Cultura

A 100 de la Revolución Rusa

Vygotski sobre 10 días que estremecieron al mundo de John Reed

Presentamos la reseña de Lev Vygotski sobre el libro del periodista revolucionario, de próxima aparición en Ediciones IPS.

Domingo 12 de noviembre | 12:04

Como afirmábamos en esta nota, las reflexiones estratégicas revolucionarias eran inherentes al pensamiento marxista de Lev Vygotski. Aquí presentamos para los lectores de La Izquierda Diario su reseña del gran libro de John Reed, publicada originalmente en ocasión de la primera edición en idioma ruso del mismo.

* * *

Reseña del libro de John Reed 10 días que estremecieron al mundo (1)

Lev Vygotski

Este libro –el relato más exacto de la Revolución de Octubre– fue escrito por el americano John Reed. En el prólogo, N. Krúpskaia (2) dice: “Los rusos escriben sobre la Revolución de Octubre de un modo diferente: describen los episodios en los que estuvieron involucrados o hacen una evaluación de la misma. El libro de Reed muestra un cuadro general de una genuina revolución popular”.

Ahí reside, precisamente, la fuerza del libro. Comunica acontecimientos que todos conocen muy bien. No hace un esbozo de algo particular, extremadamente colorido, ni narra detalles novedosos. Comunica precisamente aquello que es típico de una revolución, aquello que, para sus contemporáneos y, aún más, para su progenie es lo más esquivo: el estado de ánimo de las masas, la reacción contra un pasado que torna comprensible cada acto de la revolución. Un historiador o un autor de memorias no pueden recrear esta atmósfera anímica –solamente un artista. Y en su escritura John Reed se mantiene como tal todo el tiempo, pero no es un artista que trata con la fantasía, sino con la verdad. Además de ser un relato fiel de los eventos y acontecimientos, este libro es también una composición muy compleja y sutil de escenas, diálogos, descripciones, narraciones: se lee como una novela.

“Un grupo de bolcheviques, Lenin y Trotsky hicieron la revolución”; así piensa, en mayor o menor medida, desafortunadamente hasta hoy en día, no sólo el enemigo de la revolución sino también el filisteo. Quiérase o no, estos exageran el papel de quien ha firmado un decreto, pronunciado un discurso, dado una orden. Pero los acontecimientos tienen lugar, la historia se desarrolla –particularmente en tiempos revolucionarios– por la voluntad de las masas, por aquellos que cumplen el decreto y escuchan los discursos y los ponen en práctica, quienes cumplen las órdenes. El papel de los dirigentes no va más allá de dar forma, de canalizar, de dirigir la voluntad heroica de las masas hacia su meta.

La revolución no fue hecha por Lenin y Trotsky, sino por los trabajadores y los soldados, las clases bajas, populares y revolucionarias –esto es lo que dice cada línea del libro de Reed. y capta y muestra, por sobre todo, el heroísmo; el anónimo, desconocido, esquivo heroísmo de las masas.

Reed se interesaba por todo. Una conversación con un taxista, una asamblea de soldados, los reproches de una terrateniente, la exclamación accidental de un conductor –no existe la más mínima insignificancia que Reed descarte del polvo de la historia, que no coloque en su correcto lugar, de modo tal que, comenzará a brillar con la luz de la verdad y su significado, la luz del heroísmo.

He aquí una simple escena, una anécdota de la revolución. Miren cómo la cuenta.

“Cierto día, al acercarme al portón del Smolni [donde estaban reunidos los dirigentes de la revolución], ví a Trotsky y a su esposa justo frente a mí. Un centinela los había parado. Trotsky buscaba en sus bolsillos, pero no podía encontrar su pase.
— No importa –dijo finalmente–. Usted me conoce. Mi nombre es Trotsky.
— Usted no tiene el pase –contestó el soldado, empecinado–.
No puede entrar. Para mí el nombre no significa nada.
— Pero si yo soy el presidente del Sóviet de Petrogrado.
— Bueno –respondió el soldado–, si usted es un tipo tan importante, por lo menos debe tener un papelito.... El soldado, finalmente, llamó con un movimiento de cabeza al cabo de guardia.
Trotsky le explicó la situación. “Mi nombre es Trotsky” –repetía.
— ¿Trotsky? –el cabo de guardia se rascó la cabeza–. Escuché ese nombre en algún lado –dijo finalmente–. Creo que todo está bien. Bueno, entre, camarada”. (Reed, 1977. págs. 67–68)

