Podemos y el “fenómeno Corbyn”: apuntes sobre la izquierda europea

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JOSEFINA L. MARTÍNEZ, con la colaboración de Alejandra Ríos

Número 34, octubre 2016

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La crisis del PSOE en el Estado español y el ascenso de Podemos, la división interna del laborismo y el triunfo de Corbyn, el hundimiento del PASOK en Grecia, la capitulación del gobierno de Syriza, la crisis de Hollande en Francia; hitos en una crisis histórica de la socialdemocracia europea y la emergencia de nuevas corrientes reformistas.

La reconfiguración del mapa político se viene desarrollando de manera desigual, en el marco de las diferentes tradiciones nacionales y relaciones de fuerza. Sin embargo, hay una dinámica general que sobredetermina todo el proceso: la crisis económica capitalista aceleró la debacle de la socialdemocracia, que durante las últimas décadas se había transformado en agente del neoliberalismo para aplicar políticas de contrarreforma social, una arremetida sistemática hacia el mundo laboral y social.

La ofensiva neoliberal coincide con el período en que los partidos socialdemócratas actuaron como garantes del proyecto europeísta, pactando con conservadores y liberales las mayorías en el Parlamento Europeo y alternándose con éstos en los puestos directivos de la UE. Por eso, el sentimiento “anti establishment”, la crisis de la UE, el auge de la extrema derecha y la crisis de la socialdemocracia, son fenómenos que se desarrollan en simultáneo y en gran parte se retroalimentan.

La edad de oro de la socialdemocracia en el poder alcanzó su auge durante los ‘80, llegando a sus máximos electorales en Europa a mediados de los ‘90. En 1994 el grupo de los socialdemócratas europeos acaparaba el 35 % de los escaños en el Parlamento de la UE mientras ahora se limitan al 25 %. Los porcentajes electorales nacionales oscilaban en esos años por encima del 40 %, mientras que ahora en su mayoría fluctúan alrededor del 20 %, con algunos partidos cayendo por debajo del 15 % o el hundimiento del PASOK griego por debajo del 5 % en 2015.

Los años exitosos de los partidos socialdemócratas en el poder forjaron su crisis: se consolidó el giro neoliberal y su conversión en “social-liberalismo”. Las políticas de reconversión industrial de Felipe González se profundizaron con las reformas laborales y sociales del PP-PSOE en las décadas siguientes. Schroeder del SPD con su “Agenda 2010” de precarización laboral preparó la “gran coalición” entre los socialdemócratas y la CDU en Alemania, en la que se basó la estabilidad de Merkel. Finalmente, el ejemplo más paradigmático ha sido la “Tercera vía” de Tony Blair, un “thatcherismo por otros medios” en el Reino Unido.

El clima conservador también moldeó a los viejos partidos comunistas, que a fines de los ‘70 y ‘80 dieron el vuelco hacia el eurocomunismo y terminaron de asimilarse a los regímenes, situados en gobiernos municipales o regionales, embarrados en casos de corrupción estatal, en coaliciones con los socialdemócratas y verdes, degradando su relación con los sindicatos y los movimientos sociales en pos de políticas parlamentaristas y de gestión de las instituciones capitalistas.

Grecia y España: crisis social y neoreformismos

En el sur del continente la crisis golpeó de forma más directa, con récord en el desempleo y la caída de las condiciones de vida. Desde el 2011 se vivió una importante resistencia social con huelgas generales. Pero el rol de la burocracia sindical dio paso al desvío por la vía electoral y emergieron las formaciones políticas neorreformistas, como Podemos, Syriza y el Bloco.

La magnitud de la crisis en Grecia se “comió” al PASOK y logró imponer la asimilación veloz de Syriza al status quo. De ser considerada la “esperanza” de la “nueva izquierda europea” y prometer un “gobierno de izquierda”, rebajó su programa, pactó con los nacionalistas de ANEL la formación de gobierno y terminó capitulando ante la troika en seis meses. Desde entonces aplica recortes, ajustes y privatizaciones para cumplir con el “tercer memorándum” impuesto por la UE, el FMI y el BCE.

