¿China no dominará el mundo?

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DEBATES SOBRE EL IMPERIALISMO HOY (V)

 

ESTEBAN MERCATANTE

Número 33, septiembre 2016.

 

No puede analizarse el imperialismo contemporáneo sin caracterizar lo que es China hoy y hacia dónde se dirige. Eso nos proponemos en este artículo a partir del libro The China Boom1, de Ho-fung Hung.

En las últimas décadas China se convirtió en un espacio central para la acumulación capitalista a nivel mundial. Profundizando el rol que habían jugado antes los Tigres asiáticos, desde que Deng Xiaoping iniciara en 1978 las reformas que ampliarían el rol del mercado y abrirían las puertas al capital extranjero, China se transformará en un gran polo de atracción de inversiones de grandes firmas multinacionales a la búsqueda de mano de obra barata, especialmente a partir de los años ‘90. Al cabo de casi cuatro décadas desde el giro iniciado por Deng, China se acerca hoy a ser la economía de mayor tamaño a nivel mundial, desplazando a los EE. UU. Su ascenso ha trastocado las relaciones entre las grandes potencias imperialistas, alterando todos los equilibrios existentes. ¿Cuál será el resultado de este proceso? ¿Va China a convertirse en un nuevo “hegemón”, desplazando a los EE. UU. de la primacía mundial?

Ho-fung Hung, autor de The China Boom. Why China will not rule the world, afirma que no será así, al menos en el futuro inmediato. Esto se debe, en su opinión, a que las condiciones que le permitieron a China transformarse en una pieza fundamental del capitalismo mundializado de hoy, conducen a la elite del país a tener fuertes intereses creados en mantener, y no en subvertir, el orden político contemporáneo.

 

Los sinuosos caminos hacia el boom

The China Boom dedica sus primeros capítulos a realizar una apretada síntesis del desarrollo de China desde el siglo XVII. Allí revisa algunas interpretaciones tradicionales sobre por qué no hubo desarrollo del capitalismo en China en el momento en que este sí ocurrió en Europa, apoyado en investigaciones más recientes.

Uno de los aspectos sin duda más interesantes del libro es que logra resumir, con una serie de indicadores, lo que ha llegado a ser la economía China hoy. Se destaca en su análisis la predominancia que mantienen las llamadas Empresas de Propiedad del Estado (SOE en inglés). Muchas de ellas son legado de la industrialización de los tiempos de Mao, sometidas desde los años ‘80 a una fuerte reestructuración. Sería a partir de los años ‘90 que estas SOE llegarían a convertirse en una pieza central en la estrategia de la burocracia del PCCh para la edificación de una economía capitalista en China, en lo que considera una segunda fase en el desarrollo iniciado por las reformas de 1978. La primera había sido el “capitalismo de emprendedores” donde

… la fuerza motriz del crecimiento surgió de las empresas rurales privadas y de las empresas rurales colectivas, muchas de las cuales eran empresas privadas disfrazadas (61).

Durante el segundo estadio, las SOE recibieron un fuerte impulso desde el Estado y “desplazaron y subyugaron al sector privado” (61). La apuesta a convertir a las SOE en “empresas capitalistas rentables, ya fuera que siguieran bajo propiedad estatal o no”, llevó a impulsar agresivas reformas, apelando a la participación de los bancos de inversión norteamericanos para reestructurarlas. Como sostienen los banqueros que cita Carl Walter y Fraser Howie: “Goldman Sachs y Morgan Stanley convirtieron al sector corporativo de propiedad estatal en China en lo que es hoy” (63). Se trata de una reestructuración que quedó a mitad de camino. China logró poner en los primeros puestos globales una serie de “campeones nacionales” como Sinopec, China Mobile, China National Petroleum y otras firmas que pueblan el Global Fortune 500, en el que China cuenta con un 20 % del panel desde 2014. De las firmas que tiene el país en este ranking, el 90 % son SOE. Para darnos una idea de su peso, la masa de activos con los que contaban las empresas y holdings estatales en el total de la economía, en el año 2012, duplicaba al que tenían las firmas del sector privado. En sectores como la minería, el petróleo, o incluso la industria automotriz, la diferencia entre el volumen de activos de las SOE y de las firmas privadas resulta todavía más abrumadora.

