Bajo la bandera de la revolución permanente

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ALGUNAS NOTAS SOBRE LA HISTORIA DEL TROTSKISMO EN BOLIVIA

 

JUAN HERNÁNDEZ

Número 38, junio 2017.

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A propósito de la publicación del libro de Steven Sándor John, El trotskismo boliviano, publicamos una nota de opinión que amablemente nos hizo llegar el historiador Juan Hernández, iniciando un debate sobre el libro abierto a próximas contribuciones.

 

Plural Editores de La Paz ha publicado la versión en español de El trotskismo boliviano. Revolución Permanente en el Altiplano, del profesor de historia estadounidense Steven Sándor John. Basado en su tesis doctoral (University of New York, 2006), aborda la historia del movimiento trotskista en Bolivia desde sus orígenes, en la década del ‘30 del siglo pasado, hasta el ascenso de Evo Morales al gobierno del país, en los inicios del nuevo milenio. Se trata de una investigación rigurosa y exhaustiva cuyo valor superlativo está dado por la cantidad enorme de fuentes consultadas.

Sándor John sigue una hipótesis fundamental: el trotskismo fue un movimiento político capaz de producir ideas que ejercieron efectos duraderos en el imaginario boliviano, contribuyendo a forjar la identidad de los mineros y campesinos radicalizados del país. A lo largo de su historia lidió con otras corrientes políticas-ideológicas, como el indianismo, el comunismo stalinista, el guevarismo, pero la dificultad fundamental con la que tropezó desde sus orígenes fue la incapacidad para superar la corriente nacionalista, cuyas dirigencias civiles o militares se interpusieron en su camino.

El objetivo de este artículo no es hacer una evaluación del libro en su conjunto ni tampoco una reseña de la obra. El propósito es debatir ciertas cuestiones políticas concernientes a los años 1946 a 1971, el período de mayor ascenso del proletariado minero de Bolivia.

 

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Sándor John considera que uno de los mayores logros políticos del Partido Obrero Revolucionario (POR, fundado en 1935) en toda su historia, la aprobación de la famosa Tesis de Pulacayo por un Congreso Extraordinario de la Federación Sindical de Trabajadores Mineros de Bolivia (FSTMB) en noviembre de 1946, estuvo empañado por la alianza entablada con Juan Lechín, jefe del ala sindical del Movimiento Nacionalista Revolucionario (MNR). Esta alianza habría expresado una “debilidad política crucial” del trotskismo boliviano: en vez de profundizar la independencia política de los trabajadores contribuyó a fortalecer la influencia del MNR.

El autor extiende su crítica a la Tesis de Pulacayo. Cita un conocido párrafo en el que se afirma: “…que la revolución será democrático-burguesa por sus objetivos y solo un episodio de la revolución proletaria por la clase social que la acaudillará”, concluyendo que el texto se opone a la concepción de la revolución permanente de Trotsky, en la cual las tareas asociadas con la revolución burguesa “serían llevadas a cabo por la clase obrera en una revolución proletaria socialista, apoyada por los campesinos pobres”. En la misma tónica afirma que el planteo sobre la revolución en Bolivia “…se circunscribe esencialmente al terreno nacional”, en contraste con las ideas de Trotsky, que planteaba la extensión de la revolución al plano internacional (Sándor John, 2016:128).

La crítica del autor a los fundamentos programáticos de Pulacayo luce superficial y forzada. La teoría de la revolución permanente no niega la existencia de tareas democráticas y antiimperialistas pendientes, sino que considera que estas serán resueltas por la revolución proletaria, como se puede leer en el párrafo cuestionado. En el mismo sentido, lejos de circunscribir la revolución a las fronteras nacionales, la Tesis señala que “Bolivia, pese a ser un país atrasado, solo es un eslabón de la cadena capitalista mundial”, resaltando la lucha de los trabajadores contra el imperialismo y proclamando su solidaridad con el proletariado norteamericano.

El gran acierto de la Tesis de Pulacayo fue identificar a los mineros como portadores de un proyecto transformador de la sociedad boliviana, estimulando su combatividad y fortaleciendo su conciencia de clase, señalando que ellos serían los conductores de las grandes mayorías nacionales en la lucha por la emancipación social. La clave de su persistencia en el tiempo fue su contribución a la configuración de una identidad positiva de los mineros, que interpelaron a sus direcciones sindicales desde esta plataforma política-ideológica. Cualquiera que hayan sido las dificultades del trotskismo boliviano para enfrentar el nacionalismo, no pueden empañar su contribución programática en la historia de la clase obrera boliviana.

