Batallas culturales (no) eran las de antes

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EDUARDO GRÜNER

Número 29, mayo 2016.

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1.

“El Estado moderno no es otra cosa que un comité de administración de los negocios de la burguesía”. Cuando, siendo muy jovenzuelo, leí por primera vez esta famosa definición de Marx, me pareció verdadera “en última instancia”, como se dice, pero exagerada en su formulación: ¿no hay acaso diversos y cambiantes niveles de mediación, relativa autonomía, brumosos intersticios institucionales, etcétera? Claro que sí. Pero sucede que la historia a veces brinda ocasiones en que la exageración se vuelve estricta normalidad. Estamos, no cabe duda, en uno de esos momentos. Nunca antes en la Argentina “democrática” –ni siquiera durante el menemato– se pudo aplicar tan literalmente la frase de marras a nuestro Estado. El tan difundido epíteto de “CEOcracia”, para calificar al elenco gobernante, es incluso excesivamente concesivo. A los CEO se les supone al menos cierto grado de flexibilidad, iniciativa, margen de maniobra o inventiva para beneficio de sus empresas. Pero estos señores (y señoras) son un bloque monolítico de servidores de tercera categoría de la clase dominante, incapacitados para “inventiva” alguna, o para ver más allá de lo que les permiten las orejeras que –como a los pobres caballos de tiro– les han colocado sus amos extranjeros y nacionales. Este último señalamiento es importante: si los redujéramos a meros “agentes del imperialismo” (que por supuesto lo son también), recaeríamos en un simple patria sí / colonia no que pasaría por alto (es un sempiterno problema del “nacional-populismo”) la profunda, indisoluble comunidad de intereses entre el imperialismo y la deficientemente llamada “burguesía nacional”. El de Macri no es un gobierno off shore: es de aquí.

Como sea, permítaseme insistir: nunca antes en la Argentina se pudo ver tan nítidamente la línea demarcadora entre las clases en lucha. Hay que felicitar al macrismo, en efecto, por haberle otorgado a la expresión lucha de clases una transparencia cristalina, que no permite –no debería permitir– vacilación, componenda o frenteciudadanismo alguno a la hora de saber dónde ponerse. Hoy toda la política del Estado –la única política que parecen tener clara– es un ataque en toda la línea, frontal y brutal, contra la clase obrera y los sectores populares. El resto (la política macroeconómica o “institucional” en general) es una sumatoria de bandazos –siempre sobre la banda derecha, claro, pero aún dentro de ese terreno acotado absurdamente caótica–, torpezas, dislates y despropósitos: para ser tan de diestra, hay que decir que carecen de la mínima destreza. Todos menos ellos –incluyendo a sus propios mandantes económicos, que ya empiezan a no poder disimular la preocupación– saben que van a fracasar: que no va a haber segundos semestres milagrosos desinflacionados ni inversiones productivas salvadoras, y que la revolución de la felicidad puede terminar con un coscorrón de (des)gracia. Esta dispersión carnavalesca se complementa, sin embargo, con una concentración inequívoca y sin dubitaciones: todos unidos contra los trabajadores y el pueblo. Esa política económica y social es bien prístina: si hay un plan, es el de hacer el “máximo esfuerzo” (cada vez más los lapsus de diván forman parte del discurso político) para generar el máximo posible de desocupación y el mínimo no-imposible de salario para transferir el máximo de plusvalía para su bando: es la única manera de que cierre el presunto “modelo” que alguien podría tener in pectore.

No es cierto que haya desinterés o indiferencia hacia las necesidades populares, como critican los progres moderados: hay mucho interés en hacer la máxima diferencia para las clases dominantes, liquidando no solamente las igualmente moderadas conquistas que las clases populares hayan podido lograr en el período anterior, sino intentando cortar de cuajo toda posibilidad de avance o profundización en nuevas conquistas, por modestas o insuficientes que fueran. De allí que la “nueva política” haya empezado sin vacilaciones por ahí: por los despidos, los márgenes estrechísimos para las paritarias (cuando las hay), el “Protocolo” bullrichista, y así siguiendo. También en eso, desde ya, van a fracasar: otro “inédito” argentino es que en cuatro meses de gobierno ya supieron conseguir un número similar de manifestaciones multitudinarias de rechazo, que desbordaron no solamente al gobierno sino a las burocracias (sindicales y políticas) que hubieran preferido no tener que convocarlas. Y la señora ministra, con todo respeto, tuvo que guardarse su Protocolo en… (completar la línea de puntos). La brutalidad de la ofensiva de clase, repitámoslo, ha sido tan extrema y vertiginosa que hasta la “mediocracia” más amiga empezó, asimismo, a insinuar llamados a la prudencia; no por súbita sensibilidad social, inexistente en su código genético, sino porque el miedo no es zonzo, y temen que se escape la tortuga popular a velocidad insólita para ese bicho. No por eso el gobierno va a cambiar sustancialmente de política, puesto que, ya lo dijimos, es la única que se imaginan para hacer caminar, aunque sea coyunturalmente, un “modelo” que a la larga igual va a colapsar.

