Bernie Sanders, ¿el candidato de la izquierda en Estados Unidos?

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CELESTE MURILLO

Comité de redacción.

JUAN ANDRÉS GALLARDO

Staff revista Estrategia Internacional.

Número 24, octubre 2015.

Los aires internacionales de crítica a la casta política encontraron su camino hacia Estados Unidos y plantean interrogantes en el sistema bipartidista. Aunque todavía están lejos de los temblores que provocan en varios países de Europa, ya suenan señales de alarma. ¿Cuáles son los desafíos de la izquierda frente al fenómeno Bernie Sanders?

 

Los demócratas no han logrado contrarrestar la apatía y el descontento con el partido que, más allá de diferencias en la retórica y algunas políticas, es visto como parte de la elite millonaria que gobierna el país. Los republicanos lidian a la vez con sus propios problemas: un partido basado históricamente en la población mayormente masculina y blanca, que envejece y pierde peso político frente a nuevos sectores sociales como las mujeres, los latinos, los negros, que ganan en influencia.

Sumado a los cambios demográficos existe uno generacional (personificado en los millennials, nacidos después de 1980) que, a la vez, ha motorizado gran parte de los fenómenos sociales recientes: Occupy Wall Street, el movimiento por el salario mínimo de 15 dólares y Black Lives Matter. Aunque los millennials no son un bloque homogéneo y su credencial generacional no es sinónimo de izquierdismo, poseen características comunes que los hacen sentirse lejos de una u otra forma de los partidos tradicionales: mayor apertura en temas sociales (homosexualidad, legalización de las drogas, inmigración), una visión crítica del neoliberalismo y, sobre todo, el hecho de haber vivido gran parte de su vida gobernados por dos familias: los Clinton y los Bush.

 

Dinastías y outsiders

Que Jeb Bush (hijo de G. Bush y hermano de G. W.) y Hillary Clinton (esposa de Bill Clinton) sean los candidatos más probables para la elección de 2016 no genera ningún entusiasmo en uno de los bloques electorales más extendidos (aunque no se sabe a ciencia cierta cómo será su participación). La muestra más concreta del verdadero potencial del problema es que ninguno de los dos candidatos del establishment goza del apoyo mayoritario de la base. Hillary Clinton no revierte la apatía demócrata y Jeb Bush no atrae a la base republicana.

Esto explica, en parte, que las figuras más atractivas en las elecciones primarias sean dos outsiders de la política tradicional, el millonario Donald Trump entre los republicanos, y el senador de Vermont Bernie Sanders entre los demócratas. Trump lidera por ahora las encuestas entre los republicanos, superando incluso a los favoritos del ala ultraconservadora. Sanders no supera a Clinton, pero ha convocado actos con más de 10 mil asistentes en algunas ciudades y pelea distritos clave como Iowa y New Hampshire. Ni Trump ni Sanders levantan los programas tradicionales de ninguno de los dos partidos y sin embargo atraen a sectores activos de sus bases.

Es improbable que alguno de ellos se imponga en las primarias, pero ambos muestran, a la vez, la crisis del bipartidismo y la necesidad de ambos partidos de buscar las vías de contener las alas que se alejan por derecha y por izquierda. Los republicanos consiguieron esto evitando que el Tea Party se presentara de forma independiente, y lo contiene dentro del partido donde organiza el ala ultraconservadora. El establishment demócrata saluda la candidatura de Sanders que, al no presentarse como independiente, le permite intentar recuperar la impronta que ha perdido, en parte por las promesas rotas del presidente Barack Obama, pero también afectado por la incapacidad de mantener su dirección hegemónica en los movimientos. Algo de esto se vio en la crisis con la movilización de la juventud negra contra el racismo, en su pérdida de influencia en los sindicatos y en el hecho de que sea visto como un “partido más del 1 %”. En última instancia, Trump y Sanders funcionan como figuras que oxigenan el bipartidismo en crisis.

Como en otras elecciones, resurge la discusión sobre la factibilidad de un tercer partido. Aunque remota en cuanto a posibilidades de articular una alternativa electoral hoy, se esboza como una perspectiva social por la negativa, es decir, en contra del bipartidismo existente (“ellos son los partidos del 1 %”). Un blog del New York Times reflexionaba sobre esto a principios de septiembre, y ubicaba por fuera de la figura de Sanders esa posibilidad:

Una y otra vez, los terceros partidos introdujeron ideas nuevas en la política mainstream (…) No es una coincidencia que la más reciente de las representantes electa para un cargo, la concejal de Seattle Kshama Sawant de Socialist Alternative, haya alcanzado la victoria en 2013 en parte por pedir el salario mínimo de 15 dólares.

Huyendo de toda lógica mecánica, es una reflexión válida, y uno de los interrogantes abiertos para la izquierda en Estados Unidos, que hoy está atravesada por la candidatura de Bernie Sanders.

