Chile. Todo en cuestión

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La juventud y los trabajadores se movilizan

 

NICOLÁS MIRANDA

N.5, noviembre 2013.

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La herencia de la dictadura –continuada en los 20 años de Concertación– que había sido signo de su triunfo, es hoy, al contrario, la base de la crisis de todo el régimen. El cuestionamiento de esa herencia motoriza la movilización estudiantil desde 2006, y abre una nueva situación en Chile.

Tras el fin de la dictadura se dio paso a un ciclo político de 20 años, entre 1990 y 2010, de 4 gobiernos de la Concertación (Aylwin, Frei Ruiz Tagle, Lagos y Bachelet), que pueden resumirse en las mismas palabras de sus protagonistas: una democracia de los acuerdos. Es decir, en base al pacto entre el pinochetismo, continuado por los partidos de la derecha UDI y RN, y la Concertación, que usurpó las movilizaciones obreras y populares que sacudieron la dictadura en sus últimos años (el período de “las Protestas” entre 1983 y 1986). Pacto que permitió que lo esencial de la dictadura se perpetuara en los años que la siguieron, y hasta hoy día, como una ominosa herencia. Las expectativas y demandas obreras y populares eran canalizadas respondiendo que se avanzaría “en la medida de lo posible”.

Se asentó a su vez en una triple derrota: la del golpe del 11/9/73; la de la usurpación de “las Protestas”; la del Pacto entre la Confederación de la Producción y el Comercio y la Central Unitaria de Trabajadores (CUT) en 1991, que coronó la liquidación de la combatividad clasista del movimiento obrero de los años anteriores. Se consolidó con la disyuntiva entre “democracia” y “dictadura”, obligando a elegir entre aquella, encarnada en la Concertación, y la última, en la derecha. Y se afirmó en mejoras en las condiciones de vida: el crecimiento económico, la disminución de la pobreza (que cayó del 35% al 15%).

El resultado total fue la conservación de un régimen que fue quedando anacrónico, congelado en el tiempo. La Constitución de la dictadura sigue vigente hasta hoy, con su régimen electoral, el sistema binominal, que asegura un empate ficticio permanente entre la derecha y la Concertación en el Parlamento. Así, el pacto político entre la derecha y la Concertación se aseguraba en un régimen político que garantizara su funcionamiento. Para mejor proteger las claves del patrón de acumulación –instalado a sangre y fuego en dictadura–, entre estas: el saqueo y la privatización de los recursos naturales; la privatización de los sistemas de salud, educación y pensiones; la desarticulación del movimiento obrero con el “Plan Laboral”, la confinación de la negociación colectiva solo a nivel de empresa, la externalización de los trabajadores (que se eleva hasta un 30% en las empresas privadas y un 20% en el sector público).

La pervivencia anquilosada de la herencia de la dictadura, signo de su triunfo, está ahora, al contrario, en la base de la crisis –aún contenida– de todo el régimen, motor de los procesos de lucha de clases que la impugnan, y está caracterizando la situación en Chile.

 

La Concertación: continuidad y comienzo del fin de ciclo

Tras el golpe de Pinochet, la derrota se asentó en condiciones enteramente nuevas en los 20 años de gobierno de la Concertación, que constituyeron un ciclo político específico. Este se caracterizó en lo esencial por la subordinación de la clase trabajadora y el resto de las capas sociales explotadas y oprimidas, ya no en condiciones de dictadura, sino que desplazándose a la estrategia activa de la búsqueda de la colaboración de clases.

El patrón de acumulación que se inició durante la dictadura, base material de la configuración específica del ciclo concertacionista, se caracteriza en lo fundamental por un salto en el sometimiento del Chile semicolonial al imperialismo, por una reconfiguración de la burguesía y sus fracciones, y por un incremento de la explotación del trabajo por el capital. Donde más claramente se puede ver esto es en “el sueldo de Chile”, el cobre, cuya propiedad pasó a ser en un 70% de capitales privados, mayormente extranjeros, y solo el 30% restante es propiedad de Codelco (empresa estatal). La significación de esto es enorme: con el aumento de los precios del cobre, las ganancias de las empresas extranjeras del cobre se elevaron hasta 25.000 millones de dólares (desde los 4.000 millones, con menores precios, que ganaban en los años previos).

