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Yo, adolescente: una melodía sentimental

Cuenta la historia de un joven en esa etapa de la vida donde la soledad y la tristeza puede ser un peligroso compañero.

Julio Urquia

@discipulodemarx

Domingo 15 de noviembre de 2020 | 12:45

Nicolás Zamorano en los ya lejanos 2000s escribía un blog: Yo, adolescente. Allí compartía experiencias con sus lectores que con el tiempo se trasformaron en una tribu multitudinaria. Esas entradas del blog se convirtieron en libro (2019). Posteriormente y con la dirección de Lucas Santa Ana (El puto inolvidable, Vida de Carlos Jáuregui), llegó la película, en julio fue un éxito de público en la plataforma CINE.AR. Desde esta semana está disponible en Netflix donde se encuentra en el Top 5 de las más vistas.

Remeras rockeras

Zabo, interpretado por Renato Quattordio, es un pibe de 16 años fanático de la música independiente y de los recitales. Como para muchos, en 2004, la tragedia de Cromañón significo un mojón en su vida y para toda una generación el fin de la inocencia. Ese hecho y el suicidio de uno de sus amigos son el inicio de una película dramática donde la música, los amigos, los amores y los desamores serán los temas centrales.

En la modernidad según Bauman podemos encontrar lo que él denomina los “no-lugares”, que se caracterizan por ser espacios carentes de identidad e historia. Un buen ejemplo de esto pueden ser los shoppings los cuales son similares en cualquier ciudad del mundo. Luego de Cromañón la generación de Zabo perdió los lugares donde solían divertirse. En lugar de dar una solución el estado condenó a los chicos a recluirse o someterse al tedio de la uniformidad. Pero Nicolás y sus amigos no estaban muy dispuestos a quedarse en casa.

Todo niño sensible sabrá de qué estamos hablando

Dicen que lo más importante en una película es el amor, el amor heterosexual, y en ese plan iba la historia hasta que la duda se apodera del protagonista que deberá enfrentarse a una especie de triángulo de amor bizarro. Destaca en este punto Jerónimo Bosia en el papel de Ramiro que parece tener más en claro sus sentimientos. Zabo emprenderá un camino de autodescubrimiento de su deseo y de su identidad, algo siempre complicado en esa etapa de la vida. Parece que en esa época la educación sexual no estaba muy presente en las escuelas. No obstante, aún hoy no se logra aplicar en todos los ámbitos.

Así, tratando de entender su identidad y poniendo en tensión el miedo a la soledad versus no fingir ser quien no es, Zabo se sumerge en un viaje hacia la depresión.
Las relaciones familiares parecen ser como un teléfono que suena en una habitación vacía, complejas tanto para padres como para hijos que se enfrentan a un muro generacional casi infranqueable.

El final, tal vez, llega muy rápido y todos los temas que se nos plantean no tienen todo el desarrollo que hubieran necesitado en apenas 97 minutos de película.

Espíritu adolescente

Zabo aparece casi siempre con distintas remeras de bandas de rock donde la de Nirvana es la que tiene mayor presencia. Kurt Cobain en los noventas había sido la trágica voz de quienes se hundían en la depresión y cuyo final sería trágico también. Por esos años los siempre polémicos hermanos Gallagher desafiaban el pesimismo de Cobain y se proponían “vivir para siempre” (Live forever, 1994). Es entre esas dos pulsiones en que discurren los días y también el arte.

Zabo en un homenaje cinéfilo al Bogart de Casablanca (1942) nos dice que, aunque el futuro que se nos viene sea complicado “siempre vamos a tener los recitales de Boom Boom Kid”, porque a veces el rock nos salva la vida.







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