CGT/Modelo para armar

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PAULA VARELA

Número 32, agosto 2016.

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El mundo sindical en este primer semestre de macrismo parece una película de esas que abusan del collage y pegan retazos de historias que, en apariencia, no tienen mucho en común, ni forman tampoco un guión definido. Primera escena: un caluroso febrero nos encontró en la calle en la más multitudinaria marcha de estatales, docentes y movimientos territoriales de la última década. La cámara se apaga y eso no tiene ninguna continuidad mientras los ministerios despiden trabajadores. Segunda escena: las cúpulas de las CGT se sacan fotos más o menos sonrientes en la Casa Rosada ante un Macri que promete la “devolución” de los fondos de las obras sociales, y un Moyano que la va de “prudente” aunque afirma que no lo votó. Tercera escena: un abril pone en la calle cerca de 300.000 trabajadores en una convocatoria de las centrales sindicales en pleno (menos la de Barrionuevo) que se realiza sin paro y en la que se podían oler las ganas de los trabajadores de marchar y quejarse. Cámara a negro y la marcha se transforma en debut y despedida, mientras la caída del salario real se coloca alrededor del 10% y los indicadores de la tasa de empleo se empeñan en caer. La cuarta escena es, en realidad, un collage dentro del collage: la kirchnerista Bertone reprime en Tierra del Fuego a vela desplegada, el macrista Morales hace uso obsceno del poder judicial y mantiene presa a Milagro Sala variando la carátula de la causa, la Corte Suprema saca un fallo que restringe el derecho a huelga; en síntesis, pinceladas de un salto en la criminalización de la protesta en el marco del aumento de la conflictividad [1] . Quinta y última escena, los muchachos de la CGT comienzan la opereta de la unidad sindical y tienen a toda la prensa discutiendo tiempos, candidatos, programa, y detalles del Congreso normalizador a realizarse el 22 de agosto. Estas escenas que, de lejos, aparecen como flashes que no arman relato, vistas de cerca adoptan las características de una expresión con cierta coherencia de todas y cada una de las contradicciones de lo que se llamó la “revitalización sindical” durante el kirchnerismo. Concentrémonos en algunas de ellas para entender la sala de espera a la que nos están sometiendo los dirigentes de la CGT (y de la CTA), y hacer hipótesis de hacia dónde vamos.

I.

La primera contradicción es que, lejos de la homogeneidad, durante el kirchnerismo se combinaron dos lógicas de acumulación de poder de las dirigencias sindicales que implican dos formas diferenciadas de relación entre cúpulas y bases. Una lógica que, con cierto exceso podríamos llamar “vandorista” (de golpear para negociar) que pudo observarse en el aumento de la conflictividad laboral a nivel de rama de actividad en los períodos de negociación paritaria, particularmente en los primeros años. Esa lógica requiere, por su propia naturaleza, capacidad de movilización de las bases (si no, no se puede “golpear”) y por ende requiere también cierta satisfacción de reclamos o necesidades de esas bases que, mayoritariamente, el kirchnerismo se ocupó de reducir a lo salarial. Sin embargo, eso que algunos celebraron como “el retorno de Vandor”, se combinó con la persistencia de la lógica noventista de negociación de recursos propios para los sindicatos en forma independiente de las movilizaciones y también de las demandas de las bases [2] . Eso que hoy llena las páginas de gremiales con el nombre de “fondo de las obras sociales”, conoció otros nombres (AFJP, ART, acciones de las privatizadas, etc.) y fue la respuesta de las cúpulas sindicales en los noventa para preservar poder institucional (económico y en menor medida político) mientras la clase obrera perdía todo tipo de poder a carradas. Esa lógica continuó durante todo el kirchnerismo como parte estructural del modelo de relaciones laborales. A tal punto es así que la decisión de Cristina Fernández de sacar al moyanismo de la Administración de Programas Especiales en 2011 (organismo de manejo de los fondos de las obras sociales) fue el puntapié inicial de lo que luego sería la ruptura con Hugo Moyano (mucho más importante, por cierto, que el tan zarandeado impuesto a las ganancias). La promesa de Macri (recién asumido) de devolver esos fondos a las arcas de los sindicatos no fue solamente un guiño económico para la CGT (siempre atenta a esos guiños), fue también un guiño político en la medida en que hizo público el tipo de lógica de relación entre cúpulas y bases que proponía para la nueva era amarilla. La confirmación de que dicha promesa se efectivizará por el monto de 27.000 millones de pesos, es un “aliciente” para que la cúpula de la CGT se defina por esa lógica y no por la de Vandor (aliciente que parece tener bastante efecto en la medida en que el documento leído el 5 de agosto en la CGT no dice una palabra de paro, lucha, huelga o al menos un “papelazo”).