Pero este lugar preponderante va de la mano de una performance económica bastante pobre. A nivel agregado, los datos oficiales muestran que la tasa de ganancia de las SOE en 2012 fue menos de un tercio de la de las empresas privadas, y poco más de la mitad de la que obtienen las empresas radicadas de capital extranjero. Al mismo tiempo, es el único grupo que muestra una disminución en la tasa de ganancia entre 2007 y 2013. Se trata de empresas con una masa gigante de activos; mientras cada empresa privada tiene activos por 71 millones de Renminbi (RMB) en promedio, cada empresa estatal industrial tiene activos por 1.652 millones de RMB (67). Después de la crisis asiática, muchas de estas empresas debieron ser salvadas de una fuerte toma de créditos impagables, lo que el gobierno hizo mediante la creación de empresas administradoras de activos (AMC, en inglés). En la década siguiente, y a pesar de que continuó la ola de reformas, “las SOE continuaron sin ser rentables y fueron incapaces de pagar sus préstamos a las AMC”.

Hung concluye entonces que:

…mientras que la economía china y las finanzas gubernamentales estuvieron dominadas y lastradas por empresas estatales ineficientes que se mueven mayormente al ritmo de subsidios, favor financiero y protección del Estado, la abundante liquidez en el sistema financiero que alimenta la orgía de la inversión del sector estatal descansa en las reservas internacionales generadas por el sector exportador” (68-9).

Las reservas internacionales fueron la base de la expansión del crédito interno que financió la inversión de los gobiernos provinciales y las SOE.

Si no hubiera sido por la formidable cantidad de reservas originadas en el próspero sector exportador, esta expansión en gran escala de la liquidez y los créditos habría disparado una crisis financiera (75).

Este sector exportador, que empezó a desarrollarse en los ‘80 gracias a inversiones provenientes de Hong Kong, pero despegó en los años ‘90, es “la base del boom capitalista de China” (69).

 

El Círculo Panda

La internacionalización productiva es un proceso de larga data que comenzó bastante antes de que China iniciara su integración al orden capitalista transnacional con Deng. Pero se trata de un proceso que fue completamente trastocado por su ingreso. Hung ilustra la magnitud de este cambio a través de la forma en que ha impactado sobre las exportaciones de Japón, Corea del Sur, Taiwán, Hong Kong y Singapur a los EE. UU. En todos los casos, estas perdieron participación de forma muy marcada en los últimos 30 años, al tiempo que China se transformaba para este grupo de países en el gran socio comercial. La emergencia de China fomentó un nuevo orden sino-céntrico orientado hacia la exportación, bajo el cual la mayoría de las economías asiáticas incrementaron el peso de sus exportaciones de componentes de alto valor agregado y partes (por ejemplo para Corea y Taiwán) y de bienes de capital (en el caso de Japón) hacia China (80), donde estos últimos servían para el ensamblado final de productos exportados hacia los países ricos.

 

¿Pateando el tablero?

Hung discute lo que considera una serie de concepciones erróneas sobre la emergencia de China. Entre ellas, cuestiona la noción de que China está alterando el balance de poder entre Occidente y Oriente, y postulándose como alternativa hegemónica a los EE. UU. Señala que la estipulación sobre el ascenso de China como potencia mundial a expensas del poderío estadounidense es el último capítulo de una larga saga sobre la declinación del imperialismo norteamericano que viene desde los años ‘70 (entonces por la amenaza planteada por Alemania y Japón), y que es un planteo repetido desde todo el arco ideológico sin distinción. Hung señala que

… la declinación de la dominación de EE. UU. en la política mundial, aunque verdadera, ha sido enlentecida y demorada gracias, irónicamente, al apoyo de sus supuestos rivales, en primer lugar de China (117).

