Cultura

CRÍTICA DE CINE

“Wonderstruck”, Todd Haynes y los códigos de Hollywood

“Wonderstruck”, la última apuesta del realizador Todd Haynes, prosigue con su implacable deconstrucción de los códigos estéticos del cine clásico y moderno.

Eduardo Nabal

Periodista y crítico de cine, Burgos

Martes 23 de enero | 18:41

“Wonderstruck”, la última apuesta del realizador Todd Haynes tras el éxito de la hermosa y algo fría “Carol”, elegante adaptación de la novela de Patricia Highsmith sobre el amor clandestino entre dos mujeres en la Norteamérica de los años cincuenta, prosigue con su implacable deconstrucción de los códigos estéticos del cine clásico y moderno.

El filme es una hermosa y algo “naif” fábula sobre las vidas paralelas de un niño y una niña en dos épocas diferentes, equidistantes, dos seres poco convencionales que siguen dos senderos misteriosamente unidos por la huida y la pérdida y la lucha contra un lenguaje impuesto y un hogar perdido en busca de nuevos modelos a reencontrar.

Tras una primera parte harto arriesgada, “Wonderstruck” es un verdadero ejercicio de estilo sin precedentes en el cine contemporáneo destinado al gran público, que bebe de otros filmes de su director, del cine retro, del cine mudo, del cine queer y del cine juvenil, y del expresionismo.

Se decanta, no obstante, por una fábula social más o menos amable con un canto final algo forzado con su canto a los “family values”. Una parte final, progresivamente reblandecida, que echa a perder la radicalidad de algunas de sus valientes propuestas iniciales, propuestas que se quedan más en el plano formal que en el plano sociopolítico por el que parece discurrir, en algunos momentos, esta poco convencional fábula.

Una original historia sobre orfandades extrañas, huidas imprecisas y soledades buscadas, suplantaciones de identidad, infancias diferentes y pérdidas de la inocencia, contrastes visuales y juegos entre la ficción y la realidad, el cine y la palabra, el museo y la vida, homenaje al cine y sus imposibilidades.

Podemos rastrear elementos de sus primeros filmes, con su agresividad naif, su reivindicación de lo subversivo y la cultura popular, también la sofisticación en la recreación de épocas pasadas y cines del pasado de sus grandes obras (“Far from heaven”, “I’m not there” o la propia “Carol”; siempre con incisivos apuntes sobre las fuerzas sociales totalitarias y los ensueños de una "tierra que nunca fue"). Pero “Wonderstruck” se acaba decantando por la “caja de música” llamativa, original, poco convencional, pero en el fondo no demasiado perturbadora y sin llegar nunca a esa subversión icónica hacia la que apuntan algunos elementos del arranque del filme, como son la tensa relación de Ben con su madre o de la joven Kate con la suya y con ese mundo adulto y lleno de normas absurdas y elementos que los pequeños no quieren o no pueden decodificar.

De ahí que el cine mudo, la mudez real o simbólica, la llegada del cine el sonoro y el aprendizaje de un nuevo lenguaje (como el que el chaval negro enseña al protagonista) sean elementos interesantes que el realizador no se atreve a llevar hasta sus últimas consecuencias, decantándose por el cuento de hadas de aire navideño, convencional y finalmente hollywoodiense.

Un contrastado blanco y negro y un a la vez refinado y granuloso o sensual color acompañan al periplo con algo de Lewis Carroll, algo de Dickens y algo de los clásicos de la literatura norteamericana sobre la orfandad, el desarraigo callejero, el racismo y la pobreza, todo ello estropeado precisamente por esa caja de risueños dulces que da título al filme, que convierte a esa biblioteca subversiva en un acomodaticio portal de belén, en un museo polvoriento de buenos sentimientos donde el hijo pródigo y la indómita Dorita/Alicia regresan al buen camino de baldosas amarillas.






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