1968: EL POTENCIAL “TRIÁNGULO REVOLUCIONARIO”

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EDUARDO GRÜNER

Ensayista, sociólogo, docente UBA

Número 42, abril-mayo 2018.

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Las efemérides, los aniversarios históricos, suelen ser cáscaras ideológicas vacías, o a lo sumo rituales indiferentes y rutinarios, cuando la burguesía los usa para confirmarse a sí misma como propietaria eterna de la Historia, como guardiana de una realidad inamovible y repetitiva, que retorna circularmente al mismo lugar (porque, como ironizaba Marx, la burguesía siempre supo que la historia era un perpetuo proceso de transformación… hasta que se convirtió en clase dominante). Eso es la “historia Billiken”: una transformación de la experiencia de los sujetos sociales en monumento para la contemplación a distancia, como decía Walter Benjamin de lo que él denominaba estetización de la política. Pero, por supuesto, hay otra manera, la opuesta, de tratar las efemérides: es la que busca recuperar aquella experiencia de los sujetos sociales, cargándola de lo que Sartre llamaría su existencia vivida, y al mismo tiempo buceando en las estructuras (históricas, sociales, políticas, ideológicas, culturales) que las explican, aunque conservando su irreductible singularidad. Y buscando en la “repetición” la diferencia, como hace Marx con su canónica metáfora de la tragedia y la farsa. Cuando se hace eso –y “eso” es mucho más de lo que podremos hacer aquí: solo estamos hablando de una orientación– la efeméride, por así decir, se des-congela, y se le permite “relampaguear en este instante de peligro” (Benjamin, de nuevo). No se trata, solamente –aunque no es poca cosa–, de “extraer lecciones de la historia”. Dicho así, sería una perspectiva demasiado lineal. Pero la historia, como sabemos, se escribe siempre desde el presente hacia el pasado, y apuntando al futuro. Lo que nos pasa hoy afecta a cómo leemos lo que pasó ayer, y lo que deseamos que pase mañana nos dicta cómo entender el ayer y el hoy. El secreto de las distintas “lecturas” de la historia está en la naturaleza de ese deseo. El deseo reaccionario tiene su historia, tanto como el deseo revolucionario: no es meramente que sean incompatibles, sino que están en lucha. Las efemérides, por lo tanto, también.

1.

Para el deseo revolucionario, este año 2018 está pletórico de efemérides de las cuales recuperar su experiencia vivida (para el deseo reaccionario, si acaso se mencionan, serán pequeños “monumentos” en suplementos culturales, en cuyos epígrafes se podrá entreleer un tranquilizador ya fue). Repasemos, del más “antiguo” a los más “recientes”: bicentenario del nacimiento de Karl Marx; centenario de la fallida revolución alemana de 1918 y de los asesinatos abyectos de Rosa Luxemburgo y Karl Liebknecht –y localmente, centenario de la Reforma Universitaria iniciada en Córdoba en ese mismo año–; cincuentenario del Mayo 68 (que no fue solo “francés”), de la Primavera de Praga, de la masacre de estudiantes en Tlatelolco –y, otra vez localmente, estaremos conmemorando, dentro de un año, el cincuentenario del Cordobazo y sus secuelas–. Son demasiadas cosas: no tendríamos el espacio suficiente –aun cuando tuviéramos la competencia– para hablar de todas ellas aquí. Por otra parte, la efeméride a la que está dedicado este número de Ideas… es la del 68. Pero antes de llegar allí, permítaseme ensayar, a trazos breves y gruesos, alguna clase de articulación “imaginaria”, o, como se dice, un “hilo rojo” (¿de qué otro color podría ser?) con el cual anudar algunas de sus puntas.