Un aspecto clave en este apoyo está vinculado al rol que juegan China y otras potencias en el sostenimiento del dólar a través de la compra de bonos del Tesoro norteamericano. China ha convertido la mayor parte de los superávit del comercio exterior, logrados gracias a su crecimiento orientado hacia la exportación, en estos títulos. Gracias a la compra de bonos realizada por China –y por otros países como Japón, Brasil, Alemania, Taiwán e incluso Rusia– la economía norteamericana ha podido sostener un déficit creciente en su comercio exterior (importa mucho más de lo que exporta) sin enfrentar ningún tipo de crisis externa, ni ver amenazado el lugar del dólar como moneda dominante en el comercio y las finanzas mundiales. Hung señala que durante el período 2000-2008 el crecimiento de las exportaciones desde China a los EE. UU. agravó notablemente los desequilibrios estructurales para la economía norteamericana: durante estos años el dólar vio caer su valor sin que el balance comercial de los EE. UU. dejara de ser deficitario, como sí ocurrió por ejemplo en los años ‘80 después de los Acuerdos Plaza por los que Alemania y Japón se comprometieron a dejar que sus monedas se fortalecieran respecto del dólar y esto contribuyó a mejorar el balance comercial de los EE. UU. Esto responde a la mayor dependencia norteamericana del comercio con China (que en gran parte responde a la extranjerización de las cadenas de producción de las multinacionales norteamericanas) tanto como a la política de China de administrar el tipo de cambio, pegando el RMB al dólar. La consecuencia es que, si por un lado podría pensarse que esto acotó los márgenes de EE. UU., por otro lado no es que China puede usar esto para condicionarlo: sostener el tipo de cambio requiere que el Banco de China mantenga una “adicción” a los títulos de deuda norteamericanos, convirtiéndose así en el mayor garante de la continuidad de la primacía financiera del dólar (125). China no tiene interés, sostiene Hung, en subvertir esta situación:

La única manera en que China pueda cortar con su adicción a la deuda de los EE. UU. es redefiniendo el modelo orientado hacia las exportación, lo que no va a suceder en un tiempo cercano (132).

A pesar de que ya antes de la crisis de 2008 el PCCh mostraba intentos de un “rebalanceo” de su economía para hacerla menos dependiente de la exportación y más basada en el consumo interno, y esta cuestión ha sido puesta sobre el tapete con urgencia en el último lustro,

… las medidas de estímulo económico tomadas por el gobierno chino después del Gran Crash de 2008 fueron contradictorias con dichos esfuerzos de rebalanceo porque el énfasis de dicho estímulo en inversiones en activos fijos financiadas con deuda reprimieron aún más el consumo (166).

El rebalanceo requiere recortar estas inversiones “que explican el hípercrecimiento desde 2008” (166).

Señalemos que no es una tesis novedosa la de la interdependencia entre China y los EE. UU.; desde antes de la crisis de Lehman viene siendo planteada por varios autores2. En los últimos años fue menos defendida ante la evidencia de una política más ofensiva por parte de China, y sobre todo la mayor agresividad norteamericana expresada en su reorientación geopolítica hacia Asia y el impulso a los Tratados Transpacífico (TPP) y Transatlántico (TTIP) que excluyen al gigante asiático.

Si Hung no encuentra que China tenga hoy aspiraciones ni capacidad de desafiar el poder global de EE. UU., sí observa que “ha estado empleando su creciente fortaleza económica por ser el mayor socio comercial de muchos de sus vecinos para intentar establecer su dominación regional” (133). Sin embargo, en este camino el gigante asiático despertó resquemores y se topó con dificultades. La fuerte presencia norteamericana permitió a los Estados asiáticos maniobrar entre ambas potencias:

Las dificultades que China encontró en su ascenso a la centralidad política en Asia manifiesta una contradicción que tiene su ascendencia geopolítica en general: la influencia política creciente sobre sus vecinos es una consecuencia directa de su acrecentada significación económica, pero dicha influencia política se encuentra balanceada por la continuidad de la dominación estadounidense, que irónicamente China perpetúa a través del financiamiento de los déficit fiscales de los EE. UU. (138).

El aspecto central que Hung busca demostrar es que China no se está convirtiendo en “una potencia poderosa, subversiva y anti status quo que desafíe la dominación política y económica de los EE. UU. y al mercado libre global que este ha promovido” (173). Sin embargo, sí admite que China

… ha alterado ligeramente el balance global de fuerzas dentro de ese orden, permitiendo que otros países en desarrollo obtengan mejor términos en sus acuerdos con los EE. UU. y Europa (174).

Al mismo tiempo señala que, por las relaciones que establece con otros países dependientes, cabe más caracterizarla como “un nuevo poder en el viejo orden mundial” que un portador de otro nuevo.

