China ante una encrucijada estratégica

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PAULA BACH

Economista, Instituto del Pensamiento Socialista Karl Marx.

Número 22, agosto 2015.

 

La reciente conmoción del Mercado de Valores que generó un desbarranque de las acciones del 35 % en un mes –incluyendo la peor caída en un día desde el año 2007–, representa el primer traspié importante que enfrenta el capitalismo chino luego del estallido de la crisis de 2008 y bajo la nueva administración Xi Jinping, dejando al desnudo las grandes disyuntivas de su economía. Aunque las causas inmediatas que dispararon el derrumbe continúan siendo objeto de especulaciones múltiples, la intentona del gobierno durante el mes de junio de frenar el endeudamiento de las empresas y limitar el apalancamiento de los bancos, se encuentra entre los determinantes centrales. Esta tentativa –fallida por ahora– es expresión de contradicciones agudas que involucran tanto los límites del lugar de China en el mundo en cuanto fuente de atracción de capitales, como el agotamiento del “modelo exportador” mancomunado y su dificultosa necesidad de incorporarse al mercado financiero internacional. Todas determinaciones asociadas, en última instancia, al interrogante sobre la capacidad china de continuar actuando como factor de contención de la crisis económica mundial, así como sobre la viabilidad de su tortuosa tentativa en pos de consolidar los rasgos imperialistas que la caracterizan.

 

Shanghai y Shenzhen

En el curso del último año, los dos grandes índices bursátiles chinos –correspondientes a las ciudades de Shanghai y Shenzhen–, acumularon un crecimiento vertiginoso equivalente al 150 %, y muchos adquirientes de títulos habrían tomado dinero prestado colocando esas mismas acciones como garantía. A pesar de las caídas recientes, aún las acciones se encuentran, en promedio, cerca de un 75 % por encima de los valores que marcaban hace un año. Es cierto que el mercado bursátil todavía ocupa un lugar marginal en la economía china. Los mercados accionarios del país mueven un monto equivalente a aproximadamente un tercio del Producto Bruto Interno, en comparación con más del 100 % en los países centrales. Menos del 15 % de los activos financieros en poder de los hogares se invierten en la Bolsa –cuestión que explica que el gran auge bursátil no haya derivado en un aumento cualitativo del consumo– y los préstamos para adquisición de acciones representan aproximadamente el 1,5 % de los activos totales del sistema bancario [1]. Además, sólo aproximadamente un 3 % del mercado de valores chino es propiedad de extranjeros [2]. Si por un lado estas características acotan la posibilidad de que la bolsa arrastre al conjunto de la economía china, por el otro, la existencia de un gran sector bancario no regulado –denominado “Banca en las sombras”–, hace pensar que una ruptura de la cadena de pagos en el ámbito bursátil no estaría exenta de desatar una oleada de corridas bancarias [3], precipitando una crisis de la economía.

 

