¿Una nueva generación obrera en Argentina?

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PAULA VARELA

 

En Argentina la pregunta por los jóvenes y la política ha estado mediada por el fenómeno kirchnerista y, en las miradas más reduccionistas, ha sido incluso atribuida a éste. Doble miseria de la interpretación. En el paroxismo del pensamiento estatalista, desoye que la partera de la actual juventud no está en las oficinas de la burocracia estatal sino en las calles del 2001. Presa de su extracción social, es incapaz de ver lo que hoy se despliega como el más peligroso de los cruces entre juventud y política: la constitución de una nueva generación obrera.

 

Con pinceladas de clase

Fiel a nuestra historia de un fuerte movimiento obrero y “anomalías”, la “década ganada” en Argentina significó un doble proceso, de pasivización de las masas (luego de 2001), al tiempo que de emergencia de una conflictividad y militancia obrera a nivel del lugar de trabajo que la prensa denominó “sindicalismo de base”. Fue allí, en “la fábrica”, (y no en el barrio), donde se expresó, desde el inicio mismo de la década, la contradicción entre las expectativas despertadas por el crecimiento económico y el discurso posneoliberal, y su realización. Fue allí, en “la fábrica” donde se anticipó, en grageas de algunas luchas larvadas (y otras no tanto), la sombra de la des-ilusión. La contradicción que hoy parece volverse repentinamente nítida en la furia de millones de jóvenes brasileños incorporados al mercado de trabajo y consumo, pero también a su precariedad y superexplotación, en Argentina gestó un proceso continuo (aunque desigual) de militancia obrera que presenta distintos momentos, pero una constante: cada vez mayor participación juvenil. El 2009 mostró este fenómeno por cadena nacional con el conflicto de Kraft. Los rostros de obreros y obreras poblaron la Panamericana pero también la televisión. La envergadura del episodio produjo un hecho inédito: la televisación en vivo y en directo de las elecciones de una comisión interna de fábrica, y el triunfo de la lista de izquierda clasista que agrupaba a la mayoría de los activistas del conflicto1. De allí en adelante, el proceso sufrió una baja en la conflictividad (y por ende en la visibilidad) pero no en la extensión. De hecho las elecciones de distintos gremios muestran datos relevantes del avance de este sindicalismo de base. Este es el caso de la Federación Gráfica Bonaerense en abril de 2012, en la que la Lista Naranja-Bordó obtuvo un 29% de los votos, llegando al 40% en la Zona Norte del GBA; las elecciones del gremio de la Alimentación en el que la Lista Bordó obtuvo un 36% de los votos, logrando la mayoría en 14 fábricas; las elecciones en el gremio jabonero y la lista Bordó obtuvo un 37% en las urnas de Capital y GBA; y en octubre las elecciones del sindicato aeronáutico (APA), en las que la opositora Lista 2 “Desde las Bases” obtuvo el 30% de los votos en aeroparque Jorge Newbery. El paro del 20N volvió a hacer público el sindicalismo de base y su crecimiento. La cobertura mediática comenzó con escenas de cortes de Panamericana y piquetes en el subte, ambos dirigidos por sectores opositores a las direcciones de sus respectivos sindicatos y también a las conducciones convocantes de la CGT y la CTA. Decenas de comisiones internas y cuerpos de delegados de gremios no convocantes adhirieron a la medida por fuera de sus direcciones, transformando en declaración política la adhesión masiva que se expresó a través de un pronunciado ausentismo en los lugares de trabajo.