 

2.

Ahora bien: si se me disculpa una pequeña debilidad althusseriana, ¿qué pasa con “la lucha de clases en el nivel ideológico”?  Es una definición un poco abrupta para lo que suele llamarse cultura, es cierto. Pero la brutalidad del ataque a la que aludí arriba no es menor en ese terreno que uno pensaría más difuso, y entonces autoriza una aplicación literal semejante a la de la definición “marxiana” del Estado. Con las especificidades del caso, la “ofensiva de clase” se las ha agarrado con llamativo ardor contra espacios como las bibliotecas (empezando por la Nacional), los museos, los teatros, los centros culturales, las universidades y la educación pública en general, replicando a gran escala lo que el gobierno Pro ya venía haciendo desde mucho antes en la CABA. Desde luego, la “cultura“ no se identifica totalmente con las instituciones culturales, así como la “ideología” excede a los “aparatos ideológicos”. No hay razones estrechamente económicas que expliquen, por ejemplo, la ola de despidos en organismos donde el ahorro consiguiente es insignificante, aunque sí pueda haberlas para el congelamiento del presupuesto universitario (ya insuficiente) en un contexto de feroz ajuste de tarifas, etcétera. Pero aún en este último caso, el monto del supuesto ahorro no justificaría por sí mismo el riesgo de una reacción defensiva de masas por parte de la comunidad universitaria en su conjunto, ya puesta en guardia por el conflicto de las paritarias docentes y el reclamo del boleto estudiantil. Reacción que, como es sabido, ya se produjo, con una contundencia que no se había visto en más de una década. No obstante, para recordar una ya canónica fórmula de la teoría crítica de la ideología, “ellos no saben lo que hacen, pero lo hacen”. ¿Por qué? La cultura es un escenario más extenso y con más pliegues que el de la lucha de clases en su sentido económico y social, “material”, estricto. Los ataques directos contra ella afectan a segmentos sociales más amplios, no exclusivamente “populares”, incluyendo con toda probabilidad a votantes del actual gobierno. ¿Para qué asumir tanto riesgo (no hay que olvidar que en las elecciones de medio término del año próximo podría haber “sorpresas” desagradables)? Se me disculpará la simpleza mecanicista de la respuesta: No se les ocurre otra cosa. No es mero “revanchismo” –aunque una cuota de eso siempre es pensable, pero como elemento subordinado–. ¿Es una estrategia, si bien por ahora muy desordenada, para iniciar un camino decidido de privatización de la educación y la cultura, comenzando por ahogar presupuestariamente a las instituciones y así forzarlas a plegarse resignadamente a ese plan (en muchos casos, como es el de la UBA, con la sibilina complicidad de las autoridades “superiores”)? Es muy posible. Pero si ese es el plan, cada paso que dan de confrontación irracional con la comunidad educativa / cultural termina siendo una provocación que los aleja de la factibilidad de aquel objetivo.

Y no es que le estén oponiendo a lo existente otra idea de la cultura. Vamos a decir lo obvio: no hay una “cultura” macrista. No puede haberla. Saquemos del medio la parafernalia kitsch de globitos amarillos, cumbias y pasitos de hipopótamo en bazar del, con todo respeto, señor presidente, reservados para ya lejanas jornadas de celebración. No nos detengamos en el cinismo grosero de eufemismos como sinceramiento y semejantes: son cosas que no merecen ni el ejercicio de análisis de un estudiante de semiología del CBC. Me refiero a cultura: un conjunto de conceptos, de “ideologemas”, de mitos, de “relatos”, de iconografías o de aunque fuera crasas hipótesis de interpretación de la realidad. Esta “nueva derecha” posmo o como se la quiera llamar no tiene un solo intelectual “orgánico” –o siquiera “desorganizado”, pero capaz de pergeñar algún tipo de argumentación– que pueda darle “letra” a una construcción ideológica con cierta coherencia, a una módica “concepción del mundo” (o por lo menos del país). No existe en la Argentina, digamos, un equivalente de lo que pudo haber sido en su momento un Raymond Aron, capaz de pararse en la vereda de enfrente de Sartre y debatir de igual a igual. ¿Quién podría aspirar a ocupar ese lugar? ¿Romerito? ¿Sebreli? ¿Aguinis? Bullshit, como diría algún buen escritor norteamericano. Las declaraciones del Club Político Argentino oscilan –o más bien rebotan– entre las obsesiones puntuales con pequeñeces de coyuntura y los inverosímiles pininos retóricos para justificar lo injustificable. Toda la estrategia discursiva –perdón por darle ese alto estatuto, de alguna manera hay que llamarla– del gobierno continúa siendo, como durante la campaña, el inventario de la “pesada herencia” o las corruptelas de Lázaro “Levántate y Anda” Báez. Cosas que existen, va de suyo, pero que difícilmente alcancen para generar una mitología consistente y aspirante a transformarse en “la ideología dominante, que es la ideología de la clase dominante”, de la que también hablaba Marx.

