Cartografías intelectuales

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RKeucheyan

NOTAS CRÍTICAS SOBRE HEMISFERIO IZQUIERDA. UN MAPA DE LOS NUEVOS PENSAMIENTOS CRÍTICOS, DE RAZMIG KEUCHEYAN

GASTÓN GUTIÉRREZ

Número 16, diciembre 2014.

“La derrota es una experiencia dolorosa que uno siempre siente la tentación de sublimar(Perry Anderson).

 

Siguiendo la estela de la reflexión, mediante la cual Perry Anderson dio cuenta del “marxismo occidental” como una “sublimación teórica” de la derrota combinada de la revolución europea (Alemania) y la burocratización estalinista de la Revolución rusa1, Razmig Keucheyan en Hemisferio Izquierda2 se propone ofrecer una explicación de los desplazamientos acontecidos en el pensamiento de izquierda a partir de la otra, que entre fines de los ‘70 y la caída del muro de Berlín en 1989, produjo un eclipse pronunciado del marxismo. Interrogándose acerca de la comparación entre las mismas, señala que así como la primera marcó los contornos principales del marxismo de la segunda posguerra; caracterizado por el divorcio estructural entre la teoría crítica marxista y las organizaciones políticas hegemónicas del movimiento obrero y su consiguiente “fuga hacia la abstracción”3; la derrota del período más reciente produjo el “exilio” del pensamiento radical durante el neoliberalismo y el posmodernismo. Ésta determinó los nuevos pensamientos críticos que posteriormente emergieron en el espacio público a partir de una “crítica social” que comienza en las protestas de 1995 en Francia, las de 1999 en Seattle, y las luchas altermundialistas de los 2000, y que se caracterizan por sostener una crítica general o “global” al sistema. Aunque coexisten versiones “radicales” o “moderadas” en torno al problema del poder y los sujetos de emancipación social, su característica sociológica común es la continuidad del divorcio con las masas y su dependencia del campo universitario, y que postulan agendas para revertir esa derrota.

Situadas actualmente en un período de transición, de desempleo masivo, precarización generalizada, guerra “global”, acrecentamiento de desigualdades norte-sur, y una inminente crisis ecológica, que “por su fragor se parece al de la época en que surgió el marxismo clásico”4, la gran diferencia es que la ausencia de un sujeto de emancipación (por debilidad de la clase obrera y sus organizaciones) conlleva la orfandad de referencias prácticas y estratégicas.

 

Cuestiones de método: consecuencias teóricas de derrotas políticas

El ejercicio comparativo de las analogías y diferencias de las “derrotas” guía el libro de Keucheyan a través de tres ejercicios principales: una hipótesis explicativa de este período de la historia intelectual; una lectura de las actitudes y figuras predominantes del intelectual crítico; y una “cartografía” sistemática de la teorías a través de dos grandes temas: la naturaleza y mutaciones del sistema y la cuestión de los sujetos de emancipación.

El rasgo distintivo de Hemisferio Izquierda es este mapa comprensivo de los nuevos pensamientos críticos. En el capítulo “El sistema” indaga acerca del análisis de la economía, la política y la cultura mundial, revisando las teorías de Negri y Hardt y del “capitalismo cognitivo”, la renovación de las teorías del imperialismo (Panitch, Harvey), las relaciones internacionales (Cox, Brenner, Arrighi y Bolstanski), el problema del nacionalismo (B. Anderson, T. Nair), la cuestión de Europa (Habermas, Balibar), la cuestión ecológica (Alvater), la “nueva izquierda china” (Wang Hui) y la actualidad del “estado de excepción” para Agamben. En la otra parte de la cartografía, en el capítulo “Los sujetos”, desarrollando en parte los temas heredados de los ‘60 y ‘70, aborda: el “acontecimiento democrático” con Ranciere, Badiou y Zizek, las posfeminidades de Donna Haraway y Butler; los “estudios subalternos” con G. Spivak, las teorías “constructivistas” de las clases con Thompson, Harvey, E. O. Wright; las teorías del reconocimiento con N. Fraser. Honneth y Benhabib, la hibridez de multitud e indianismo en García Linera, el “afropolitismo” de A. Membe y el antagonismo populista de E. Laclau. Son las coordenadas “espaciales” de un “mapa cognitivo” como método para sortear el problema de la periodización temporal. Sin embargo la “cartografía” es posible porque parte de una cuidadosa “genealogía” de su objeto: el “marxismo occidental”, la historia de la “nueva izquierda” (1956-1977) y la reversión del pensamiento del ‘68 y sus consecuencias derrotistas. La otra parte del libro (“Contextos”) es rica en consideraciones históricas que permitirán ofrecer algunas hipótesis de esta cuestión que obsesiona a los nuevos pensamientos críticos y está en el centro de sus interrogantes: todo comienza con una derrota… ¿pero cuál? Keucheyan señala que coexisten en los nuevos pensamientos críticos diferentes respuestas a qué tipo de derrota han asistido. Aunque acuerdan que el ‘89 simbolizó el momento de reflujo, hay sin embargo tres comienzos posibles para un único final: ¿1789, 1917 o 1956?-1989.