 

La izquierda y Bernie Sanders

La aparición en escena de los movimientos que mencionamos más arriba significó para la izquierda la posibilidad de confluir por primera vez en varias décadas con jóvenes y sectores de trabajadores y emerger, de forma incipiente y a nivel local, como una alternativa en el terreno político. La elección de Kshama Sawant (de Socialist Alternative, de orientación trotskista) como concejal de Seattle en 2013, apoyándose en el movimiento por el salario mínimo, y luego creando y fortaleciendo la campaña “15 Now”, trajo algo de aire fresco a la articulación entre las organizaciones de izquierda y los movimientos sociales. Y mostró que es posible hacer política a la izquierda del Partido Demócrata y salir de la marginalidad. Aún con los límites que tiene la política de Sawant, el ejemplo de Seattle demuestra que el cambio de época es favorable a la izquierda. A diferencia de experiencias anteriores, como el no-global o contra la guerra, los movimientos actuales surgen en el marco de la decadencia de la hegemonía imperialista de Estados Unidos, son hijos de una crisis económica de magnitud histórica y, quizás lo más importante, ninguno ha sufrido derrotas significativas.

En este contexto, la candidatura de Sanders fue una sacudida para la izquierda, que la puso a discutir nuevamente dentro la órbita del Partido Demócrata. Es cierto que nadie embellece a Sanders, y más bien todos tienden a marcar los límites de un candidato que atrae por su “lucha” contra las corporaciones, pero no tiene un programa más allá del “Estado de bienestar”. El debate está en otra parte: apoyar la candidatura de Sanders (en la interna demócrata), ¿representa una posibilidad para que la izquierda se dirija a un auditorio amplio y genere así condiciones para su fortalecimiento?

Organizaciones como Socialist Alternative, Solidarity o individuos como Bhaskar Sunkara, editor de la revista Jacobin (que expresa un sector amplio de la izquierda social y política), coinciden en que es necesario apoyar a Sanders e intervenir activamente en los comités de campaña. Con argumentos variados apuntan a que una vez finalizadas las primarias, en las que seguramente gane Hillary Clinton, todo el entusiasmo generado por Sanders pueda transformarse en un “movimiento político” y ser capitalizado por la izquierda.

En contraposición a esta visión, organizaciones como la ISO (International Socialist Organization) y Socialist Action, entre otras, sostienen que el apoyo a Sanders redundaría en el apoyo al Partido Demócrata, y no en un movimiento que pueda ser aprovechado por la izquierda. En este sentido, reflexionan sobre la campaña de Jesse Jackson como precandidato demócrata, que en la década de 1980, “generó una organización –la Coalición Rainbow– que algunos activistas esperaban que rompiera con el Partido Demócrata si Jackson perdía la nominación. Pero Jackson se mantuvo leal al partido, y la coalición nunca existió más allá de la órbita de la política del Partido Demócrata” (“A socialist FAQ on Bernie Sanders and the left”).

Sumado al ejemplo de Jackson, de gran vigencia ya que Sanders ha anticipado que piensa apoyar a Clinton si resulta ganadora, vale aclarar que la candidatura del senador de Vermont no está al servicio de fortalecer a los movimientos o generar nuevos. Al contrario, los movimientos ya existentes están siendo utilizados por Sanders para fortalecer su campaña, lo que en los hechos solo diluye su peso y los reduce a una corriente de presión al interior del partido Demócrata, sembrando expectativas en que éste puede de alguna manera resolver sus demandas.

Sin embargo, aunque correctas, las posiciones críticas con el apoyo a Sanders no son parte de un debate profundo sobre las vías para que la izquierda estadounidense pueda emerger como fuerza política independiente. En general, se tiende a sembrar expectativas en el surgimiento de terceros partidos o candidatos que puedan romper el régimen blindado del bipartidismo, sin una delimitación de clase clara, y menos aún un programa y estrategia revolucionaria.

En lo que acuerda la mayoría de la izquierda es en que la mejor alternativa hubiera sido que Sanders se presente como candidato independiente, por fuera del Partido Demócrata. Pero esto hubiera sido una reedición de la política de apoyo al Partido Verde o candidaturas como la de Ralph Nader, que organizaciones como la ISO vienen impulsando hace años. Es decir, el apoyo a un tercer partido sin delimitación de clase y con un programa reformista, como si el solo hecho de presentarse por fuera del bipartidismo fuera suficiente. Esta política puede haber tenido fundamentos (sin duda desesperados) bajo el período más reaccionario del neoliberalismo. Pero mantener esta misma política, a pesar del cambio del momento político, subestima las posibilidades de la emergencia de una izquierda revolucionaria, en confluencia con sectores de trabajadores y la juventud como no fue posible en los últimos 40 años.

La historia reciente demostró que ni el Partido Verde ni la candidatura de Nader generaron un movimiento duradero que haya permitido fortalecer a la izquierda política, ni a la lucha de los trabajadores. Por el contrario, como decimos más arriba, los movimientos que surgieron en el último período tienen más que ver con el clima de época, y su surgimiento no tiene relación directa con fenómenos electorales.

