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Xenofobia en Anses: “Hace 30 años que estoy acá, yo al país le di una hija”

El comentario de una lectora fue el nexo para llegar a Carmen Flores, trabajadora doméstica nacida en Uruguay, a la que el Estado le congeló el pago de su pensión.

Juana Galarraga

@Juana_Galarraga

Domingo 27 de noviembre | 12:00

Fotos Benjamín - Enfoque Rojo

A la voz de Carmen en el teléfono se le notaban las ganas de contar lo que le pasa. Algo adelantó al coordinar fecha y hora de la entrevista. Su casa queda en Villa Luro, cerca del hospital Vélez Sarsfield. El encuentro tuvo lugar en la puerta, cuando volvía de un mandado. El frente está pintado de violeta claro y se adivina el laburo artesanal. Lo pintó ella con sus propias manos, con latas de pintura que recauchutó de la calle.

Similar a la que sufre Dora Franco, trabajadora inmigrante cuyo caso adquirió repercusión a través de esta nota la desidia que sufre María del Carmen Flores hizo que su hija, radicada en Uruguay, expresara su preocupación en un comentario. Así se estableció el contacto con Carmen, a través de su hija que se comunicó con La Izquierda Diario.

La puerta garaje violeta da a un patio delantero lleno de plantas y una especie de galería techada que conduce hacia un arco sin puerta. De allí, atravesando una cortina, se llega directo al comedor con una mesa, tres sillas, un televisor y el mueble del teléfono.

- No se fijen que tengo todo a la miseria-advierte. Su casa está saturada de adornos, papeles en las paredes, dibujos de sus nietos. Típica acumulación de abuela que parió nueve hijos. En un perchero cuelga un uniforme color bordó, como un guardapolvo, parecido a esos que usan las empleadas en los hoteles. Tras ofrecer asiento, automáticamente empieza a contar.

- Cuando llegué a la mesa entrego esos papeles, el papel que decía que tenía que cobrar ese día, el 17 de octubre. Y me dicen ’tiene el pago suspendido’. Ahí nomás me desplomé, no podía creer porque había ido con la plata justa y le decía a mi nieto que no se hiciera problema porque íbamos a volver con plata.

La mesa a la que se refiere es la de Anses UDAI Floresta. El papel que llevó decía que tenía que cobrar una pensión de 4500 pesos, pero el beneficio que recientemente se le había otorgado se suspendió. Según le dijeron, hay que esperar la aprobación de Migraciones. Carmen nació en Uruguay hace 74 años. Llegó a la Argentina hace más de 30. Aquí nació, en el hospital Vélez Sarsfield, Nell Baguerie, su hija menor que vive en Uruguay.

Recientemente Anses firmó un convenio con la dirección nacional de Migraciones para “verificar la residencia” de todos aquellos beneficiarios de prestaciones sociales. Por esta resolución se congeló el pago de haberes y asignaciones a extranjeros. Con esta noticia se encontró Carmen al igual que Dora, nacida en Paraguay, a la hora de cobrar.

- Yo les dije que nunca tuve problemas con migraciones, hace 32 años que estoy en el país. Estoy radicada, ahí tengo los documentos. Me dijeron que me van a avisar y como iba todas las semanas a preguntar si había alguna novedad, me dijeron ’cuando haya una novedad se la vamos a mandar por correo señora, no se moleste en venir’.

Carmen exhibe el papel donde dice, sin rastro alguno de sensibilidad, "al día de la fecha no hay respuesta de Migraciones para liberar el beneficio". El sello data del día 27 de octubre. La angustia creciente de Carmen había empezado, para entonces, diez días antes. El "beneficio" -como le llaman- implica para ella, entre otras cosas, la posibilidad de comer todos los días. Su necesidad, como detalló con la serenidad de quien parece haberse acostumbrado a todo, no puede esperar.

Paciencia

- Los miércoles hago limpieza en un edificio que voy a lavar la escalera, la vereda y ahí me dan 100 pesos. Después en otra casa de familia, acá en frente, fui a trabajar hoy para limpiar los patiecitos. Yo trabajaba en muchas casas pero ya la gente me dice ’no Carmen, porque tengo miedo de que usted se caiga de la escalera’, entonces a una le van cortando los brazos. Yo no me preocupaba porque tenía que cobrar esto pero bueno… paciencia. ¿Sabe de qué vivo? La gente me trae bolsas de ropa usada y además voy a una fábrica a buscar tela y hago felpudos. Mañana sábado voy al parque a vender esas cosas. Ropa usada y felpudos. Y de eso vivo, con eso pago las cuentas, el teléfono, que para mí es sagrado porque si no tengo teléfono mi hija no me puede llamar. Hay días que como y días que no. Hay días que solo tomo mates. Imagínese a mí me pagan 100 pesos, 150 lo máximo y está todo carísimo.

Carmen se dedicó siempre al servicio doméstico. Mide alrededor de 1,60 y probablemente ronde los 50 kilos. A su edad, a pesar de todo, sigue tejiendo alfombras en un telar y realiza el trabajo forzoso que realizó toda su vida en Argentina, en negro. Actualmente, además de las changas en casas de familia y edificios, dos por tres cuida algún enfermo, la llaman para que vaya a hospitales y a las 8 de la mañana va a la casa de una señora enferma para levantarla y bañarla. La mujer que cuida, pesa 105 kilos.

