8 de marzo: Cuando la tierra tembló

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ANDREA D’ATRI Y CELESTE MURILLO

Número 36, marzo 2017.

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Un renovado movimiento emergió en el mundo, en el Día Internacional de las Mujeres, con manifestaciones multitudinarias y diversas, que van desde las tradicionales movilizaciones hasta las huelgas laborales y la paralización también de las tareas para la reproducción de la vida cotidiana.

El hartazgo es lo que motorizó a las grandes mayorías, que desfilaron por las metrópolis, sin enrolarse en ninguna agrupación. La idea de un paro internacional de mujeres, que recogía la iniciativa que en 2016 habían tenido las polacas y las argentinas, para hacer oír sus reclamos, revitalizó esta fecha que, hace tiempo, parecía relegada al calendario de las organizaciones feministas y de la izquierda: millones tomaron el Día Internacional de las Mujeres como propio, organizándose en su lugar de trabajo o de estudio, pero sobre todo asistiendo masivamente a las movilizaciones. Así se vio en la Gran Vía de Madrid, que colapsó incluso antes de la hora de la convocatoria, o en Barcelona, donde también se realizó una protesta masiva. Casi todas las capitales europeas acompañaron la jornada internacional. En Estados Unidos, después de la multitudinaria Marcha de las Mujeres del 21 de enero que había reunido cerca de 3 millones de personas en todo el país, también se realizaron actos por el 8 de marzo, retomando una tradición largamente olvidada en el corazón del imperialismo. Hubo actos y marchas en casi todos los países de América latina. Las ciudades de an Pablo y Río de Janeiro en Brasil, la Ciudad de México y otras de ese mismo país, como también Santiago de Chile, contaron con decenas de miles de participantes. Uruguay y Argentina tuvieron las mayores movilizaciones. Decenas de miles también en Montevideo y marchas simultáneas en otras ciudades, con un paro entre las 16 y las 22 horas convocado por la central sindical PIT-CNT que alentó y facilitó la participación de trabajadoras y trabajadores, especialmente del gremio de Comercio, en el sector bancario y otros de la industria. Las mujeres de algunos sindicatos de la Educación paralizaron sus tareas por 24 horas y sus compañeros se sumaron desde las 16 horas, para acompañar la movilización. Argentina fue testigo de marchas masivas, con un gran acto en la histórica Plaza de Mayo de Buenos Aires, también en Córdoba, Rosario, Mendoza y otros centros urbanos.

Desconociendo, incluso, los manifiestos y documentos que organizaciones feministas, sindicales, estudiantiles, políticas y sociales redactaron para la ocasión, la inmensa mayoría de las mujeres participó para dar a conocer su hartazgo con la violencia femicida, con la precarización laboral que las condena a una vida miserable, con la desigualdad irracional que las mantiene subordinadas en todos los ámbitos, con el miedo en el que cual han debido moldear su subjetividad y su existencia.

Ese hartazgo es lo que alimentó la participación en el paro que, en determinados lugares, fue mucho más efectivo de lo que pretendía la adhesión formal de las centrales sindicales. En PepsiCo, multinacional de la industria alimenticia, el paro comenzó a las 5 de la madrugada, después que fuera votado en asamblea convocada por la Comisión Interna que es opositora a la dirección del sindicato; en el Aeroparque de Buenos Aires, las trabajadoras de LATAM, con el apoyo de sus delegados también opositores a la dirección del gremio, paralizaron las posiciones de atención del check-in. También hubo incontables acciones parciales y protestas en centros de salud, como el gigante Hospital Posadas del oeste y el Hospital Alende del sur del conurbano bonaerense. Las maestras fueron grandes protagonistas, imponiendo en varios sindicatos paro efectivo durante toda la jornada, en medio del conflicto sindical que los enfrenta con el gobierno nacional y los gobiernos provinciales.

