Lo que esconden las calles

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PAULA VARELA

Número 37, mayo 2017.

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Quién es el enemigo del macrismo • Esto sí es sinceramiento • Agarrame que lo mato • Conmigo no, Di Tullio • Los peligros de la izquierda • En defensa de la vida.

 

Varias conclusiones dejaron el marzo caliente y el abril disputado. La primera es que la oposición al macrismo no tiene cara de kirchnerismo sino de movimiento obrero y movimiento de lucha. Los centenares de miles de personas que poblaron las calles en las protestas de marzo lo hicieron poniendo en evidencia el (comprensible) descontento de masas con el macrismo, pero también el sabor a poco de las direcciones que, supuestamente, deberían tramitar ese descontento. “Poné la fecha” fue la consigna que plasmó esa combinación de deseo y de queja. A tal punto fue así que el paro general tuvo fecha y el 6 de abril fue contundente. De la calle como verdadera oposición al gobierno y de los límites de su potencia tomaron nota el oficialismo y el kirchnerismo. De allí sale la segunda conclusión: la calle adelantó la campaña para las elecciones de octubre e impuso la estrategia electoral (al menos la del primer tramo) el macrismo y al kirchnerismo. Los CEO dejaron de pedir tiempo para el derrame y salieron a fidelizar su base para ver si paraban la caída en las encuestas enarbolando un clásico discurso gorila que disparó contra choripanes, negros, pobres y también contra manifestantes en la Panamericana. Los kirchneristas se acordaron de la clase obrera y el derecho a huelga, y salieron a defender a los mismos docentes a los que Cristina había designado como el paradigma de la vagancia.

 

Sinceramiento

Atrás quedaron los días del relato del diálogo, del amor, de la alegría. En su reemplazo llegó el “No quiero tibios” de Macri dirigido nada más y nada menos que a Patricia Bullrich que salió corriendo a desalojar la Panamericana. Que este sinceramiento está directamente relacionado con el 1 de abril, es un hecho. Que sería un error explicarlo solo como rebote de eso, también. La placita propia alegró corazones y envalentonó a un par porque marcó una diferencia: el pasaje de un partido de gobierno cuya identidad se definía por una viscosa mezcla entre enunciados de autoayuda (el diálogo, la felicidad, la alegría), pedidos de esperanza (segundo semestre, derrame de inversiones, la luz al final del túnel), y la negación al kirchnerismo-peronismo (chorros, corruptos y otros sintagmas para los que los K ayudaron bastante); a una identidad Pro con contornos más definidos por la positiva. Su slogan podría ser “pocos pero buenos”. Apareció más claramente el proyecto excluyente y, en respuesta al marzo caliente, el fuerte componente anti-obrero y anti-protesta de dicho proyecto: lo que en Vidal fue la descarada política de producción de carneros (primero a través de los “voluntarios” y luego a través del recibo de sueldo), en la placita propia fueron los carteles de “Baradel, dejate de joder”, “basta de piquetes”, “los chicos a la escuela”. Ahora bien, esa positivización del PRO tiene su contradicción de cara a las elecciones: la minoría es intensa, pero minoría. Constituyen alrededor del 30 % de los votos, el 20 % restante que dio lugar al triunfo de 2015 no está tan convencida de lo de “pocos pero buenos” sobre todo porque muchos son parte de los que pararon en las escuelas (según Baradel, el 60 % de la docencia de provincia de Buenos Aires votó a Vidal) y otro tanto son parte de los que pararon el 6 de abril. ¿Por qué Macri se juega, de todos modos, a este giro de discurso excluyente? La respuesta no está en la plaza del 1A. Por un lado (aunque no lo desarrollemos en esta nota) porque, más allá de los relatos, el Plan B de la economía macrista, es decir, el enfriamiento del mercado interno ante la adversidad de la situación internacional para la lluvia de inversiones productivas, tiene, hasta ahora, el apoyo de la burguesía. O, para decirlo de otro modo, el núcleo duro de los empresarios que apoyan a Macri (Energía, Agroindustria, Minería y Finanzas) no tiene aún una fracción que se le oponga con claridad (aunque haya algunos indicios de grietas en sectores de la burguesía industrial). En este sentido, el endurecimiento del discurso es un guiño a su propia base, pero no electoral, sino burguesa que tiene buena tasa de rentabilidad sin expansión del mercado interno.