La conjunción, o mejor, la constelación “Marx / Rosa Luxemburgo” anuda la primera filosofía auténticamente revolucionaria de la historia moderna con la pasión insurgente que no retrocede ante compromiso alguno que no sea el de sostener el deseo revolucionario hasta el fin. Se podrá debatir mucho sobre cosas como el “espontaneísmo” o el “voluntarismo” políticos de Rosa –componentes que pasaron, sin duda, a Mayo 68–, pero sería imposible poner en cuestión su profunda, su “vivida” implicación con la teoría y la praxis del materialismo histórico –que tenía muy poco de “espontánea”, sino que había sido rigurosamente meditada–, ni mucho menos su adhesión insobornable a un ideal de socialismo sustantivamente democrático generado “desde abajo” por las masas autónomas: ¿quién puede tener dudas de que, de haber vivido en la URSS, Rosa no hubiera sobrevivido a Stalin? Por una cruel ironía, las “estructuras” de la historia alemana hicieron que no pudiera sobrevivir… a la socialdemocracia, complicada en su ejecución. Pero “Rosa” es, además, una pasión revolucionaria (vacilamos en decir “femenina”, sino) de mujer. Su voluntad de revolución social y política es inseparable de la revolución “sexual”, de género, que no necesitó abandonar la perspectiva de la lucha de clases para saber que ese deseo de mujer era un plus cualitativo que desborda y a la vez se incluye necesariamente en aquella. También esto pasó, incluso con sus malentendidos y contradicciones, a “Mayo 68”, en esa década que dio en llamarse de la revolución sexual y la liberación femenina (epítetos que, por fuera de su inscripción específica en la lucha de clases y en el deseo revolucionario políticamente organizado, pueden ser meras concesiones “progres” de la burguesía, potencialmente transformables en fetiches mercantiles). Rosa fue, en eso y en tantas otras cosas, una verdadera “vanguardista”: la que, firmemente arraigada en su tiempo, ve mucho más allá de él. El fracaso, o la derrota, de la revolución alemana signó, en buena medida, el destino no solo de la URSS sino de todo el gigantesco intento de construcción del socialismo en Europa. Pero las posiciones pioneras de Rosa –por ejemplo, frente a la cuestión del aborto– todavía las estamos discutiendo, incluso aquí nomás, a la vuelta de la esquina.

En cuanto a la reforma universitaria, más arriba la llamamos, para hablar rápido, “local”. Pero, por supuesto, fue mucho más que eso. Desatada (¿por azar?) a menos de un año del estallido de la Revolución de Octubre, no solamente Córdoba encendió la mecha de un reguero de pólvora que rápidamente se extendió por toda América Latina, sino que fue uno de los puntapiés simbólicos principales para un fenómeno nuevo a nivel mundial: la entrada a la acción política de masas ingentes de estudiantes. Más en general, y a través de ellos, convergió con la emergencia de una nueva gran categoría sociológica, política y cultural: la juventud. Que después esa categoría haya sido manipulada y bastardeada por la ideología burguesa, no debería escandalizarnos: lo hacen con todo. Pero no quita que su propio nacimiento como tal representó un síntoma claro de que algo se estaba quebrando en el orden jerárquico de las generaciones. Junto a la insurgencia de las mujeres, la de los jóvenes fue como un atado de cartuchos de dinamita puesto en los cimientos mismos de la estructura familiar burguesa, ese sostén ideológico esencial de la sociedad de clases. Va de suyo que no estamos diciendo que por sí misma, y en abstracto, la juventud sea una garantía revolucionaria: se pueden contabilizar tantos jóvenes reaccionarios, fascistas, conservadores o cualunquistas como los que hay del otro lado. Una vez más, será la lucha de clases la que ponga a cada uno en su lugar. Pero, si se habla del ‘68, no cabe duda de que este otro plus le imprimió a los movimientos de la época su espíritu particular. Y –para seguir “anudando”– vale la pena recordar que muchas de las demandas que se levantaban en Mayo del ‘68, en la Sorbona o en Nanterre, ya habían sido discutidas, casualmente otra cincuentena antes, en Córdoba. Hoy, está claro, no alcanza, y hace falta una Segunda Reforma: pero en sus venas correrá la sangre de la primera.