De 2012 hasta aquí el proceso ha estado signado por el impasse de las internas del PJ en un fin de ciclo ralentizado. La primera manifestación de esas internas fue la ruptura de Moyano con el gobierno nacional configurando el insólito escenario de 5 centrales sindicales en el país. Ya entrado el año electoral, las divisiones se reconfiguraron alrededor del enfrentamiento del FPV y el Frente Renovador de Massa. El fraccionamiento al interior de la burocracia sindical peronista ha permitido un aceleramiento del ritmo de extensión del sindicalismo de base, aunque su visibilidad esté nublada por la baja conflictividad laboral. Un caso paradigmático de esto es el conflicto reciente en la autopartista Lear (la más grande de la Zona Norte), en que se combinó un proceso de avance del sindicalismo de base que ganó la Comisión Interna en 2012, con la división de la dirección sindical del SMATA entre un ala moyanista y el ala kirchnerista de Pignanelli. En esa coyuntura, y por aciertos de la propia CI, lo que intentó ser un ataque de la patronal y el SMATA a la organización de base en la fábrica, a través del despido de 14 trabajadores activistas, devino un conflicto que se masificó en la planta, y un fortalecimiento de la interna y su militancia de base. Esta dinámica se repite, con características particulares, en otros casos como la elección de CI en la planta de Coca Cola de Pompeya en mayo de este año, o el ataque a la CI de la VW de Córdoba, histórico bastión de Omar Dragún. En la extensión de este proceso se despliegan dos características específicas: el especial protagonismo de los sectores juveniles en blanco pero precarizados y de las mujeres obreras. Caso emblemático de esto último ha sido el proceso vivido hace unas semanas en el parque industrial de Pilar, donde el lunes 10 de junio será recordado como el “día de los delantales lilas”, en referencia al color de los uniformes de trabajo de las obreras de la autopartista Kromberg &Schubert que marcharon a la plaza de Pilar a reclamar por los despidos de las activistas y, “piquete en mano”, desafiaron el apriete de los dirigentes del sindicato del plástico que llamaron a desmovilizar.

Este escaso punteo permite preguntarnos cuál es la profundidad de este fenómeno de renovación generacional en el movimiento obrero en Argentina. ¿Hay una nueva generación obrera en estos jóvenes?

 

Grandes acontecimientos

La pregunta por las generaciones ha irrumpido en la sociología en momentos  significativos de la historia del siglo XX. Desarrollándose contra una idea biologicista de generación (acotada a la existencia de generaciones biográficas), el eje de la reflexión ha estado puesto en el análisis de los momentos en que grandes acontecimientos históricos producen rupturas con los sistemas de sentido previos y exponen, entonces, a una determinada juventud a la construcción de nuevos marcos de interpretación y nuevos itinerarios de acción. Lo que comparte una generación no es solo la misma cantidad de tiempo, sino sobre todo la misma “calidad de tiempo” que le otorga un gran acontecimiento fundante y que modifica el horizonte de su práctica. No es extraño que este problema haya ocupado a la sociología en tres períodos particularmente: el de entreguerras que, marcado por la experiencia de la Primera Guerra Mundial y la Revolución Rusa, signó a una generación que se forjó entre el fascismo y la revolución socialista; la década del ‘60 marcada por la Revolución Cubana, la guerra de Vietnam y la explosión de las universidades de masas, que constituyó una nueva generación antiimperialista y un movimiento estudiantil radicalizado políticamente; y la década del ‘90 azotada por la derrota del ascenso del ‘60-‘70, y la caída del muro de Berlín que forjó la llamada “generación X” signada por el individualismo y el capitalismo como fin de la historia.

¿Existen hoy grandes acontecimientos históricos que permitan pensar la gestación de una nueva generación? Las protestas juveniles que recorren el mundo parecen indicar que sí. La crisis económica parece estar constituyéndose en el “acontecimiento vital” (diría Manheim) que alumbra una nueva generación cuyos contornos aún no están muy claros, pero cuyo “enemigo” se perfila cada vez con mayor nitidez: los sistemas políticos heredados de la derrota de la clase obrera en los ‘70, que en Occidente son las “democracias neoliberales”, democracias para ricos. La crisis internacional parece configurarse para los jóvenes como “crisis de futuro” en dos tiempos. Un tiempo inminente, en aquellos lugares donde la economía se despliega como ajuste y pérdida de derechos. Un tiempo aplazado, en aquellos lugares donde, luego de una década de crecimiento económico y de expectativas, la crisis se presenta como recordatorio de la precariedad de lo conquistado y como adelanto del fracaso de la “ilusión posneoliberal”.

