Juventud

OPINIÓN

“Vivir con un cronómetro en la cabeza todo el tiempo”

Reflexión de un estudiante de Psicología a propósito del Primero de Mayo y la lucha, en nuestras manos, por la jornada de 6 horas.

Javier Borrnann

Facultad de Psicología UBA

Martes 9 de mayo | Edición del día

En la semana previa al 1° de Mayo estuvimos hablando mucho con nuestros compañeros y compañeras de En Clave Roja de la Facultad de Psicología, principalmente sobre la propuesta del Frente de Izquierda por una jornada laboral de 6 hs. Hay varios argumentos para pensar porque es posible, trabajando seis horas por día, cinco días a la semana y que se reparte la jornada laboral, que más gente podría trabajar y no habría desocupación.

Quienes elegimos estudiar una carrera podríamos tener más tiempo para ir a nuestras cursadas, para poder estudiar en otro lugar que no sea un transporte público o tener que sacrificar horas de sueño para llegar a rendir un parcial. Si el salario fuese igual a la canasta familiar se evitarían las horas extras que muchos trabajadores y trabajadoras deben hacer para poder llegar a fin de mes.

Entonces el 1° de Mayo, Día Internacional de los Trabajadores, fui al acto del Frente de Izquierda en la Plaza de Mayo. Agradezco a los compañeros que me invitaron a participar y hacer carne el reclamo. Estaba reticente a ir por cuestiones que solo puedo arreglar los fines de semana, ya que durante la semana por cuestiones de trabajo y estudio no puedo hacerlo. Sin embargo, me tuve que ir antes de que terminara el acto porque en mi cabeza tenía un cronometro de todo lo que tenía que hacer. Y pensaba en la alienación de esta forma de vida.

Pensaba en los formularios de PAMI que le tenía que alcanzar a mi hermana para pagarle a un gestor que fuera a buscar las recetas de mi abuela. En que ahora le pagan un poco más de jubilación (la mal llamada reparación histórica) pero como le sacaron cobertura de medicamentos ese aumento en realidad es nulo, la frazada corta que te tapa los pies o la cabeza. Pensaba en como tenía que si no, pedirme medio día en el trabajo (¡que se lo toman tan bien eso!) o levantarme muy temprano para ir hacer otro tipo de trámite. Pensaba en que no debía ser un día de facultad porque sino seguro a la noche (cuando curso) llegaba muerto de cansancio. Pensaba que no me alcanzaban las horas, tenía ganas de estar ahí apoyando la lucha pero que me tenía que ir. Pensaba en los argumentos de los derechistas diciendo que todo esto es mi elección. Pensaba en lo falso de la palabra elección en un sistema que te hace cortarte pedazos de vos para aligerar la carga. Pensaba en que si hubiera leyes más justas para los trabajadores, menos burocracia sindical, más reparto de horas, menos verso de la meritocracia, todo esto no sería necesario.

Pensaba en las miles de personas que no saben que se puede luchar por tus derechos y de los demás. Los ya conquistados y los que aún falta conquistar, todos defendidos con el precio de la muerte de las clases menos privilegiadas. Pensaba no dejar pasar un comentario de nadie que me impusiera como naturalizado el sufrimiento de la clase trabajadora.

Pensaba que voy a actuar lo que pienso.

Para finalizar dejo una reflexión, que espero tenga el mismo valor de epifanía para ustedes como lo fue para mí sobre lo poco casual en la elección de palabras de todo lenguaje cotidiano. En mi edificio vivo al lado de una señora jubilada, es enérgica, delgada, cabrona y con la mirada llena de determinación. Ella tiene que trabajar para complementar su jubilación. No le alcanza para vivir. Trabaja 8 horas por día, a veces más. Un saludo típico nuestro cuando nos encontramos en el pasillo sería:

- Hola ¿cómo estás? ¿Bien?
- Si acá, en la lucha.
- Sí, siempre en la lucha.
La lucha…

La lucha, 6 hs por día 5 veces a la semana. Nuestras vidas valen más que sus ganancias.






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