Sobre ese núcleo duro hace palanca el macrismo para consolidar un discurso y un programa que unifica al conjunto de la burguesía y que va directo a la relación de fuerzas con los trabajadores y sectores populares: el programa de una mayor flexibilización laboral y de ataque a los sindicatos (bajo el inverosímil discurso de su democratización). El hecho de que el marzo caliente haya sido protagonizado por movilizaciones de trabajadores y por exigencia de paro general, es decir, que haya tenido un fuerte carácter de clase, explica también este giro en la medida en que le permite al gobierno recordar al conjunto de la burguesía un programa que la unifica, incluso al sector que hoy no está entre los ganadores. Pero hay otra razón para la llamada “radicalización” del discurso macrista: la contradicción entre la voluntad de resistencia que los trabajadores y sectores populares mostraron en la calle; y la expresa política del kirchnerismo de no transformar esa fuerza en golpes (destituyentes, si se me permite la expresión) contra el programa de ajuste en regla que el macrismo se propone. Los triunfos que el macrismo logró en los 16 meses de gobierno (tarifazo, la devaluación de la moneda, el aumento del desempleo y la caída del salario real) son avances (parciales pero existentes) en la relación de fuerzas con los trabajadores y los sectores populares. No tener en cuenta estos avances no solo dificulta saber dónde estamos parados sino que le lava la cara al kirchnerismo porque el macrismo solo pudo llevar a cabo estas medidas gracias a la colaboración del FPV y del PJ en tres ámbitos determinantes: el Congreso de la Nación (particularmente en el Senado), las provincias kirchneristas que no se transformaron en “territorios de resistencia” sino que repartieron miseria para guardar y tener; y los sindicatos con los siempre listos “aliados estratégicos” de los K como Pignanelli que ya debe haber descolgado el cuadro de Cristina de su oficina en el SMATA. Gracias a ellos los avances del ajuste M sobre el que se asienta (en parte) la posibilidad de radicalizar el discurso gorila del gobierno, han sido más sencillos de llevar a cabo. Así que empecemos por sincerar el discurso y cuando hablemos de los kirchneristas pongamos “oposición” entre comillas.

 

Traidores

En una nota reciente, Alejandro Grimson decía que las “estabilizaciones de planes económicos y políticos similares al actual requieren de derrotas sociales que desmoralicen al activismo, que aíslen a las organizaciones, que erosionen la idea de que existen alternativas”1. Y efectivamente tiene razón. El macrismo va por esa derrota para aplicar un ajuste en toda la línea. Avanzó parcialmente, pero se encontró con la pared de una relación de fuerzas heredada no exactamente del kirchnerismo sino de la combinación entre el 2001 y la recomposición social y gremial de la clase obrera post 2003. La expresión de esa pared fue el marzo caliente. Ahora bien, ¿cuáles son las alternativas políticas de los centenares de miles que calentaron marzo? En un programa de televisión post paro general del 6 abril, la diputada Juliana Di Tullio intentó un guiño a la diputada con mandato cumplido Myriam Bregman hablando de “coincidencias filosóficas” entre las fuerzas que ambas representan, el FPV y el FIT. Sin meterse en disquisiciones teóricas, Bregman le recordó a Di Tullio que el FPV votó todas las leyes de ajuste macrista en el Senado de la Nación. Ante la evidencia, Di Tullio se refirió a sus hasta hace meses compañeros de ruta como “traidores”. Detengámonos un minuto en esto: ¿no es con esos “traidores”, como el xenófobo Pichetto, con los que el FPV está discutiendo la unidad del peronismo? ¿No son esos “traidores”, como el amigo de Cristina, Rodríguez Saá, los que van a poblar las listas ya sea de unas PASO del peronismo (si las hay) o de las listas de unidad si negocian con todas las fracciones interesadas? Todo indica que los que hoy son traidores mañana van a ser “los sapos que hay que comerse” en función de “hacerle frente al macrismo”. De ese modo llegamos al oxímoron de que la alternativa “realista” al macrismo venga de la mano de los que apoyaron al macrismo para gobernar. Que eso sea sostenido en el discurso político de los peronistas que transforman a su ala derecha en aliados necesarios cuando el pragmatismo lo requiere, o en traidores despiadados cuando tienen que dirigirse a los que luchan, no sorprende, es parte del ADN del principal partido del orden del país. Pero que eso sea la alternativa política que sectores progresistas levantan para miles de luchadores que hoy constituyen, en las calles, en las fábricas, en los barrios o en las facultades, la única oposición al macrismo realmente existente, no se acepta. La principal fuerza política que hoy “erosiona la idea de que existen alternativas” se llama kirchnerismo.

