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Zygmunt Bauman: las desventuras de un pensamiento derrotista

¿Por qué Zygmunt Bauman es un pensador del desaliento político y la postración ante la barbarie capitalista?

Sábado 11 de febrero de 2017 | Edición del día

Hace unos días murió, a las 91 años, el filósofo y pensador polaco Zygmunt Bauman, de gran respetabilidad en ciertas universidades y muy conocido por sus libros, escritos en un estilo llano, que tratan sobre temas que interpelan a nuestro tiempo, como la pareja, la fragilidad de las relaciones humanas, el individualismo narcisista, el consumismo, las redes sociales, las vidas desperdiciadas; donde su crítica parte del principio, formulado en términos kantianos, de la “unidad de la especie humana”.

Seguramente Bauman –cuya notoriedad proviene de finales de la década del 80– tuvo la perspicacia de captar algunos elementos del malestar generalizado y el desaliento de las sociedades modernas, capitalistas, y lo mismo hizo con su condición de intelectual de la época donde no hubo más irrupciones revolucionarias, donde el proletariado sufrió derrotas históricas que culminaron con la restauración del capitalismo en la Unión Soviética y el auge del neoliberalismo. Por eso tenía algo para decir acerca de nuestro tiempo.

Lo que sin duda está en cuestión es la profundidad y la perspectiva de sus palabras.

En esta breve no podríamos dar cuenta de todas las contradicciones y del discurso pesimista de Bauman, pero trataremos de señalar algunas pistas con el fin de contribuir al debate. Un debate que debe extender a la ola intelectual a la que pertenece y lo que es llamado por algunos autores marxistas como “para-posmoderno” o simplemente “posmoderno”, en donde Richard Sennet (“La corrosión del carácter”) es uno de los íconos.

Oscar Wilde, cuya sensibilidad le permitió captar –en los primeros pasos del capitalismo industrializado– los efectos perversos sobre las relaciones cotidianas, en cierta medida dio la clave para autores como Bauman al acuñar el aforismo “Vivimos, lamento decirlo, en una época de superficies”.

Bauman tratará esta cuestión a su manera y en una época, ahora, de decadencia de ese sistema. En este punto, el problema más grave de “su manera” de filosofar acerca de nuestro tiempo tiene que ver con la debilidad irrecuperable de no buscar determinaciones para los conceptos. Todos ellos –incluidos los más difundidos como la fragilidad o la liquidez de los vínculos humanos– son conceptos colgados en el aire. Lo que se tiene cómo resultado es el perfil de un autor doctrinario más que teórico: sus conceptos no se cruzan –no en sus ojos– con las determinaciones sociales, económicas, históricas, con ninguna. Habla de la “misteriosa fragilidad de las relaciones humanas”, adoptando cierta conexión con Erich Fromm, otro autor también “culturalista” que no se ocupa de preguntar –a fondo– porqué el mundo es cómo es. En su superficialidad suprema defiende, en el último párrafo de su libro “Amor líquido”, la necesidad y la urgencia de una “humanidad compartida” sin abolición del capitalismo, la propiedad privada de los medios de producción que desgarra a la humanidad. Patrones y trabajadores juntos, tratando de “compartir” el mundo humanista.

Por esta importante falta de determinación, muchas ideas que se desarrollaron sobre las relaciones urbanas modernas, en un capitalismo con una crisis histórica, terminan siendo poco más que consejos (wishfull thinking) que bordean el psicologismo indeterminado de Christopher Lasch, Sennett o el derechista Daniel Bell, entre otros. Su horizonte es invariablemente liberal. Recuerda a un Habermas empeorado, al Habermas que entendía la sociedad como una “realidad moral” y que alegaba que el marxismo no tenía una teoría de la democracia como tal.

Bauman jamás vio como posibilidad a la izquierda revolucionaria, a la revolución socialista, a pesar de no sentirse comodo con el horizonte liberal como respuesta. El problema, que a menudo compromete los intentos ambivalentes de intelectuales de este tipo, es que la realidad política, el mundo real, es enemigo del vacío. Por lo que incluso él mismo afirma que el neoliberalismo ha llegado para quedarse como estrategia para frenar reformas… un tanto líquidas.

Incluso cuando parece crítico de ciertos efectos subjetivos del llamado capitalismo neoliberal (la fragmentación de uno mismo, de las relaciones interpersonales, de un nuevo individualismo ultranarcisista, etc) niega la cuestión del poder del Estado, por el cual se manifiesta fobia aquí y allá y termina aceptando, sin límites, una sociedad mucho más “flexible” que a la burocracia del llamado “socialismo real”. Es decir, jamás, tanto Bauman como sus colegas, entenderán al estalinismo. Su sistema es binario: o se acepta, bajo protesta, al capitalismo o sino al estalinismo, un suerte de Gran Hermano.