 

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La característica más notoria de la Revolución de 1952 fue la destrucción del ejército en las jornadas insurreccionales de abril. Inmediatamente se constituyó la Central Obrera Boliviana (COB), organismo central de los trabajadores de Bolivia, hegemonizado por la Federación Minera, a cuya cabeza se encontraba Lechín. Pero los mismos trabajadores que derrotaron al ejército de la “rosca” aceptaron la constitución del gobierno del MNR encabezado por Víctor Paz Estenssoro y Hernán Siles Suazo, en el cual Lechín y otros dirigentes de la COB fungían como “ministros obreros”.

Desde el punto de vista de la tradición marxista, la situación puede caracterizarse como una dualidad de poderes: de un lado la COB con las milicias obreras y el respaldo masivo de los trabajadores; del otro el gobierno del MNR, parapetado en una frágil legalidad institucional ante el colapso del aparato militar estatal. En este contexto, la política del POR estuvo lejos de plantear que la disyuntiva se resolviese a favor de la COB. Por el contrario, planteó una línea de apoyo crítico al gobierno, sin cuestionar la presencia de dirigentes obreros en el gabinete del MNR. El POR priorizaba la defensa del gobierno frente a las amenazas golpistas, presionando al ala izquierda movimientista y exigiendo profundizar el curso revolucionario.

Los testimonios reunidos por Sándor John demuestran que el POR no intervino en forma orgánica ni coordinada en las jornadas de abril, debido a que la mayoría de sus dirigentes permanecían exiliados o encarcelados. El autor argumenta que, tras el triunfo de la insurrección, las masas creían que el MNR era su gobierno y que iba a hacer la revolución, y que “la línea oficial del partido reflejaba estas ilusiones”. Antes y durante las jornadas de abril la consigna del POR fue “Constitucionalización inmediata del país mediante la entrega del mando a Paz Estenssoro, para cumplir la voluntad de las masas expresada en las elecciones de mayo de 1951”1 (Sándor John, 2016:178). Después del acceso del MNR al poder, la línea central del partido fue:

Apoyo y defensa del gobierno contra la rosca y el imperialismo…apoyamos toda medida progresista del gobierno, sin por eso renunciar a criticar sus vacilaciones (Sándor John, 2016:179).

Con el correr de los meses el POR expresó la esperanza que la fracción de izquierda del MNR dirigida por Lechín lograra el predominio dentro del gobierno. En reiteradas oportunidades apoyó al ala izquierda del MNR en sus choques con el ala derecha, llegando incluso a sugerir la posibilidad de una fusión orgánica. A mediados de 1953, tras una intentona golpista rápidamente desbaratada, Lucha Obrera, periódico del POR, exigió “Control total del Estado por el ala izquierda del MNR” y “Todo el poder a la izquierda (del MNR)” (Sándor John, 2016:188). El problema de fondo con esta política, más que las tácticas desplegadas sobre el ala izquierda movimientista, reiteradamente criticadas por el autor, eran las expectativas generadas en el MNR. Años después los errores señalados fueron reconocidos por el propio Guillermo Lora, en una autocrítica quizás incompleta, pero que Sándor John pasa por alto (Lora, 1963: 38-39).

 

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El centro de la discusión política planteada por el autor estadounidense es el Frente Único Antiimperialista (FUA), cuya adopción por los trotskistas bolivianos explicaría sus recurrentes capitulaciones ante el nacionalismo. En su opinión el FUA implica acuerdos programáticos con fuerzas burguesas, resultando por tanto antagónico a la concepción de la Revolución Permanente de Trotsky (Sándor John, 2016:136-145). El tema, por supuesto, es ampliamente controversial, pero en este caso el autor expresa una posición tajante sin plantear cursos alternativos. Así, por ejemplo, critica el llamado del POR a los comunistas y nacionalistas para conformar un frente único contra la oligarquía, tras la anulación de las elecciones presidenciales de 1951. Pero el problema no era reclamar la unidad en la lucha antioligárquica (unidad que por otra parte se materializó en la práctica en las jornadas de abril de 1952, cuando comunistas, nacionalistas y trotskistas junto con miles de obreros se batieron en las calles contra la dictadura), sino la perspectiva política en que se la encuadraba, la entrega del gobierno al MNR (la ya aludida “constitucionalización” del país). ¿Cuál era el planteo correcto entonces? Sándor John no lo dice, y más allá de cualquier discusión teórica y/o programática, en un país como Bolivia, donde la interpelación antiimperialista cobró a lo largo de su historia una dimensión superlativa, la omisión constituye un déficit importante.

