Aguafuertes de un porteño

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MARTÍN KOHAN

N.2, agosto 2013

 

A propósito de la edición de Aguafuertes cariocas, de Roberto Arlt.

Habría que decir que son éstas, las cariocas, las verdaderas aguafuertes porteñas de Roberto Arlt. Porque aquellas otras, las que llevan razonablemente ese título, tantas veces editadas y reeditadas a lo largo de los años, son las que se nutren de la realidad de Buenos Aires, las que registran personajes porteños, las que traman historias porteñas en la frecuencia impar del día a día. Pero estas otras, las cariocas, inéditas en libro hasta ahora, es decir hasta que la encomiable inquietud de Gustavo Pacheco las recopiló y reunió en un volumen, estas otras, las de ese viaje que lleva a Arlt por dos meses a Río de Janeiro, son las que plasman de manera más cabal la sintomatología del temperamento porteño de su autor, un muestrario periodístico de porteñidad, un tratado de porteñismo resumido y concentrado.

Arlt pasa varias semanas en la ciudad de Río; pero no va a la playa más que una sola vez (o no lo menciona más que una sola vez, lo que para el caso es lo mismo). Y no resulta una experiencia satisfactoria: “Intenté el procedimiento de los baños. No dan resultado. Fui a Copacabana. Lo de las muchachas de Copacabana es una mula. He visto algunas que se bañaban y no causan ningún efecto. Es inútil: la mujer, para interesar, tiene que estar vestida” (126). Arlt pasa varias semanas en la ciudad de Río; pero una sola vez se interesa por el Pan de Azúcar y su visión panorámica. Y tampoco resulta una experiencia satisfactoria: “Usted ha creído que sentiría vaya a saber qué emociones, y no siente nada” (130).

¿De qué se trata, cómo tomarlo? ¿Se trata de la lucidez de un viajero singular que, inmune a los estereotipos, no va detrás de los lugares comunes que recomiendan la arena, las olas, las garotas, los paisajes? ¿O se trata, a decir verdad, de un destino de desencuentro entre el cronista visitante y la ciudad visitada? ¿Va acaso Roberto Arlt a descubrir otra Río de Janeiro, que no es la de las postales? ¿O va a perderse y desconcertarse en un sitio que se le escurre? Arlt encuentra que Río de Janeiro es triste: le faltan flores, le faltan jardines. Tan luego de Río dictamina sin matices: “nada de verde” (“nada y nada absolutamente de verde” (69)). Precisó llegar hasta ahí para saber que no le sienta el calor (o para saber que hace calor): “La temperatura, aquí, agota al hombre del Sur” (128). Renuncia por principio al aprecio del paisaje, porque el paisaje de por sí no le parece un motivo de aprecio: “El paisaje me revienta. No miro las montañas ni por broma. ¿Qué hacemos con la montaña? ¿Describirla? Montañas hay en todas partes. Los países no valen por sus montañas” (143/4). ¿Qué dirá entonces de Río de Janeiro este viajero y periodista que no gusta de paisajes, se desentiende del mar, padece el calor y no ve nada de verde en su entorno?