No es que estén fuera de la ideología, se entiende: nadie lo puede estar, aunque elija desconocer la propia (y por lo tanto estar realmente atrapado por ella). Es simplemente, de nuevo, que no les importa. No creen necesitarla. Los gerentes de tercera a los que aludíamos no actúan, en su conciencia al menos, ideológicamente, sino por mero, crudo y desnudo, “instinto de clase”. Su (iba a decir “su lógica”, pero es apenas una) técnica es el más crudo pragmatismo eficientista puesto al servicio de aquellos “instintos”. También van a fracasar por ese lado, por la obvia razón de que las complejidades del Estado burgués no son comparables a la relativa “sencillez” de incluso la más grande de las empresas capitalistas. En la campaña les fue bien con la promesa de mayor eficiencia, combinada con las esperanzas de clase media hacia un “cambio” más amable o menos “crispado”. ¿Cuánto pueden durar esas banalidades en el ejercicio puro y duro del gobierno? Dentro de todo, en este terreno, hay que decir que todavía no les ha llegado la plena noche: todavía hay una franja pequeñoburguesa de respetable anchura que quiere creer. O, mejor dicho: que no quiere creer que la drástica “cirugía de urgencia” de estos primeros meses sea todo lo que hay. Que sea, de veras lamentamos comunicárselo, el “modelo”.

 

3.

¿Y por casa cómo andamos? El elenco estable –como solía decir David Viñas– de la “intelectualidad crítica” nacional parece, por ahora, un tanto estupefacto. Más allá de las necesarias y obligadas firmas en declaraciones y solicitadas, de las columnas de opinión de intelectuales individualmente valiosos, no se ve (digo de nuevo “todavía”: no quiero apresurarme) un movimiento de conjunto, firme, decidido, plantado, no digamos ya a la ofensiva. Es llamativa, por ejemplo, la comparativa ausencia de lo que podría denominarse el cartaabiertismo ampliado (créaseme que lo digo fraternalmente: tengo allí buenos amigos, pero aquí estoy tratando de hablar de política; y la verdad es que, aunque es un fenómeno diferente, seguimos también nosotros arrastrando la languidez casi terminal de lo que fue la Asamblea de Intelectuales). Es cierto que en el contexto que venimos describiendo, en el ruedo estrictamente “intelectual” –quiero decir, el ruedo de una discursividad políticocultural crítica, más abarcadora que los análisis económicos técnicos, etcétera– la cosa no se presenta fácil: la “ideología” del macrismo, si se puede decir así para hablar rápido, es, aparte de su derechismo mineral, de un carácter tan inasible, o tan mediocre, o tan inconsistente, que ni siquiera da lugar a la refutación. Sería como tratar de polemizar con un árbol, o con una piedra: no es siquiera que hablen otro idioma, sino que no se sabe si hablan, en algún sentido aproximadamente humano del “ser parlante”.

Pero, justamente: ¿no sería esa afasia ideológica del enemigo un terreno propicio para que del otro lado se hable hasta por los codos? No me refiero solo a la denuncia política de la “guerra de clase” que se ha emprendido: de eso siempre hay, pero no basta. Me refiero, más bien, a la construcción de un discurso teórico-crítico sólido, lo suficientemente general como para tener un alcance intelectual-racional consistente, y lo suficientemente empírico-concreto como para dar cuenta de los siempre cambiantes escenarios políticos inmediatos. Y, por supuesto, desde una perspectiva socialista radical con una estrategia de clase consecuentemente anti-capitalista.

