Internacional

TRIBUNA ABIERTA

Yemen: La Guerra que nos obligan a olvidar

Actualmente Yemen vive la peor crisis humanitaria de su historia reciente. Compartimos un análisis de Isa Ferrero, autor de ‘Negociar con asesinos. Guerra y crisis en Yemen’.

Miércoles 29 de julio | 05:06

Foto: Fuertes lluvias a inundaciones azotan la capital de Yemen. EFE/EPA/YAHYA ARHAB

Actualmente Yemen vive la peor crisis humanitaria de su historia reciente. En estas palabras se ha expresado Mark Lowcock, Secretario General Adjunto de Asuntos Humanitarios. Razones no le faltan. No hay ningún tipo de duda que la guerra de Yemen es una de las mayores tragedias de este siglo XXI, comparable a la guerra de Siria o la guerra de Irak.

Sin embargo, pese a la magnitud del conflicto, poco se ha podido escuchar en la opinión pública. Yemen es la Guerra Olvidada. Guerra que no despierta el interés ni de políticos ni de empresarios ni de medios de comunicación. Precisamente por esta última razón, se hace imposible que el público general pueda sacar conclusiones sobre lo que está ocurriendo en Yemen. Es el gran triunfo de los medios de comunicación: los grandes centros de adoctrinamiento del siglo XXI. Se trata de lograr que la ciudadanía ignore los temas de verdad importantes a base de crear un consenso aceptable para las élites. Esto, unido a la gran dosis de racismo cultural, hace que las informaciones sobre guerras que nuestros dirigentes ayudan a alimentar no salgan nunca a la luz.

La razón es obvia: en el sistema económico y político en el que vivimos, los medios de comunicación son esclavos de los intereses económicos y están supeditados, por lo tanto, al interés de las élites. Son empresas que buscan el beneficio, no la libertad de información. Libertad, una palabra tergiversada de manera orwelliana para justificar la esclavitud de nuestro sistema económico y político.

La responsabilidad de las potencias occidentales en la crisis de Yemen es notoria. Sin embargo, la manera en la que se produjo esta tremenda crisis ha permitido que las superpotencias occidentales se libren de ser juzgadas. No sólo se debe al gran trabajo que han hecho los medios de comunicación si no que los crímenes perpetrados los ha llevado a cabo Arabia Saudí, el gran aliado que tiene Estados Unidos (ergo, Europa) en Oriente Medio. Un aliado que es uno de los más extremos del mundo, financia el terrorismo y persigue a opositores. Sin embargo, el listón de atrocidades alcanzó un nuevo parangón en 2015 cuando Arabia Saudí lanzó una intervención militar sobre Yemen que ha causado la peor crisis humanitaria del mundo. De momento, han muerto ya más de 250 mil personas.

Yemen es un país que no genera demasiadas preocupaciones para las élites debido a que es un país pobre, sin los recursos energéticos de los países del Golfo y que siempre ha sido víctima de los planes de sometimiento de Arabia Saudí que no ha permitido nunca cualquier desviación política que pueda afectar a la estabilidad del régimen. Yemen es el patio trasero de Arabia Saudí. El imperialismo estadounidense le otorga ese favor. Es preciso tener en cuenta que Yemen, pese a estar rodeada de monarquías fundamentalistas y extremas, ha intentado desviarse de ese camino durante el siglo XX. Recordemos, por ejemplo, que en el sur se desarrolló un proyecto marxista que acabó fracasando y en el norte se declaró una república después de una guerra civil (62-70) en la que Egipto se metió de lleno apoyando a los republicanos y en el que Arabia Saudí apoyaba al otro bando.

La intervención militar de Arabia Saudí en 2015 tiene una justificación política. Cómo ha sucedido siempre en todas las guerras frías, aunque se den constantemente argumentos sobre el peligro de la seguridad nacional, el motivo siempre es otro. Este ejemplo es muy claro en el caso del imperialismo estadounidense, en el que se ha justificado cometer desde siempre verdaderos actos de terrorismo internacional por “La amenaza del Socialismo”, “La Guerra contra las drogas” o “La necesidad de derrocar a un dictador peor que Hitler” (como dijo Bush padre). Este último pretexto fue utilizado en la Primera Guerra del Golfo (años 90-91) para destruir al pueblo iraquí. Husein, que era un dictador brutal, había sido apoyado por Estados Unidos, pese a la mala costumbre que adquirió de gasear a poblaciones enteras. [1] Estos crímenes no despertaban la indignación de Estados Unidos porque era mucho más importante destruir a Irán después de la Revolución Islámica del 79. El nuevo régimen teocrático que se creó después de la despiadada dictadura del Sah, era igualmente represivo que la dictadura, pero a diferencia de ella no era sumiso a los Estados Unidos y de alguna manera desafiaba el Orden que Estados Unidos había impuesto en la región después de la Segunda Guerra Mundial. Desde ese momento, Irán se convertiría en el nuevo enemigo número uno de Estados Unidos y Arabia Saudí el principal socio preferente al que había que mimar. Es por esta razón que la Operación militar que lanzó Arabia Saudí recibió un espaldarazo de la administración Obama en un momento en el que el Acuerdo Nuclear con Irán amenazó con destensar la crisis con Irán. Había que conceder el capricho a Arabia Saudí de destrozar Yemen.