2.

“Mayo 68” se transformó rápidamente en una suerte de taquigrafía metafórica para calificar a una vasta erupción que atravesó espacios, fronteras, generaciones, clases. Empujada por una situación de alza revolucionaria a nivel mundial, la rebelión estudiantil-juvenil surfeó con sus exigencias particulares sobre la cresta de esa ola. En París adquirió un grado particular de masividad y espectacularidad, con un fuerte componente estético-cultural (ya volveremos sobre esto), y con la creatividad de ciertas consignas poético-combativas: “La imaginación al poder”, “Seamos realistas, pidamos lo imposible”, “Debajo de los adoquines está la playa”, “Nuestros medios de comunicación de masas: los adoquines”, “Yo voté por la revolución en las barricadas: mi boleta fue un adoquín”, etcétera: como puede verse, y hablando de la recuperación de la historia, las barricadas y el adoquín fueron los “logotipos” privilegiados del movimiento, como lo habían sido en la Comuna de París de 1870. Ese tipo de performance estético-política rápidamente se transformó en casi universal –hoy diríamos que se “viralizó”–. El sintagma “Mayo 68”, pues, fue un emblema, o un símbolo global, de un fenómeno que estaba dando la vuelta al mundo. Movimientos similares –con sus características peculiares, claro está– se produjeron en Roma, Berlín, Londres [1]. Pero hay que recordar, además, que ya se venían produciendo nada menos que en el propio centro del capitalismo imperialista mundial, los EE. UU. Allí, las protestas estudiantiles contra la guerra de Vietnam, las quemas públicas de las cédulas de reclutamiento del Ejército en los campus, las ocupaciones de universidades a veces ferozmente reprimidas, eran un pan cotidiano, que se combinaba explosivamente con la emergencia de los Panteras Negras, del brioso movimiento feminista, del free jazz y el rock’n’roll, y así [2].

En Italia el movimiento alcanzó por momentos picos de masividad y violencia callejera muy elevados, mientras se gestaban en su estela “novedades” como Potere Operaio o las Brigadas Rojas [3]. Y no olvidemos: “Mayo 68” (es decir, el año 1968) fue también la Primavera de Praga, esa rebelión política contra el régimen burocrático “estalinizado” impuesto por la URSS en la entonces Checoslovaquia, y rápidamente aplastada por los tanques rusos, no sin antes tener en vilo al “sistema” mal llamado “soviético”, en una de las peores crisis de su esfera de influencia [4]. Que la derecha mundial aprovechara largamente el episodio, era de esperarse, así como lo era que la burocracia “soviética” lograra, con algunas concesiones, hacer volver el país al redil. Pero no se puede objetar que ese movimiento sirviera a la causa de la revolución mundial, desnudando el carácter objetivamente reaccionario de una casta burocrática supuestamente en “deshielo” post-Stalin.

Y, por supuesto, “1968” fue, asimismo, la Noche de Tlatelolco: la brutal masacre de estudiantes en huelga por fuego de ametralladoras, en la plaza de ese nombre en la ciudad de México (hasta el día de hoy se ignora el número exacto de asesinados, pero no fueron menos de 500) [5]. Y así podríamos continuar citando ejemplos, incluyendo a la Argentina –donde a partir de 1968 se produjeron importantes movilizaciones estudiantiles y huelgas obreras bajo la dictadura de Onganía, emergió la guerrilla del ERP y en general, al igual que en Francia, Italia, Inglaterra, Alemania y los EE. UU, se conformó una llamada “nueva izquierda” por fuera de partidos tradicionales como el Comunista o Socialista–. Pero lo que importa ahora es situar el emblema “Mayo 68” en el entramado complejo y contradictorio, pero enormemente explosivo, de la etapa en la que se inscribió. Continuaba la guerra de Vietnam. Estaba fresca, y aún no del todo burocratizada, la revolución cubana. El Che había sido asesinado seis o siete meses antes, transformándose inmediatamente en mito revolucionario mundial. El continente africano entero estaba atravesado por el tsunami de las revoluciones anticoloniales. En buena parte de Latinoamérica florecían insurrecciones y movimientos guerrilleros, frecuentemente combinados –otra “novedad” de la época– con la Teología de la Liberación. Un año antes se había lanzado la llamada “Revolución Cultural” china (que terminó en un desastre, pero que en su momento ejerció una gran fascinación sobre la “nueva izquierda” antiburocrática / antirreformista, y muy particularmente en París [6]). Y así podríamos continuar, no sin apuntar cuántos de estos procesos se estaban desarrollando en lo que por entonces se llamaba el “Tercer Mundo”, una referencia permanente también para los grupos revolucionarios europeos.