La penetración de los monopolios imperialistas fue reforzada con los Tratados de Libre Comercio. El firmado con Estados Unidos es particularmente desfavorable para Chile. Entre otras cosas, asegura: que Chile no podrá expropiar o nacionalizar una inversión estadounidense; que no podrá reservarse para la explotación áreas estratégicas (como ahora, que comienza a discutirse el litio).

La burguesía chilena actúa como socia menor de la burguesía imperialista, defendiendo conjuntamente los intereses propios de cada fracción. De conjunto, expresa una relación de fuerzas entre las clases sociales fundamentales, desfavorable para el proletariado y los sectores populares. Tras el impacto de la crisis mundial de 1997 primero, y de 2007 después, las demandas contenidas y canalizadas comenzaron a desbordar la capacidad de la Concertación de actuar como falsos “amigos del pueblo”. Esto impactó en la coalición de gobierno.

Comenzó por la pérdida de fuerza electoral. Pero posteriormente, la creciente dificultad de la Concertación para actuar como partido de la contención se expresó con la emergencia, al final del ciclo, de importantes fenómenos de la lucha de clases, como la movilización de los estudiantes secundarios de 2006, de los trabajadores subcontratistas del cobre, el salmón y forestales de 2006, 2007 y 2008, la recuperación de métodos tradicionales y propios de la clase trabajadora como las tomas de empresas o bloqueos de acceso a los lugares de trabajo, etc. Concluyó en la pérdida del gobierno por parte de la Concertación a manos de la derecha, con Piñera como presidente.

Esto representaría el final del ciclo concertacionista, que está en la base de las tendencias a la intensificación de la lucha de clases que caracterizan la situación de Chile en el presente.

 

El Gobierno de la derecha: fase de transición a un nuevo ciclo

El gobierno de la derecha representa una fase de transición a un nuevo ciclo. Al inicio, la situación para la clase patronal, con el fin del ciclo de la Concertación y su rol de garante de sus intereses actuando como partido de la contención, no era aún desesperada: había un recambio dentro del orden de esta democracia para ricos. La Concertación había preservado a la derecha, que a su costa aumentaba su peso político, y aparecía como posible recambio que continuase, y profundizase, esta obra. Su objetivo general es profundizar las políticas contra la clase trabajadora y el pueblo explotado y oprimido, ante una Concertación desgastada, de cuya capacidad para seguir actuando como contención dudaban los empresarios; y a la cual, por su parte, el pueblo trabajador votaba ya desencantado. Pero tenía un límite mayor: la derecha, para pasar a sus ataques, no contaba con raíces entre los trabajadores y el pueblo explotado y oprimido, por lo que podría encontrar mayores resistencias para sus planes de ataque.

 

Las luchas del movimiento estudiantil en 2011: primer embate de la lucha de clases

En 2011 irrumpe la movilización estudiantil, con la “revolución pingüina” de 2006 como antecedente. Las luchas estudiantiles se extendieron por más de 6 meses, sacudiendo la vida política del Chile que vive bajo la herencia de la dictadura, preservada por la Concertación y ahora administrada desde el gobierno por la derecha. Esta sacudida a la política nacional nació de la propia experiencia de la lucha de cientos de miles, apoyada por millones, que comenzó a cambiar la subjetividad de una generación entera de jóvenes, y despertó la solidaridad y simpatía de quienes habían luchado contra la dictadura y padecido resignadamente su continuidad democrática con la Concertación.

La masividad y su persistencia en el tiempo mostró la enorme fuerza de la lucha. Cientos de miles de estudiantes secundarios y universitarios entraron en paro y tomaron sus lugares de estudio a lo largo de todo Chile. De las movilizaciones solo recordemos sus puntos más altos: el 4/8 ante una política por fuera de la relación de fuerzas, el gobierno prohibió la movilización instaurando en los hechos un estado de sitio en Santiago, lo que derivó en enfrentamientos masivos todo el día, barricadas y cacerolazos. El 21/8 se congregaron en el Parque O´Higgins un millón de personas.