En la primavera de 2015, Arabia Saudí decidió intervenir militarmente en Yemen para salvar a su patio trasero de la “maligna” influencia de Irán. Una influencia que era abiertamente exagerada y que en el momento de lanzar la intervención militar era mucho más limitada que ahora. De hecho, Irán se ha aprovechado del caos actual en la región para involucrarse mucho más en Yemen y amenazar la seguridad de Arabia Saudí. Es un claro ejemplo de profecía autocumplida que nos recuerda al caso de Cuba en la Guerra Fría. Fidel Castro que no era comunista acabó del lado de la Unión Soviética desplegándose en la isla misiles nucleares soviéticos apuntando a Estados Unidos. Esta influencia de Irán en Yemen, se debía a que los hutíes habían dado un golpe de Estado después de que el gobierno cada vez más impopular de Hadi fracasara en su tarea de liderar una transición democrática. Un fracaso que también se debe al entorpecimiento de éstos y su sorpresiva colaboración con el expresidente Saleh.

La caída del gobierno de Transición tiene explicaciones internas sobre todo ligadas a la dificultad de romper con el sistema clientelar y de patronazgo que había instaurado Saleh durante sus más de 33 años al frente del país. Un sistema enormemente corrupto que debilitaba la economía y empeoraba las pésimas condiciones de los sectores populares que pedían cambios urgentes. No obstante, hay que señalar que también hubo motivos en el exterior que explican su fracaso.

El principal motivo es que los países que apoyaban al gobierno de Hadi, no lo hacían con el interés de instaurar un gobierno democrático que mejorara las condiciones de la población, sino de instaurar el tipo de democracia que los países con intereses en Yemen querían. Esto es cierto en el caso de Arabia Saudí y los países del golfo (los países más antidemocráticos de la región), pero también en el caso de Occidente en el que impuso al nuevo gobierno de transición medidas neoliberales que ya se sabían que eran muy impopulares dado que habían producido levantamientos en Yemen en otras épocas. Los países habían prometido fondos a Yemen siempre que cumplieran las “reformas” —otra forma de orwelliana de decir que debía someterse a las normas neoliberales a las que los países más pobres están acostumbrados. Esto generó que la economía no despegase y que los sectores populares apoyaran cada vez menos al gobierno. Paralelamente a esta falta de compromiso por mejorar la economía del país, Estados Unidos siguió librando su particular Guerra contra el Terrorismo, guerra que se reducía a una campaña de asesinatos extrajudiciales y selectivos conocida como “The Drone Campaign”.

“The Drone Campagin” ha sido una de las campañas terroristas más inmorales del imperialismo occidental y ha forjado un precedente muy peligroso y perturbador para el futuro de la humanidad. La razón fue que, pese a lo que se ha podido escuchar en los grandes medios de comunicación, Obama siguió con la misma política de terror que Bush hijo. Sin embargo, a diferencia de él, pensó que era mucho mejor idea diseñar un sistema represivo que asesinara a la gente sin necesidad de desplegar tropas en el terreno. Ahora se mandaba a un dron y se lanzaba un ataque sin la necesidad de poner en peligro las “valiosas” vidas estadounidenses frente a las “insignificantes” vidas de los supuestamente terroristas a los que había que ejecutar sin juicio alguno. Sólo el OK del presidente valía. Obama se había convertido en Nerón.

Desde que empezó esta campaña, se han lanzado 14.400 ataques y se han asesinado entre 8.858 y 16.901 personas según los datos del “The Bureau of Investigative Journalism”. En Yemen, la aparición de Al Qaeda en el 2009 propició que Barack Obama, premio Nobel de la Paz, decidiera acometer esta salvaje campaña. Se calcula que entre el año 2011 y 2014 se mataron entre 462 y 667 personas. En una época en la que recordemos, Yemen se jugaba el paso a la democracia.

De todas maneras, estos crímenes no son comparables a los que Arabia Saudí después cometió. El 26 de marzo de 2015, una Coalición de países liderado por Arabia Saudí (y también Emiratos Árabes Unidos) lanzó una intervención militar en Yemen que se preveía desde un primer momento catastrófica. El hecho era que Yemen era el país más pobre de la región y dependía absolutamente del exterior ya que importaba el 90% de sus bienes necesarios. Sin embargo, Arabia Saudí, que no tenía ningún reparo en acometer crímenes de guerra, implementó un bloqueo por tierra, mar y aire y empezó a bombardear a la población civil y a los sectores agrícolas con el objetivo claro de ganar la guerra a base de matar de hambre y de enfermedades a la población.