Tal es la proeza literaria de las Aguafuertes cariocas. Decenas de cronistas atinados y curiosos podrían ofrecer, u ofrecieron, retratos deslumbrantes de Río de Janeiro, versiones fidedignas de la ciudad maravillosa. En cambio esta crónica lunfarda de la ilusión y la desilusión tan sólo podía escribirla Arlt. No hay nada como la descolocación de Arlt para entender el lugar de Arlt; nada revela mejor su lugar que ese fuera de lugar que condensan estos días y estas páginas. Y no hay semblanza mejor de lo que es y de lo que implica un viaje, porque aquel que, cuando viaja, se siente “como en su casa”, bien podría haberse quedado en su casa. El viajero cabal se incomoda, no se halla, no se habitúa, no se relaja, no armoniza, no se asimila, no se adapta, no se entrega. La perspectiva del viaje (su primer viaje fuera de la Argentina, a los treinta años de edad) entusiasma a Roberto Arlt. Los sueños de Arlt, ya que no su vida, son siempre los del confort pequeño burgués. A eso hay que agregar, y es también algo típicamente arltiano, ese aire de revancha que embarga al que accede a un mundo que en principio lo excluía, a esos bienes y placeres que no le estaban destinados: “¡Yo a bordo!” (11). El reo viaja a Brasil, el turro dio el batacazo: “¿no es una papa y una lotería?” (12). “¡Saraca! ¡Victoria!” (14): Arlt hace suyas las palabras de la dicha de aquel tango que cantaba Gardel. El viaje al exterior lo exalta, pero más que eso lo exalta saber que es el laburo de escriba lo que lo habilita para el periplo, fuera de eso destinado a bacanes de mejor laya. “Me rajo”, empieza diciendo Arlt: “me rajo indefectiblemente” (11). No se trata, sin embargo, de la concreción en aguafuerte del célebre “rajá, turrito, rajá” que consagró en la novela; rajarse aquí es más bien rajarse de los que fueron “mis tiempos turros” (11), aunque a la vez va a llevarlos consigo al viaje, los lleva porque lleva una lengua, una historia, un estilo, un instinto, los lleva porque, junto con el traje decente, lleva otro “hecho pedazos, con un par de alpargatas y una gorra desencuadernada” (13).

Durante la primera parte de su viaje, Arlt en Río ve Europa. Durante la segunda parte, en cambio, pasa a ver África. O sea que lo que nunca ve es Sudamérica, lo que no termina de ver es Brasil. Al principio dice así: “Se me ocurre que de todos los países de nuestra América, el Brasil es el menos americano, por ser, precisamente, el más europeo” (34). Pero más adelante dirá: “Camino. No sé si estoy en África o en América” (83). En los primeros días Arlt se admira de la decencia que impera en las calles de Río de Janeiro, del respeto a las mujeres, de la atmósfera de educación, del sibaritismo brasileño. En los últimos, por el contrario, ve barrios tristes y sucios, la falta de bibliotecas obreras, el tedio insoportable de una ciudad fastidiosamente honesta, carente del encanto de lo reo; los negros, tan abundantes, se le vuelven “orangutanes”, “pequeños animalitos” (63) en estado de semi civilización.

¿Qué pasó entre una cosa y la otra? Yo diría: la irrupción del porteño. O en todo caso, su retorno, en el sentido en que se habla del retorno de lo reprimido (tan sólo el que se reprime puede viajar y adaptarse). Las Aguafuertes cariocas, sin dejar de serlo, empiezan así a destilar porteñismo, a devenir aguafuertes de un porteño. Son crónicas, por cierto, pero ¿crónicas de qué? De Río de Janeiro, sí, de un Río de Janeiro sin flores ni jardines ni alegría, sin verde, sin montañas y sin mar. Pero también, y sobre todo, son crónicas de ese viajero que empieza por entusiasmarse ante el acceso a una experiencia burguesa que parecía estarle vedada, y acaba por padecer el incordio de saberse siempre desacomodado. Las Aguafuertes… son crónicas de viaje, pero “de viaje” en sentido estricto: no del lugar al que se viaja, sino del hecho en sí de viajar. El tango festivo que cita Arlt con “¡Saraca! ¡Victoria!” empieza a declinar, siempre en veta gardeliana, por la pendiente de la nostalgia melancólica o quejosa de “Volver”, de “Mi Buenos Aires querido”, de “Anclao en París” (tan anclado se ve Arlt en Río de Janeiro que, aunque a la ida fue en barco, para volver tomará un avión: mucho más que un “leven anclas”). A pocos días de su arribo, Arlt escribe así: “Estoy triste lejos de este Buenos Aires del que me acuerdo a toda hora (…). La ciudad de uno es una, nada más. El corazón no se puede partir en dos pedazos” (27) (Arlt habla como si fuera a radicarse en Río para siempre, y no a visitarla por algunos días; todo porteño es un desterrado cuando sale de Buenos Aires, así sea a las pocas horas de salir). Si así escribe al comenzar las Aguafuertes cariocas, ¿qué no dirá hacia el final, con varias jornadas de acumulación de añoranza?: “Te saludo con la emoción del porteño que ha perdido hace rato de vista su hermosa calle Corrientes y su magnífica Avenida de Mayo, su Florida cursilera y su majestuosa Callao” (137); “te soy fiel porque me recordás mi ciudad, más querida ahora que nunca, porque está lejos” (140).