 

Dentro de la ley, poco

¿Qué explica la renovada masividad de marchas y protestas que apenas unos años atrás estaban reducidas a parte del activismo feminista y de la izquierda partidaria? No faltaron los acalorados debates en las redes sociales entre quienes criticaban intencionadamente la convocatoria porque las mujeres “ya tienen todos los derechos” o no se sabe “de qué se quejan, ahora” y sus impulsoras. Pero la realidad es que, en la crisis capitalista en curso, se torna cada vez más aguda la contradicción entre la ampliación de derechos conquistada –al menos en las grandes urbes y los países semicoloniales prósperos– y la materialidad de la vida cotidiana de la mayoría de las mujeres (donde golpean los recortes presupuestarios, los ajustes solo contra las clases mayoritarias, la violencia machista que no cesa, y ante la cual los Estados y sus instituciones son cómplices).

Sin embargo, esa ampliación de derechos conquistada abrió los ojos, elevó las aspiraciones a una vida mejor y, entonces, el contraste con la vida realmente existente se hizo tan agudo que estalló la bronca. Después de décadas de neoliberalismo, el estallido de la crisis económica y sus consecuencias sociales hizo más palpable que nunca aquello de que “la igualdad ante la ley no es aún la igualdad ante la vida”. En esa brecha entre las leyes y la vida, se vienen colando las mujeres. Estas enormes demostraciones del 8 de marzo no cayeron del cielo: las precedieron, en los últimos meses, las movilizaciones que gritaron Ni Una Menos en Argentina, para exigir al Estado que disponga presupuesto y medidas efectivas que puedan prevenir los femicidios; las huelgas en Francia e Islandia reclamando que se elimine la brecha salarial entre hombres y mujeres; la marcha bajo una lluvia torrencial de centenares de miles de mujeres en Polonia, que no estaban dispuestas a que se les recorte el derecho al aborto, y las multitudinarias protestas de mujeres contra Trump, en Estados Unidos, entre otras. La enorme simpatía que despiertan estas manifestaciones evidencia que las protestas no expresan solo un reclamo por demandas propias de las mujeres, sino que sirven también como canal de expresión del descontento de millones de trabajadores y estudiantes con las políticas de austeridad, ajuste y precarización de la vida que la clase capitalista y sus gobiernos de turno están descargando sobre nuestros hombros, para mantener sus ganancias. Es la semilla de una alianza que se hará fundamental a la hora de asestarle una derrota al capitalismo patriarcal.

 

Fuera de la lucha, nada

Ninguno de los análisis que ya circulan sobre este novedoso fenómeno  protagonizado por las mujeres pasa por alto el carácter político de las manifestaciones y su particular internacionalismo. Dos elementos distintivos que contrastan con las largas décadas de hegemonía del feminismo liberal, en las que se impuso la idea de la “libre elección” (1) como único horizonte emancipatorio, sin cuestionar la degradación de las democracias donde solo algunas mujeres acceden a algunos derechos.

Según esa concepción despolitizada y despolitizante, como la emancipación de las mujeres consiste simplemente en la conquista gradual de derechos dentro del régimen político, una vez alcanzados estos, las mujeres serían responsables, individualmente, de la vida que eligen tener. Ese feminismo liberal que abogó apenas por reformas legales, despojó al movimiento por la liberación de las mujeres de su crítica social más aguda, abrió las puertas a que mujeres de la derecha –con esa misma lógica– sostengan actualmente un “feminismo” de nuevo cuño donde postergar la carrera laboral para dedicarse a la crianza de los hijos y los cuidados del hogar o “realizarse” a través de los éxitos profesionales del marido, se enarbolan como “derechos” individuales tan válidos como aquellos otros que apuntan a reducir la inequidad entre los géneros. Que Ivanka Trump, hija del presidente estadounidense, sea presentada como representante de un “feminismo conservador” es una confirmación de este atolladero en el que ha quedado atrapado el feminismo liberal.