Es contra ese telón de fondo –para volver al “1968” propiamente dicho– que se podría dibujar el triángulo simbólico París / Praga / Tlatelolco. Triángulo mucho más que geográfico, cuyos ángulos unen los lados políticos diferenciados, pero complementarios, de aquella convulsión mundial: la rebelión de la juventud, de las minorías étnicas y de las mujeres en el marco de un alza de la lucha de clases en el “Primer Mundo”, la rebelión contra el despotismo burocrático y la traición a las promesas de una democratización profunda del socialismo “real” en el “Segundo”, la rebelión contra la opresión colonial, neocolonial o imperialista en el “Tercero”. Posiblemente haya sido la primera vez en la historia del siglo XX en que un año haya podido concentrar esas tres dimensiones de la revolución mundial. Ya lo sabemos: el triángulo no logró cuadrar, finalmente, en un proceso decidida y triunfantemente revolucionario. El capitalismo “primermundista” pudo recomponerse y seguir su camino; la burocracia de los “socialismos reales” logró mal que bien sostenerse un par de décadas más; los intentos revolucionarios del Tercer Mundo fueron aplastados por distintas formas de terrorismo estatal asistido por el imperialismo. Pero “1968” quedó planeando como el proverbial fantasma que acecha en el horizonte. El mundo ya no volvió a ser lo que era. El capitalismo central, en poco tiempo, tuvo que rearmarse mediante un gran movimiento de reacción neoconservadora que dejó atrás las ilusiones “bienestaristas”; los “socialismos reales” burocratizados se deslizaron en una pendiente de descomposición de la cual ya nunca se recompondrían; en el Tercer Mundo quedó completamente descalificado, al menos durante otro par de décadas, el canto de sirena de la “democracia burguesa”. Las cartas se habían mezclado de otra manera, y hubo que recomenzar el juego.

3.

En un controvertido artículo escrito en plena rebelión estudiantil en Italia, Pier Paolo Pasolini interpela a los jóvenes recordándoles que ellos son “nenes de mamá”, pequeñoburgueses angustiados que quieren todo (como decía Nanni Balestrini), mientras que los policías que los reprimen –como en casi todas partes provenientes del “subproletariado”– son los verdaderamente explotados: también ideológicamente explotados, pues se los obliga a usar la violencia en contra de sus propios intereses de clase –los policías no solo reprimen estudiantes, sino obreros en huelga–[7]. Por su parte, en un film mucho más reciente (Los Soñadores, Bernardo Bertolucci, 2003), situado en París en pleno Mayo 68, se muestra un triángulo amoroso (con ribetes incestuosos) entre estudiantes de cine de clase manifiestamente burguesa, que viven “de arriba”, como se dice, y que al mismo tiempo que participan activamente en las barricadas, se “dejan ir” en una suerte de permanente orgía hedonista, alcohólica e irresponsable. Se trata de dos –podrían darse muchos más ejemplos– evidentes provocaciones, en el buen sentido. Los títulos “izquierdistas” de Pasolini y Bertolucci son irrecusables. Es obvio que el primero no está tomando partido por la policía ni por la clase dominante (en el mismo texto califica a la burguesía no solo como una clase social, sino como una enfermedad de la civilización), ni el segundo está encogiéndose de hombros ante el esnobismo de unos “niños ricos con tristeza”. De lo que están hablando es de problemas que la revolución “juvenil”, por sí sola, no podía resolver, y del carácter complejo, contradictorio y por momentos confuso que tenía el movimiento. En los dos casos (más directamente en Pasolini, más “connotadamente” en Bertolucci) se está aludiendo a cuestiones de clase. Los estudiantes italianos no tienen una política clara para la situación de los lumpen-policías, a los “burguesitos” de Bertolucci ni siquiera se les plantea el problema: es notorio en ese film la completa ausencia de cualquier referencia a la lucha simultánea del proletariado francés, no porque sea una descuidada omisión o ignorancia (estamos hablando del director de cosas como Novecento), sino para indicar que esa “grieta” es, en alguna buena medida, la causa de la “confusión” de los jóvenes: está muy bien la “revolución sexual”, el quiebre de la familia burguesa, el pisotear los valores tradicionales, etcétera, pero, separado de la lucha de clases (que, como decíamos más arriba, puede ser la que pone en su lugar esas cosas), se corre el peligro de que la “revolución” termine en una limitada contestación (fue el concepto que se usó hasta el cansancio en la época): una reforma de las costumbres con celebrables innovaciones estético-culturales, digamos.