Y aquí está, para decirlo vulgarmente, la proverbial “madre del borrego”. Porque esta perspectiva y este horizonte estratégico implicaría, más allá de los golpear-juntos-y-marchar-separados de cada instancia coyuntural (y que siempre es evaluable por el “análisis concreto de la situación concreta”), un posicionamiento que se haga cargo plenamente de la situación clase-contra-clase en la que estamos actualmente. Y eso es algo que le cuesta mucho al “progresismo K” o cualquier variante similar. No es que muchos de ellos, individualmente, con buena formación intelectual y política, no “crean” en la lucha de clases (como decía un querido amigo poeta ya fallecido: “Yo soy peronista y nunca podría ser marxista. Pero creo firmemente en la lucha de clases”). Pero, en el mejor de los casos, lo “creen” como horizonte potencial, cuando llegue el siempre postergable (si contamos desde el primer peronismo, ya llevamos más de 70 años de postergación) “momento justo”. La diferencia con la izquierda anticapitalista radical es allí insalvable, porque para esta izquierda la lucha de clases no es un horizonte: es la premisa irrenunciable de la cual parten tanto sus análisis teórico-críticos como sus prácticas políticas, aún las más “tácticas”, para juzgar las cuales hay que evaluar si siguen respondiendo a las premisas iniciales, y no a un “horizonte” perpetuamente pateado hacia adelante.

Y este puede ser uno, aunque no el menor, motivo de aquella “estupefacción” –o, bueno, digamos “desconcierto”, para no ser tan agretas–. Durante la última década, aún entre los “creyentes horizontales” en la lucha de clases, ésta no figuró siquiera como horizonte visible. La batalla cultural, la grieta K/anti-K (la 125 contra el “campo”, la ley de medios contra la “corpo”, ese tipo de cosas) no fueron tomadas como pujas intraburguesas que “tácticamente” podían (no digo que fuera así, digo que era un pensamiento posible) solicitar un alineamiento en función de la premisa de la lucha de clases, sino como la batalla (y si era la única, ¿por qué no decir directamente la guerra?) ideológico-cultural que ocupaba todo el escenario. Se me dirá que para el peronismo de izquierda –el otro no entra en esta discusión: no piensa en ningún “horizonte”–, o el nacional-populismo, o el progresismo en general, siempre fue así. De acuerdo. Pero en otros momentos históricos –me refiero siempre a los “democráticos”, claro está: bajo las dictaduras hay otra clase de problemas– había situaciones relativamente más ambiguas que ante sus conciencias podían justificar el juego de las postergaciones: el alfonsinismo en la instancia de la recuperación de la democracia, el frepasismo en la instancia del menemismo, el kirchnerismo en la instancia post-2001, y así. Pero, ¿y ahora, cuando, como decíamos más arriba, y agotada la experiencia “K”, la nitidez de la ofensiva de la clase dominante en su conjunto (que incluye, de distintas maneras, la complicidad o al menos la “distracción” de toda la dirección del PJ y buena parte del FPV) no autoriza ambigüedad alguna respecto de, decíamos también, dónde ponerse? Ante un escenario en el cual la “batalla cultural” del pasado –y es un pasado muy inmediato, aunque parezca mentira– parece, por comparación, una batalla naval sobre el papel, el desconcierto tiene que ser muy grande. Y es comprensible. Pero, ante ese desconcierto grande, ¿no es el momento de ponerse a pensar –y a actuar– también en grande? ¿No es el momento de ponerse a debatir en serio los lugares respectivos de la “premisa” y el “horizonte”?

En el notable libro publicado recientemente por el IPS, El Encuentro de Breton y Trotsky en México, se puede encontrar un enunciado asombroso que dice que en última instancia una sociedad puede ser juzgada por la cultura y el arte que produce, ya que esas son las manifestaciones más altas de sus relaciones sociales. La afirmación puede parecer asombrosa, digo, porque no es de Breton: es de Trotsky. ¡Pero, cómo! ¿La última instancia para juzgar a una sociedad no es la economía, o el desarrollo de las fuerzas productivas, o las fuerzas políticas, o algo semejante? ¿Ni siquiera la lucha de clases? No: es la cultura, porque esa “manifestación más alta” de las relaciones sociales condensa la situación y la calidad de todas esas otras cosas. Y quien dice “cultura”, partiendo de las famosas “premisas irrenunciables”, está obligado a definir cuál es la verdadera batalla cultural, porque la cultura, en la sociedad de clases, es un campo de batalla permanente. Casi nos atreveríamos a decir, parafraseando otro enunciado clásico, que la cultura es sociedad concentrada. Si ese debe ser el criterio de juicio, pues, hay que decir que nuestra sociedad de hoy –y no solo la argentina, claro– es patética. Es tiempo (lo es siempre, pero hoy con nueva urgencia) de dejar de lagrimear por ella.

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