La línea de falla de ese feminismo reformista se encuentra en la separación que hace entre la búsqueda de derechos democráticos para las mujeres y la crítica (y la lucha) contra el sistema social en el que se origina, legitima y reproduce su subordinación y discriminación (y en el que se inscriben, circunstancial, temporal y acotadamente esos derechos). No es el lobby parlamentario, que ha terminado en la cooptación de algunos sectores del movimiento (2) el que le da un carácter político a los reclamos de las mujeres, sino el develamiento de esta relación intrínseca entre los derechos elementales que aún nos son negados (¡incluyendo el derecho a no ser asesinadas por ser mujeres!) y esa perspectiva que anuda nuestras vidas agraviadas con un sistema social basado en la explotación y opresión de millones de seres humanos por la clase minoritaria y parasitaria de los capitalistas.

El discurso liberal transformó al feminismo, así como a otros movimientos de sectores socialmente oprimidos, en algo tan aséptico que fue incorporado sin mayores resquemores por la derecha, como lo señala acertadamente Nina Power en su ensayo La mujer unidimensional, mostrando que sectores de las clases dominantes no tienen ningún problema en argumentar a favor de que las mujeres, las minorías étnicas y los homosexuales también ocupen “posiciones jerárquicas” en la sociedad capitalista. Así se presentó Hillary Clinton en la contienda electoral norteamericana, convirtiéndose en el ejemplo por excelencia de ese feminismo neoliberal o imperial, como lo denominan las intelectuales Nancy Fraser o Zillah Eisenstein. Pero fracasó rotundamente en sumar a la mayoría de las mujeres a su epopeya por romper el “techo de cristal” y mostrarse como alternativa al candidato republicano que le puso cara a la misoginia moderna (3). Su “feminismo de las corporaciones” distaba mucho de los problemas que acucian la vida de millones de norteamericanas asalariadas, sin empleo, nativas afrodescendientes o migrantes.

Hoy, a través de la reemergencia del movimiento de mujeres en todo el mundo, esos sectores políticos reformistas intentan recomponerse de las derrotas que les propinaron diferentes variantes de la derecha. No es casual que las activistas que impulsaron con más decisión la participación de Estados Unidos en el Paro Internacional de Mujeres hayan sido las mismas que alertaron del peligro de que el Partido Demócrata intente capitalizar el resurgir de este enorme movimiento para revertir así su derrota electoral y, al mismo tiempo, limar sus aristas más revulsivas y cuestionadoras. La activista y periodista Ella Mahony, de la revista Jacobin, explica que,

se ha vuelto axiomático en los espacios feministas de izquierda, que existe un feminismo “neoliberal” contra el cual deben desarrollarse nuevas formas de feminismo. Lo que está menos articulado es el carácter político y los orígenes de este feminismo corporativo. El catalizador clave del feminismo neoliberal fue la lenta asfixia de las alternativas políticas de izquierda de los años ‘80 en adelante. Pero detrás de estas fuerzas generales se encuentran decisiones estratégicas que estrecharon lentamente la visión política de las organizaciones feministas (4).

 

La lucha antipatriarcal debe ser también anticapitalista

El feminismo liberal comenzó a mostrar su propia derrota en la imposibilidad de enfrentar los embates del gobierno de Trump. Y como estamos viendo con las recientes movilizaciones de mujeres en todo el mundo –que disputan el mito de que “la igualdad ya está aquí”– y los debates que se abrieron con la derrota de Hillary Clinton y el triunfo de Trump, ese feminismo liberal está cada vez más cuestionado. En ese sentido, es sintomático el surgimiento, en Estados Unidos, del llamado a construir un nuevo “feminismo del 99 %”, que identifica en el binomio “patriarcado-capitalismo” la fuente de los problemas que afecta a la mayoría de las mujeres. Ese grupo de feministas, la mayoría provenientes del ámbito académico, convoca a construir “un feminismo de base, anticapitalista, en solidaridad con las mujeres trabajadoras, sus familias y sus aliados alrededor del mundo” (5).