Las consecuencias de la rendición incondicional de Syriza han tenido un calado profundo: se trataba del primer gobierno de un partido a la izquierda de la socialdemocracia en Europa occidental en las últimas décadas. Las expectativas que generó se transformaron, en igual grado, en decepción. Según las últimas encuestas de intención de voto difundidas en Grecia, los conservadores de Nueva Democracia superarían a Syriza.

Las repercusiones de esta crisis también se sintieron en la izquierda europea. La dirección de Podemos convalidó la política del primer ministro griego, Alexis Tsipras, aceptando su sentencia de que “no había alternativa”, y aceleró su “giro al centro”. Desde las elecciones del 20D hasta ahora su estrategia se basó en proponer al PSOE un gobierno de coalición. El PSOE había logrado hasta ahora evitar la “pasokización” aunque tocaba sus peores resultados históricos en las dos últimas elecciones generales. Aun así, Podemos no lograba el sorpasso sobre aquellos.

El último año ha transcurrido en medio de una interminable crisis del régimen, sin lograr formar gobierno. El régimen monárquico- parlamentario funcionaba aceitadamente en base a un fuerte bipartidismo, pero hace aguas con la fragmentación política actual. El PSOE se encontraba acorralado por derecha por el PP, Ciudadanos, los grandes medios de comunicación y el IBEX35 para facilitar un gobierno conservador, mientras por la izquierda lo presionaba Podemos.

Finalmente, Pedro Sánchez renunció como Secretario General del PSOE y el partido ha terminado hecho trizas. La crisis culminó en un “golpe de mano” en el Comité Federal socialista, con los “barones socialistas” tomando las riendas de la organización para facilitar un gobierno del PP.

Podemos tampoco está exento de importantes crisis internas. Se enfrentan a su interior dos grandes corrientes: los “pablistas” y los “errejonistas”. Íñigo Errejón es partidario de acelerar la disolución de toda identidad izquierdista en Podemos y consolidar su normalización en las instituciones. Por su parte, Iglesias viene proponiendo un giro táctico para poner freno a la caída electoral (perdieron más de un millón de votos entre las elecciones de diciembre y las de junio), recuperar terreno perdido hacia la izquierda y consolidar “una estructura de cuadros”. Por eso habla de volver a “dar miedo a los poderosos” y “asentarse en lo social”. Por último, el sector de Anticapitalistas, disueltos en Podemos plantean “reiniciar” Podemos con una mayor relación con los movimientos sociales [1].

Podemos cruje internamente: la organización se transformó en el último año en una “máquina institucional” [2] con un bloque de 71 diputados en el Congreso, cientos de diputados autonómicos y ocupa el gobierno en las grandes ciudades como Madrid y Barcelona. En esos gobiernos han abandonado gran parte de su programa electoral, mantienen el pago de la deuda, persiguen a los inmigrantes vendedores ambulantes y se enfrentan directamente con huelgas de los trabajadores, como en el metro de Barcelona.

En el Estado español lo más probable es la formación de un gobierno del PP apoyado por el PSOE, dispuesto a implementar más recortes y ajustes. El escenario político seguirá agitado, sin resolverse la aguda crisis del régimen. Pero también se abre la posibilidad de que ante nuevos ataques de un gobierno conservador se retome la movilización en las calles y avance la experiencia de un sector de la juventud y los trabajadores con el neorreformismo de Podemos.

Reino Unido: el fenómeno Corbyn y el rechazo al establishment

En el Reino Unido, en una situación política marcada por la polarización social, el malestar con los planes neoliberales y el crecimiento en algunos sectores de un sentimiento anti europeo –que derivó finalmente en la votación a favor del brexit–, la crisis del laborismo se manifestó de manera distinta.

Con el Nuevo Laborismo en el poder desde mediados de la década de los ‘90 hasta principios de 2010, se desarrolló una época soñada para la casta financiera. El giro neoliberal del laborismo lo transformó en parte del establishment británico y produjo una fuerte desafección de su base social obrera y juvenil.