¿Qué busca Arlt en Río de Janeiro? Busca flores, jardincitos. Y como no los encuentra, extraña su Buenos Aires: “No le cause asombro lo que le voy a decir: Río de Janeiro da la sensación de ser una ciudad triste porque es una ciudad sin flores. Puede usted andar media hora en tranvía que no va a encontrar un solo jardín. ¡Cuántas veces me he acordado estos días de un balcón que hay en la calle Talcahuano, entre Sarmiento y Cangallo!” (69).

¿Qué busca Arlt en Río de Janeiro? Busca cafés donde pasar horas, haciendo fiaca, atorranteando. Y como no los encuentra, extraña su Buenos Aires: “En el concepto de todo ciudadano respetuoso de los derechos de la fiaca, porque también la fiaca tiene sus derechos según los sociólogos, el café desempeña una función prominente en la civilización de los pueblos” (73). En cambio los brasileños “trabajan, trabajan brutalmente, y no van al café sino breves minutos. Tan breves que, en cuanto se queda usted un rato de más, lo echan (…). Hay que palmar e irse. Pagar las seis guitas que cuesta el café y piantar” (74- 75). ¿Qué busca Arlt en Río de Janeiro? Busca la vida nocturna. Y como no la encuentra, extraña su Buenos Aires: “¡Ah, Buenos Aires!… ¡Buenos Aires!… Calle Corrientes y Talcahuano, y terraza y Café Ambos Mundos, y Florida. ¡Ah, Buenos Aires! Allí uno se esgunfia, es cierto, pero se esgunfia despierto hasta las tres de la mañana (…). ¿Adónde va, acá en Río, a las once de la noche? ¿Adónde? (…). Minga de café, minga de nada. Se acuesta porque no hay nada que hacer en la rua (…). Pero, ¿quieren decirme qué es lo que puede hacer un porteño en la cama, a las once de la noche?” (57-58-59).

Arlt sentencia la verdad definitiva de lo que es viajar y ser viajero: “Estar en tierra extraña es estar completamente solo” (157). ¿Qué otra cosa, sino eso, es vivir una extrañeza? Y el que viaja y no se siente extraño, entonces, ¿para qué viaja? El viaje que Arlt emprende, como cronista, para el diario, se convierte así en diario de viaje, pero en el sentido del género íntimo: el espacio de un desahogo personal. Las Aguafuertes cariocas de Arlt brillan en una tradición que va de la “Lejana Buenos Aires” de Carlos Gardel hasta “El anillo del Capitán Beto” de Spinetta: “¿por qué habré venido hasta aquí / si no puedo más de soledad?”. Así Arlt: “¿Quién me mandó a mí salir de Buenos Aires? ¿Por qué fui tan gil? ¿No estaba tranquilo y cómodo allí? (…). ¿Qué hago, quieren decirme? Volverme es lo que me parece mejor” (84 – 85). No es la estirpe del “¿ubi sunt?”, es la estirpe del “¿ubi sum?”. Lo perdido no es el pasado, sino uno mismo en lugar ajeno. El retrato de Río que hace Arlt abunda en destellos geniales, compuestos con dosis parejas de comprensión y de incomprensión, a golpes de percepción fina y de pura arbitrariedad. El retrato que, a la vez, va haciendo de Buenos Aires, es más genial todavía, y no tiene otros requisitos que la distancia y la ausencia. No cualquiera camina por Río, y extraña un balcón de Talcahuano y Sarmiento.

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