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Y un día Trump llegó a Europa

El huracán Trump visitó la vieja Europa y dejó a su vera daños y heridos. Qué dejó su paso por la cumbre de la OTAN.

Sábado 14 de julio | Edición del día

Esta semana pasó el huracán Trump por la vieja Europa y dejó a su vera daños y heridos. El despliegue escénico de la reciente cumbre de la OTAN en Bruselas produjo una cierta sensación colectiva de déjà vu.

La comparación con la malograda cumbre del G7 de Quebec de hace un mes es casi obligada. En ambos casos, el presidente estadounidense hostigó a los aliados tradicionales de Washington, acusándolos de haber vivido a lo grande a costa de Estados Unidos.

Aún le resta un tramo importante de esta gira, nada menos que la reunión cumbre de Trump con su par ruso Vladimir Putin en la capital finlandesa. Pero este encuentro pendiente corre por otro andarivel que no es el de las “instituciones multilaterales”, sino el de los encuentros bilaterales por el que circulan con comodidad adversarios, enemigos y competidores de Estados Unidos, desde Kim Jong-un hasta Putin. Y a los que apuesta el inquilino de la Casa Blanca.

El balance de esta semana diplomática intensa no es nada sencillo. Se presta a impresionismos que, como se sabe, llevan a evaluaciones y pronósticos equivocados.

Lo evidente es el espectáculo. Aunque, como reza el dicho popular, “no todo es lo que parece”. Hay una forma de leer el trato poco diplomático y bravucón de Trump a través del prisma liberal de lo políticamente correcto. Desde esta óptica, con su escandalosa falta de modales, estaría causando un daño irreparable al orden liberal que construyó Estados Unidos a la salida de la segunda guerra, mucho menos por altruismo que por interés nacional.

Pero desde otro ángulo, se podría decir que en esta semana Trump dio cátedra práctica de lo que significa una política imperialista menos hegemónica y más dominante. O en otras palabras, el famoso “America First” en acción.

El relato trumpiano es nada más y nada menos que una simplificación de la decadencia del liderazgo norteamericano que se pretende recomponer con una política ofensiva, tanto comercial como militar.

Su arte retórico es transformar a la principal potencia imperialista en víctima, con un lenguaje llano que entiende hasta el último loser de la globalización en el último rincón del viejo cinturón industrial oxidado del medioeste norteamericano.

Por eso, en el medio de las batallas, Trump siempre encuentra tiempo para traducir su política a ideas simples que se pueden expresar en los escasos caracteres de una red social, con un ojo puesto en su audiencia doméstica y las elecciones de medio término.

Según el presidente, Estados Unidos viene a ser el “hijo de la pavota” (con perdón del argentinismo) del que se aprovechan todos y todas. En esta narrativa, socios, aliados y competidores sacan su tajada mientras Estados Unidos se hace cargo de la factura.

Las soluciones propuestas por Trump parecen tan sencillas como la identificación de los problemas: tarifas y medidas proteccionistas; renegociación de tratados comerciales; muros y separación de familias para combatir la migración. En síntesis, un método generalizado de apretada in extremis para obtener las mayores concesiones para el capital norteamericano y mantener los privilegios de la prevalencia imperialista.

En esta lógica se inscribe la guerra comercial con China, que apunta al corazón del “Made in China 2025”, la agenda del gobierno de Xi Jinping que llevaría al principal competidor estratégico de Estados Unidos a un salto tecnológico y productivo sin precedentes.

Y también las represalias comerciales contra socios. Como la imposición de aranceles a productos de la Unión Europea, en particular de Alemania, y los intentos de renegociación de los términos de tratados comerciales como el NAFTA con México y Canadá.

Claro que, como advierten varios analistas y economistas, el resultado no es unívoco y Estados Unidos no saldrá indemne de esta guerra comercial, incluso aunque se mantuviera en su nivel actual como un conflicto de intensidad baja a media. Los afectados toman sus represalias, lo que repercute sobre la economía norteamericana y, en perspectiva, de seguir la lógica de “ojo por ojo” podría poner en cuestión el comercio internacional.

Desde esta misma óptica conviene evaluar la cumbre de la OTAN del 11 y 12 de julio. La cobertura mediática se concentró en la forma pintoresca en la que se expresó la crisis de la Alianza Atlántica. Y no es para menos. Durante dos días Trump no paró de dar titulares.