 

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La resolución adoptada por la IV Internacional en su tercer congreso (agosto de 1951) contribuyó a profundizar la orientación seguida hasta entonces por el trotskismo boliviano. En el mencionado cónclave, al cual asistió Hugo González Moscoso en representación del POR, se aprobó por unanimidad el informe presentado por el dirigente Michel Pablo, que implicaba una profunda revisión del Programa de Transición de la IV Internacional2. Esta orientación, que abrió una política de adaptación del trotskismo al nacionalismo y al reformismo, derivó en un proceso de diferenciación política interna que decantó hacia 1953 con la formación de dos bandos: el Secretariado Internacional (SI), con Pablo, Frank y Mandel, y el Comité Internacional (CI), integrado por el SWP, los grupos británicos y suizos y la mayoría de la sección francesa3. Con respecto a Bolivia, se abogó por el apoyo de la sección local a toda movilización de masas impulsada o emprendida por el MNR para lograr la toma del poder, validando lo hecho hasta entonces y justificando la política de apoyo crítico del POR al gobierno del MNR, que no fue cuestionada por la Cuarta Internacional4.

Uno de los tramos más interesantes del libro es el análisis de la lucha fraccional desarrollada al interior del POR durante los años 1954-1956. Se supone habitualmente que en la misma se habría reproducido la escisión entre “pablistas” y “antipablistas”, siendo los primeros los que llevaron adelante una política de “entrismo” en el MNR. Sándor John demuestra que la Fracción Proletaria Internacionalista (FPI), dirigida por González Moscoso y Bravo, el grupo más estrechamente asociado con Pablo, no entró al MNR, mientras que la mayoría de la Fracción Obrera Leninista (FOL), dirigida por Lora y Moller, fue la que terminó ingresando en el partido gobernante. Las diferencias entre ambos grupos, luego de la X Conferencia del POR (junio de 1953), giraban sobre la caracterización de la etapa, coincidiendo en la caracterización del gobierno (Sándor John, 2016: 202).

La crisis decantó en octubre de 1954, cuando se produjo la adhesión de la mayoría de la FOL al MNR. Sándor John argumenta que Lora estuvo de acuerdo con una táctica de entrismo parcial, y que recién se habría opuesto al plantearse la disolución en el MNR. Aun así, la actitud de Lora (fundando prácticamente en soledad una nueva publicación, Masas, mientras el tradicional vocero Lucha Obrera y la gran mayoría de los militantes se quedaron con González Moscoso o se fueron al MNR), aseguró la continuidad del trotskismo en el movimiento obrero boliviano.

El gran aporte de Sándor John es arrojar luz sobre un tercer agrupamiento, hasta ahora ignorado, la Fracción de Cochabamba, o Fracción Leninista (FL). Este grupo condenaba la política de entrismo, sostenía que el MNR era el “partido de la burguesía nacional”, que los revolucionarios debían oponerse a su gobierno y luchar por el gobierno obrero y campesino. Criticaban la aceptación de los “ministros obreros”, cuestionaban el “seguidismo” al ala izquierda del MNR y afirmaban que la división del partido era consecuencia del oportunismo de la dirección partidaria. El grupo de Cochabamba, que declaró su alineamiento internacional con el CI, fue duramente reprimido por las autoridades, sus principales dirigentes fueron detenidos o debieron huir al extranjero o esconderse, lo que motivó la disolución del grupo (Sándor John, 2016: 212-216).

 

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Sándor John está en lo cierto al afirmar que la tendencia dirigida por González Moscoso no entró ni se disolvió en el MNR, pero también es cierto que a partir de la década del ’60 este grupo apoyó diversas experiencias guevaristas en América Latina con resultados decepcionantes. En contraposición, Guillermo Lora formuló una de las críticas más sagaces a las concepciones guevaristas sobre la lucha armada. Afirmaba que la guerra de guerrillas era un método más de lucha, cuya legitimidad y viabilidad dependía de su adopción, en ciertas circunstancias, por la clase obrera, y que el gran defecto de la teoría del foco era la sustitución de la clase obrera como sujeto revolucionario, reemplazándola con una discusión sobre las formas de lucha que en definitiva, dependían del momento político y las relaciones de fuerza. Mientras el POR-Lucha Obrera fue declinando hasta desaparecer, la reconstrucción de la corriente trotskista en el movimiento obrero boliviano fue obra del POR-Masas.