 

Generación 2001

En Argentina no es posible preguntarse por la existencia de una nueva generación obrera sin partir del hecho empírico de la recomposición social de los trabajadores basada en los 4 millones de nuevos puestos de trabajo de 2003 en adelante. Establecer este piso objetivo, sin embargo, no alcanza. Hay que preguntarse en qué medida y a partir de qué “acontecimientos vitales” esta inyección de jóvenes obreros constituye una nueva generación. Esa pregunta nos envía en forma directa al 2001.

Los jóvenes que hoy conforman el “sindicalismo de base” son los que en 2001 transcurrían su adolescencia o el ingreso a la juventud. La crisis de 2001 es “acontecimiento vital” en un doble sentido: es crisis del Estado burgués en Argentina e ilusión de reconstrucción de un Estado que, en oposición al “excluyente” neoliberal, incluya a estos jóvenes como algo más que “pobres ciudadanos”. A 10 años de ese momento, los rasgos de continuidad con los ‘90 se ven cada vez con más claridad, mientras que los rasgos de ruptura van desdibujándose a medida que se agotan las variables del “modelo”. Y tras ese agotamiento afloran los aspectos del régimen político que la restauración kirchnerista no pudo suturar. Lo que los politólogos llaman, crisis de representaciones. En Argentina esto tiene consecuencias particulares. Hablar de crisis de representaciones políticas y sindicales para la clase obrera, es hablar de peronismo. Cuando, entre 2003 y 2007, en el marco de la UBA y la UNLP realizamos más de 1.000 encuestas en distintas estructuras de trabajadores2, ante la pregunta de “¿cómo se definiría usted políticamente?”, la mayoría de los trabajadores respondía “de ningún modo” o “no soy nada”. El cruce de respuestas entre el sector industrial y el de servicios, entre los gremios pertenecientes a la CGT y los de la CTA, no variaba la tendencia sino que la confirmaba. Más del 50% de los encuestados, se declaraba “apolítico”. Estábamos ante una población sin identificaciones políticas claras que en nuestro país significa mucho más que eso, significa una población obrera no peronista (¿posperonista?). He aquí la primera clave para preguntarse por la gestación de una nueva generación obrera. Sobre esta base se erigen los dos procesos paralelos que encabezará el kirchnerismo: el intento de reconstrucción de las instituciones del régimen político, y la recomposición social de los trabajadores apoyada en la mega devaluación y su baja exponencial del salario real. Pero la velocidad y alcance de estos dos procesos no fueron los mismos. La recomposición social fue más veloz y, si se quiere, más extendida, que la reconstrucción del régimen político en Argentina, que resultó una reconstrucción inconclusa.

En tres años, la tasa de desocupación había bajado a la mitad (del 22,5%al 11%). Cuando en 2007 entrevistamos a obreros de FATE3 (en pleno proceso de organización antiburocrático) escuché por primera vez la frase: “si me echan no me importa, están tomando gente en todos lados”. Así de contundente el impacto subjetivo de la recomposición del empleo. Los tiempos de la relegitimación de las instituciones del régimen político fueron más lentos y los resultados más contradictorios, especialmente en una institución central para la relación con la clase trabajadora: la burocracia sindical.