Ya la atmósfera venía recargada desde la previa. Varios jefes de Estado, entre ellos el presidente del gobierno español y el primer ministro noruego, habían recibido una carta de Trump exhortándolos a aumentar sus gastos en defensa.

Una vez aterrizado en Bruselas, el presidente transformó esta exigencia en la madre de todas las batallas.

Fustigó duramente a Ángela Merkel. Dijo que Alemania era prisionera de Rusia por su dependencia energética.

Hizo suspender una sesión especial con representantes de Georgia y Ucrania donde se iba a discutir la incorporación de estos países a la Alianza.

Terminó imponiendo el temario de cierre en una reunión reservada solo para los miembros plenos donde exigió que eleven el presupuesto militar ya no al 2 % sino al 4 % del PBI (por encima del 3,5 % que le dedica Estados Unidos).

Mantuvo en ascuas la cumbre durante una hora de incertidumbre, donde nadie podía arriesgar si terminaría con un portazo como la reunión del G7 de Quebec.

Finalmente hizo un balance unilateral en una conferencia de prensa que lo tuvo como único actor. Cantó victoria. Dijo que fue una “cumbre magnífica” y que gracias a su “genio estable” arrancó importantes concesiones de sus aliados, que quedaron a la defensiva, dando explicaciones confusas sobre sus compromisos.

Como si fuera poco, antes de partir para Londres, Trump le dedicó unas frases cargadas de veneno a la política de “soft Brexit” de Theresa May, su supuesta aliada, que está haciendo malabares para mantener a flote a su gobierno.

Trump no se privó de nada. Le dio un espaldarazo a los “Brexiters”, el ala dura de los tories donde milita Boris Johnson, que acaba de abandonar el gabinete de May.

Ya en Gran Bretaña dio una entrevista incendiaria al diario The Sun que hundió aún más a May y puso en duda las relaciones comerciales privilegiadas con su socio más fiel e inoxidable. Por cortesía le pidió disculpas a la primera ministra conservadora, dijo que el diario había creado “fake news”.

Pero el daño ya estaba hecho. Con esta reivindicación nada ingenua del “hard Brexit” Trump lanzó una bomba no solo contra el gobierno británico sino contra la Unión Europea, y en particular contra Alemania, en un momento en que están en auge las tendencias nacionalistas que se identifican más claramente con el presidente norteamericano.

No casualmente está en la capital británica su exasesor Steven Bannon, que organizó una cumbre con dirigentes de la extrema derecha euroescéptica.

Es cierto, como señalan varios analistas, que no es el primer presidente norteamericano que se queja porque sus aliados no le dedican mayores recursos presupuestarios al gasto militar. Y eso repercute en la carga desproporcionada de la seguridad imperialista internacional sobre Estados Unidos que, no por nada, es la principal potencia militar y también el “policía del mundo”.

Con mejores modales, y respetando el protocolo, el “multilateral” presidente Obama les hizo este reclamo. Y antes que él Eisenhower, Kennedy, Nixon.

También es cierto que la OTAN ha pasado por importantes crisis como la del Canal de Suez de 1956 o el retiro de Francia del mando militar integrado de la alianza bajo el General De Gaulle en 1966. Para no plantear otras, como la unificación alemana, la disolución de la URSS y la guerra unilateral de George Bush (h). Sin embargo, el sentido común indica que esta vez es distinto.

El secretario general de la OTAN, Jens Stoltenberg, fue el encargado de encontrarle el lado positivo. Según su visión particular, el estilo matoneril de Trump permitió poner blanco sobre negro las discusiones y avanzar. El secretario general rescató que Estados Unidos no haya retirado la firma del comunicado común. Y afirmó que su reclamo de la suba de presupuesto ya está siendo cumplido.

Según el funcionario noruego, en el último año y medio “los aliados europeos y Canadá han sumado U$S 41.000 millones más a sus gastos de defensa”.

Más allá de la necesidad de compensar la humillación, hay en el balance de Stoltenberg –y en el de Trump- un grano de verdad que no conviene subestimar. La OTAN, una de las herramientas privilegiadas del poderío imperialista en la segunda mitad del siglo XX, sigue vivita y coleando.

