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FRANCIA

Violencia policial en París: “Te vamos a violar, vamos a matarte a ti y tus colegas”

Esta amenaza profirió la policía francesa a un profesor de la Sorbona al que inmovilizó en el piso, después que este intentara grabar un abuso policial contra una mujer. Aquí su testimonio.

Viernes 23 de septiembre | 13:34

Al final de la jornada salía de una estación de tren en la banlieue [barrios populares de la periferia de París] con una amiga. Pasando el torniquete oímos gritos. No era un ruido normal, sino de dolor, intenso, y entendimos al momento que algo estaba sucediendo. Como el resto de la gente que estaba junto a nosotros, miré a la escena que apareció a nuestra izquierda.

Una mujer negra de unos cincuenta años, era esposada mientras gritaba que las esposas le apretaban las muñecas y que no podía más. Entra ella y el círculo de pasajeros que se formó, una treintena de policías equipados y con un perro de asalto. Seguridad ferroviaria y policía nacional.

La gente se inquieta según el ambiente se tensa, todo el mundo se pregunta qué sucede, por qué torturan a esta mujer en plena calle. La escena es dura, similar a lo sucedido este verano tras el asesinato de Adama, o a las imágenes de la movilización en Estados Unidos: un grupo de policías frente a vecinos negros de una ciudad. Estos últimos lo tienen claro, ninguna confianza. Un hombre cuenta como su hermano fue detenido sin razón, puesto en prisión preventiva y agredido. Los policías hablan de golpearnos.

Tenía miedo por la víctima de esta detención, miedo de esta escena racista, veía a la policía excederse todo el tiempo. Así que saqué mi teléfono para grabar, pensando que podría hacer cuadrar las cosas, hacer bajar el nivel de impunidad. No duró más de un minuto. Uno de los policías me agarra por el hombro izquierdo y me hace girar: “hacemos un control de identidad”. Al preguntar por qué, me arranca el teléfono de las manos, mientras le digo que no tiene derecho a registrarlo sin una orden de búsqueda.

Pero todo se acelera: consiguieron llevarme a su lado de la barrera formada por el resto de los policías, dos se abalanzan sobre mí, cada uno haciéndome una llave en un brazo. Siento un dolor enorme en las articulaciones. Tengo los dos brazos torcidos sobre la espalda, con dos hombres en posiciones aprendidas, que descargan toda su fuerza sobre mi cuerpo contra el muro.

Repetidas veces, aflojan y aprietan, esperando que reaccione mal. Pensé que se trataba simplemente de intimidarme y de llevarme al límite. Pero no paraban. Cuando me quedo sin aliento y dejo de protestar, empiezo a pensar que me llevarán a comisaría por “escándalo” o “desobediencia” y que están buscando cualquier cosa para inculparme.

Lo peor en realidad no fue el dolor. Los dos policías que estaban encima de mí estaban sobreexcitados. Y se dieron rienda suelta. Cabezas rapadas, los ojos vidriosos, no puedo creer que la escena en la que estoy sea real. “Te vamos a matar, date por muerto, te vamos a reventar, te mato aquí mismo en diez minutos.”
Los cartílagos se me estiran otra vez, cuando devuelven mis manos a la espalda, aumentando la tensión. El de la izquierda me pone la mano en las nalgas. “¿Te crees que vas a jugar con la policía? Mira como jugamos contigo”. Me hacen la zancadilla y me vuelven a poner la mano sobre las nalgas. Con las llaves en los brazos torcidos no puedo respirar bien. Otra zancadilla. “Te vamos a violar, ¿te gusta eso? Te voy a violar y después veremos si grabas a la policía.”

Continúan. “¿Apoyas al Daesh? ¿Cuándo vengan, qué vas a hacer? ¿Se la vas a chupar? Entonces no llores y pidas que te protejamos”. No sabía que más tarde hablarían del Daesh (denominación utilizada para referirse al Estado Islámico) para justificar su actitud contra una mujer racializada que había olvidado su tarjeta de metro.

Me abren la mochila y cogen mi carpeta, examinándola sobre mi espalda. Me cogen el tabaco y me dicen de sentarme. Encuentran mi ficha de docente precario en la facultad. “¿Das clases? ¿Cuándo el Estado Islámico venga a la Sorbona les vas a esperar masturbándote?” El de la izquierda: “Mírame sucio maricón. Puto. ¿Vives aquí, eh? (mostrando mi lugar de residencia) Voy a ir a tu casa, me voy a poner una capucha y te voy a violar”. Estoy absolutamente estupefacto, pienso que ha repetido las mismas amenazas una veintena de veces.

Estoy en medio de esta situación con policías politizados, policías en estado de urgencia permanente, que viven como si estuvieran en guerra contra el Daesh, un Daesh que ven en cualquier persona racializada y con quien yo me alié al solidarizarme con su víctima del día.

Entonces suben de intensidad. “Te vamos a enchufar con el táser, vas a ver cómo pica”. Y el de la izquierda me aplica una descarga en el brazo. Me sobresalto y empiezo a temblar. Intento no mostrarlo, no digo nada, pero lo que pienso en ese momento es que la situación puede ir todavía a peor.

Que me van a hacer más llaves, que me van a dar con la porra antes de llevarme a comisaría. “Te vas a morir. Te voy a encular.” Siempre mientras me realizaba tocamientos. El dolor es tal en los brazos, los hombros y la espalda que pienso que voy a tener una luxación.

Detrás, oigo a la amiga con la que estaba decirles a gritos que me dejen. Yo intento decirle que puede salir perjudicada. Tengo un nudo en el estómago: “¿Qué le harían estos tarados si la detienen?”. Mientras tanto, el grupo de gente alrededor de la escena ha crecido y el grupo de policías sabe que no pueden prolongar indefinidamente la situación. El que me retorcía el brazo derecho me dice “La vamos a hacer callar, le vamos a acusar de incitación a la desobediencia”.

Oigo lo que discuten entre ellos. Uno de ellos me coge del brazo y me dice “mira la pared, como te des la vuelta o te muevas, te abro la cabeza”. No me muevo. “Vamos a ir a la Sorbona, te vamos a matar a ti y a tus colegas, sucio izquierdista”.

Me dan la vuelta y me dejan frente a los ojos desorbitados del policía que me agarraba el brazo izquierdo. “¿Eres eventual, bastardo? Te vamos a hacer un informe y tu título te lo puedes guardar”. No digo nada, me tumban sobre el pecho. “Ahora vas a sacar el teléfono y borras el vídeo”. Lo hago pensando que el grave atropello que acaba de pasar se va de las imágenes, pero queda en mi mente. Me quita el móvil y abre la carpeta de fotos, inspeccionando todo.

De repente, el resto de policías carga contra los vecinos que estaban reunidos. Rápido y extremadamente violento. Veo al perro lanzarse sobre la gente mientras ellos llevaban las porras y el gas. Todo el mundo huye con pánico, incluidas las personas ancianas. Los dos policías que me agredieron me lanzan la carpeta y lo que llevaba a los pies y salen corriendo. Busco a mi amiga, que vuelve corriendo tras haber conseguido escapar.

No podemos hacer nada más que volver a casa con la rabia en las entrañas, el torso anquilosado y dolorido. Pienso que esta policía racista hubiera ido aún más allá si yo fuera racializado. Un hombre nos explica que viene siendo así en todo el barrio desde esa mañana. “Podéis ver como no hacemos nada, pero golpean a la gente al azar para provocar problemas”. Nos reconfortamos mutuamente y nos damos ánimos. Necesitaremos fuerza, pero no faltará.

Traduccion: Jorge Remacha




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