Son estos mismos sectores los que señalan con mayor determinación el carácter necesariamente internacionalista del movimiento de mujeres, retomando la idea de las acciones coordinadas a nivel internacional como las que protagonizó, en su momento, el movimiento antiglobal, o como ocurrió con las marchas contra la guerra en Irak en 2003, y retoman la idea de la huelga como la mejor acción para hacer oír los reclamos. Esa idea muestra todavía un sinnúmero de limitaciones en la práctica –como se vio en la modalidad del paro en distintos países–, pero abre también múltiples debates sobre cómo hacerla efectiva.

“Lo que nos une es el deseo de dar voz y poder a las mujeres que han sido ignoradas por el feminismo corporativo, y que están sufriendo las consecuencias de décadas de neoliberalismo y guerras: las pobres, las trabajadoras, las mujeres de color y las inmigrantes…” (6), escribían las impulsoras del Paro Internacional de Mujeres en Estados Unidos pocos días antes del 8M. El instinto de recuperar la tradición de la alianza entre el movimiento de mujeres y la clase trabajadora en un país como Estados Unidos (que supo exportar el feminismo liberal a todo el mundo) hablan de las posibilidades de fortalecer un ala anticapitalista dentro de este nuevo movimiento de mujeres. También en Argentina, Chile y otros países, el lenguaje del anticapitalismo vuelve a recorrer las reuniones del movimiento de mujeres, sus manifiestos y movilizaciones.

 

Como ya lo señalamos días antes del 8 de marzo, a las socialistas revolucionarias (7), esa convocatoria no nos resulta intrascendente. Creemos que abre las puertas a un debate promisorio e ineludible sobre cuál es la estrategia y el programa político que debe asumir la lucha de las mujeres contra el capitalismo patriarcal, en el marco de esta nueva situación mundial signada por la crisis capitalista, los gobiernos populistas de derecha y otros fenómenos políticos que pretenden enarbolar banderas de reformas al mismo sistema en que vivimos explotadas y oprimidas. Obliga a pensar cuáles son las alianzas que tendríamos que privilegiar las mujeres en la lucha por nuestra emancipación y de qué manera intentaremos que sean millones de trabajadores y trabajadoras –la inmensa mayoría de la población mundial– quienes tomen en sus manos estas banderas (8).

Imaginar hoy un movimiento feminista anticapitalista obliga a reconsiderar el sujeto político: sin las mujeres asalariadas que constituyen la mitad de la clase enormemente mayoritaria de la sociedad, no hay destino. Más aún, si no es la clase trabajadora –sus mujeres, pero también sus hombres– quienes enarbolan las banderas de la emancipación de los sectores más oprimidos, en su lucha contra el capital, el anticapitalismo no deja de ser una expresión de deseos.

Esa alianza entre las clases laboriosas y las mujeres organizadas por sus derechos, que se remonta al siglo XIX y que en los albores del siglo XX fue fundamental para la conquista del sufragio femenino, para enfrentar las políticas guerreristas de las burguesías nacionales europeas y para conquistar derechos inimaginables –y aun pendientes en muchos países capitalistas– con la revolución socialista que llevó al poder del Estado a la clase obrera en Rusia, ha sido aniquilada perversamente por las clases dominantes, por la traición de las direcciones sindicales que sumergen a la clase trabajadora en el más ramplón corporativismo de cuño economicista y por la integración de los movimientos sociales al Estado y su fragmentación despolitizante en múltiples organizaciones no gubernamentales. Recomponer esa histórica alianza es una tarea ineludible en la reconstrucción de un feminismo

anticapitalista que se tome en serio a sí mismo. Solo cuando se paralicen efectivamente los circuitos de la producción y la circulación de las mercancías, de los servicios y las comunicaciones, las más precarizadas que son marginadas del sistema, las amas de casa recluidas en hogares individuales, las personas en situación de prostitución, como todas y todos los abyectos para este régimen social oprobioso, podrán hacer que su voz retumbe en medio del silencio. Esa alianza se construye.