Fundamentos tras un boom

Los motivos del incremento acelerado de la bolsa china durante el último año están asociados a múltiples factores, de entre los que resaltamos a continuación los más significativos. En primer lugar, China actuó desde su entrada a la Organización Mundial del Comercio (OMC), en el año 2001, como fuente privilegiada de acumulación del capital proveniente de procesos de deslocalización que se desarrollaban en países centrales, en particular Estados Unidos. Luego de la crisis de 2008 y tras el gigantesco plan de estímulos fiscales del gobierno, la economía china logró retomar una alta senda de crecimiento que a partir del año 2010 la convirtió en clara contratendencia a la Gran Recesión desatada en la arena internacional. Durante el período siguiente, y a la vez que China se convertía en la segunda economía mundial, comenzaba a sufrir los efectos combinados de una tendencia interna a la sobreacumulación de capitales –con una inversión cercana al 50 % del PBI y reducción de la rentabilidad– y los límites que el estancamiento de la economía mundial imponía a su “modelo exportador”. Estos factores constituyeron el punto de partida del intento de la burocracia gobernante de efectuar un giro hacia un “modelo” que permitiera incrementar el consumo interno –para lo cual se necesita generar una extendida clase media–, incentivar la exportación de capitales –para dar salida al exceso de acumulación interna– y una mayor internacionalización de su moneda, el yuan, a fin de participar con mayor agresividad sobre el resto del mundo y en el llamado “mercado de capitales”. Si el proceso de menor crecimiento –o enfriamiento– de la economía china es una consecuencia lógica, derivada de los límites a la continuidad del “modelo exportador”, el ritmo de ese enfriamiento depende estrechamente de la capacidad del país de llevar a cabo las transformaciones mencionadas. Transformaciones cuyo éxito conjunto se asocia, en última instancia, a la posibilidad/imposibilidad de China de reafirmar sus crecientes rasgos imperialistas. Hasta el momento, el estado de avance de los tres elementos señalados más arriba resulta contradictorio y no logra suplir la brecha abierta por los límites a la continuidad del “modelo” anterior. De este modo, y si nos enfocamos en el desarrollo del consumo interno, si bien el PBI per cápita –según datos del Banco Mundial–, se incrementó en forma bastante acelerada durante los últimos años, pasando desde los 4,5 mil dólares en 2010 hasta un valor cercano a los 7 mil dólares en 2013, aún se encuentra extremadamente distante de los países centrales como Estados Unidos, donde ronda los 53 mil dólares. Si lo salarios se incrementaron, las migraciones del campo a la ciudad decrecieron y el coeficiente de Gini (que mide la desigualdad del ingreso) se redujo por sexto año consecutivo desde 2008, aún se encuentra cercano a valores considerados de “riesgo internacional”. La riqueza está extremadamente concentrada y las medidas de confiscación y acaparamiento de tierras crearon brechas entre residentes urbanos y rurales que no gozan de iguales derechos, aún cuando viven en las mismas zonas urbanas. A la vez, la brecha económica entre las zonas costeras y del interior del país resulta al menos tan importante como la división entre zonas urbanas y rurales [4]. Por su parte, la red de seguridad social es extremadamente débil, motivo por el cual el ahorro individual tiende a ser alto como forma de resguardo futuro. Aunque el consumo privado se ha estado incrementando lentamente, la demanda de los consumidores chinos es muy desigual y como porcentaje del PBI continúa siendo muy reducida comparada con los países centrales. Con respecto a la exportación de capitales, China comenzó a trasformarse de fuente receptora en competidor por los espacios mundiales de la acumulación, cuestión que se hace evidente al observar que el país devino en tercer emisor de inversión extranjera directa (IED), detrás de Estados Unidos y Japón. El volumen de exportación de capitales resulta, no obstante, insuficiente para compensar las reducidas fuentes de inversión interna. Basta comparar la magnitud de IED chinas del año 2013 que ronda los 100 mil millones de dólares (según la UNCTAD) con las magnitudes programadas por el país para todo el mundo hasta el año 2025, que alcanzarían 1,4 billones de dólares [5], y el nivel de sus reservas en moneda extranjera, que supera los 3 billones de dólares –las más altas del mundo– por las que obtiene un muy bajo rendimiento financiero. Por último y a propósito del yuan y el estatus de los bancos –que se abordará con mayor profundidad en un próximo apartado–, China viene desarrollando una política gradual de liberalización financiera. Hacia fines del 2013 el yuan superó al euro como segunda moneda más utilizada en operaciones de financiamiento comercial y a principios de este año habría superado el valor del dólar canadiense y australiano, convirtiéndose en la quinta moneda más fuerte del mundo por detrás del yen japonés, la libra esterlina, el euro y el dólar estadounidense [6]. Sin embargo, y aún cuando los pagos en yuanes se incrementaron en un 100 % en 2014, sólo el 2 % de las transacciones globales se realizan en yuanes mientras el 44 % continúa haciéndolo en dólares. La apertura de la Bolsa a operaciones de capitales extranjeros –cuya participación aún es escasa, como se señaló– constituye parte del mismo proceso.

La combinación de estas derivaciones contradictorias da por resultado una compleja trama en la cual si el crecimiento de la economía no cae abruptamente, tampoco la transformación lograda es suficiente para mantener el nivel de incremento esperado por el gobierno. Esta contradicción explica tanto el desarrollo de la burbuja inmobiliaria de los años anteriores como la reciente burbuja bursátil.

 

Burbujas

El estímulo de distintas “burbujas” por parte del gobierno –de una manera no muy distinta a la occidental– es una respuesta a los límites de las trasformaciones señaladas. Persigue generar tanto un espacio para la “valorización” de capitales que no encuentran lugar para la inversión como la creación de demanda a través del estímulo del crédito. No casualmente el crecimiento de la burbuja bursátil del último año se produjo a la par de la retracción del sector inmobiliario. Ambos procesos se encuentran en la base del incremento de la deuda y el crecimiento de la banca no regulada que desde el 2008 hasta la actualidad pasó a representar un tercio del total de las instituciones bancarias. Desde el gobierno, la expansión de la bolsa se estimuló a través de políticas monetarias expansivas del Banco de China, la unificación de los mercados de Shanghai y Shenzhen –que dio lugar al segundo mercado bursátil más grande del mundo detrás del de Estados Unidos– y su conexión con el mercado de Hong Kong, así como por la expectativa de que las acciones de clase A –que puede adquirir cualquier residente chino– se incorporaran a los índices mundiales MSCI. También los capitales que salían del sector inmobiliario estimularon el crecimiento de la bolsa durante el último año. El crecimiento desenfrenado que llevó a que por ejemplo el índice Chinex –un importante componente del mercado de capitales bajo estricta vigilancia estatal– se triplicara en aproximadamente un año alcanzando una relación precios-ganancias de 147, nivel similar obtenido por el índice norteamericano NASDAQ durante la burbuja de las puntocom [7]. En un contexto de bajas tasas de interés bancarias, más de 40 millones de chinos de relativamente bajos ingresos abrieron nuevas cuentas para comprar acciones durante el último año, llegando a duplicar las que existían en el mercado de valores cuando inició sus operaciones en 1990 [8]. Pero el ascenso desenfrenado del mercado bursátil desencadenó un panorama contradictorio para la administración Xi Jinping, que intenta una política de mayor liberalización económica, combatir la corrupción e imbuir de superior autoridad al partido buscando una mayor integración con los organismos gubernamentales. Las tensiones que se estaban acumulando en la economía condujeron al gobierno a intentar frenar el endeudamiento de las empresas e intervenir para limitar el apalancamiento de los bancos –que alcanza cuatro veces su capital neto– a la vez que el ente regulador de la Bolsa endureció las operaciones de compra al descubierto de acciones. Pero el resultado fue catastrófico con el conocido derrumbe bursátil que llevó al gobierno a revertir su accionar inicial retomando las medidas de intervención estatal a fin de sostener el precio de las acciones. Entre otras acciones el gobierno suspendió la cotización de determinados papeles, implementó la compra de valores a través de fondos dirigidos por el Estado, prohibió a empresas públicas y sus directivos la venta de acciones, así como a los propietarios de acciones superiores al 5 % del monto total de una empresa y el Banco de China puso en práctica amplias medidas de liquidez para evitar un contagio bancario. Amén de que aún no está claro en qué grado el accionar gubernamental podrá frenar el derrape, el acontecimiento puso de manifiesto una sucesión de contrariedades.