Los diez primeros puntos del comunicado de la cumbre están destinados a reforzar la política de hostilidad contra Rusia, que ha tomado el lugar de enemigo que ocupaba la ex URSS. Esto implica que continúa la política de cerco militar en el entorno ruso, con un aumento de las tropas estacionadas en los países bálticos –Estonia, Lituania y Letonia- y en Polonia, donde también hay instalado un sistema misilístico a escasos kilómetros de San Petersbugo.

En términos generales se contempla un redespliegue de las potencias imperialistas que forman parte de la Alianza, que suma buques de guerra y batallones (el famoso 30x4: 30 naves de combate, 30 batallones de maniobra, 30 escuadrones aéreos a desplegarse en 30 días).

Se reafirmó la política de expansión hacia el este (hacia el exespacio soviético) con negociaciones para invitar a Georgia, Ucrania y Macedonia a unirse a esta suerte de alianza anti Rusia.

El otro eje de importancia es la política antiterrorista, donde algunos gobiernos europeos (no solo los de extrema derecha) han filtrado una política antiinmigrante.

Por último el comunicado menciona a Irán, haciéndolo responsable de restringir su política nuclear sin siquiera mencionar que Estados Unidos fue el que abandonó unilateralmente el acuerdo.

Aunque Trump eligió el ángulo presupuestario, está claro que usó el combate por el “2 %” como un significante que condensa las disputas con la Unión Europea, en particular con Alemania.

Europa se está espabilando que dejó de ser intangible y puede estar en la mira del presidente de Estados Unidos. Por ahora el bloque europeo parece impotente, atravesado por sus propios fantasmas y crisis. Más bien ha estado apostando a tratar de apaciguar a la bestia. Pero eso no va a durar para siempre. En última instancia, la exigencia de que las potencias europeas, o mejor dicho Alemania, puede ser vistosa en el corto plazo, pero también puede significar jugar con fuego.

La reunión con Putin es otro tema. El gobierno de Trump en su estrategia de defensa, elevó a Rusia y China al rango de “competidores estratégicos” de Estados Unidos.

El presidente norteamericano primero había insinuado una política de acercamiento con Rusia para evitar la confluencia objetiva con China en el complejo escenario euroasiático. Esa política fracasó, y en parte explica la ofensiva judicial contra Trump por el involucramiento del Kremlin en las elecciones de 2016.

Sin embargo, el establishment realista reconoce que no todo puede ser hostilidad y ya se entusiasma con que Trump pueda arrancarle a Putin una negociación más favorable para poner fin al conflicto en Siria, que margine a Irán o al menos reduzca sensiblemente su influencia, algo que le conviene también a Israel. Las buenas relaciones entre Netanyahu y Putin podrían anticipar un acuerdo de este tipo.

La política imperialista agresiva de Trump se traduce en bonapartismo conservador en el plano doméstico. Algunos ejemplos son el nombramiento del juez católico y antiabortista Brett Kavanaugh para la Corte Suprema, o el fallo de esta misma corte contra los sindicatos, conocido como caso Janus.

A esas medidas se suman la brutal política de “tolerancia cero” antimigrantes que incluyó la separación de niñas y niños de sus padres y la ofensiva contra la política de “acción afirmativa” que favorecía el ingreso de las minorías a las universidades.

Pero esto no ocurre en el vacío, sino en un escenario de una polarización social y política que se profundiza a derecha y a izquierda del espectro político. Esta polarización ya se expresó en las primarias de los dos partidos de la burguesía norteamericana. Mientras que los candidatos de Trump se imponen en el partido republicano, Alexandria Ocasio-Cortez, una activista miembro del Democratic Socialist of America derrotó a Joe Crowley, el candidato del establishment que estaba en la línea de sucesión del liderazgo demócrata en la cámara baja.

No es radicalización política aún, pero sin dudas es un síntoma que anticipa los tiempos políticos tumultuosos por venir.

Esta cierta duplicidad entre crisis y ofensiva es lo que expresa el carácter contradictorio de las tendencias mundiales, o parafraseando a Gramsci, en esta suerte de interregno en el que el viejo orden ya no va más y todavía no está claro el contorno de lo nuevo, lo que crea el terreno propicio para los síntomas mórbidos, las soluciones de fuerza burguesas y también la lucha de clases.







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