 

La política y las calles

Decir que este contexto significa un desafío para la izquierda, va de suyo. Prefiero señalar los peligros que implica esta coyuntura para una izquierda que tiene fuerte presencia en el país, es decir, para el FIT. El primero es el de respetar la división entre lo sindical y lo político. El peligro de esa división (problema histórico del movimiento obrero y muy debatido en el marxismo) no constituye un problema abstracto o general, constituye un problema político de primer orden que, en esta coyuntura, adquiere características específicas derivadas de la oposición de calles al macrismo. Una de las principales operaciones de la cúpula de la CGT ante la inevitabilidad del paro que le exigieron el 7 de marzo, fue la de disociar el poder de fuego de los trabajadores (paralizar el país) de la posibilidad de que ese poder tenga también palabra política, deliberación, enunciación de qué país queremos cuando decidimos paralizarlo. La negativa a que sea un paro activo no solo en la calle sino en los lugares de trabajo transformándolos en espacios de parlamentos obreros, es la forma en que se dio esa operación. “¿Quieren paro? Tendrán paro, pero no tendrán voz”. De ese modo, la única voz que la cúpula de burócratas de la CGT quiso que se escuchara es la propia a través de la conferencia de prensa cerradita entre cuatro paredes, no vaya a ser que alguien se suba al palco. La CTA no marcó ninguna diferencia al respecto. Se sumó al paro dominguero privando a la clase obrera de hablar. En ese sentido, para los timoratos que criticaron los cortes de la izquierda porque “buscaban la represión” (es increíble cómo el humor social puede influir incluso en aquellos que se dicen anticapitalistas), esos cortes tuvieron un objetivo estratégico, además de visibilizar los sectores antiburocráticos del movimiento obrero. Tuvieron el objetivo de posicionar a fracciones de la clase obrera como sujeto que da batallas políticas a través de acciones sindicales. Y la principal batalla de ese día era resistir la política de Estado del gobierno (y de la burguesía) de terminar con la protesta social como herencia del 2001 (herencia que el kirchnerismo no tuvo otra que aceptar y que trató de limar a través de la institucionalización de la política). La resistencia en la Panamericana es la foto de un sector de los trabajadores que reclama ser sujeto no solo de acciones sindicales sino de oposición a políticas de Estado. Pero además es la foto de otra resistencia muy importante: la de la división de la clase obrera entre efectivos y precarios, sindicalizados y privados de todo derecho. Política que tiene, como principales gendarmes, a la propia burocracia sindical. Los piquetes de trabajadores el día del paro fueron una gran batalla política contra lo que Diego Genoud llamó la “batalla cultural que incluye hacer pública y política la humillación que las patronales descargan sobre un laburante en la vida cotidiana de mayorías precarias que no saben lo que es un sindicato”2. Como dijo la Paco Urondo3, fueron los troskos los que defendieron a los laburantes de las mayorías precarias. Pero el combate contra la división entre lo sindical y lo político adquiere más importancia aún si tenemos en cuenta lo que decíamos más arriba: la oposición al macrismo que hoy está en la calle intentará ser capitalizada por un kirchnerismo que no solo no presenta alternativa sino que la erosiona. El coreo de “vamos a volver” desde el palco docente del 6 de marzo fue la muestra de ello. Son los propios kirchneristas (o al menos un sector de ellos) los que “politizan” la resistencia social que hoy se está dando en el terreno sindical. Ante eso: ¿Qué hacer? Primero que nada dejar en claro que el problema no es que se politice lo sindical (¡todo lo contrario!), sino que de la mano del kirchnerismo se politiza hacia la derrota. Los que somos de izquierda y, particularmente, los dirigentes y referentes sindicales del FIT, tenemos que utilizar todos los palcos y todas las elecciones sindicales para plantear, desde allí, nuestro programa y nuestra estrategia política. En un contexto en que la campaña electoral ya se largó eso implica, también, que el FIT y sus candidatos se presente como alternativa política ante el rejunte de sapos que va a ofrecer el kirchnerismo. No hacerlo bajo la excusa de que “este es el momento de la lucha” y “octubre será el de las elecciones” es, francamente, trabajar para el kirchnerismo. Transformar la “independencia política” que históricamente levantó la izquierda (como modo de defender el carácter de clase de las organizaciones obreras contra su subordinación a partidos y proyectos de estrategia burguesa), en “abstencionismo” respecto de qué proyecto político se defiende, es legitimar la ausencia de alternativa ante los trabajadores. Nuestra independencia política no es de todo partido (interpretación propia de las corrientes sindicalistas), es de los partidos que defienden el régimen al que nosotros nos oponemos. Por supuesto que politizar las acciones sindicales no significa pedirle carnet de afiliación a todos aquellos que tengan simpatía sindical por la izquierda (por luchadores, por democráticos, por combativos, por honestos). Significa sí, ofrecerle a aquellos de los que hemos ganado la confianza por nuestra inserción en las fábricas, las escuelas, los subtes, las oficinas estatales, las telefónicas, la posibilidad de que su sensibilidad de clase no quede encorsetada en esos lugares de trabajo y pueda tener una expresión política que, en octubre, será bajo la forma de elecciones, pero que queremos que sea, más allá de octubre, bajo la forma de militancia anticapitalista, de militancia por un gobierno de trabajadores.