II.

Mirado desde este punto, la promesa de la restitución de los fondos de las obras sociales como aliciente económico pero también como propuesta de consolidación de una lógica política, es hoy una de las principales presiones a la unificación de la CGT. El proyecto de Macri para los sindicatos del sector privado requiere su unificación en la medida en que pretende negociar no solamente con una “representación unificada del movimiento obrero”, sino sobre todo con una lógica unificada en la que la conflictividad quede reducida a su mínima expresión. Sin embargo, aquí se introduce una segunda contradicción: la imposición de “lógica obra social” se enfrenta a un problema no menor: el movimiento obrero argentino no es el mismo que el de los noventa. Los últimos 15 años fueron ricos en luchas, movilizaciones, y también en aumento de expectativas; experiencias que se presentan como un obstáculo para la negociación de recursos propios de los sindicatos completamente por fuera de las demandas de las bases. En cierta medida, la “lógica obra social” requiere y se potencia en la derrota de la clase obrera, y hoy no tenemos una clase obrera derrotada. El aumento de los índices de conflictividad de 2012 en adelante (cuando el kirchnerismo comenzó el proceso de ajuste vía salario pero también vía ataques a las luchas obreras que el macrismo llevó a su paroxismo); su fisonomía fragmentada (por lugar de trabajo); su dispersión geográfica; muestran más bien una clase obrera que pretende defender lo conquistado, aunque lo hace con un alto grado de fragmentación. En este sentido, los niveles de experiencia de lucha y de obtención de demandas varían entre los distintos sectores de trabajadores, lo que se refleja (distorsionadamente) en los niveles de presiones diferenciados que tienen (y/o vislumbran que van a tener) los distintos dirigentes sindicales de la CGT. Las discusiones entre UOM, Camioneros, UOCRA, Comercio, Bancarios o Sanidad (entre otros) no es solamente para definir cómo se van repartir las cuotas de la caja millonaria de las obras sociales, sino también qué accesos a otros recursos económicos y políticos van a tener para contener la conflictividad diferenciada que se fue cocinando en cada sector de trabajadores. En ese sentido, la idea de que la pura caja puede ser suficiente para unificar, resulta una ilusión de corto aliento. En definitiva, en el sindicalismo “billetera golpea galán, pero no lo mata”.

 

III.