 

Efecto amplificador

El accionar del gobierno frente a la caída de la bolsa desnudó cuestiones estructurales que tienen que ver con las dificultades de China para liberalizar su moneda y sus “mercados de capitales”. Existieron aparentemente diferencias entre las autoridades, relativas a la conveniencia de la intervención estatal que podría dañar la “credibilidad” china y su tentativa de integrar sus mercados financieros a los mercados globales. Se trata del entrevero más agudo que enfrenta la camarilla burocrática en el poder. Los problemas que puso de manifiesto la caída de la Bolsa tienen como antecedente próximo el lanzamiento del Banco Asiático de Inversión en Infraestructura. La creación del BAII, íntimamente ligada al proceso de exportación de capitales, se encuentra a su vez estrechamente relacionada con la presión de China por un “lugar” en el FMI así como con la cuestión del lugar del yuan y los bancos chinos en el mundo. China ha estado desarrollando –como señalamos– una política gradual de liberalización financiera de la cual es parte la entrada del capital extranjero en la Bolsa. Pero el país enfrenta la siguiente contradicción. Por un lado no puede liberalizar completamente el yuan ni los movimientos de sus mercados de capitales ni bursátiles, porque eso lo convertiría en presa de los movimientos especulativos –y no especulativos– del capital extranjero, haciéndolo perder el control de su moneda. Pero por otro lado, si China quiere lograr mayor injerencia mundial debe aceptar “las reglas” del mercado de capitales. Con esta contradicción juegan Estados Unidos y el FMI que la presionan para que liberalice el yuan mientras le impiden el ingreso a la canasta de monedas que integra los Derechos Especiales de Giro (activos de reserva internacional que maneja el FMI y que complementan las reservas de los bancos nacionales), aún cuando la moneda china tiene un importante peso internacional.

En conclusión, detrás de los movimientos bursátiles, se esconden fundamentalmente dos complejas cuestiones. Por un lado un crecimiento del PBI moderadamente –al menos por ahora– inferior al esperado, que expresa el resultado contradictorio de los intentos desarrollados hasta el presente por el gobierno en el camino de modificar el estatus de la economía china. En el contexto internacional el derrape bursátil amplificó un factor –en escena desde hace tiempo– como la caída del precio del petróleo, el mineral de hierro, el cobre, el aluminio y otras materias primas cuyas cotizaciones se encuentran en baja no sólo por el menor crecimiento chino sino también, y muy especialmente, por la revaluación del dólar y la amenaza norteamericana de elevar las tasas de interés. Por otra parte, los movimientos espasmódicos que el gobierno efectuó con la Bolsa dejan ver que tras el velo bursátil se oculta la cuestión de la liberalización del yuan y los mercados de capitales, una de las mayores contradicciones y peligros que enfrentará el gobierno chino en el período próximo.

2 de agosto de 2015.



[1] “China embraces de markets”, The Economist, 11/7/2015.

[2] Pilling, David, “The ripple effects of China’s market woes”, Financial Times, 29/7/2015.

[3] Krugman, Paul, “China’s Naked emperors”, The New York Times, 31/7/2015.

[4] Bringas Nostti, Raúl y Duhamel, Francois, “La sombría perspectiva de China en el mediano plazo”, Cuadernos del Centro de Estudios China-México n° 2, México DF, 2015.

[5] Shambaugh, David, “China’s Soft Power-Push”, Foreign Affairs, julio/agosto, 2015.

[6] Según la Society for Worldwide Interbank Financial Telecommunication (SWIFT).

[7] “China embraces …”, ob. cit.

[8] Fontdegloria, Xavier, “La peligrosa moda de invertir en Bolsa china”, El País, 11-7-2015.

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