De hecho, todos ellos –de André Gorz, pasando por Clauss Offe, a un amplio espectro que alcanza a Bennett y Bauman– creen que el trabajo industrial perdió su centralidad, que el trabajo llegó a su fin, que se debe luchar por el no-trabajo (lo que sea que eso signifique) y, al final de cuentas, integran ese arco de autores que florecen en tiempos de reacción y derrotas políticas de la clase obrera, como fue el caso de los años 70, 80, seguido de los 90. Derrotistas, encarnan momentos de desaliento político, muchos abandonaron su coqueteo inicial con la revolución y el marxismo, de la manera que James Petras llamó “la retirada de los intelectuales”. Creen que, en última instancia, el capitalismo puede abolir por “arte de magia”, como diría Alex Callínicos, a la clase obrera.

Su sensibilidad para captar los nuevos tiempos es, por lo tanto, parcial, mutilada, y sus conceptos más modernos terminan siendo poco más que conceptos de una ligereza insostenible acorde a su falta de determinaciones.

Así la fragilidad o liquidez de las relaciones actuales, en las que tanto hace foco, termina siendo “misteriosa”. Por esto Bauman llega a afirmar que la “pérdida de identidad” de pueblos y trabajadores (por la fragmentación de los puestos de trabajo, explica) genera una “identidad líquida” para demostrar –siempre según Bauman– que la exclusión, en lugar de la explotación, es la base del sufrimiento y de la pobreza actual. Nada más alejado de Marx, aunque es una de las tesis de su libro “Identidad”. De hecho, Bauman y todos sus colegas como Sennett, son poco más que una versión particularmente diluida y neoliberal de la llamada “posmodernidad”. Ellos son el pensamiento derrotista, críticos sin consistencia de fenómenos como la inseguridad, la opacidad y “liquidez” de las relaciones de nuestro tiempo.

Son pensadores funcionales para una academia acomodada, mas weberiana que marxista, para no ir más allá de trabajar sobre las superficies mencionadas anteriormente por Oscar Wilde.

Creen, todos ellos, que dado el fin de los grandes proyectos sociales e históricos el “ser humano” (un concepto muy abstracto, digámoslo) es libre de decidir qué hacer con su vida individual en el marco de esta maquinaria de explotación, mercantilización de todo y alienación brutal llamada capitalismo.

Como han señalado correctamente algunos investigadores de la UNAM-México, incluyendo a Garza-Toledo, “en la visión de mundo de Bauman, el inmediatismo de la acción individual en la vida cotidiana es la principal brújula para poder sobrevivir en un mundo básicamente sometido a fuerzas inciertas, sin nombres ni apellidos, sin responsables identificables, ni mucho menos grandes fuerzas sociales capaces de marcar las nuevas tendencias”.

Es decir, la sociedad, los movimientos sociales, las clases, el proletariado, todo se diluye y se licua en autores como Bauman para deslizarse directamente a un mundo de los “derechos del ser interior”. Uno no puede dejar de recordar a su alma gemela John Holloway, quién abrazó la quimera de “cambiar el mundo sin tomar el poder”, y tantos otros cuyo denominador común –justamente por no poder concebir un sujeto histórico revolucionario– es la amalgama de pesimismo histórico con derrotismo y, por supuesto, un escepticismo total sobre la clase obrera.

Su método de pensamiento no es más profundo que sus tesis.

En la lógica de Bauman, dicen los estudiosos de la UNAM, “el papel del capital transnacional queda obscurecido en aras de un sistema impersonal que se impone. Es decir, la para-posmodernidad es una versión neoliberal de la posmodernidad, que no asume, al menos explícitamente, la negación de la razón científica. En esta medida, sus proposiciones toman la forma de pseudohipótesis científicas que se ilustran a través de argumentos y datos escogidos a modo de afirmar las proposiciones que se quiere”.

Al final de cuenta, un castillo de naipes ideológicamente ecléctico –demasiado pesimista y, por eso mismo, funcional para el capitalismo neoliberal; construido con cartas demasiados líquidas, vaporosas– como para que pueda ser tomado en serio por la clase trabajadora y su vanguardia en lucha contra el capital y, por lo tanto, por la abolición de lo que está como base de cualquier desaliento u opacidad de la vida actual.

Publicado originalmente en Esquerda Diário.
Traducción: Maximiliano Olivera.







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