Géneros y Sexualidades

TRIBUNA ABIERTA

Villa Gesell: un misterio llamado Agostina

Se cumplió otro aniversario de la extraña desaparición de Agostina Sorich, una nena de doce años a la que la tierra pareció tragársela de la ciudad balnearia en octubre de 2010. El detalle de una investigación dolorosa y vergonzante.

Juan Ignacio Provéndola

@juaniprovendola

Sábado 28 de octubre | 12:45

Agostina Sorich tenía 12 años cuando su nombre se volvió famoso en Villa Gesell. El viernes 15 de octubre de 2010, después del mediodía, se despidió de su familia y saltó el alambrado que separaba su casa de la calle. Tenía un buzo blanco con capucha, pantalón babucha fucsia y zapatillas negras de caña alta. No llevaba dinero, documentos ni el celular. No pensaba ir muy lejos. Como los cuatro fines de semana anteriores, se iba a dormir a lo de una amiga de su mamá. Ella le decía “la tía”. El lugar estaba a unas diez cuadras.

A Andrea, su mamá, le sorprendió que, dos días después, Agostina no fuera a saludarla. Ese domingo era el Día de la Madre. “No te preocupes, son travesuras de nena”, juzgó Pedro, su marido. La convivencia no era sencilla: la pareja compartía con sus ocho hijos una casa de dos ambientes en Monte Rincón, un barrio obrero alejado de la playa y más bien cercano a la Ruta 11. Recién al día siguiente Andrea supo que Agostina no estaba donde ella creía, luego de que otra de sus hijas le contara que no había visto en el colegio ese mismo lunes. La duda se volvió inquietante cuando llamó por teléfono a la tía: “No sé, Andre. Agostina no vino a casa este fin de semana”, le dijo. Todas las alarmas se encendieron.

La denuncia por averiguación de paradero fue radicada esa misma noche tras ciertas dificultades. “La policía no me la quería tomar, decían que había que esperar 48 horas”, recuerda Andrea, desesperada porque conseguía ningún tipo de información sobre su hija. Ningún conocido sabía nada de ella.

Una vez tomada la denuncia, la Comisaría Primera de Villa Gesell notificó a la Ayudantía Fiscal de la ciudad y a la Fiscalía de Pinamar. En ese triángulo se digitó la investigación. La búsqueda inicial se enfocó en agencias de remises, centros de salud y las terminales de micros de Gesell y Pinamar. No obtuvieron ningún dato. “Esas primeras horas fueron determinantes para el resto de la investigación –se lamenta Andrea-. Gesell tiene varias salidas, pero no hubo un operativo cerrojo. ¿Y si Agostina ya no estaba en la ciudad?”.

Los investigadores se concentraron en el radio entre la casa de Agostina y la de la tía con la que iba a pasar el fin de semana de su desaparición. La zona fue rastrillada con un cinematográfico operativo que incluyó un perro, dos caballos y veintiún efectivos de la Comisaría Primera, la Subdirección de Investigación, Caballería, el Destacamento de Mar de las Pampas, Infantería de Mar del Plata, Bomberos de Costa del Este y la Distrital local. Toneladas de arena fueron removidas por palas y observadas con lupa. Pero de Agostina ni un dato.

La directora de la escuela a la que iba la nena (la 2, en el sur de Gesell) confeccionó un listado con sus compañeros y amistades, acompañado algunas observaciones. Una de ellas indicaba que la maestra de Agostina en el curso 6º B la había visto caminando junto a un joven el sábado, es decir, un día después de haberse ido de su casa. En simultáneo, algunos compañeritos señalaban haber chateado con ella por Facebook y MSN en esos días. Los primeros indicios no provenían únicamente del entorno escolar. Una empleada del kiosco de la estación de servicio de Avenida 3 y Paseo 149 creía haberla atendido ese domingo del Día de la Madre, mientras que un amigo de uno de sus hermanos dijo que la saludó en la plaza de Paseo 119 y Avenida 30 pocas horas después. Lo que nadie sabía precisar era donde estaba parando Agostina.

Cinco días después de radicada la denuncia, Pedro recibió un llamado anónimo. La voz misteriosa le decía que su hija estaba cautiva en un asentamiento del sur de Gesell. Varios nombres y domicilios de ese lugar habían sido mencionados en la causa por otras personas. Algunos incluso daban cuenta de amistades que Agostina tenía en ese barrio. La policía no tuvo más remedio que trabajar en la zona señalada. Y lo hizo tocando puertas, foto en mano, preguntando si, por casualidad, no habían visto a una niña que todos sabían buscada. Naturalmente, los moradores contestaban que no tenían ni la más remota idea.

