Bases y límites del poderío norteamericano

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DEBATES SOBRE EL IMPERIALISMO HOY

 Número 35, noviembre-diciembre 2016.

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A raíz del primer artículo de la serie de “Debates sobre el imperialismo hoy” que venimos publicando en IdZ, los autores del libro allí debatido, Sam Gindin y Leo Panitch, han enviado una respuesta. Publicamos su texto con un comentario.

 

RESPUESTA A “EL CAPITALISMO GLOBAL COMO CONSTRUCCIÓN IMPERIAL”

LEO PANITCH Y SAM GINDIN

 

Apreciamos mucho el artículo1 sobre nuestro libro, por tomar seriamente nuestro trabajo, presentando un sumario de nuestra posición bueno y justo de conjunto.

Dicho esto, aunque no nos enfocamos en el Sur Global (con excepción de China, a la que tratamos con cierta profundidad) pensamos que es un poco confuso sugerir que no distinguimos de manera suficiente entre la naturaleza y el ritmo de la integración en el imperio informal norteamericano de los viejos poderes imperiales y los países en desarrollo. En realidad esta distinción es fundamental para nuestra historia. Señalamos que la integración fluida de estos últimos resultó bastante problemática incluso cuando, como mostramos repetidamente, los términos de dicha integración fueron adelantados por las clases capitalistas de esos mismos países.

En cuanto al nexo con Kautsky, estaríamos de acuerdo con Lenin en el hecho de que esperar que hubiera una confluencia negociada entre los poderes imperiales era muy ingenua. Nuestro planteo es más bien que el imperio americano fue único en la capacidad para integrar otros Estados, en formas de cierto modo análogas a cómo el capitalismo integra a las clases nacionalmente –a través del Estado soberano, mercados “voluntariamente” aceptados e interdependencia mutua–. En consecuencia, el cimiento de la estabilidad del imperio americano tenía una base material, no era una cuestión de “acuerdo”, ya que otros Estados vieron que tenían un interés propio en la reproducción del imperio americano porque era parte de la reproducción de las relaciones de clase dentro de sus propias fronteras.

Tal vez nuestra mayor diferencia sea empírica, respecto de si la capacidad del imperio estadounidense para manejar el capitalismo global se encuentra en declinación terminal ante nuevas contradicciones, aunque en la crítica está presentada como un desacuerdo teórico (el desarrollo desigual y la competencia capitalista conducen a la rivalidad y la declinación de la “hegemonía” existente). Observando los mismos hechos –la gran crisis financiera, la desigualdad creciente, el crecimiento lento– parece que concluyeras que el Estado norteamericano está ante desafíos inminentes, pero en la medida en que tampoco señalás ninguna alternativa de “hegemonía”, nos preguntamos cuánta diferencia hay realmente entre nosotros. No es que estamos prediciendo estabilidad permanente, enfatizamos que las contradicciones aumentaron y que no estamos anticipando el futuro –solo enfatizando que las bases materiales en la economía de EE. UU. para la perduración del rol del Estado imperial no deberían ser subestimadas. Tampoco, mantendríamos, debería sobreestimarse los desafíos, especialmente considerando que las clases capitalistas de otros Estados están buscando más integración capitalista. Cuando bloquearon varias rondas de comercio, fue porque los EE. UU. y Europa resistían mayor integración de la agricultura por largo tiempo, e incluso entonces todavía estaban favoreciendo tratados bilaterales así como nuevos acuerdos multilaterales (ver sobre esto especialmente el importante libro BRICS: Una crítica anticapitalista, compilado por Patrick Bond y Ana García). Finalmente, mirando hacia futuras grietas, nosotros todavía vemos luchas dentro del Estado (ya sea conducidas por la izquierda o por la derecha), no aquellas entre Estados. Esas luchas internas podrían por supuesto conducir a conflictos internacionales –por ejemplo nacionalismo, desafíos al libre comercio, proteccionismo– pero las luchas fundamentales son aquellas, complejas entre las clases dentro de cada Estado.

  1. Mercatante, Esteban, “El capitalismo global como construcción imperial”, IdZ 27, marzo 2016.

***

NO EXAGERAR LAS FORTALEZAS DEL “IMPERIO”

ESTEBAN MERCATANTE

 

Agradezco la respuesta de Leo Panitch y Sam Gindin. Es posible, como plantean, que una importante diferencia entre nuestros puntos de vista se encuentre en el plano empírico. Antes de referirme a ello, quiero sí señalar que creo que también hay opiniones contrapuestas en el plano teórico. La primera se refiere a la fortaleza del Estado norteamericano para transformar el sistema mundial y las relaciones interestatales. Después de señalar que el “imperio” enfrentó una severa crisis –económica y de desafíos geopolíticos– durante los ’60/‘70, la estrategia de salida a la misma mediante una nueva oleada de internacionalización productiva que acompañó la ofensiva del capital contra el trabajo en todo el mundo, parece en la visión que ustedes sostienen el resultado de un diseño coherente por parte del Estado norteamericano. Por fuera de ese “interregno” de crisis, el Estado norteamericano parece mantener una visión estratégica coherente, un “designio” de construcción de un capitalismo global, y moverse de manera autónoma a los procesos de clase para construirla. Me parece que las posibilidades y estrategias del imperialismo estuvieron mucho más condicionadas, y la estrategia adoptada, aunque “coherente” desde el punto de vista de que permitió alterar el balance de fuerzas en favor de las clases dominantes desde los años ‘80, contenía una serie de contradicciones que se fueron volviendo cada vez más difícilmente manejables.