Este desequilibrio en la evaluación de la trayectoria de las dos principales corrientes del trotskismo boliviano se refleja en uno de los capítulos más problemáticos del libro, el dedicado al análisis de la Asamblea Popular de 1971. Como es sabido, la Asamblea formó parte del proceso de radicalización política de fines de los sesenta, siendo su base programática la Tesis Política del IV Congreso de la COB (mayo de 1970). Originalmente aprobada por el sindicato de Siglo XX, a instancias del POR, contó luego con el apoyo del PC. El frente único del POR y el PC condujo a la conformación del Comando Político (CP), integrado por representantes de la COB y de los partidos de izquierda, que el 1º de mayo de 1971, planteó la constitución de “un órgano de los trabajadores y del poder popular” independiente del gobierno: la Asamblea Popular, autodefinida como un Frente Antimperialista dirigido por el movimiento obrero.

Muchas críticas se han formulado a la experiencia de la Asamblea Popular. Quizás las más importantes fueron la negativa a ampliar la participación campesina y la demora en organizar la resistencia al golpe derechista del ejército. Pero de conjunto fue un intento de la izquierda de no repetir los errores del pasado con el “cogobierno MNR-COB” (la propuesta de Torres de incorporar “ministros obreros” a su gobierno no fue aceptada), construyendo un organismo que expresara a las masas populares en lucha.

Sin embargo, la opinión de Sándor John es extremadamente escéptica: la Asamblea habría sido una suerte de “parlamento popular”, controlado por Lechín y la burocracia de la COB, que habría alimentado la confianza del movimiento obrero y la izquierda en los militares nacionalistas, suponiendo que iban a repartir armas al pueblo, todo lo cual facilitó el triunfo del golpe de Banzer (agosto de 1971). Su argumentación se apoya en esta parte en datos fragmentarios y entrevistas poco contextualizadas, omitiendo otras interpretaciones (Zavaleta Mercado, 2011). Más que un razonado cotejo de las fuentes disponibles, su caracterización está signada por el rechazo al Frente Único, y su hipótesis acerca de la incapacidad de la izquierda boliviana de superar el nacionalismo.

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En este texto se intentó problematizar algunas cuestiones que surgen del libro de Sándor John. Conviene remarcar que se trata de una obra extraordinaria, que reúne una exquisita escritura con una gran cantidad de fuentes de primera mano, en un trabajo de investigación de toda la vida del autor. Además de estas cualidades, tiene la importancia superlativa de restituir la historia del trotskismo en Bolivia, en un momento donde se intenta reescribir la historia de sus clases subalternas dejando de lado algunas de sus tradiciones más valiosas. Es por este motivo que consideramos de gran importancia debatir esta obra, que por sobre todas las consideraciones es un emocionante homenaje a quienes en Bolivia vivieron y lucharon bajo la bandera de la revolución permanente.

 

Bibliografía

Lora, Guillermo: La Revolución Boliviana, Difusión, La Paz, 1963.

Sándor John, Steve: El trotskismo boliviano. Revolución permanente en el altiplano, La Paz, Plural, 2016.

Zavaleta Mercado, René: “El poder dual en América Latina”, en Obra Completa, tomo I, La Paz, Plural, 2011 (1973).

 

  1. En las elecciones de 1951 se impuso la fórmula Víctor Paz Estenssoro-Hernán Siles Suazo (MNR), pero fueron anuladas por los militares que asumieron el gobierno.
  2. La resolución sostenía que era inminente una tercera guerra mundial, abriéndose una crisis que llevaría a la radicalización de los movimientos nacionalistas y los partidos comunistas, posibilitando a los trotskistas influir en los mismos. La radicalización de las masas empujaría a las direcciones nacionalistas, reformistas y comunistas hacia un curso revolucionario.
  3. El Buró Latinoamericano (BLA), dirigido por J. Posadas (Homero Cristalli), con sede en Montevideo, era leal al SI, mientras otro grupo argentino dirigido por Nahuel Moreno (Hugo Bressano), era afín al CI.
  4. Con algunas excepciones, como la tendencia Vern-Ryan del SWP estadounidense (Sándor John, 2016: 217).

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