A estas contradicciones se suma un tercer elemento: el problema de la inexistencia de liderazgos claros a nivel de las cúpulas sindicales. Esa inexistencia (que también opera como obstáculo de una unificación duradera de la CGT) responde a un conjunto de razones. El primero, la forma en que el gobierno kirchnerista intentó relegitimar a los sindicatos: sin renovar su personal político ni fomentar un recambio generacional de las dirigencias. El fenómeno de “nueva generación obrera” que se dio y se observa a nivel de organizaciones de fábrica en las que hay dirigentes que rondan los 30 y 40 años, no tuvo ningún reflejo en las cúpulas. El único intento más o menos serio fue la Juventud Sindical de Facundo Moyano, pero llegó tarde: cuando estaba en condiciones de comenzar a desplegar algunas alas, vino el giro anti-obrero de Cristina, la ruptura del padre y el adiós al sueño de la renovación dinástica. Eso hizo a la propia debilidad del intento de relegitimación kirchnerista, y también hace hoy a la debilidad del intento de unificación. El triunvirato de inicios del kirchnerismo (Moyano, Rueda, Lingieri) resolvió el problema de “el liderazgo sin renovación”, a través del prestigio ganado por Moyano en el MTA durante los noventa, prestigio sobre el que se basó la operación de “empoderamiento” que el gobierno de Néstor Kirchner permitió al gremio camionero a través de incorporar actividades productivas a su égida (básicamente logística), ayudarlo a quitarle afiliados a otros gremios (básicamente comercio), colocar personal del sindicato en cargos estatales clave para la reglamentación del transporte como la Subsecretaría del Transporte Automotor. Hoy no hay ningún dirigente que haya ganado prestigio durante la década pasada a través de la lucha o la resistencia (el papel generalizado fue más bien la obsecuencia), motivo por el cual resulta difícil imaginar la configuración de un liderazgo sobre esas bases. Pero además existen dos debilidades anexas. El gobierno de Macri tiene escasos recursos simbólicos y políticos para ungir a un liderazgo sindical desde arriba por su doble condición de gobierno no peronista y gobierno de los CEO. No es casual que el único sindicalista que se autodenomina macrista sea el Momo Venegas, dirigente sindical que jugó abiertamente con “el campo” cuando la Sociedad Rural no ovacionaba presidentes; el resto flirtea más o menos con el gobierno pero siempre desde una diferenciación política. La segunda debilidad proviene de la propia crisis del PJ (crisis inmediata por la derrota electoral, y crisis de largo plazo por la “desindicalización” del peronismo). Esto impide que, a falta de liderazgos claros generados en el propio ámbito sindical, sea el Partido el que postule al líder, como sucedió en otros momentos históricos en que el PJ “prestaba” la legitimidad a ignotos dirigentes: los ignotos Daer (Sanidad), Acuña (Estaciones de Servicio), Schmid (Dragado y Balizamiento), nombres que el trabajador de a pie no logra retener en su memoria porque no tiene idea quiénes son, no pueden hacer uso de una legitimidad prestada porque el PJ no está en condiciones de prestar nada. La crisis tripartita del peronismo presenta un panorama en que el kirchnerismo no tiene ninguna fracción sindical [3], el massismo aparece en punta con Daer y Acuña (pero sin Moyano-Schmid, y el poder de fuego de la CATT), y el rejunte de los gobernadores + “los traidores del proyecto nac&pop” no muestra aún tropa propia de envergadura. En definitiva, sin liderazgos construidos en el terreno sindical, con un gobierno de CEO, y con un PJ en crisis [4], no resulta fácil avizorar el modo en que las fracciones de la CGT resolverán el problema del liderazgo para darle mayor estabilidad a la unificación.

 

IV.

