador más común entre la mayoría de quienes sufren estas diversas opresiones “específicas”. Desarrollar una conciencia antirracista sólo podrá contribuir a la reconstrucción de la conciencia de clase si el punto de vista de clase alimenta de entrada y sistemáticamente los cuadros y ejes de politización de esas luchas. Recíprocamente, es evidente que intentar reconstruir la conciencia de clase haciendo abstracción de estas opresiones es chocarse la cabeza contra la pared. Totalmente opuesta a una visión agregativa de la articulación de estos dos requisitos, es por el contrario una política de hegemonía de la clase obrera, enfrentada a toda visión mecánica del proceso, a todo esquematismo en las vías tácticas que se pueden dar según los contextos y la fisonomía de los conflictos en cuestión, la que podrá traducir políticamente esa dialéctica. Lo cual requiere una doble tesis.

En primer lugar, la tesis según la cual toda lucha obrera puede y debe ser una lucha popular que asuma tome a su cargo la totalidad de las reivindicaciones “específicas”, que siempre aparecen de manera sistemática: la más pequeña lucha por los salarios, por ejemplo, pone en evidencia las desigualdades de trato entre un hombre o una mujer que ejercen el mismo empleo, o bien la sobreexplotación en los trabajos precarizados, en los cuales la proporción de trabajadores inmigrantes o descendientes de inmigrantes crece directamente con el grado de precarización. En segundo lugar, la idea conversa según la cual la condición para que una reivindicación democrática específica pueda ser plenamente lograda, supone la movilización de los trabajadores explotados y de las organizaciones obreras, al menos de una parte bastante grande. Aquí y allá, los sobreexplotados/as y los super oprimidos llevan a cabo luchas vitales, en las cuales los pueblos son colonizados, los géneros dominados, los colores demonizados, y las culturas despreciadas o destruidas, y estas luchas deben estar en el centro de las preocupaciones de la militancia. Aunque el verdadero desafío estratégico consiste en no confundir el lugar, las formas y las cuestiones precisas en donde pueden surgir las luchas, con el medio que, a término, permitirá alcanzar una clara victoria sin sombras. Es el arma de las reivindicaciones transitorias que, en los dos casos, puede construir mediaciones necesarias.

Seguramente, no existe ningún automatismo en esto; sería absurdo decir que no se puede ganar nada en el terreno del derecho burgués en materia de derechos democráticos, tal como Marx ya lo había sostenido en La cuestión judía en 1843. Pero él se había preocupado en aclarar que esas victorias parciales sólo podían tener sentido en el marco de una verdadera emancipación social para las cuales éstas debían servir como palancas, emancipación radical incompatible con la conciliación de clases y la persistencia de la explotación, aunque ésta se adorne con el atractivo de la igualdad de derechos, o que simplemente exista junto a ella.

Todo militante marxista debería leer a Anderson, tomando a Marx en sentido inverso al lugar común que se viene generalizando desde hace mucho tiempo –y que había penetrado en la “New Left” norteamericana de los años ‘60 cuando ésta se enfrentó con los mismos problemas–, para la cual los “movimientos sociales”, aunque muy heteróclitos en sus orígenes, cuestiones y objetivos, serían hoy en el fondo las únicas verdaderas palancas de una política revolucionaria, frente a un “movimiento obrero” y una “clase obrera” sumergidos en una crisis demasiado profunda como para poder despertar la menor esperanza en lo inmediato, o nunca quizá. La abdicación histórica encarnada por ese lugar, con el cortejo de ilusiones y atajos que suscita, es sin embargo uno de los más serios obstáculos para una política semejante.

Traducción: Teresa Acuña

Publicado originalmente en Révolution Permanente, Francia.


[1] En Francia, muchos polacos ejercen este oficio en negro (N.de T).

[2] En francés es una palabra inventada: “transcroisse”, formada por el prefijo “trans” y el verbo “croître” crecer (N. de T.)

Trotsky

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