Cultura

EFEMERIDE REVOLUCIONARIA

Zapata y Villa en Palacio Nacional: de lo que no se cuenta…pero cuenta mucho

La toma de la Ciudad de México y su momento relevante, cuando Villa y Zapata se fotografían en la silla presidencial, que a Carranza se le olvidó llevársela en su huida a Veracruz, es uno de los hechos que, en los libros de historia oficial, parafraseando a Peña Nieto, “no se cuentan, pero cuentan mucho”, para los de abajo. Por eso, consideramos. es muy necesario difundirlo, que todos los de abajo sepan los grandes hitos de los revolucionarios de ayer para preparar los del mañana.

Raúl Dosta

@raul_dosta

Jueves 8 de diciembre de 2016

Un acontecimiento de los muchos que las clases dominantes y sus gobiernos quisieran que el pueblo nunca se enterara, fue el del día 6 de diciembre de 1914, un hecho trascendental de aquellos días de la ocupación la capital de país que llevaron a cabo las fuerzas combatientes de Emiliano Zapata y Francisco Villa. Un punto culmine de la misma gesta revolucionaria, tal como lo describe Adolfo Gilly en su libro La Revolución Interrumpida, donde afirma:

“La ocupación de México por los ejércitos campesinos es uno de los episodios más hermosos y conmovedores de toda la revolución mexicana, una expresión temprana, violenta y ordenada de la potencia de las masas que ha dejado hasta hoy su marca en el país, y uno de los cimientos históricos en que se afirman, sin que reveses, traiciones ni contrastes hayan podido conmoverlo, el orgullo y la altivez del campesino mexicano. Es, en la conciencia histórica de las masas, una cabecera de puente de la insurrección obrera, el asalto al poder y la revolución socialista.”

El día 4 de diciembre en Xochimilco los dos grandes líderes se encontraron por primera vez y junto con sus estados mayores acordaron el Pacto de Xochimilco, tendientes a unificarse en un solo cuerpo militar para enfrentar al ala conservadora de la revolución, dirigida por Carranza y Obregón, y hacer valer los acuerdos de la Convención, el gobierno emanado de ésta y el Plan de Ayala.

En un discurso improvisado ante los testigos del pacto, Villa afirmaba:

“Respecto a todos esos grandes terratenientes, estoy propuesto a secundar las ideas del Plan de Ayala, para que se recojan esas tierras y quede el pueblo posesionado de ellas. El pueblo que por tanto tiempo ha estado dando su trabajo, sin más preocupaciones de esos terratenientes que tenernos en la esclavitud”.

Para el día 6, se reunieron en Chapultepec para dirigirse al zócalo de la ciudad, casi el mismo recorrido que hacemos frecuentemente para protestar contra las tropelías de EPN, pero ellos lograron adueñarse del Palacio Nacional. Las columnas de ambos grupos sumaban 50 mil disciplinados combatientes revolucionarios.

Al llegar al centro de la ciudad, Villa, Zapata y Eulalio Guzmán, el presidente provisional electo por la Convención de Aguascalientes, entraron al Palacio Nacional que era custodiado por Eufemio Zapata y su tropa, para presenciar desde el balcón presidencial el imponente desfile de sus ejércitos.

Pero la afrenta a la clase que tradicionalmente detentaba el poder y que por grandes momentos era cuestionado por los vaivenes del proceso revolucionario, es que en su palacio estuvieran los principales transgresores de su dominio, aunque éstos no lo tuvieran muy claro; que habían puesto en fuga a quien se ostentaba como su principal representante (Carranza) e intentaba armar un nuevo gobierno, arrinconado en Veracruz.

Así, mientras Carranza huía de la Convención de Aguascalientes y se refugiaba en Veracruz, Villa y Zapata se enseñoreaban en la capital del país y se tomaban la clásica foto en la silla presidencial representando el sentir de las mayorías de un país en la encrucijada, entre la resurrección porfiriana, representada por Carranza, una salida moderada con algunas concesiones a las masas para controlarlas férreamente dirigida por los “generales del norte” de Obregón a Calles o una revolución campesina radical que no encontraba la manera de establecer su dominio aún con el apoyo de la mayoría del pueblo oprimido. Pocos meses después el fiel de la balanza empezaría a apuntar al lado opuesto y el polo intermedio se desharía de los extremos en pugna.

Pero mientras, en estos días excepcionales, los grandes caudillos en su cenit dejaban su sello en la ciudad: Francisco Villa se dirigió al Panteón Francés de la Piedad para rendirle un homenaje póstumo a Francisco I. Madero, con quien nunca pudo romper, a diferencia de Zapata, y ordenaría abrir su tumba para colocar sus restos en un costosísimo ataúd de plata y volverlo a inhumar.

El aura del burgués hacendado capitalista “bueno” se mostraba como el freno que fué de la revolución misma hacia su destino permanentista, es decir hacía un gobierno obrero y campesino que aún no estaba listo para ser, porque el desarrollo desigual capitalista no alcanzó para que el movimiento obrero desplegara su carácter definitorio del proceso revolucionario propio de esta época de crisis, guerras y revoluciones.

Aun así, temblaban de impotencia las huestes de la vieja oligarquía que se agazapaba impotente en la Habana, Galveston, Brownsville o Nueva Orleans y que desde lejos se enteraban de hechos inauditos: de cómo los revolucionarios de a pie se sentaban en el Sanborns de los Azulejos a pedir el desayuno y de cómo el mismo Centauro del Norte se hacía de una escalera para personalmente ir quitando las viejas placas que daban nombre a la opulenta calle de Plateros, para colocar las nuevas, que la renombrarían como la de Madero.

Otros vientos soplaban en esos días, y cambiaron de rumbo por un siglo, un poco más, pero los hombres valerosos de aquellos tiempos bien merecen que las generaciones de hoy se reconozcan en ellos para hacer girar la veleta de la historia en la dirección correcta. Para retomar, con los valerosos de hoy, los de las fábricas que comienzan a salir a las calles para enfrentar al gran capital junto a los campesinos, los pueblos originarios y los desposeídos de las ciudades, para llevar hasta el final la gran obra que se proponían Villa y Zapata.




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