Muchas veces se ha criticado a “Mayo 68”, incluso por izquierda, el haber dado el puntapié inicial a la cultura “postmoderna”, y el haber transformado a aquella nueva categoría, la juventud, de nueva “vanguardia revolucionaria” en nuevo y gigantesco “nicho” para la sociedad de consumo contra la que inicialmente se habían rebelado. Y es verdad que no hubo en los estudiantes una sólida formación teórica y política que pudiera sostenerse como movimiento revolucionario riguroso, ni siquiera en sus líderes (¿dónde está hoy Danny “El Rojo” Cohn-Bendit? Se nos ha vuelto “verde”…): según cuentan los relatos, Sartre fue el único intelectual de primera línea al que recibieron gustosamente en las universidades ocupadas (sin privarse de pasarle el famoso papelito que rezaba: “No nos des la lata con tus discursos, tenemos que ir a las barricadas” [8]), pero ¿cuántos de ellos lo habían leído y comprendido realmente, así como a otros que supuestamente los “inspiraban” (Marcuse, Fanon, etcétera)? Hay que tomar nota, por otra parte, de la rápida y contundente reacción de los intelectuales y artistas. El grupo dirigente de los Cahiers du Cinema (Godard, Malle, Resnais, Rivette, Allio) establece, en el Theatre de l’Est, los Estados Generales del Cine (en recuerdo de los preludios de la Revolución Francesa); Godard y William Klein se lanzan a la calle a filmar todo. Un comando de choque de escritores célebres (Marguerite Duras, Michel Butor, Jean-Pierre Faye, Alain Jouffroy) toman por asalto a la esclerótica Societé des Gens de Lettres, clavan una bandera roja en el techo y fundan una nueva Unión de Escritores, “abierta a todos los que consideran la literatura como una práctica indisociable del actual proceso revolucionario”. Se desata una “huelga revolucionaria” de actores y actrices, dirigida por Catherine Deneuve, Michel Piccoli, Juliette Greco, Jean-Louis Barrault (Alain Delon y Claude Lelouch se niegan a apoyarla, y la denuncian públicamente). No faltaron acciones que hoy calificaríamos de un poco delirantes, pero que dan cuenta de los entusiasmos de la etapa: los alumnos del Conservatorio Nacional exigen “la expropiación de las estructuras sonoras”, grupos de adolescentes invaden el Odeon exigiendo el “inmediato derecho al orgasmo”. Los estudiantes no siempre entienden la complejidad de estas alianzas cruzadas; grupos anarco-maoístas (¿?), afectados de la canónica “enfermedad infantil del comunismo”, pintan en las paredes cosas como: La cultura ha muerto, y Godard no podrá resucitarla. De todos modos, este hubiera sido el menor de los problemas: cuando las papas queman, no hay tiempo de ponerse a estudiar, se dirá; lo que realmente era una carencia era la tendencia “anarquizante” a confiar en las propias fuerzas rebeldes sin ir a fondo –aunque algunos lo intentaran– con una organización programática férrea que incluyera orgánicamente a (o, mejor, se incluyera en) el movimiento proletario.