 

¿Qué hacer?

Surge así un segundo peligro político en la actual coyuntura: el de quedarse corto. El FIT ha logrado, en el transcurso de estos 6 años desde su formación, adquirir una identidad definida: la de ser el frente que está con los trabajadores y los luchadores. Y eso no es poca cosa. En un mundo que niega a la clase obrera o que la recuerda solo para denostar su accionar; en un panorama internacional en el que cuando un candidato obrero como Poutou (del NPA en Francia) enfrenta a Marine Le Pen con argumentos de clase es noticia en todos los diarios por la “osadía” de semejante acción política; que en Argentina un frente electoral sea reconocido como aquel que defiende a lo precarios, a los que paran, a los que combaten, es una gran conquista que no proviene del nombre, sino de la presencia de los diputados en cada lucha, de la utilización de las bancas para denunciar cómo opera “la junta de administración de la burguesía”, de la denuncia contra la casta política como consigna que no pedaleaba en el vacío sino que se encadenaba a la puesta del cuerpo “en la Panamericana”. Ahora bien, lo que es una gran conquista puede tener sabor a poco si nos quedamos ahí. En un contexto en el que la disputa de proyectos políticos está enunciada de forma abierta, el Frente de Izquierda no puede conformarse con ser solo el frente de los trabajadores y los luchadores. Tiene que poder mostrar algo más: que es un frente de partidos que proponen un cambio social profundo. Que proponen, a contramano de la idea de “resistencia” o de esperar para “volver” (retorno imposible dado que no hay condiciones para un reformismo ni siquiera de tipo tibio como el kirchnerismo), una sociedad en la que la expectativa de vivir mejor (que se cuantifica en bienes como la casa, el auto, el colegio de los chicos, etc.) no tenga, como moneda de cambio, dejar la vida en ello (con las horas extras, las jornadas extenuantes, la aceptación de la precarización). Vivir mejor sí, dejar la vida en ello, no. Nuestra vida vale más que sus ganancias, expresa en forma sencilla ese horizonte. La reducción de la jornada laboral y el reparto de las horas de trabajo con salarios igual a la canasta familiar (a lo que dedicamos varias notas en esta revista), pretenden mostrar, de forma tangible, que el problema no es la “cantidad de trabajo que hay para hacer”, sino “la cantidad de ganancias que ellos quieren obtener”. El FIT tiene que discutir las formas y las consignas de presentar ese horizonte anticapitalista a los trabajadores como modo de establecerse como una alternativa política a la de “pocos pero buenos” del macrismo y también a la nostalgia inviable del kirchnerismo. En algún sentido, el FIT tiene que dirigirse a su propia base para poder afirmar y convencer a nuevos sectores que, para defender a los trabajadores (de un ataque que no es más brutal aún pero que hacia allí quiere dirigirse) hay que correr el arco de expectativas y empezar a pensar en afectar las ganancias de quienes impiden que vivamos mejor. Las páginas de esta revista están abiertas para ese debate.

 

  1. Véase “Ajuste político y batalla cultural”, en revistaanfibia.com.
  2. Véase, “Paro general, incertidumbre colectiva”, en lavanguardiadigital.com.ar.
  3. Véase, “Gracias, Troskos”, en agenciapacourondo.com.ar.

 

1 comment

  1. JOSE LUIS ROTGER SANCHEZ 23 Abril, 2017 at 23:30 Responder

    COMPAÑEROS, ESTA BIEN PROPONER LA DISTRIBUCION DE LAS HORAS DE TRABAJO, CON LOS SALARIOS COMPLETOS, PERO ES NECESARIO PROFUNDIZAR EL QUE HHACER ? HAY QUE PROPONER DEJAR DE ENDEUDAR AL PAIS, DEJAR DE PAGAR LA DEUDA EXTERNA, NACIONALIZAR TODO EL SISTEMA BANCARIO Y FINANCIERO, NACIONALIZACION DE TODO EL COOMERCIO EXTERIOOR,, REFORMA AGRARIA.

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