El 24 y 25/8 la CONFECH convocó junto a la CUT un paro nacional con movilización, que derivó en largas horas de enfrentamientos callejeros. Hubo un extendido y profundo apoyo social, a veces más activo (los cacerolazos contra la represión y en solidaridad con la lucha fueron su más alta expresión), a veces pasivo. Todas las encuestas reflejaron un apoyo que iba entre un 70% y más de un 80%.

La lucha de clases protagonizada por el movimiento estudiantil en 2011 mostró su fuerza, y con ello sacudió toda la política burguesa, toda la herencia pinochetista conservada por la Concertación y la derecha. La sacudió, pero no logró terminar con ella. Recuperó métodos de lucha como las tomas y los paros. Recuperó la lucha de calles para conquistar sus demandas y defenderse de la represión. Concentró la lucha en una demanda que actuó como motor: la educación gratuita. Cambió la subjetividad resignada por una de lucha. Comenzaba a emerger la “generación sin miedo”.

Surgió una vanguardia de lucha, aquella que se puso a la cabeza de las movilizaciones, la que estaba en las tomas, la que se defendía durante horas en las calles contra la represión, la que confrontaba poniendo límites –pero aún sin poder plantearse como alternativa– a las direcciones en los momentos que querían entregar todo.

Por sobre todo, comenzó a hacer una experiencia práctica y masiva clave: para conquistar una demanda mínima –aunque importante– hay que enfrentar toda la herencia de la dictadura. Así, comenzó una tendencia a cambiar la relación general de fuerzas. Puso a los herederos del pinochetismo, el gobierno de la derecha y la Concertación, a la defensiva. Aunque estos se niegan a hacer ninguna concesión seria –solo están ganando tiempo, como por ejemplo con las reformas cosméticas que anuncia Bachelet para su próximo gobierno, que podría enlentecer–, aun así, nada muestra que puedan revertir la dinámica a la intensificación de la lucha de clases y los cuestionamientos a la herencia de la dictadura.

La relación de fuerzas específica, la de la lucha misma, no cambió, llegando a un empate  catastrófico. Así se comenzó a desviar todo al Parlamento, que dejaría todo abierto, sin dejar nada resuelto. Tan es así que en 2012 y 2013 las movilizaciones continuaron, aunque fueron de menor envergadura. Y siguen sin ser derrotadas, lo que anticipa nuevas arremetidas. La política de las principales direcciones del movimiento estudiantil y el Colegio de Profesores, el PC y los colectivos populares, fueron responsables directos de esto.

Pero se trata del primer embate de la lucha de clases, que deja sus primeros jalones, y que  afirma esta conclusión general de que es necesaria una lucha contra toda la herencia de la dictadura. Y que para eso, es necesario construir una organización para la lucha y un partido que, sacando las lecciones de lo que esta lucha significó, pero también de sus límites, esté a la altura de esa tarea que queda planteada.

 

Tras 2011, el retorno de la lucha de clases: revueltas regionales, cortes de rutas, entrada de la clase trabajadora

Y así fue que, en la combinación del debilitamiento de la Concertación como partido de la contención y la imposibilidad de la derecha, la lucha de clases se intensificó: las luchas del pueblo mapuche, las revueltas en las regiones (provincias), las movilizaciones ambientalistas, de la diversidad sexual, proliferaron. Las luchas del movimiento estudiantil abrieron una fuga.

Los métodos de lucha de las diferentes fracciones de clase y capas sociales movilizadas se radicalizan: algo inusual el Chile, los cortes de ruta, las tomas de lugares públicos, tomas de lugares de trabajo, se extienden e incrementan sin pausa. Sus demandas tienden a tomar un carácter político. Se impugnan las pensiones de mercado, los salarios de hambre, la impunidad de los represores, el saqueo de los recursos naturales, la salud de mercado. Toda la herencia de la dictadura comenzó a ser puesta en cuestión, no solo en la educación. En 2013, la burguesía en sus tradicionales encuentros anuales constataba desesperada que “todo está en cuestión”. Y todo parece hundirse bajo sus pies: en las encuestas el Parlamento, el gobierno, los partidos del régimen, la Iglesia, registran apoyos en sus mínimos históricos (de 20% aproximadamente).