Ahora bien, cuando se hacen estas críticas en sí mismas plausibles, suele pasarse por alto que, en muchos momentos álgidos de los levantamientos, la unidad obrero-estudiantil en la lucha sí existió. Cerca de diez millones de trabajadores entraron en estado de huelga general y/o de “asamblea permanente”, levantando reivindicaciones no solo exclusivamente económicas, sino políticas y, podríamos decir, “culturales”, y dieron tanto como pidieron ayuda a los estudiantes. Además de las huelgas proletarias propiamente dichas (como la gigantesca de Renault) se declaró una masiva huelga (heroica, prolongada y severísima) de los trabajadores de la TV francesa (ORTF), exigiendo la transmisión no censurada de los acontecimientos. Hay muchos más ejemplos. Fueron esos los momentos en que los cimientos crujieron de verdad. No puede ser casual que la mayor y más feroz represión se haya dado en los momentos en que aquella unidad estaba más sólida, ante el pánico de la burguesía de que, finalmente, se produjera por esa vía una definitiva situación revolucionaria. Ya sabemos lo que sucedió con esa posibilidad: las burocracias sindicales de la época, principalmente la CGT, así como el PC y el PS, no solo no estuvieron a la altura de las circunstancias, sino que terminaron constituyéndose en un decidido freno a ese “salto cualitativo”. Si a la larga hubo “desencuentro” entre el movimiento estudiantil y el obrero, no fue solo por el “espontaneísmo” o las falencias de formación política de los jóvenes, sino también porque la que debió haber fungido como dirección proletaria para suplir esas debilidades, abandonó a la clase obrera a su suerte; y, por lo tanto, también a los estudiantes.

Entonces, a su manera, Pasolini y Bertolucci –no importa lo que se piense de sus respectivas “provocaciones”– tenían cierta razón: más allá del “alza” revolucionaria mundial, en cada caso particular era la lucha de clases, con sus características específicas, con sus complicaciones y contramarchas, la que tenía que “sobredeterminar” la orientación. Todo lo cual no quita que las jornadas de Mayo 68, en su conjunto, resultaron una experiencia política extraordinaria, incluyendo el atisbo “utópico”, si se quiere, de una anticipación de potenciales relaciones sociales radicalmente transformadas [9]. Como diría Ernst Bloch, fue un todavía-no, pero cargado de promesas de futuro.

4.

