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Westworld, una de cowboys ¿demasiado humanos?

Westworld bucea en una pregunta tan contemporánea como universal, ¿qué es lo que nos hace humanos a los seres humanos? ¿Qué nos diferencia de un androide diseñado para sentir?

Celeste Murillo

@rompe_teclas

Domingo 18 de diciembre de 2016 | Edición del día

Basada en la película de ciencia ficción escrita y dirigida por Michael Crichton en 1973, la serie Westworld de HBO se ubica en un futuro indeterminado pero muy cercano (nada nos suena demasiado extraño). El parque de atracciones Delos ofrece a los visitantes la experiencia ultrarrealista de vivir en el Lejano Oeste estadounidense, con cowboys, forajidos, ladrones de bancos y burdeles musicalizados con pianolas que reversionan temas de Radiohead.

En este parque temático, los visitantes interactúan con androides sofisticados, que vemos materializarse con impresoras 3D en la presentación de cada capítulo. Estos humanoides, llamados anfitriones, son tan reales que cualquiera los confundiría con una persona de carne y hueso, no solo hablan y se mueven como cualquiera, incluso sangran cuando alguien los hiere. Si no supiéramos de qué se trata y nos dejaran solos en medio de ese paraje, sería difícil decir quién es quién.

La trama de Westworld consta de algunos aspectos clave que hacen al desarrollo y la tensión de la historia (los spoilers adquieren relevancia). Sucintamente: cuenta la historia de un momento particular del parque de atracciones Delos, en el que aparecen algunos problemas de programación de los androides y surgen conflictos entre el genio creador del parque, Ford –interpretado por el enorme Anthony Hopkins–, y los CEO de la empresa propietaria.

Tráiler de Westworld

La “vida” de los androides funciona en base a narrativas desarrolladas por un equipo de guionistas. De esta forma, los anfitriones siguen una especie de “destino” escrito sin posibilidad de cambiar el rumbo ni de que intervenga el “libre albedrío”. Como aprendemos rápidamente a través de Dolores, una de las protagonistas, todos los días comienzan igual y empieza a desarrollarse la historia cotidiana.
El colaborador más próximo de Ford, que conoce al dedillo el parque y a su arquitecto, advierte que algunos androides tienen la sensación de recordar “vivencias”. Esto provoca que algunos de los anfitriones se vean de repente “ensimismados”, analizando de alguna forma momentos de su vida, una característica particularmente humana.

¿Seres humanos deshumanizados?

Uno de los aspectos más contemporáneos de Westworld son los visitantes humanos, agobiados por una vida plagada de ocupaciones, placeres efímeros y superficiales, en una sociedad mercantilizada e hiperconectada pero a la vez plagada de soledad. Los visitantes acuden al parque en busca de experiencias que los hagan sentirse vivos y, ¿paradójicamente?, esa experiencia es posible gracias a un servicio brindado por una empresa de entretenimiento.

Otra de las paradojas a la que nos enfrenta Westworld es lo que pasa en una sociedad ficcional donde los humanos utilizan un servicio (el parque) para experimentar sentimientos “auténticos”. En el parque existe una regla inviolable: los visitantes (humanos) pueden matar un anfitrión (androide) pero lo contrario está prohibido. Esto provoca verdaderas carnicerías cuando los visitantes, liberados los límites legales y morales, desatan las conductas más bárbaras (y humanas).

La conclusión es que en una sociedad donde las personas viven cada vez más “anestesiadas” y aisladas por sus vidas precarias y/o mercantilizadas, la solución (que ofrece el mercado) es someter, torturar y violentar androides, algo que hace a esas personas sentirse “más vivas”. Otra vez paradójicamente, en busca de la humanidad, los seres humanos se vuelven cada vez más bárbaros, mientras los androides diseñados para el placer y sometidos por los visitantes empiezan a andar el camino más humano quizás, el de la consciencia.

¿Sueñan las androides con la emancipación?

Las mujeres tienen un lugar central en la trama. Dolores y Maeve muestran dos historias muy diferentes de esos recuerdos incipientes, que parecen amasar una consciencia. A la vez muestran cómo, en el parque y en la vida real, las mujeres son tratadas como objetos de placer o como individuos sin “narrativa” propia (personajes secundarios de la narrativa de un varón) pero también las primeras en despertar, empezar a observar las reglas y rebelarse de diferentes formas.

Dolores personifica la imagen idealizada de la mujer del Oeste, que a la vez carga con su propio simbolismo en la historia estadounidense (la superioridad moral del trabajo duro y los hombres que se hicieron a sí mismos extendiendo la “frontera” de la civilización y la conquista de los territorios “salvajes” –habitados hasta entonces por los pueblos originarios de Norteamérica–). Esta joven que vemos despertar en cada capítulo encierra la idea de una mujer que pasa el tiempo entre su familia y el sueño de vivir una aventura, que debe ser rescatada y protegida. Maeve regentea el prostíbulo del pueblo. Es la imagen de una mujer independiente, que representa todo lo inmoral pero es respetada: al fin y al cabo ella es “dueña” de su propia vida.

A la vez, ambas le dan cuerpo a la incomodidad y la insatisfacción de quienes quieren otra cosa, y ya no soportan ser personajes secundarios en la narrativa de nadie, sea humano o androide. Nos reservamos el clima que se condensa hacia el final de la temporada, cuando se espesa el aire y se mezcla con el polvo del camino que ya mucho más que dos deciden andar a paso redoblado.

Una de cowboys para el siglo XXI

A diferencia de otras series exitosas, Westworld empieza lento, bastante lento, se toma su tiempo para moldear la historia. No es una inyección de adrenalina aplicada en los primeros 2 capítulos para alimentar la ansiedad. Tampoco es una serie repleta de acción, tiros y cowboys, aunque hay acción, tiros, cowboys y mucho más. Mezcla acertadamente el escenario polvoriento del parque con el laboratorio impoluto donde ingenieros, diseñadores y técnicos dan vida a los androides.

En ambos mundos conviven las preguntas y los laberintos sobre la vida, el amor, la muerte, todo lo que nos hace humanos, y a la vez todo lo que ha sido mercantilizado, pasible de ser comprado y vendido, desde los cuerpos hasta las sensaciones. Uno de los principales atractivos de Westworld son sus sugerencias incómodas sobre qué nos hace humanos o, mejor dicho, si lo que nosotros creemos que significa ser humano nos distingue realmente de un androide diseñado para sentirse como uno, en una sociedad donde tantas cosas se han transformado en mercancías, incluso la experiencia de sentirse “más vivo”.






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