Respecto de la hegemonía norteamericana desde la posguerra, estoy de acuerdo en que ésta tuvo una “base material”: la abrumadora superioridad militar y económica de los EE. UU. al término de la conflagración bélica, la necesidad acuciante de ayuda norteamericana para la reconstrucción, y la amenaza del bloque soviético, así como la “zanahoria” de recrear un orden global trasnacional que favoreciera la expansión del capital (bajo égida de las corporaciones norteamericanas) sentaron los fundamentos de esta hegemonía; si esta hegemonía pudo reformularse –para reafirmarse– desde finales de los ‘80, fue porque la nueva avanzada de internacionalización del capital bajo dominio de las trasnacionales permitió a una nueva confluencia de intereses sobre la cual Estados Unidos reafirmó el compromiso de las potencias imperialistas en una acción concertada. Hay un salto, sin embargo, entre reconocer que se trata de una hegemonía basada materialmente, y afirmar que el estado norteamericano “pudo integrar otros Estados, en formas de cierto modo análogas a cómo el capitalismo integra a las clases nacionalmente”.

Respecto de la relación entre la integración realizada por los EE. UU. de las “viejas” potencias imperialistas y las economías en desarrollo, mi impresión es que no hay en el libro suficiente distinción del tipo de relaciones que el imperialismo norteamericano debió establecer con unos y otros para “integrarlos”. Las potencias imperialistas (especialmente Alemania y Japón, pero también Inglaterra o Francia) mantuvieron sus propios intereses en áreas de influencia, persiguieron la expansión mundial de sus redes de capital trasnacional y pelearon por mantener una voz en los asuntos internacionales. Aunque el imperialismo norteamericano las “asoció” para la reconstrucción de un orden capitalista transnacional a la salida de la guerra, para esto debió reconocerles sus ambiciones imperialistas, y “balancearlas”. Se trata en ese aspecto de un tipo de integración muy diferente a la que podía aspirar el Sur Global, conformado por formaciones económico sociales dependientes y semicoloniales de distinto grado. En ese sentido, a pesar de la asimetría de poder existente entre los EE. UU. y las demás potencias, tanto en el terreno económico como en el militar, se trata de una relación más “entre iguales” que la establecida con el resto del planeta (no obstante una serie de países del Sur Global vienen ganando un estatus mayor en la última década y media, cuya sostenibilidad, salvo para el caso de China o –por otros motivos– el de Rusia es sumamente discutible). La construcción del capitalismo global observa que hay una relación más conflictiva entre el Estado norteamericano y países como Brasil o China, ya que, “es más difícil, para el imperio norteamericano, como imperio informal, integrar a China, o integrar a Brasil, que lo que fue integrar Europa Occidental”1. Sin duda, esto ha suscitado numerosos conflictos y lo seguirá haciendo en el futuro; pero las dificultad para seguir asegurando algún grado de “comunidad de intereses” para sostener un orden mundial que tiene a los EE. UU., su moneda e instituciones que favorecen a la economía norteamericana en su centro, puede ser base hoy de conflictos aún más agrios con los que fueran desde la posguerra los más estrechos aliados norteamericanos.

Panitch y Gindin están en lo cierto al señalar que hoy nadie parece dispuesto a desafiar el dominio norteamericano; sin embargo, no menos cierto es que éste se muestra crecientemente impotente para gestionar geopolíticamente el orden mundial ante crecientes desafíos, y esto es fuente de una creciente inestabilidad global.

Sin duda, para los marxistas es la lucha de clases –dentro de los Estados– la dimensión fundamental. Pero la misma se desarrolla en relación estrecha con lo que ocurre con la relación de poder entre las principales potencias, y más de conjunto con las relaciones interestatales. Esta lucha de clases –como reconocen Panitch y Gindin– puede además actuar explosivamente sobre las relaciones internacionales, exacerbando tensiones, sobre todo cuando atravesamos una crisis de la magnitud de la actual. El Brexit y la victoria de Trump son recordatorios muy recientes de esto.

 

  1. “Los Estados son los ‘autores’ de la globalización capitalista. Entrevista a Leo Panitch”, IdZ 16, diciembre 2014.

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