Pero no puede construirse ni convirtiendo la lucha antipatriarcal en una lucha antihombres, ni tampoco haciendo caso omiso a que entre las clases explotadas existe también la opresión de unos sobre otras. Lamentablemente, cierta izquierda oscila entre esas dos posturas: se pliega acríticamente a las acciones que emprenden contra los hombres sectores que enarbolan un feminismo radical de corte “vengativo” (por lo tanto, individualista), carente de una estrategia política anticapitalista y antipatriarcal o, por otro lado, se niega a enfrentar los prejuicios sexistas de la clase trabajadora, fomentados por las clases dominantes a través de las instituciones de su régimen de dominio, como también a ponerse en la primera fila de las luchas por derechos democráticos elementales. Y así anda, entre sugerir que el “acoso verbal” de un joven, en la calle, merece el mismo castigo y repudio que el terrorismo de Estado o plantear que todos los oprobios se subsumen en la explotación capitalista, absolviendo en el acto a los miembros más conscientes de la clase trabajadora (y por qué no, a su propia militancia masculina) de toda responsabilidad en la reproducción del machismo.

El debate hoy está a la orden del día, porque el movimiento masivo de las mujeres en las calles de todo el mundo actualiza la disputa por cuál será el rumbo que tomará para no terminar, como en la oleada anterior de la década del ‘70, abonando los triunfos parciales de la ampliación de derechos que, al mismo tiempo, sepultaron la perspectiva de una transformación radical del sistema capitalista en la conciencia de las masas. El movimiento en curso pone sobre la mesa este debate: ¿nuestro horizonte se va a limitar a la resistencia ocasional frente a los embates de las derechas o vamos a trazarnos una estrategia para, finalmente, vencer?

La agrupación internacional de mujeres Pan y Rosas, presente en Argentina, Brasil, Bolivia, Chile, Uruguay, México, Venezuela, el Estado español, Francia, Alemania y Estados Unidos interviene en ese debate abierto, siendo parte de los movimientos de mujeres de esos países; pero también, con nuestras ideas, programa y estrategia, que concentran la experiencia que heredamos de otras generaciones de revolucionarios y revolucionarias marxistas. Sostenemos que solo un feminismo que pretenda transformarse en un movimiento político de masas, donde la lucha por mayores derechos y libertades democráticas esté ligada a la denuncia de este régimen social de explotación y miseria para las enormes mayorías, con el objetivo de derrocarlo, puede ser verdaderamente emancipatorio. Y las esclavas de la Historia gritan, a través de las voces del presente, sus ansias de vencer, de una vez por todas.

 

Notas

  1. Ver C. Murillo, “Feminismo cool, victorias que son de otras”, IdZ 26, diciembre 2015.
  2. Ejemplo de ello, fue en Argentina la cooptación de sectores del feminismo y el movimiento de mujeres por parte del kirchnerismo. En Chile sucedió algo similar con la Concertación, en México con el PRD que gobierna la Ciudad de México o en Brasil con el PT, por mencionar algunos casos.
  3. C. Murillo, “Hillary Clinton y su techo de cristal”, IdZ 35, noviembre-diciembre 2016.
  4. E. Mahony, “A Feminism That Takes to the Streets”, Jacobin, 08/03/2017.
  5. Declaración “Por un feminismo del 99 % y un paro internacional de mujeres activo el 8 de marzo”, disponible en castellano en La Izquierda Diario,03/02/2017.
  6. “La lucha de las mujeres en la era Trump: pelear por el pan y por las rosas”, La Izquierda Diario, 22/02/2017.
  7. Se refiere a las militantes de la agrupación internacional de mujeres Pan y Rosas.
  8. A. D’Atri, “8 de marzo: ¡Que la tierra tiemble!”, La Izquierda Diario, 28/02/2017.

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