A medida que pasaban los días, la ausencia de Agostina penetraba en el humor de la ciudad. Todos se preguntaban por ella en los bares de la Avenida 3 y en la cola de los bancos, lugares comunes de charla y debate sobre cuestiones de actualidad geselina. En simultáneo, pequeños afiches con su foto y un aviso de búsqueda empapelaron las paredes. Una empleada de limpieza municipal encontró en un baldío cercano a la casa de Agostina una campera blanca con capucha, similar a la que esos afiches describían. Se comunicó al teléfono que allí figuraba. Era de la Comisaría Primera. “No podemos mandar un patrullero porque estamos ocupados, así que traiga esa prenda mañana”, le contestaron. Indignada, fue hasta el domicilio de la familia Sorich. Los padres no reconocieron la prenda como propia de su hija, aunque gracias a esta mujer al menos se enteraron del hallazgo. Así, tal cual, está detallado en la causa.

No es el único episodio insólito que refleja el expediente en sus más de 300 fojas. Una abogada de Mar del Plata (a 100 kilómetros de distancia de Villa Gesell) se presentó de manera espontánea, asegurando que había mantenido una conversación por MSN con Agostina ante la presencia de su abuela. La nena, o quien chateaba en su nombre, sólo había enviado un mensaje antes de desconectarse: “Soy de Maranatha”. Nadie pudo descrifrar el enigma. Luego, la auxiliar letrada de la Ayudantía Fiscal de Gesell recibió a través de un llamado anónimo el dato de que Agostina estaba en un “club nocturno” de Olavarría. Personal de la Subdirección Departamental de Investigación geselina viajó a esa ciudad y advirtió dos cabarets en los accesos, donde se encontró con prostitutas de distintas nacionalidades.

Algunas de ellas habitaban precarias viviendas al fondo de los locales. Según el acta que labró la comitiva al cabo de su recorrido, estas mujeres gozaban de “total libertad para manejarse a gusto cuando no se hallan trabajando”. Lo que no dice el informe es el autor de tal expresión. ¿Lo dijeron las mujeres o quienes las manejaban? Los investigadores no repararon ese detalle. Tal vez estaban muy concentrados en encontrar a Agostina.

“Se sospecharon muchas cosas, pero nunca encontraron nada. Una vez, por ejemplo, me dijeron que la habían visto en un lugar, y cuando estábamos yendo me llama una vecina contándome que estaba en otro lado”, recuerda Andrea Sorich. “En otras oportunidades íbamos a los sitios donde supuestamente la habían visto, pero los policías no querían bajar del patrullero hasta que no les llegara la orden del fiscal. Y yo me desesperaba, porque si mi hija estaba realmente ahí adentro, les dábamos tiempo para que la sacaran por el fondo mientras nosotros esperábamos afuera. A veces no aguantaba y entraba por mi cuenta”.

Tan sólo en la provincia de Buenos Aires se denuncian alrededor de cinco mil averiguaciones de paradero por año. La búsqueda de Agostina superó los límites de Gesell gracias al empuje de varias organizaciones. Los actores Ricardo Darín y Facundo Arana llegaron a exhibir una foto de Agostina en una conferencia de prensa que Red Solidaria realizó para todo el país tras la recordada desaparición de la niña Candela Rodríguez, mientras que el futbolista Sergio Agüero publicó una imagen de ella en su cuenta de Twitter. Su cara apareció además en distintas campañas de Missing Children y en una muestra sobre mujeres desaparecidas realizada en la ex ESMA. Las expresiones populares también tuvieron eco en Villa Gesell a través de varias marchas.

Al término de una de esas movilizaciones, el Subcomisario Claudio Arnauk dijo que estaban buscando “a una chica que no sabemos si quiere aparecer”. Fue una de sus últimas desafortunadas declaraciones antes de que la Justicia lo procesara por el asesinato de un delator de la policía a fines del 2011 en Valeria del Mar, localidad de Pinamar, a 15 kilómetros de Gesell. El escándalo salpicó a varias autoridades involucradas en la investigación del Caso Agostina.

Intervinieron en total más de cien autoridades policiales y judiciales y alrededor de 200 declarantes. Todos ellos formaron una verborrea que alimentó infinitas teorías, aunque jamás se contaron (ni se encontraron) elementos suficientes para orientar la búsqueda en una dirección determinada. En derecho, postular muchas hipótesis es lo mismo que no postular ninguna. Más es mejor, pero demasiado es nada, y así fue como la investigación naufragó entre datos confusos, descripciones imprecisas y lugares comunes que condujeron a la deriva.

