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Vivir en peligro: ser inmigrante y musulmán en Europa

Inmigrante sin papeles, refugiado, musulmán, descendiente de africanos o mujer inmigrante. Pertenecer a alguno de estos grupos, o a todos ellos, implica en Europa estar condenado a una brutal discriminación, abusos, precariedad, explotación y persecuciones. Una dura realidad que se agrava con la oleada creciente de islamofobia y xenofobia que estos días atraviesa el continente.

Josefina L. Martínez

@josefinamar14

Sábado 10 de enero de 2015 | Edición del día

Fotografía: EFE-Orestis Panagiotou

Las grandes ciudades europeas, desde París a Londres y Estocolmo, han desarrollado nuevas zonas periféricas, o “banlieues”, que asemejan países completamente diferentes a los distritos del centro.

Tomando el metro desde el centro hacia estas zonas se percibe cómo a medida que pasan las estaciones cambian los colores de la piel, los idiomas, los símbolos religiosos y, sobre todo, las condiciones de vida.

El artículo Viaje al corazón de la Banlieue destaca el testimonio de dos jóvenes que viven en Saint-Denis, la gran banlieue francesa de la periferia de Paris, el distrito 93: “Sí, en la puerta del colegio ponía ’Libertad, igualdad y fraternidad’, ¡pero eso es solo para los ricos, es un chiste malo!”.

De acuerdo al informe ENAR Shadow Report 2012-2013 sobre racismo y discriminación en Europa, existen cinco grupos principales que son objeto de discriminación y racismo en los países europeos.

Entre ellos se encuentran los inmigrantes por fuera de la Unión Europea, incluyendo inmigrantes sin papeles, refugiados y solicitantes de asilo político; la población romaní (gitanos); las personas musulmanas; los descendientes de africanos; y todas las mujeres pertenecientes a un medio de minorías o inmigrantes.

En tiempos de crisis económica capitalista, entre estos grupos los porcentajes de paro son notoriamente más altos que entre los europeos nativos. Y los que consiguen algún trabajo lo hacen en los empleos peor pagos, en trabajos precarios, con peores condiciones laborales, sufriendo acosos laborales, abusos y discriminación por utilización de símbolos religiosos.

Las segundas y terceras generaciones de inmigrantes, ya nacidos en Europa, y aun cuando tengan nacionalidad de países europeos, siguen siendo considerados “extranjeros” e “inmigrantes” por la mayoría de los nativos, y padecen también la discriminación.

“Es prácticamente imposible decir ‘soy alemán y soy musulmán’. Así que si te ven como a un musulmán no entienden que seas alemán. No pueden comprenderlo. ¿Cómo es posible que sea alemana a pesar de ser musulmana? Siempre piensan que estás muy lejos, que eres extraña, que eres algo diferente.” (Mujer, Alemania)

Al 1 de enero de 2012, la población extranjera constituía una proporción alta, del 10% o más, en países como Chipre, Letonia, Estonia, España, Austria y Bélgica. Según algunas estadísticas, en el Reino Unido, el 14% de la población pertenece a etnias “no blancas”.

En Francia, los inmigrantes eran en 2012 el 9% de la población activa y un 8,9% de la fuerza laboral, según el Centro de Análisis Estratégico. De acuerdo al Instituto Nacional de Estadística, padecían casi el doble de desempleo que los nativos: un 16,1% frente a 9,1%.

Respecto a la pertenencia religiosa, se calcula que Francia tiene la mayor presencia de población musulmana en Europa, con más de cinco millones.

La composición de la población extranjera cambia mucho según los países o regiones. Por ejemplo, en ciudades como Viena, el 49,5% de la población es nacida en el extranjero, o por lo menos tiene ambos padres extranjeros.

Según el informe ENAR, a comienzos del año 2012 la población extranjera en 27 países de la Unión Europea era de 20.7 millones, representando 4,0% de la población, mientras que el total de nacidos en el extranjero eran 33 millones.
Son las mujeres musulmanas las que son objeto de la mayor opresión y discriminación laboral y social en los países europeos. Paradójicamente, en nombre de la “libertad” se condenan sus creencias religiosas, y se las discrimina laboralmente por la utilización del velo.

“Quería conseguir un trabajo a tiempo parcial y no me dieron el trabajo. Consistía en limpiar los despachos, y me dijeron: ‘No, nuestra empresa está en contra del pañuelo, así que no podemos darle el trabajo’. Me dijeron: ‘O se quita usted el pañuelo o no podemos darle el trabajo’, así que les dije: ‘¡Muy bien, adiós!” (Mujer, joven, Alemania)

En Austria, inmigrantes de origen turco ganan un promedio de 300 euros o 20% menos que sus colegas austríacos, teniendo el mismo nivel de calificación, mientras que los trabajadores provenientes de la ex Yugoslavia ganan un 10% menos.

Un informe sobre la situación laboral en Grecia muestra que los inmigrantes no comunitarios (por fuera de la Unión Europea) ganaban un 25,3% menos que sus compañeros nativos.

Los informes estadísticos de Italia, Malta y Polonia muestran que los inmigrantes y minorías religiosas usualmente acceden a los trabajos definidos como 3D: "dangerous, dirty and demeaning” (peligrosos, sucios y malos).
Los inmigrantes son parte de la población trabajadora europea, su eslabón más precario, utilizados para bajar las condiciones laborales del conjunto en tiempos buenos, y culpabilizarlos y expulsarlos, en épocas de crisis.

La discriminación no se reduce al plano laboral, sino que conlleva una vida de peligro permanente. En los últimos años, en toda Europa se han incrementado los casos de agresiones y ataques xenófobos e islamófobos.

De acuerdo a un artículo que indaga sobre los avances de la islamofobia, hay una carencia de datos estadísticos fiables sobre la cantidad de agresiones para poder cuantificarlo, y esto se debe a la indiferencia -o complicidad- de los gobiernos con esta situación.

A fines de 2013, tan solo seis de los veintiocho países de la UE registraban las agresiones físicas y los ataques verbales hacia la población musulmana a causa de su religión.

La organización británica contra el racismo “Tell Mama!” calcula que no más del 60% de las víctimas pide ayuda a las asociaciones especializadas o realiza la denuncia, ya que la mayoría considera que no llevará a ninguna solución o agravará su situación.

Según datos de 2009, un tercio de los inmigrantes que residían en Francia eran nacidos en un país de la UE, mientras los otros dos tercios provenían de África, Asia, América y Oceanía. Un total de 2,3 millones originarios de África, en su mayoría de Argelia (13,3%) y Marruecos (12,2%). Los inmigrantes provenientes de Asia contabilizaban un 14.2% de la población, siendo los principales países de origen Turquía (4,5%), Camboya, Laos y Vietnam.

Estos datos deben completarse con la llegada de cientos de miles de inmigrantes a Europa en los últimos años, acelerada con los conflictos y guerras en Irak, Siria y Libia.

Tan solo durante 2013 unas 45 mil personas arriesgaron sus vidas para llegar por mar a Italia y Malta, y después continuar su ruta hacia otros países. Se estima que en 20 años más de 20 mil inmigrantes murieron cruzando el Mediterráneo.

De los que logran llegar a Europa de manera ilegal, muchos son encerrados en centros de internamiento para extranjeros, o centros de refugiados, que parecen cárceles.

La Unión Europea ha respondido a esta crisis del capitalismo contemporáneo con una sola receta: controles, represión y xenofobia.







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