La hipótesis “posmoderna” considera que se trata del final del ciclo moderno de la revolución (1789-1989), por lo cual la mayoría de las categorías intelectuales –razón, ciencia, tiempo, espacio– y políticas –soberanía, ciudadanía, territorio–, deberían ser abandonadas o re-conceptualizadas. La obra de Negri se inscribe aquí, así como las teorías posfeministas y los estudios “poscoloniales”. La hipótesis del “corto” siglo XX señalaría que lo que culmina en el ’89 es el ciclo de la Revolución rusa de 1917 y de la guerra de 1914. Aquí se inscriben gran parte de las filosofías y teorías sobre la democracia y el “consenso anti-totalitario” de fines de los ‘70. Por último, la hipótesis de un ciclo corto, que desde 1956 con el informe Kruschev y la invasión soviética de Hungría hizo emerger una crítica de izquierda tanto al imperialismo democrático como al campo del estalinismo, y a las organizaciones de la “nueva izquierda” e “izquierdistas”: maoísmos, trotskismos, anarquismos, feminismos, ecologismos o nacionalismos de izquierda, que fueron parte del paisaje del ascenso de los ‘70 (‘68 francés y mexicano, ’69 italiano, argentino y checo, hasta Nicaragua y Polonia). La combinación de derrotas y desvíos abortó el proceso, y dio paso al reflujo y una nueva “restauración”.

¿De qué tipo de derrota habla Keucheyan? Partiendo de una necesaria distinción entre “derrota” y “refutación”, señala que una teoría puede haber resultado falsa, lo que implicaría que careció de coherencia teórica o que postuló hipótesis empíricas equivocadas; pero que en el caso de las teorías que combinan pretensión de “objetividad” con exigencias “normativas”, o dicho en otro lenguaje (más aplicable para el caso del marxismo), que postulan una unidad de teoría y práctica, bien puede resultar que se encuentre simplemente “derrotada” aun sin haber sido refutada. Una visión explicativa de este fenómeno puede abrir la vía a la comprensión de las posibilidades de que en condiciones exteriores más favorables un pensamiento que haya caído en el olvido pueda volver a hablarle a las nuevas generaciones. Anderson había expuesto esta dinámica demostrando que el trasfondo profundo del diagnóstico de Lucio Colletti sobre el “marxismo occidental” era que todo aquello constituía un efecto de la derrota de la revolución. Si Carl Schmitt señalaba como el acontecimiento moderno más importante del siglo XX que Lenin hubiera leído a Clausewitz, para señalar que los intelectuales marxistas eran dirigentes de partidos que afrontaban problemas políticos reales, el “marxismo occidental” representaba una “fuga hacia la abstracción” configurando un pensamiento “poco clausewitziano”5.

En el caso de los nuevos pensamientos críticos, para Keucheyan la derrota también produjo varias consecuencias. Se sitúan dentro de la derrota del ciclo 1960-70 y actúan dentro de la herencia de sus coordenadas pesimistas.

• Continúa el problema estructural de pocas o nulas relaciones con las organizaciones políticas u organizacionales de las masas, acentuando la disociación entre teoría y práctica, y cayendo en una mayor dependencia aún de la institución universitaria como refugio de la teoría crítica ante la debacle y social-democratización de los partidos obreros.

• Continúan los desplazamientos geográficos señalados por Anderson desde la Europa continental (con su división de posguerra en Este y Occidente), hacia el mundo anglosajón. Keucheyan agrega que, de algún modo, la teoría “sigue” a la producción capitalista, y se desarrolla allí donde surgen nuevos problemas económicos, sociales, culturales y políticos. Por lo que vamos a una internacionalización de los nuevos pensamientos críticos, donde pensadores que vienen de la “periferia” (Asia, América Latina y África) serán los más productivos y renovadores (por más que por cuestiones económicas sean contratados por las principales universidades americanas).

