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Villordo: La brasa en la mano

Después de 37 años, la editorial cordobesa Caballo Negro vuelve a editar La brasa en la mano de Oscar Hermes Villordo. Publicado en 1983 por primera vez, se convirtió en un fenómeno editorial y llegaron a venderse casi 60 mil ejemplares. En la columna de hoy, recomendamos su lectura.

Laura Vilches

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Miércoles 9 de septiembre | Edición del día

La brasa en la mano, es una novela de Oscar Hermes Villordo. Acaba de ser republicada por la editorial cordobesa Caballo Negro.

Publicada por primera vez a la salida de la última Dictadura, en pleno 1983 por editorial Bruguera, fue un boom. Vendió unos 60 mil ejemplares e hizo de Villordo alguien más que el biógrafo de Bioy Casares o de Eduardo Mallea; alguien más que el amigo y protegido de Mujica Láinez. Tuvo una especie de continuación con La otra mejilla y El ahijado, publicados en los años 1986 y 1990 respectivamente, constituyendo una trilogía homoerótica.

En primer lugar, hay que decir que es un libro bellísimo, de principio a fin y sin interrupciones. La narración tiene un ritmo y un transcurrir que no necesita capítulos, ni cortes, ni marcas formales que indiquen en qué parte del relato estamos. Porque, de alguna manera, no importa.

La novela, La brasa en la mano, comienza con algo que parece casi una excusa, y sin embargo no lo es. Es la historia de amor, o el fin de la historia de amor entre Esteban y el protagonista, que es quien narra. Y a su vez, es el fin de esa historia de amor que recuerda a otra, porque al fin y al cabo “pienso que no hay varios amores; no es eso lo que quiero contarles; sino uno solo que se continúa a través de los otros.”

Hay, en el relato amoroso, el relato de la pasión amorosa homosexual, situada en los años ’50, pero que también es la historia de los amores fraternal, de sus cuidados.
Como en un tiempo sin tiempo, el de los recuerdos, las anécdotas, las historias, las reflexiones del personaje y sus amigos se van entrelazando. Y esas historias, cuentan el mundo del amor y el deseo, entre varones en esa Buenos Aires de mediados del siglo XX, y sus meandros.

Podemos reconocer esa ciudad y sus plazas, cuando el anochecer deja entrever las “luciérnagas” de aquellos cigarrillos encendidos, los de quienes salen a encontrarse y a conquistarse; la de los bares de “el bajo”, donde marineros y conscriptos encuentran y buscan el afecto que no hay en los regimientos; los bares de “los señores con plata” donde quizás se busca un amor y un placer que no esté mediado por el dinero del intercambio prostibulario que acepta la normalidad masculina, la masculinidad hegemónica, diríamos hoy.

El escritor Claudio Zeiger dice que cuando Villordo puso este libro sobre la mesa, pateó el tablero: “rasgó el velo de su propia literatura, más elusiva y amable hasta entonces, y cruzó la línea del tratamiento sesgado y estetizante” que se le había otorgado a la homosexualidad en los ambientes que él mismo frecuentaba, los de la Sociedad Argentina de Escritores y la literatura consagrada de un Bianco o un Mujica Láinez.

En la literatura de Villordo el sexo y los sentimientos entre varones, que no son lo mismo (como tampoco entre mujeres) aunque a veces se confundan, son nombrados directamente, sin vueltas ni rodeos. Y “el amor de los muchachos” (como dijera Adrián Melo) se consuma entre los hierros y paredes descubiertas de una obra en construcción y en plena siesta de esos albañiles que minutos después seguirán trabajando; a hurtadillas, en las habitaciones de una pensión para los jóvenes varones de la clase trabajadora; en los baños públicos, en las paradas de los camioneros, los baldíos o en los bares.

En ese decir sin tapujos, aparece también aquella escena inicial de lo que llamamos “la literatura argentina” y su matadero: la escena final de la violencia machista, la violencia sexual (y política) de la violación masculina. En la novela de Villordo, la iniciación sexual de varios de los personajes está atravesada por el relato de una violación.

Oscar Hermes Villordo, nació en Chaco (1928) , de niño consigue una beca para estudiar en Catamarca y finalmente, siendo también muy joven, va a Buenos Aires. Fue poeta, narrador y periodista. Trabajó en el diario La Prensa, La nación y para La Gaceta de Tucumán.
Murió en 1994, a causa de haber contraído VIH, enfermedad que había hecho pública a través de un artículo propio, donde a la par que defendía el derecho a la privacidad, señalaba que ante la posibilidad de caer en la “hipocresía”, es mejor hablar, como él mismo, había optado años antes por hablar de y desde la homosexualidad.

La brasa en la mano, vuelve a ser editada en un momento interesante.
Pienso en lo que significó la reedición, como ya comentamos aquí, de En breve cárcel de Silvia Molloy. Y creo que seguramente las nuevas generaciones que surgieron a la vida política, con la marea verde, aquella pibada que habla con la e que tanto irrita a los derechosos y derechosas, acoja esta novela con las manos abiertas desde la que está narrada.

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Porque no deja de haber, en esos modos en que está narrada la búsqueda de una libertad sexual que se ejecuta en las sombras de la normalidad social, una crítica a una sociedad opresiva y de clase, donde son aquellos “señores con plata” los únicos capaces de dar y obtener amor sin el intercambio monetario (aunque manteniendo las apariencias) o en especies con el que ese placer y amor se obtienen en los suburbios, en el ese mundo de un proletariado urbano que exige también, a quien entregar, esa brasa que quema en la mano.

Ya que el festejo hoy viene por partida doble, con el brindis de esta republicación de Caballo Negro, dejo recomendación de otro hermoso texto, un bonus track de ese canon de la "literatura gay": “El marica” de Abelardo Castillo, que viene con el inolvidable relato de Alejandro Apo.







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