La campaña de Sawant y su relación con el movimiento por el salario mínimo mostró que la izquierda puede entablar relaciones con los movimientos sin necesidad de intermediarios reformistas. Esto constituye una gran diferencia con períodos previos: las condiciones actuales favorecen que la izquierda (aun a una escala pequeña o local) se presente como alternativa política. La generación actual tiene menos prejuicios y está dispuesta a escuchar a la izquierda. Y el conjunto de la izquierda es consciente del cambio; en un número anterior, reflejábamos el llamado a la conferencia “El futuro de la acción electoral izquierda e independiente”:

Desde la elección de K. Sawant en el Concejo Deliberante de Seattle, hasta numerosas campañas socialistas e independientes (…) crece el interés en una alternativa de clase. Sin embargo, para empezar a construir una alternativa electoral viable, primero debemos forjar la unidad entre nuestras diferentes campañas.

La candidatura de Bernie Sanders constituye un interregno en ese debate, sobre la posibilidad de que la izquierda puede tener una política independiente. Esto se expresaba en llamados como el de Socialist Alternative a la construcción de un “partido del 99 %” y de la campaña apoyada por prácticamente toda la izquierda para poner en pie 100 candidaturas independientes en todo el país que pudieran replicar el ejemplo de Seattle. Si bien el contenido de estas candidaturas independientes era bastante amplio en cuanto a su programa, y el llamado se hacía desde una óptica centrada en el objetivo de “ocupar espacios de poder” más que “empoderar” a los movimientos sociales, se trataba de una alternativa progresiva frente a la variante de terminar apoyando a Sanders dentro del Partido Demócrata.

De alguna forma, esta es la expresión que ha adquirido en EE. UU. la discusión más extendida a nivel internacional sobre las vías de emergencia de una alternativa revolucionaria. Como en otros lugares del mundo, el debate sobre las vías para la construcción de un partido revolucionario se saldó en muchos casos buscando atajos mediante la formación de los llamados “partidos amplios”, y en otros con el apoyo liso y llano a variantes reformistas como Podemos en el Estado español o Syriza en Grecia. Los acontecimientos recientes en ese país y los resultados de la ex Plataforma de Izquierda de Syriza (hoy Unidad Popular) en las elecciones permiten hacer un primer balance sobre la política de las organizaciones que apostaron a Syriza y las que se mantuvieron independientes.

En ese marco la buena performance electoral del Frente de Izquierda y de los Trabajadores en Argentina, junto con su relación con sectores de vanguardia del movimiento obrero (particularmente de uno de sus integrantes, el PTS), empiezan a ser visualizados como parte de esta discusión. Aun cuando existen diferencias políticas, parte de la izquierda considera que la experiencia del Frente de Izquierda y la izquierda en Argentina, “es una escuela de estrategia y táctica revolucionaria que merece estudio, diálogo, crítica y solidaridad internacional” (“The left gains in Argentina’s elections”). O como la revista Green Left Weekly, observan, “Las primarias también marcaron el ascenso continuado del Frente de Izquierda y los Trabajadores (FIT). La lista de extrema izquierda aumentó sus votos desde 2011 un 50 % (…) El FIT ha ganado reconocimiento por su fuerte actividad en los sindicatos, en las universidades y el Parlamento”. A contramano de las tendencias que buscan atajos en variantes reformistas, el FIT, no sin tensiones, mantiene como ejes de su programa la independencia de clase y la perspectiva de un gobierno de los trabajadores. Frente a la caducidad de las empresas reformistas como Syriza (cuyo paso del “gobierno de izquierda” a “gobierno del tercer memorándum” solo llevó 8 meses) y a sus desafíos actuales, la del FIT representa una experiencia para seguir de cerca.

Para la izquierda en Estados Unidos, el estancamiento al que lleva no advertir los cambios políticos y seguir actuando con una lógica de resistencia defensiva es tan dañino como la tentación de querer acortar camino mediante intermediarios reformistas. El momento actual le ofrece condiciones históricas para restablecer una relación estratégica con los movimientos sociales y sectores del movimiento obrero, bloqueada durante la “larga noche” neoliberal.

2 comments

  1. cucurucho 3 noviembre, 2015 at 01:53 Responder

    Bernie Sanders es un lobbista del Estado de Israel. Un personaje que pregona medidas sociales pero que apoya cuanta guerra emprende el estado imperialista. Sanders no es ninguna garantia de politica de izquierda.

    • marina 10 diciembre, 2015 at 17:30 Responder

      Estas equivocado cucurucho! Bernie Sanders es de origen judio (como religion) pero apoya la division territorial para que Palestina e Israel coexistan.
      En otras palabras tiene el coraje de jugarse por lo justo y no por lo que su nacimiento le dio de mamar.
      Y en cuanto a las guerras: fue opositor votante a la guerra de Iraq y subsiguientes intervenciones de Bush & co.
      Antes de escribir mentiras, informate.

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