Cultura

CRÍTICA DE CINE

“Verano de 1993” de Clara Simón, verdades fuera de campo

“Verano de 1993”, el debut tras las cámaras de Clara Simón, es una aparentemente pequeña pero punzante y conmovedora historia de iniciación y autodescubrimiento en la que la realizadora catalana narra un episodio verídico de su propia infancia.

Martes 28 de noviembre | 20:03

El tema del filme es la toma de conciencia de la muerte, el duelo temprano de una niña que pierde a sus padres y es acogida por sus tíos teniendo que integrarse en un nuevo núcleo familiar. Poco después del fallecimiento sus progenitores como consecuencia del SIDA (que como muchos elementos del filme no se nombra, pero está presente fuera de campo), la pequeña Frida pasa su primer verano acogida por sus tíos en el campo donde traba una relación compleja tanto con éstos como con Ana, su prima pequeña.

Frida, tras una serie de pequeñas aventuras y desventuras, observadas con meticulosidad pero también con un asombroso naturalismo, pasará la fase del desconcierto y la rabia a la conciencia de la pérdida y la progresiva integración el nuevo ambiente, lejos del tradicionalismo de sus abuelos.

Estamos pues ante un drama desgarrado pero contado sin ningún aspaviento, donde no falta la ironía ni el costumbrismo ni las situaciones de comedia leve, con algo de ese cine de cámara, a la vez moroso y fluido, lleno de sonidos de la naturaleza, imágenes furtivas y diálogos entrecortados de autoras argentinas como Lucrecia Martel o Julia Solomonoff que utilizan la mirada de los niños (en este caso las niñas) como punto de vista privilegiado sobre una realidad crispada observada de forma fragmentada y caleidoscópica, mezclando realismo, dolor quedo y ráfagas de poesía, una poesía que tras su belleza esconde una profunda tristeza.

Rodada en catalán y premiada ya en varios festivales, estamos ante un filme que no deja de ser aún una “rara avis” en el cine que se realiza en el estado español con beneplácito de público y crítica. Tal vez la fuerza de este “Estiu 1993” reside en que la autora se ha decidido a contar algo muy personal y a hacerlo forma también muy directa, sencilla y sincera.

Clara Simón se sitúa a la altura de su protagonista para observar el mundo en el que se introduce de forma alternativamente brusca y delicada, y lo hace, ya desde su opera prima, con la sabiduría y la personalidad de una gran autora utilizando recursos arriesgados como la música diegética que surge del interior de la narración y el sonido ambiental, primeros planos muy prolongados o una peculiar forma de simbolizar la progresiva toma de conciencia de la mortalidad por parte de la pequeña.






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