Por último, otro frente de contradicción lo presenta las características que asumió durante el kirchnerismo la relación entre cúpulas y bases [5] al interior de las organizaciones sindicales. Motivo de múltiples discusiones, una cosa resulta inobjetable para analistas propios y ajenos: desde el inicio mismo de la recuperación económica post 2002 comenzó a mostrarse una tensión entre lo que se gestaba al nivel de las direcciones y lo que pasaba en las bases o, al menos en un espacio sintomático de las bases: los lugares de trabajo. Llamado “sindicalismo de base” por la prensa allá en 2004, analizado en sus características específicas por la academia, negado por los analistas del Ministerio de Trabajo, reconocido por los especialistas en RRHH (con Julián de Diego a la cabeza y sus talleres con “protocolos” para lidiar con la izquierda), comidilla en las internas de las cúpulas sindicales como sinónimo de “te infiltraron el gremio”, el sindicalismo de base, en su rica heterogeneidad, es parte necesaria de los elementos que inciden en los cálculos para la unificación de la CGT y, sobre todo, para el posicionamiento respecto del gobierno en tiempos de ajuste. Entre otras cosas, porque luego de la “primera ola” de sindicalismo de base, los últimos años de kirchnerismo mostraron un reflujo de ese proceso que varios interpretaron como su fin. Sin embargo, y gracias a su propia naturaleza fragmentaria, mientras en lugares puntuales de Buenos Aires el proceso entraba en retroceso en su visibilidad, recientemente comienzan procesos similares en otras zonas de la provincia (como Zona Sur), pero también del interior del país (como Córdoba o Mendoza). ¿Se configura algo así como una “segunda ola” ligada ya a los procesos de ataque y ajuste, y también a los sectores combinados que más los sufren? Sus debilidades: la fragmentación y el corset (todavía escasamente franqueado) de los lugares de trabajo (Comisiones Internas y/o Cuerpos de Delegados) como sus “territorios de politización”. Sus fortalezas: haber ganado espacio y prestigio allí donde las cúpulas dejaron una vacancia (o, al menos, una relajación de sus mecanismos de “consentimiento y coerción”), estar compuesto por dirigentes “jóvenes” (entre los 30 y 40), y poner sobre la mesa un debate, evidente de tan ausente entre las cúpulas: el problema del “programa para los sindicatos” y, con él, el de los métodos, los objetivos, en síntesis, la política en lo sindical. El carácter tácitamente prohibido de este debate en el río de declaraciones de las cúpulas de la CGT (y que Leandro Fabre del ANSES planteó en su discurso del 5 de Agosto más para provocar que para proponer algo), abre la oportunidad de que sea el sindicalismo de base (¿en alguna instancia unificada?) el que amplifique su presencia política a través de transformarse en vocero de la necesidad de que un movimiento obrero fortalecido en los últimos años, discuta abiertamente qué tipos de sindicatos necesita. Estatutos, métodos de elección, régimen de dirección, objetivos políticos, relación con el Estado y los partidos, son los vocablos necesarios de cualquier discusión en serio (y no de pura “rosca libre”) en este momento de transición. Un periodista especializado en gremiales habló en estos días [6] de la ausencia de un La Falda, un Huerta Grande o un Primero de Mayo [7]. Quizás era una indirecta para el sindicalismo de base y la izquierda, en un contexto en que cualquier programa no puede sino lidiar con la altísima tasa de precarizados (herencia también del kirchnerismo) e incorporar la tradición de organizaciones territoriales forjadas en la resistencia al neoliberalismo. La marcha convocada para el 9 de agosto por los “sectores obreros combativos y la izquierda”[8] puede ser un primer paso en ese camino. Allí nos veremos.

 

7 de Agosto de 2016

[1] Ver en esta revista “Del ‘ajuste con inclusión’ al ‘ajustemos’”, de Julia Campos y Luís Campos.

[2] Ver en este número “La excepción y la regla”, de Adrián Piva.

[3] Ver “Las patas fuera de la fuente”, IdZ 28, abril 2016.

[4] Ver debate entre Horacio González, María Pía López, Eduardo Grüner y Christian Castillo, en IdZ 31, julio 2016.

[5] El libro Entre cúpulas y bases. Sindicatos, trabajadores y política durante el kirchnerismo (Paula Varela –coord.–, Editorial Final Abierto, en prensa) analiza esa tensión en distintos sectores industriales de Buenos Aires.

[6] Ver “¿Adónde va la CGT?” en La Izquierda Diario, 23/7/2016.

[7] Refiere a tres programas sindicales elaborados entre la década del ‘50 y la del ‘70 en Argentina, en los que se postularon distintas concepciones (desde el peronismo hacia la izquierda) de los alcances y objetivos de la organización sindical. La Falda, en agosto de 1957; Huerta Grande, en junio de 1962; y 1° de Mayo, en mayo de 1968.

[8] “La izquierda hará una protesta el 9 de agosto”, La Nación, 27/7/2016.

 

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