El Caso Agostina compuso una historia intrigante y también un fracaso judicial: muchos habían oído bastante pero nadie había visto nada. Y el que vio, calló o lo olvidó pronto. Hasta que, un día, algunos creyeron recordar algo.

El 19 de septiembre de 2014, la ciudad se desayunó con la noticia de que un tal Miguel Ozores había sido asesinado de un tiro en el cuello en la puerta de su casa. Las crónicas policiales hablaban de un ajuste de cuentas entre vecinos del mismo barrio. Los parientes y allegados del ultimado Ozores (que tenía 21 años) vengaron su sangre con fuego, incendiando tres casillas lindantes. Todo transcurría en el Valle Guaraní, un asentamiento de cuatro manzanas sin luz, cloacas ni agua corriente. El lugar empezó siendo habitado por unos pocos paraguayos albañiles, aunque con el tiempo se amplió con chabolas construidas sobre tierras tomadas en esos confines del tejido urbano donde Gesell se aleja de la playa de postales y recupera su geografía originaria entre médanos vírgenes y montes salvajes.

Las embestidas de los Ozores y su círculo motivaron una serie de denuncias entre los vecinos del Valle Guaraní. Entonces comenzaron a aparecer testimonios y acusaciones no solo sobre los hechos recientes, sino sobre otros anteriores. Y ahí reflotó el nombre de Agostina Sorich, de quien ya se había dicho en su tiempo que podría haber estado en ese lugar mientras los investigadores la buscaban en otros puntos de la ciudad.

Según se detalla en la causa, la Policía había acudido varias veces a ese sitio poco después de la desaparición de Agostina. Allí indagaron a Miguel Ozores, quien en octubre de 2010 afirmó conocer el vínculo de Agostina con dos primas suyas, aunque evidenció algunas contradicciones en sus testimonios: dijo que hacía un mes y medio que no la veía, luego declaró que la había visto en el barrio poco antes de desaparecer y, sobre el final, señaló que la vio por última vez veinte días antes. Como si fuera poco, Gabriel Ozores (padre de Miguel) opinó que le parecía “raro” que tanto su hijo como los otros chicos del barrio dijeran que no la veían a Agostina desde hacía un mes, ya que él mismo aseguraba haberla visto tiempo después del declarado por sus vecinos. Los investigadores nunca habían juzgado sospechosas estas confusiones y todo quedó en la nada.

Pero el 16 de octubre de 2014 (un día después del cuarto aniversario de la desaparición), la Policía de Villa Gesell anunció el despliegue de un importante operativo que podría aportar novedades sobre el destino de Agostina. Como en 2010, una comitiva de policías y funcionarios judiciales volvió hasta el Valle Guaraní, aunque esta vez además lo hicieron con una pala mecánica y uno de los tres radares de penetración terrestre que existen en el país. Fueron empujados por distintos testimonios que sugerían que Agostina podría estar enterrada en esa zona.

Las declaraciones coincidían en señalar que la nena había sido ultimada en una de esas casillas antes de ser sepultada en un baldío donde originalmente circulaban chanchos pertenecientes a la familia Ozores. Alguien de ese barrio agregó otro dato: la chanchera (que es visualizada al lado de la vivienda de Miguel Ozores y descripta en la causa por el personal policial que trabajó en la zona durante fines de 2010) fue curiosamente desmontada poco después de la desaparición de Agostina. “Los chanchos se comen todo, hasta los huesos. Y no dejan nada”, observó una fuente del lugar. Y nada, justamente, fue lo que se encontró cuatro años después. Tal vez era una exageración. O era una mentira. O era –simplemente- tarde.

“No sé que pasó, pero estoy convencida de que mi hija no se fue por su propia voluntad. Mi intuición de mamá me dice que está viva y fuera de Gesell, ya que no quedó centímetro de la ciudad sin revisar”, sostiene Andrea, que durante mucho tiempo viajó más de una vez a la semana a Dolores. Esa ciudad, a 200 kilómetros de distancia de Villa Gesell, es la cabecera judicial de la zona. Sus tribunales atienden las causas de una amplia región de la provincia de Buenos Aires. Entre ellas, la de Agostina Sorich, una nena que en octubre de 2010 se fue de su casa y todavía la siguen esperando.








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