• Dan paso a una pérdida de hegemonía del marxismo y al eclecticismo con otras teorías, principalmente el estructuralismo y el posestructuralismo, y a una hibridación que combina antiguos pedazos del corpus crítico marxista con una abundancia de nuevas “referencias” (Marx con Jesús, San Pablo, Gandhi, Job o T. Katari), rehabilita viejos conceptos (utopía, soberanía) y postula nuevos objetos (ecología, nuevos medios, posfeminismo y la reaparición del “hecho religioso”). El abandono de la temática de la “alienación” (central en la posguerra) en pos de una multiplicidad de “frentes secundarios” y políticas “identitarias”, conlleva una especial re-adecuación analítica (cargada de pesimismo) sobre el problema del poder y una ausencia de reflexiones estratégicas.

• Por último, presentan una gran modificación de la actitud del intelectual crítico en comparación con el típico “comprometido” de la segunda posguerra.

 

Una tipología de los intelectuales

Keucheyan presenta el esbozo de una tipología de los modos de reacción de los intelectuales críticos ante la derrota, que comprende 6 categorías típico-ideales: los “conversos”, los “pesimistas”, los “resistentes”, los “innovadores”, los “dirigentes” y los “expertos”. Como todo intento de explicación típico-ideal, la referencia concreta a cada intelectual está mediada por las condiciones históricas y los contextos de intervención, y no es excluyente, por lo que bien pueden darse combinaciones concretas diversas.

Los “tipos” dependen de varios factores: a) leyes generales del campo social, intelectual y universitario; b) destino de las organizaciones políticas a las que pertenecieron (maoístas, autonomistas o situacionistas); c) aporías del orden doctrinal: maoísmo y estalinismo fueron las fuentes principales.

Los “conversos” son aquellos que durante el vuelco de la coyuntura a mitad de los ‘70 dejaron el pensamiento crítico. Es el caso de los “nuevos filósofos” en Francia que reactualizan la tesis conservadora de que “teorizar es aterrorizar”, y que las catástrofes de las revoluciones provendrían del intento de someter las complejidades e imperfecciones de la naturaleza humana a tentativas intelectuales “totalizantes” y por lo tanto “totalitarias”. Un burdo silogismo que sin embargo constituyó la idea básica de la primera corriente filosófica “televisiva”, dando “aire” a toda una camada de exmaoístas, que coaligados con otros “antitotalitarios” y posmodernos, transformaron París en la capital de la reacción. También son tratadas las trayectorias de Lucio Colletti, los “gramscianos argentinos” como Aricó y Portantiero, el giro neoliberal en China y el rol del extrotskista Irvin Kristol en el neoconservadurismo norteamericano.

Paradójicamente, dentro de esta categoría Keucheyan sitúa a los “conversos radicalizados”, que en un sentido opuesto avanzan hacia posiciones críticas como Bourdieu y Derrida. Los “pesimistas” serían aquellos que reúnen pesimismo y radicalidad (Debord, Baudrillard y P. Anderson), persistiendo en elaborar teorías críticas sin dejar de mostrarse escépticos de un derrocamiento del capitalismo. Al igual que los “marxistas occidentales” no descartan que eso ocurra eventualmente, pero lo ven improbable por un largo momento.

Los “resistentes” son los que han mantenido su posición: Chomsky y Colson en el caso de los anarquistas, y los trotskistas en el caso del marxismo (ejemplificados en Bensaïd y Callinicos). Para Keucheyan los “resistentes” coinciden en algún punto con los “innovadores”, pero si todos los innovadores son resistentes, no todos los resistentes son innovadores. Dentro del marxismo considera que los trotskistas tienden a una dialéctica entre conservación y renovación, mientras que los comunistas, socialdemócratas y tercermundistas se vieron más afectados por la caída de la URRS.

Los “innovadores” (Zizek, Negri, Butler, Laclau y otros) serán aquellos que promuevan la hibridación teórica y la heterogeneidad de referencias. Al igual que en el “marxismo occidental”, la derrota promueve que para defender una teoría se hurgue en las fuentes externas a su tradición. Lo que muchas veces va acompañado de tentativas de revisión de conjunto del legado teórico (revisiones sobre la ley del valor o la clase). Los frentes “secundarios” en comparación con la lucha proletaria, y cuestiones étnicas y nacionales, constituyen sus objetos privilegiados.