Esta fuerza y empecinamiento del guardia, quien no estaba allí para cumplir la orden de alguien, ni siquiera la del presidente del sóviet, es una pequeña muestra de este gran heroísmo de las masas que hicieron la revolución. Y este soldado al mando no podía ignorar lo que estaba ocurriendo. Los soldados estaban al lado del Smolni en vísperas de la revolución, el país estaba abiertamente dividido en dos campos hostiles. Tenía que saber por qué causa estaba él de guardia. Pero el punto es que el nombre de Trotsky significaba
menos que la conciencia revolucionaria del soldado.

El soldado al mando había escuchado el nombre en alguna parte. Tomemos esta otra escena. Inmediatamente después de la revolución, Antónov y Dibenko, los comisarios [ministros] de guerra y de marina, partían hacia el frente revolucionario.

“Apenas llegaron a la [Avenida] Nevski un neumático reventó.
— ¿Qué vamos a hacer? –preguntó Antónov.
— Requisemos otro vehículo –dijo Dibenko, revoleando su revólver.
Antónov se paró en medio de la avenida y detuvo un vehículo conducido por un soldado.
— Necesito este vehículo –dijo Antónov.
— No lo doy –respondió el soldado.
— ¿Usted sabe quién soy yo? –y Antónov le mostró un papel con
su nombramiento de Comandante en Jefe de todos los ejércitos de la República de Rusia, que decía que todos debían obedecerle sin cuestionamientos.
— No me importa, aunque usted sea el mismo diablo –dijo el soldado–. Este vehículo pertenece al Primer Regimiento de Ametralladoras y estamos transportando munición. Ustedes no lo pueden tener.” (Reed, 1977, pág. 172)

En el mecanismo general de la revolución –y hay infinitas anécdotas de este tipo– ésas [situaciones] no ayudaban a acelerar la causa, pero de no haber sido por esa conciencia indoblegable, esa voluntad de ganar, esa determinación del soldado común para defender su propio punto de vista, no habría habido revolución alguna. El soldado no le dio al mismo diablo lo que pertenecía al Primer Regimiento de Artillería. La tarea de los dirigentes era coordinar, fusionar estos regimientos separados, pero la revolución funcionaba desde abajo hacia arriba, desde el corazón al cerebro como la sangre en el cuerpo, desde el soldado hacia el comandante en jefe, y no en sentido inverso.

O tomemos este otro episodio –el tercero y último. Trostski acaba de dar la orden que llevaría a la victoria de la revolución sobre las tropas de Kerensky, “la noche que pasó a la historia”.

Volviendo del Smolni, Reed se encontró con una multitud inusual en la Plaza Známenskaia, frente a la estación ferroviaria Nikolái:

“Miles de marineros se habían concentrado allí blandiendo sus rifles. De pie en la escalinata un miembro de la Vikzhel –el Comité Ejecutivo del Sindicato Ferroviario de toda Rusia– suplicaba:
Camaradas, no podemos llevarlos a Moscú. Nosotros somos neutrales. No transportarnos tropas para ninguno de los dos bandos. No podemos llevarlos a Moscú, donde hay una guerra civil terrible.... Toda la plaza enardecida rugió. Los marineros avanzaron. De repente, se abrió una puerta de par en par y aparecieron dos o tres mozos de tren, un fogonero y alguien más.
Ñ ¡Por aquí, camaradas! –gritaron–. Los vamos a llevar a Moscú o hasta Vladivostok, adonde quieran. ¡Viva la revolución!” (Reed, 1977, pág. 199)

Así, los mozos de tren y los fogoneros llevaron la revolución a Moscú, a Vladivostok y a otros sitios. Y los gremialistas burócratas permanecieron neutrales: confundidos y apenados, inmediatamente perdieron el control de los acontecimientos.

Y los cuadros de la horrible confusión tragicómica de la intelectualidad, del gobierno provisional [de Kerensky], los comités, todas “las fuerzas vivas del país”, todos aquellos que recientemente [desde febrero hasta fines de octubre] habían conducido a Rusia alternaron con los cuadros del heroísmo de las masas.