Se dice que el príncipe saudí MBS (el mismo que mandó descuartizar al periodista Jamal Khashoggi en 2018) alentó a sus oficiales con todo tipo de frases como: “No se preocupen por las críticas internacionales [...] queremos dejar un gran impacto en la conciencia de las generaciones yemeníes. Queremos que sus hijos, mujeres e incluso sus hombres tiemblen cada vez que se menciona el nombre de Arabia Saudita”. [2] Estas declaraciones encajan a la perfección con lo que hemos podido escuchar en los registros a las autoridades saudíes cuando han equiparado el maltrato a las mujeres con el bombardeo de Yemen. [3] Algo necesario, inevitable y que es intrínseco a la naturaleza autoritaria del Régimen.

Recordemos que estas acciones fueron consentidas por Estados Unidos y los países europeos. Tal asalto a la población de Yemen no generó ni mucho menos una indignación general de lo que se llama Occidente. Más bien al contrario, los países occidentales estuvieron encantados de apoyar diplomáticamente la intervención de Arabia Saudí debido a que de este modo podían seguir vendiendo armas a Arabia Saudí. De todas formas, el apoyo no sólo se tradujo en la venta de armamento y dos países colaboraron activamente con los saudíes en asesinar a un pueblo entero: Estados Unidos y Reino Unido. Estos dos países prestaron ayuda logística para que estos crímenes pudieran ejecutarse de una forma más eficaz. En otras palabras, estos dos países no sólo les vendían los revólveres, sino que también les vendía las balas y les enseñaban a disparar.

Desde ese fatídico 26 de marzo de 2015, la situación no ha hecho más que empeorar. Millones de personas se han visto afectadas por enfermedades como el cólera, la malaria o el dengue, y un porcentaje alarmante de la población ha necesitado ayuda humanitaria para vivir. En estos momentos el porcentaje supera el 80% (24 millones de una población de 30). El sufrimiento ha sido inimaginable durante estos años de guerra y podría haber sido peor si las organizaciones humanitarias no hubieran atendido a millones de personas. Durante estos años los programas humanitarios han atendido a más de 10 millones de personas cada año.

Es por esta razón por la que se hace incomprensible ver cómo los países más ríos se están desentiendo de ayudar a Yemen justo cuando la crisis humanitaria es más severa. La situación que vive Yemen en este 2020 es de tintes apocalípticos. Hay varios motivos que explican el penoso panorama que está viviendo la población: más de cinco años de guerra y los combates siguen desarrollándose; el conflicto se ha fragmentado, por lo que hace cada vez más difícil que se consiga la paz; el país ha sido víctima de las inundaciones que ha traído el cambio climático; apenas existe capacidad sanitaria debido a que las infraestructuras han sido destruidas y que la economía está cada vez peor, y por si fuera poco, las enfermedades siguen proliferando a la vez que se va extendiendo la amenaza de Coronavirus que puede costarle la vida a decenas de miles de personas.

A 22 de julio de 2020, los fondos destinados a Yemen representan sólo el 25 % del total. Algo sumamente preocupante dado que esos fondos son necesarios para que los programas humanitarios puedan desarrollarse. Un mes antes, el 2 de junio, Mark Lowcock fue bastante claro advirtiendo de que era vital que se entregaran los fondos inmediatamente para que los programas no colapsaran en las próximas semanas. Sin embargo, poco ha cambiado desde ese entonces y los países siguen olvidando a Yemen.

Este hecho inmoral es más grave si tenemos en cuenta que el mayor donante actual es Arabia Saudí. De hecho, en la conferencia del 2 de junio el Reino Saudita fue el país que se comprometió a donar más. La razón por la que lo hace no es que le importe el sufrimiento de los yemeníes, sino que busca limpiar su nombre ante los crímenes que lleva cometiendo en Yemen durante estos años. Esto le ha permitido que no se hable de sus crímenes (como pudimos comprobar este mismo 2 de junio) o que días más tardes se le quitara de nuevo de una lista negra que violan los derechos de la infancia. Un hecho que tampoco genera portadas en la prensa de los países más ricos, pese a que está comprando el silencio de los organismos internacionales. Ban Ki-moon, el exsecretario general de la ONU, ya admitió en el 2016 que recibió presiones para no quitar a Arabia Saudí de una lista negra sobre países que dañan a la infancia.

La respuesta de Arabia Saudí a esta decisión no podría ser más descorazonadora. Ha seguido bombardeando Yemen y ha seguido asesinando indiscriminadamente a la población civil sin importar las muertes de niños. Un hecho atroz y descorazonador que muestra de nuevo el fracaso y la negligencia a la hora de hacer justicia.

Mientras tanto, Occidente sigue sin hacer nada. Los lazos con Arabia Saudí siguen intactos, se sigue aprovechando del execrable negocio de la guerra y se sigue dejando que un pueblo entero muera de hambre y de enfermedades. Otro ejemplo más de que nuestro sistema actual se alimenta de violencia y de las muertes de mucha gente inocente. Nada nuevo que no sepamos ya.









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