El prestigio ganado por Moyano (a fuerza de ser aliado estratégico de Kirchner) no se tradujo en represtigiamiento de la burocracia sindical y mucho menos en renovación de las cúpulas sindicales cuyos dirigentes tienen un promedio de tres décadas en el mismo sillón. La tasa de afiliación mantenida en valores casi idénticos a los de la década del ‘90, muestra que los sindicatos, en tanto institución pilar del régimen político en Argentina, no han sido el vehículo de participación de los millones de nuevos trabajadores. Esta participación se ha dado a nivel de fábrica y a través de las comisiones internas, en las que participan afiliados y no afiliados. Los datos de la cada vez mayor descentralización de la conflictividad laboral refuerzan la tendencia de una recomposición gremial que tiene como epicentro de la participación el lugar de trabajo en tensión (cuando no en oposición directa) con las direcciones sindicales. He aquí la segunda clave para preguntarse por la gestación de una nueva generación obrera en el país. Parafraseando a Murmis y Portantiero en su análisis sobre los orígenes del peronismo, hoy podemos decir que la nueva generación obrera se forja en una asincronía entre acumulación y participación. Pero a diferencia del ‘45, el peronismo en el gobierno y en los sindicatos aparece cada vez más responsable, y no como suturador, de esa asincronía. La expansión e intensidad del crecimiento económico como base en fuertes incorporaciones al mercado de trabajo y consumo produjo una rápida recomposición social y aumento de las expectativas que se topó con la continuidad de una ciudadanía devastada, mucho más cercana a los derechos amputados en el neoliberalismo (a través de la precarización laboral), que a los tan mentados derechos ciudadanos conquistados por los trabajadores durante el primer peronismo. Y el lugar en que esa asincronía se hizo más evidente fue la fábrica, el lugar de trabajo, allí donde la continuidad de las condiciones de explotación de los ‘90 se hace más degradante. Cuando se observan los datos de la precarización en lo referente al mercado de trabajo, las cláusulas de flexibilización interna, y los niveles de salario real y relativo en Argentina, se observa la continuidad de los derechos perdidos en contraposición a una “acumulación ganada”.

 

En disputa

La foto actual es la de un momento de transición. Pueden identificarse los grandes acontecimientos que abren la posibilidad de la configuración de una nueva generación obrera en Argentina, emparentada, aunque con sus sellos particulares, con la juventud que beligera a nivel mundial. Puede identificarse también una coyuntura nacional de un peronismo cuyas fracciones existentes abren el interrogante acerca de su posibilidad de reconstrucción de los lazos de lealtad en el nuevo movimiento obrero. Pero aún no pueden precisarse las características de estos nuevos trabajadores, sus  rasgos de época”. Hay, sin embargo, algo que se destaca y obliga a la mayor atención: el desprejuicio de esta generación respecto de la izquierda. Este desprejuicio se sostiene en dos pilares. Por un lado, en que la ausencia de la identificación peronista es, también, ausencia de macartismo (rasgo fundante del peronismo). Por otro, en que la izquierda partidaria (mayoritariamente de origen trotskista) ha logrado ser parte del escenario político en Argentina de la última década, y particularmente, parte activa del proceso de recomposición gremial a nivel de fábrica.

A diferencia de lo que sucedió con la generación setentista en que el peronismo, prestigiado por la resistencia (y ayudado por los propios errores de la izquierda clasista) pudo capitalizar buena parte de las tendencias de izquierda dentro del propio movimiento a través de Montoneros; esta nueva generación se enfrenta a un peronismo desprestigiado por los años menemistas y que en la “década ganada” no ha acompasado los procesos de acumulación y participación. El peronismo actual no tiene ala izquierda en el movimiento obrero y, hoy, parece difícil que la tenga. Ante este peronismo, es la izquierda la que se presenta como oposición. Esto ha configurado un escenario sindical inédito en la historia del país en que, los contendientes son la burocracia peronista y la izquierda clasista. Y abre el interrogante acerca de la constitución de la izquierda como alternativa para la nueva generación obrera.

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1 En las elecciones de 2009 ganó la Lista 1 encabezada por Hermosilla del PTS, frente a la Lista 2, encabezada por Bogado del PCR. Véase Diego Lotito y Jonatan Ros, “La lucha de Kraft Foods”, Estrategia Internacional 26, Marzo 2010.

2 Programa de Investigación “Los trabajadores en la Argentina Actual – Encuesta Obrera” desarrollado con docentes e investigadores de la UBA y la UNLP, e impulsado por el Instituto de Pensamiento Socialista “Karl Marx”.

3 Véase, “Rebeldía fabril: lucha y organización de los obreros de FATE”, Lucha de Clases 8, Buenos Aires, 2008.

1 comment

  1. Maxlop 5 agosto, 2013 at 23:17 Responder

    Quisiera agregar otro aspecto. Falta el stalinismo ! Y no sólo éste: la centroizquierda apenas si roza al movimiento obrero. A mi entender se trata de una ventaja estratégica enorme. Por la capacidad de freno y desvío propios de esas organizaciones. Algo que puede verse aqui cerca, en Uruguay y Chile.

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