En lo que concierne a los auténticos dirigentes de la revolución –sólo estaban allí unos pocos de ellos–, Lenin y Trotsky arengaron por la insurrección, en la asamblea del 23 de octubre [según el viejo calendario].

“Entonces, se levantó un sencillo obrero con el rostro desencajado por la ira.
— Yo hablo en nombre del proletariado de Petrogrado –dijo amenazante–. Estamos a favor de la insurrección. Hagan como quieran, pero les digo que si dejan que los sóviets sean destruidos, ¡Continuaremos sin ustedes!
Varios soldados se le unieron. Y después de la nueva votación la insurrección quedó decidida.” (Reed, 1977, pág. 59)

Algunos [dirigentes] que siempre habían tenido claro el significado de estos eventos, tuvieron horribles momentos de dudas.
Durante la escaramuza en Moscú, Lunacharski (3) escribe una carta anunciando que abandona el Gobierno –”No puedo soportar por más tiempo”. Un grupo de dirigentes renuncia al SovNarKom, otros al Comité Central del partido bolchevique. Lenin llama desertores a sus más cercanos amigos y camaradas.

Pero también había dirigentes genuinos que no eran unas meras etiquetas que llevaban sus nombres a los grandes eventos tal como concebía Tolstói el papel de las grandes personalidades en la historia. Eran el cerebro y la conciencia de la revolución, los que guiaban la voluntad espontánea de la misma. En tanto que cerebro, ellos recibían sangre del corazón de la revolución –las masas populares– y les devolvían pensamiento. Dijo Lenin:

“El 6 de noviembre sería demasiado prematuro. Debemos contar con el apoyo de toda Rusia para la insurrección y el 6 no habrán llegado todos los delegados al Congreso. Por otro lado, el 8 sería demasiado tarde: el Congreso ya estaría organizado y es muy difícil, para una organización tan numerosa, tomar decisiones rápidas y resueltas. Debemos actuar el 7, el día que el congreso abre, así podremos decirle: ¡Ahí está el poder! ¿Qué van a hacer con él?” 9 (Reed, 1977, pág.73)

Ese es el pensamiento más agudo de la revolución, su álgebra.
“Una revolución hecha con el reloj en la mano: el 6 es demasiado temprano, el 8 demasiado tarde, entonces el 7. Estas eran las fórmulas matemáticas en las que estaban encerrados los elementos revolucionarios. Y este hombre no pronunció una frase bella o impresionante, ninguna palabra efectista durante toda la revolución. Inmediatamente después de la victoria, Lenin está en la tribuna. Hay ovaciones estruendosas. En un tono moderado dice:

‘Ahora procederemos a construir el orden socialista’.” [(Ibídem)]

Y eso fue todo. Como si pasara de un asunto rutinario de la revolución al siguiente.

Quizás el problema más difícil de la historia sea la relación entre las masas y los héroes en los grandes eventos. El libro de Reed revela la verdad de este problema: un corazón apasionado que envía sangre por todas las arterias de la revolución, una mente aguda que somete esta sangre a un pensamiento matemáticamente exacto. Es por eso que esos diez días conmovieron al mundo.

Notas

(1) Esta reseña del libro de John Reed, Ten days that shook the world fue publicada con el título “10 dnei kotorie potriasli mir”, en kaia Pravdá, Potes 1081, 23 de diciembre, 1923. La traducción del ruso al castellano fue realizada por René van der Veer y Guillermo Blanck. Publicado originalmente en Blanck, Guillermo (comp.), Vigotski, Liev S., El desarrollo cultural del niño y otros textos inéditos, Ed. Almagesto, Buenos Aires, 1998.

(2) Nadezda K. Krupskaia (1869-1939): Una de los primeras dirigentes del Parti­do Bolchevique y compañera de Lenin. En 1926 estuvo un tiempo con la Oposición Unificada, pero rompió y la criticó antes de que se expulsara a los dirigentes.

(3) Lunacharski, A.V. (1875-1933): se afilió a la Socialdemocracia rusa en 1898 y quedó con los bolcheviques después de la ruptura de 1903. Primer comisario de educación del gobierno soviético, de 1917 a 1929. Su opúsculo sobre los dirigentes de la Revolución Rusa fue publicado en inglés con el título Revolutionary Silhouettes.






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