Los “expertos” serán los que estén abocados al contrapunto con el discurso dominante. Emergieron en respuesta al neoliberalismo como contra-expertos (Bourdieu) e intelectuales específicos (el GIP de Foucault, o la lucha contra el SIDA), pero abarcan a todos aquellos que discuten las variables empíricas y las injusticias. Los “dirigentes” son aquellos que cumplen algún rol en los movimientos sociales y partidos, y al mismo tiempo producen un pensamiento crítico (García Linera en Bolivia, el Subcomandante Marcos y E. Said y la causa palestina). La tipología permite pensar casos concretos como una combinación entre las diferentes actitudes. Sin embargo, la articulación que propone entre teoría y política está construida eclécticamente. Si no todos los resistentes son innovadores, y marcar el paso siempre en el mismo lugar es una tentación dogmática perjudicial, la tentación simétrica es otorgar a la innovación teórica una actitud meritoria en sí misma. A diferencia del “marxismo occidental”, que según Anderson nunca transigió con el capitalismo, no todos los innovadores actuales son resistentes. Este erróneo balance del tándem “teoría” y “actitud”, por parte de Keucheyan, lo lleva a que puedan coexistir perspectivas anticapitalistas con otras que explícitamente no lo son. Presentando figuras por demás criticables por su adaptación al capitalismo latinoamericano, como Laclau o García Linera, en el mismo nivel, o incluso en uno más elevado, que críticos sistemáticos del capitalismo.

 

Salidas de la derrota

Con todo lo productiva que pueda ser, la insistencia de Keucheyan en la derrota termina jugando un rol negativo. Para él, “lo que distingue a las derrotas políticas de las derrotas militares y deportivas es que las primeras potencialmente, no tienen fin. En el marco de un enfrentamiento armado, la relación de fuerzas se vuelve de un día para otro a favor de uno de los beligerantes y los combates cesan”6, mientras que las logros del movimiento obrero son “infinitamente destructibles”7.

La referencia “andersoniana” no deja de impregnar sus consideraciones sobre la magnitud de la derrota llevándolo a conclusiones de tono pesimista: habría que esperar los 150 años que separan la revolución de los “niveladores” de la de los “jacobinos”, lapso en el que habrían mutado los sujetos y el lenguaje político (superando los “dogmas” de “la centralidad atribuida al proletariado” y el modelo estratégico de inspiración militar (clausewitziano”)8.

Esto predispone a Keucheyan a una hipótesis estratégica obviamente más gradualista. Rediscutiendo las últimas reflexiones acerca de la actualidad de la estrategia de Daniel Bensaïd (por cierto todavía la figura seminal de la nueva izquierda europea), señala que las estrategias de “huelga general insurreccional” protagonizadas por la clase obrera o de “guerra popular prolongada” y liberación de territorios puede todavía cumplir un rol en las revoluciones árabes, pero no en aquellos países de fuerte tradición democrático-parlamentarias. Para él Bensaïd no habría dado importancia a la cuestión democrática en los debates con las tesis “eurocomunistas críticas” (Poulantzas) y neogramscianas (Laclau), ni tampoco logró adaptar que debe ser hoy un partido de los oprimidos. Las preguntas de Keucheyan son incisivas, aunque sus respuestas sean opuestas a las que pensamos. Con su recuperación gradualista de la “guerra de posición” de Gramsci9 y la “desobediencia civil” de Gandhi, Keucheyan se aleja de cualquier recomposición “clausewitziana” y apunta a profundizar precisamente los puntos ciegos de la reflexión estratégica de Bensaïd.

Dar cuenta de las sublimaciones teóricas de la derrota debería servir para indagar cómo toda derrota permite el “sagrado derecho a la resurrección de los vencidos”. Para lo cual una actitud “típico-revolucionaria” consistiría en el intento de combinar la intransigencia de la “resistencia”, con la inteligencia de la “innovación” y una voluntad “dirigente” que abone en las potencialidades del movimiento obrero. Keucheyan, con todo lo sugerente que resulta, está más cerca del pesimismo sobre este sujeto, de la innovación ecléctica y de una voluntad “dirigente” demasiado proclive a la moderación.

 

VER PDF

1. Perry Anderson, Consideraciones sobre el marxismo occidental, Madrid, Siglo XXI de España, 1979.

2. Madrid, Siglo XXI de España, 2013.

3. Para Anderson el centro de gravedad del marxismo europeo se había desplazado a la filosofía.

4. R. Keucheyan, ob. cit. p. 12.

5. Ibídem, p. 23.

6. Ibídem, p. 50.

7. Ídem.

8. Ibídem, p. 340.

9. E. Albamonte y M. Maiello, “Trotsky y Gramsci: debates de estrategia sobre la revolución en ‘occidente’”, Estrategia Internacional 28, 2012.

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