En 2013, a las movilizaciones estudiantiles, se agrega la entrada de la clase obrera. Huelgas, paros y movilizaciones. Además, la tendencia a la emergencia de una vanguardia de lucha. Con tres claves novedosas: los paros en solidaridad (con la huelga larga de los trabajadores portuarios), los cuestionamientos antiburocráticos (con los paros de los recolectores de basura, de las maestras de jardines infantiles, de sectores de trabajadores mineros), la organización con delegados en los lugares de trabajo (en el paro de los trabajadores de Correos de Chile). Un masivo paro nacional el 11/7, y una jornada de paro y movilización obrero-estudiantil el 26/6.

El enlentecimiento del crecimiento económico, que actuaba como amortiguador, amenaza agregarse a la crisis contenida del régimen; “crisis de legitimidad”, “crisis del pacto constitucional”, dicen los analistas. Finalizando el año 2013, las elecciones presidenciales y parlamentarias reflejan la misma situación general. El debate se desplaza a izquierda. La derecha y la Concertación (ahora Nueva Mayoría, en pacto político con el PC), se debaten en la búsqueda de los mejores caminos para la defensa del régimen: la derecha atrincherada en su cerrada defensa, la Nueva Mayoría con reformas cosméticas. Lejos de la tradicional elección entre la Concertación y la derecha, se presentan 9 candidaturas, las 7 restantes, en crítica ácida a las dos coaliciones tradicionales. Emergen candidaturas antineoliberales. La derecha puede quedar relegada a un tercer lugar. El empresariado alarmado declara que más que los impactos de la crisis económica internacional, teme los cambios a los que se vean empujados los candidatos para contener las demandas que irrumpen en la lucha de clases. Los partidos se fracturan: un cambio el régimen electoral binominal facilitaría el fin de las coaliciones políticas que dirigieron Chile estos 25 años. El futuro, para la burguesía, se abre incierto, marcado por la crisis de su régimen y los embates de la lucha de clases.

Como límites mayores, está que no emerge una alternativa de la clase trabajadora  independiente de toda variante burguesa o antineoliberal. Les da un sobretiempo. Pero en esta fase entre lo viejo que va muriendo apenas sobreviviéndose a sí mismo, y lo nuevo que pugna por nacer, también está el tiempo de la lucha de clases, que genera condiciones más favorables para el surgimiento de un partido revolucionario de la clase trabajadora.

 

Perspectivas inmediatas

El debilitamiento de la Democracia Cristiana, de la mano con el pacto con el Partido Comunista, pone en primera fila a las alas progresistas de los partidos del régimen. Así el casi seguro triunfo de Bachelet en las presidenciales de noviembre, con su programa que recoge demagógicamente las demandas de la lucha de clases para usurparlas (educación gratuita, reforma a la Constitución, reforma tributaria, reforma laboral), aunque está por verse su configuración definitiva (por ejemplo, si ingresa el PC al gobierno o no), podría reabrir “ilusiones posibilistas”, que enlentezcan los procesos de lucha de clases.

Aunque difícilmente revierta las tendencias abiertas. Bachelet y la Nueva Mayoría no están dispuestos a tocar intereses, solo retoques cosméticos. Y el escenario más probable es que veamos nuevos y mayores eventos de la lucha de clases.

Para las organizaciones de izquierda, un período de construcción estratégica parece abrirse paso: la integración a la Concertación del PC abre un espacio a izquierda, su derrota en las federaciones estudiantiles (a la vez que ganó la presidencia de la CUT) lo debilita, y aunque sigue siendo el principal partido de la izquierda en Chile, se abren polémicas y aumentan su influencia organizaciones anarquistas, libertarias, populistas, miristas, trotskistas.

Las tendencias a la intensificación de la lucha de clases, con la entrada de la clase  trabajadora, el probable camino a nuevas y crecientes acciones de unidad obrero-estudiantil, la emergencia de 9 candidaturas, el surgimiento de nuevas organizaciones, el camino a una reconfiguración del régimen político, permiten suponer que los carriles paralelos entre lucha de clases y construcción de nuevas organizaciones, tiendan a converger. Y que la estabilidad para la dominación burguesa garantizada en el ciclo concertacionista sea un recuerdo del pasado, abriéndose paso convulsivamente a un nuevo ciclo político.

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