Luego de una desastrosa performance en las elecciones generales del Reino Unido y en el referendo en Escocia, los laboristas eligieron a su nuevo líder en unas internas donde se aplicaba por primera vez un sistema abierto de votación de “1 afiliado o simpatizante = 1 voto”. La derecha del laborismo veía este mecanismo como la vía para reducir el peso de los sindicatos apelando al voto individual. Pero, sorprendentemente para todos, se volvió una especie de boomerang y permitió la emergencia de un candidato del ala izquierda, Jeremy Corbyn.

Su candidatura convocó cientos de miles de afiliaciones nuevas al laborismo en pocos meses. Se despertaba la “Corbynmanía” [3], con miles de simpatizantes del veterano diputado antiguerra participando de asambleas y actos de campaña. Mientras en mayo de 2015 los afiliados al PL eran 201.293, en enero de 2016 alcanzaban la cifra de 388.407. Entre enero y julio de 2016 hubo casi 127.000 nuevas afiliaciones.

El movimiento se desarrolló no solo entre la juventud, sino también entre los sindicatos, que en muchos casos se pronunciaron por su apoyo a Corbyn. Lo apoyaron UNITE y UNISON, los dos sindicatos más grandes del país, al igual que el PCS (dependencias estatales), CWU (comunicaciones), RMT (transporte de trenes y marítimo), ASLEF (maquinistas) BFAWU (panadería y alimentación) y FBU (bomberos).

En septiembre de 2015 Corbyn ganó las elecciones con el 59,5 % de los votos entre los miembros del PL y un 84 % entre los simpatizantes. Una clara expresión del rechazo a los recortes, a la austeridad, al racismo y la guerra, llevada a cabo por sucesivos gobiernos. También significó una derrota humillante para las alas centro y derecha del Partido Laborista. El corbynismo defendía recuperar el “viejo” laborismo, con un programa neokeynesiano y socialdemócrata.

De este modo, el laborismo inició un proceso de renovación, basado en una nueva base juvenil y con el apoyo de su base sindical. ¿Hubo una “podemización” del laborismo? Se puede decir que sí, en tanto hubo un fenómeno nuevo a la izquierda y de rechazo al establishment. Pero, a diferencia de Podemos, un partido creado hace solo dos años y sin casi ninguna relación orgánica con el movimiento obrero, el laborismo es un partido histórico, con una fuerte relación con los sindicatos (a pesar de su degradación durante las últimas décadas).

La nueva dirección de Corbyn se chocó con la resistencia del ala conservadora. El triunfo del “sí” al brexit fue la oportunidad para que ese sector pasara a la ofensiva, impugnando la dirección de Corbyn, al que acusaban de no haber sido lo suficientemente contundente en la campaña por el “remain”. En un “golpe de mano” interno, la mayoría de los integrantes del gabinete en la oposición renunciaron, abriendo la crisis en el laborismo y desatando una guerra abierta contra Corbyn. Finalmente, el 28 de junio, Corbyn perdió la moción de confianza de su grupo parlamentario.

La ofensiva de la derecha del PL fue muy fuerte, tratando de desprestigiar a Corbyn con campañas mediáticas acusándolo de “antisemita”. Además, lograron imponer que 130.000 nuevos miembros del PL fueran desacreditados y no pudiesen votar, y un aumento de la cuota para los simpatizantes que quisieran votar de 3 a 25 libras.

Pero a diferencia de lo que hizo más tarde Pedro Sánchez en el Estado español, retirarse sin dar pelea, Corbyn se propuso retomar la dirección del laborismo apelando al apoyo de la base. En su apoyo siguió cobrando fuerza Momentum, el movimiento impulsado por jóvenes y activistas de la izquierda del laborismo y numerosos sindicatos se volvieron a pronunciar a su favor.