Para terminar, como suele suceder, tenemos que volver al principio. La historia de “Mayo 68”, con todo lo que acabamos de ver que significó mundialmente, está lejos de haber terminado. En los cincuenta años transcurridos, el mundo, es cierto, cambió radicalmente. Por solo mencionar las dos transformaciones más abarcadoras y decisivas, el bloque “socialista” se derrumbó estrepitosamente, y la mundialización capitalista cubrió el planeta con la peor de las reacciones neo-conservadoras. En ese medio siglo, sin embargo, y hasta el día de hoy, no faltaron nuevas e insistentes “primaveras de los pueblos”, ni dejaron de ensayarse movimientos de unidad en la acción entre la clase obrera y los sectores populares, los estudiantes, los jóvenes, las mujeres, los intelectuales y artistas, y hoy habría que sumar a los inmigrantes, los desplazados, los “marginales” de todo tipo. Al menos una vez por año, en ese período, se dio por muerto –o en el mejor de los casos, por académicamente “domesticado”– al marxismo y a los impulsos revolucionarios, conscientes o no, solo para terminar dándole la razón a la sabiduría quijotesca: Los muertos que vos matáis, gozan de buena salud. La alienación ideológica, la estupidización via mass media, la degradación cultural e intelectual, la corrupción impune de las “clases políticas”, el poder obsceno de las burguesías mundiales, campean por doquier, pero no del todo a sus anchas: no solamente la indetenible crisis global del Capital, sino la diaria emergencia de nuevos e imprevisibles focos de resistencia, indican que, si el mundo está atravesando una de sus peores etapas, los pueblos están vivos. Todo esto no es un llamamiento al irresponsable optimismo. Sigue faltando, a nivel planetario, la dirección revolucionaria, y ello hace que muchos de esos “focos” se fragmenten y terminen paralizados, o reconvertidos a alguna variante “progre” del sistema. No hay una “situación revolucionaria” a resolver mañana. Pero la vitalidad de lo que significó –con sus límites y contradicciones– “Mayo 68” insiste con obstinación. No se va a repetir tal cual, eso es evidente: las circunstancias son muy distintas, y no es probable que tengamos otro annus mirabilis como aquel. Aunque, quién sabe: cosas veredes, que farán fablar las piedras (¿o los adoquines?), para pasar del Quijote al Cid. Y cuando llegue –y habrá que trabajar mucho, pero la materia prima está– no será una farsa: más bien una “tragedia” para algunos, y una épica para el resto.

 

  1. Para el caso de Inglaterra, pero con alcances internacionales, son inestimables las memorias de Tariq Ali, Street Fighting Years. An Autobiography of the Sixties, Londres, Verso, 2005.
  2. Dos buenos films –aunque muy diferentes entre sí– que retratan acabadamente este “clima de época” en las universidades norteamericanas, son Las Fresas de la Amargura (Stuart Hagman) y Zabriskie Point (Michelangelo Antonioni), nada azarosamente ambos de 1970, es decir, filmadas todavía caminando sobre los rescoldos de “Mayo”.
  3. Un extraordinario e increíblemente exhaustivo libro que repasa las múltiples facetas de la situación italiana es: Nanni Balestrini y Primo Moroni, La Horda de Oro (1968-1977): La Gran Ola Revolucionaria y Creativa, Política y Existencial, Madrid, Traficantes de Sueños, 2006. Nanni Balestrini es además autor de una novela ya mítica de y sobre la época, Vogliamo Tutto (Milán, Feltrinelli, 1971). También se pueden leer con mucho interés las memorias de Rossana Rossanda, La Muchacha del Siglo Pasado (Madrid, Foca, 2008) y las de Maria Antonieta Macchiocci, Duemila Anni de Felicità (Milano, Il Saggiatore, 2000).
  4. Otro film estupendo, ahora sobre la rebelión praguense, es Horici Ker (La Zarza Ardiente) (Agnieszka Holland, 2013), que relata la politización de la juventud checa en 1968, centrándose especialmente en la figura de Jan Pallach, el estudiante que se inmoló prendiéndose fuego frente a los tanques rusos.
  5. Otro gran libro: Elena Poniatowska, La Noche de Tlatelolco, México, Era, 1971.
  6. Por supuesto, la referencia insoslayable para esto es el anticipatorio film de Jean-Luc Godard, La Chinoise (1967). Para un panorama general, se puede consultar Ariet García, María del Carmen y J. Valdés-Dapena Vivanco (comps.), Filosofía y Revolución en los años Sesenta, Mexico, Oceansur, 2010.
  7. Pasolini, Pier Paolo: El Caos. Contra el Terror, Barcelona, Crítica, 1981.
  8. Cohen-Solal, Annie: Sartre 1905-1980, Paris, Folio / Gallimard, 1985.
  9. Para una notable crónica presencial de la “cotidianidad” de esas jornadas, véase Carlos Fuentes, “La Francia revolucionaria: imágenes e ideas”, en VVAA: Los Estudiantes, Montevideo, Cuadernos de Marcha N° 15, Julio 1968.

 

 

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