En Uruguay ella y su marido se dedicaban a fabricar ladrillos. Pero poco a poco la cosa se fue complicando económicamente y los hijos que crecieron se fueron viniendo para Argentina. Por eso llegó ella aquí y se estableció en Villa Luro.

- Fui a migraciones. ’Yo no le puedo hacer un papel’ me dijeron, tienen que pedirlo los de Anses. Falta un comprobante como que yo no voy a cobrar e irme. Yo hace más de ocho años que no voy al Uruguay. Se me murió un hijo allá y no pude ir por no tener plata.

Desidia para toda la familia

Carmen perdió en suelo argentino además, a tres de sus hijos, enfermos de HIV. Están enterrados en el cementerio de La Chacarita. También perdió a su esposo Washington Baguerie, pero él está desaparecido. Hace algunos años, el hombre que estuvo casado con ella por décadas enfermó de Alzheimer. Un día salió de su casa con pantalón pijama y nunca regresó.

- Ahora tendría 75 años. 53 años de casados. Pasamos de todo en la vida, hasta perder los hijos, pero siempre juntos, siempre luchando, en las buenas y en las malas. Lo agarraron una vuelta, estaba en la calle y lo meten en esos albergues. Lo meten a la noche y a las 7 de la mañana lo ponen en la puerta. Y él salió, miró para un lado, miró para el otro y empezó a caminar y nunca más lo vi. En el parque hay mucha gente pobre, que vive en la calle y que lo conocía. Dicen que miró para un lado y para el otro y nadie más lo vio. No se hicieron responsables.

Mientras habla, Carmen se levanta de la mesa, va y viene buscando papeles para mostrar su evidencia, como si las condiciones en las que vive no fuesen suficientes. Exhibe una fotocopia con la foto de su marido, el cartel de "se busca" que pegaron en todas las terminales y lugares donde pudieron. Sin embargo, ya pasaron cinco años y Washington nunca apareció. Carmen está sola y sus hijos que viven en Argentina tienen familias numerosas y realidades difíciles también.

- No puedo agarrar el teléfono y decirles que no tengo para comer.

Ilusión

Carmen tiene la idea de arreglar de a poquito, lo que se pueda, su vieja casa. Una de sus ilusiones era comprar con la plata que cobrara, una lata de brea para sellar las rajaduras del techo que gotean cada vez que llueve.

- A usted primero le dieron un derecho y después se lo sacaron- le decimos.

- Una ilusión - responder y la palabra suena a anhelo- porque yo digo, si no me hubieran dado los papeles, si no me hubieran dicho sí, va a salir algún día… me salió pero para qué, porque con esto yo sufrí más. Iba a comprar una lata de brea. Todos me dicen que no me preocupe, que lo voy a cobrar todo junto. Sí pero, ¿cuando me muera? mire lo que le pasó a mi marido. Hoy estoy de pie, mañana no sé.

Habló Lanata

- ¿Qué siente cuando escucha las cosas que se dicen de los inmigrantes?

- Yo sé que acá trabajé toda la vida y mi marido igual. Él fue taxista. Trabajamos, trabajamos, trabajamos. ¿Sabe cómo estudió mi hija? yo siempre cirujeando, salíamos con mi marido a juntar cartón, diario y con eso vivíamos y ella pudo estudiar. Cuando estaba Cristina, daban una tarjetita que usted iba al supermercado y hasta 200 pesos le daban comestibles. Fui a pedirla, a ver si me daban una ayuda y me preguntaron qué era. Yo le digo uruguaya. ’Ay señora, usted cruza el charco y está en su país’. Así me dijo la mujer. Pero no es cruzar el charco, yo hace 30 años que estoy acá, yo al país le di una hija.

- ¿Además usted a qué se dedicó toda su vida acá?

- A trabajar. A trabajar, a trabajar, a trabajar, a trabajar. Un chico que trabaja en el parque me hizo los trámites, porque a él le daba lástima verme ahí. Entonces me hizo los trámites para que yo pudiera cobrar esto. Estaba contento porque me salió la pensión y no podía creer que se paró todo por Lanata. Yo digo que todo fue por Lanata porque el domingo habló y el lunes se suspendió todo. Hasta ese lunes no se había suspendido nada, estaban pagando.

Su voz se quebró en un único momento a lo largo de todo su relato.

- Esta pensión era para usted una esperanza.

- Imagínese. Imagínese…

Cuestión de peso

Carmen, a su avanzada edad, tiene la fortaleza de seguir para adelante y rebuscárselas a pesar de todo. Tiene además la lucidez de saber quiénes son sus enemigos.

- ¿Qué le diría a Macri si le toca el timbre?

- A Macri, no lo puedo ni ver. Ese hombre es muy vanidoso, no sabe lo que es trabajar, pasar hambre.

Ya abrazaba la noche cálida de 25 de noviembre, día en que miles se habían movilizado contra la violencia hacia las mujeres. Sus pocos kilos cargan todo el peso que le depositó un sistema perverso y xenófobo sobre las espaldas, con la fortaleza que solo los y las de abajo son capaces de forjar.

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