Hung manifiesta incisivamente algunos de los dilemas actuales que atraviesa la economía China, con un “rebalanceo” que es más fácil de enunciar que de encarar, ya que afecta a fuertes intereses creados de las elites económicas y políticas de los Estados costeros fuertemente asociadas al capital extranjero exportador, y con enormes debilidades en lo que se refiere a baja productividad, débil rentabilidad, y excesivo endeudamiento de sus grandes empresas3. En el largo plazo, “si China puede efectivamente conseguir el postergado rebalanceo de su economía, su robusto desarrollo capitalista va a continuar por un largo tiempo” (180). Si puede lograrlo, cuán doloroso será y cuanto tiempo llevará, “dependerá de una variedad de fuerzas contingentes dentro y fuera de China”. De conseguir navegar las futuras crisis, “se unirá a los EE. UU., Japón, y Alemania como otra gran potencia capitalista”.

 

El futuro, ¿ya llegó?

Sin duda está en lo correcto Hung al observar que China no se propone desafiar o subvertir el orden capitalista trasnacional; su objetivo es conquistar influencia y ventajas dentro de dicho orden. Pero el autor del libro minimiza el hecho de que esto la está llevando a replantear ya algunas de las condiciones imperantes. Como observara Perry Anderson en Imperium, la arquitectura del orden global construido por los EE. UU. desde la posguerra tenía entre sus principales resultados perpetuar el lugar preponderante del imperialismo norteamericano dentro de él4. En el terreno económico, el avance chino pone en cuestión de forma creciente este supuesto, y eso lo transforma ya en un agente subversivo del orden mundial, aunque al mismo tiempo profundice la relación simbiótica acrecentando los bonos norteamericanos en su poder. La búsqueda de ampliar los márgenes para establecer condiciones favorables a la expansión del capital chino en el mundo, y de profundizar las relaciones de dependencia de otros Estados, está obligando a China –y lo hará cada vez más– a minar esa arquitectura imperialista ordenada alrededor de EE. UU.

La relación entre los EE. UU. y China es de cooperación y conflicto a la vez, dos términos que adoptan combinaciones variables en distintas coyunturas y regiones del mundo. Si mantendrá el equilibrio entre los términos, o si alguno de ellos terminará imponiéndose, depende de cómo se desarrollen las contradicciones de China, y también del desarrollo que tenga la política en EE. UU. y el resto de las potencias occidentales, en un contexto donde el estancamiento secular5 está dando lugar a fenómenos políticos y sociales cada vez más polarizados.

Indudablemente, China tiene todavía un largo camino por recorrer para poder ser caracterizada plenamente como una potencia imperialista, y se verá confrontada con la resistencia de las grandes potencias a cualquier cambio en el statu quo. Pero gracias a su lugar peculiar como pieza fundamental en la internacionalización productiva que atravesó el capitalismo en las últimas décadas, y también por haber manejado los márgenes de maniobra que la burocracia pudo conservar durante el proceso de restauración capitalista, China ya ha adquirido un alcance mundial en sus relaciones y esferas de influencia. Logró –de forma todavía incipiente– alterar la tendencia que caracterizó al resto de las economías emergentes durante el último siglo, a pesar del carácter todavía inicial de la expansión mundial de sus empresas si la comparamos con la de las economías más ricas, y de las contradicciones que se acrecientan en el esquema de acumulación que le permitió transformarse en el gigante exportador mundial. En cierto sentido, ya ha empezado a dominar el mundo, aunque el camino hacia la consolidación esté plagado de convulsiones internas e internacionales, e inevitablemente no será pacífico.

 

  1. Nueva York, Columbia University Press, 2016. Los números de página están indicados entre paréntesis.
  2. Discusiones al respecto pueden leerse en Juan Chingo, “El capitalismo mundial en una crisis histórica”, Estrategia Internacional 25, diciembre 2008, y Paula Bach, “Prólogo” a León Trotsky, El capitalismo y sus crisis, Buenos Aires, Ceip, 2008.
  3. Hung llamativamente ignora los esfuerzos de China para elevar su capacidad de innovación para que esto se traduzca en mayores incrementos de productividad, mediante agresivas compras de empresas de tecnología de los países imperialistas y el impulso hacia la robotización en sus empresas. Como muestran diversos analistas, está todavía muy atrás de países como Alemania, pero está buscando ganar posiciones.
  4. Esteban Mercatante, “El imperio contraataca”, IdZ 6, diciembre 2013.
  5. Paula Bach, “Estancamiento secular, fundamentos y dinámica de la crisis”, Estrategia Internacional 29, enero 2016.

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