Finalmente, el pasado 24 de septiembre se anunciaba el resultado de las internas laboristas: Jeremy Corbyn se impuso con un 61,8 % de los votos de los militantes del PL sobre su opositor Owen Smith, que obtuvo 38,2 %. Entre los simpatizantes obtuvo el 70 %. El reelecto líder laborista aumentó su porcentaje de voto y se fortaleció en la base partidaria. Aquí no hubo hundimiento como en Grecia, ni la emergencia de un Podemos a su izquierda como en España: en el laborismo conviven actualmente dos grandes corrientes que están disputando la hegemonía, dos partidos dentro del partido. La vieja dirección del “Nuevo Laborismo” más afín al establishment ha perdido la pelea por la base, pero no está dispuesta a entregar el partido. Aún así, la posibilidad de división del laborismo entre los dos sectores en pugna es más remota en la actualidad. El ala derecha pareciera haber aceptado la segunda victoria de Corbyn, ya que le permite ganar tiempo para posicionarse mejor frente a las elecciones del 2020 y reacomodarse políticamente ante la base partidaria. Por otra parte, el ala derecha no impulsa la ruptura, temerosa de correr la misma suerte que el Social Democratic Party, una escisión por derecha del laborismo en 1981 que no tuvo buen destino. A pesar de haberse despejado en el corto plazo una ruptura del Partido Laborista, los próximos meses seguramente veremos nuevos episodios de esta crisis.

Europa polarizada y fragmentada

Mientras en algunos lugares la crisis de la socialdemocracia abrió paso a nuevos fenómenos reformistas, en otros casos la reconfiguración del mapa político se ha inclinado hacia la derecha y la extrema derecha [4]. La situación en Francia es “dramática y promisoria a la vez” [5]. La caída estrepitosa de la popularidad de Hollande expresa la ruptura de la base social del PS con ese partido. Sin embargo, no ha emergido hasta ahora una alternativa política importante por izquierda que pueda capitalizarlo. La paradoja es que en el lugar donde la lucha de clases ha estado más presente en los últimos meses, el escenario político “por arriba” se mueve hacia la derecha y el régimen de la V República se ha “lepenizado”.

En todo el continente es posible ver las consecuencias de la crisis de los partidos tradicionales, con la emergencia de nuevos fenómenos políticos por derecha y por izquierda. Incluso en la más estable Alemania, la CDU ha retrocedido frente al ascenso de la xenófoba Alternativa por Alemania y la SPD cae en porcentaje de votos.

El brexit ha actuado como catalizador de mayores fracturas, mientras que la crisis migratoria y la amenaza de atentados del Estado Islámico alimentan la xenofobia. No pueden descartarse nuevos episodios agudos en la crisis económica de larga duración. En este contexto polarizado, se refuerza la posibilidad de nuevos hitos de la lucha de clases, como vivimos en Francia hace unos meses [6], que aceleren la experiencia de sectores de trabajadores y la juventud con el reformismo. Ante esta crisis europea de dimensiones históricas, más que nunca es necesario fortalecer corrientes militantes con un programa anticapitalista, internacionalista y de clase.

 

  1. Anticapitalistas ocupa la alcaldía de la ciudad de Cádiz, donde mantiene la misma moderación política y gestión del capitalismo que en el resto de los Ayuntamientos donde gobierna Podemos.
  2. Lotito, Diego, “Podemos, la crisis de la ‘máquina institucional’”, La Izquierda Diario, 28 de septiembre de 2016.
  3. Ríos, Alejandra, “Jeremy Corbyn: ¿qué expresa el nuevo líder laborista?”, IdZ 25, noviembre 2015.
  4. Martínez, Josefina, “La cumbre de la UE muestra la crisis histórica del proyecto europeo”, La Izquierda Diario, 17 de septiembre de 2016.
  5. Comité de Redacción de Rèvolution Permanente, “El movimiento en Francia se mantiene y puede radicalizarse”, La Izquierda Diario, 22 de septiembre de 2016.
  6. Barot, Emmanuel y Chingo, Juan, “La Primavera francesa”, IdZ 29, mayo de 2016.

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