Sociedad

RELATOS DE REALIDAD

Vejeces: crónica de viejas y mujeres

Virginia y Marquesa. Dos jubiladas con historias diferentes que se cruzan en la vida de una trabajadora de PAMI. Esas historias, desde la mirada de la circunstancial amiga.

Valeria Machluk

Trabajadora Social

Sábado 15 de julio | Edición del día

¿Por qué hablar de vejez? Por el simple hecho que todos envejecemos. Sin embargo, hablar de vejez genera escozor, molestia. Como dice Simone de Beauvoir, “es un secreto a voces”. Es enfrentar lo que se intenta ignorar: el límite finito del ser humano.

Las sociedades están envejeciendo. Sin embargo no todas las personas envejecen de la misma manera, ni bajo las mismas condiciones. Diversas maneras de vivir, diversas maneras de envejecer. Diversas maneras de ver y comprender la vejez.

Dos historias se cruzaron en la vida profesional de quien escribe. Con la misma intensidad, dejando marcas y con finales disímiles como la vida misma.

Virginia

Ella vivía en Plaza Congreso. Su cuerpo menudito ocupaba un trozo de banco de plaza. Como el caracol, con su casa a cuestas, pasó años allí sin complicación alguna. Siempre bajo el mismo árbol. Cuidada por buenos vecinos, acompañada por otros caracoles también, gustaba de su lugar. Era su lugar, siempre lo decía.

¿Su edad? No sé. Quizás no llegaba a los 75 años, sólo sé que estaba llena de arrugas. “Marcas de la vida, nena”, acotaba ella.

Por las mañanas realizaba la ronda cotidiana, que entre otras actividades sumaba su venida a la oficina de PAMI. Allí la conocí.

Virginia era pensionada. “Una 405”, como les dicen a las personas que cobran una pensión por discapacidad. Con lo que cobraba se arreglaba hasta fin de mes. Por suerte (o no) tenía PAMI como obra social, le daban los remedios y un poco más de plata, que no iba a tirar en pagar por una “pieza mugrosa”.

Virginia formaba parte de ese séquito de afiliados que, sostenidos por el devenir del asistencialismo, reclamaban diariamente por una buena atención y una pronta respuesta, lo cual le funcionaba muy bien.

Un día, alguien (que nunca conoció a Virginia, ni se preocupó en intentarlo) pensó que una señora mayor no podía, no debía estar en la calle.

- ¿No quiere ir a un lugar mejor que la calle, abuela?

- No soy abuela, boludo. No tuve hijos para serlo. Y no estoy en la calle. Estoy en la plaza y muy bien.

Poco importó la palabra precisa, determinante y voluntaria de Virginia. Su nombre apareció en una exposición judicial que decía “por su estado de bienestar y su edad PAMI debía trasladarla a una residencia geriátrica”.

Ni las redes de vecinos, amigos o profesionales (entre ellos quien escribe) que la conocían y sostenían, pudieron impedir su desalojo. Contra su deseo (y el de muchos) debió dejar su banco, su árbol, su plaza. Un inmenso dolor se apoderó de su temple. Se volvió más menudita de lo que era.

Y así dejó su vida, simplemente se apagó y se esfumó al poco tiempo de que le consiguieran un “hogar”. Siempre me acuerdo de ella. “La calle es la vida, nena”, decía.

Marquesa

Ella siempre saca un número para que la atiendan. Acomoda sus papeles que trae en la bolsita, que guarda adentro de otra bolsita, dentro de su cartera. Es jubilada como ama de casa o por servicio doméstico, o las dos. Trabajó en casa propia, casa ajena; con dolores pero sin aportes.

Marquesa tiene la voz bajita. Así y todo, llena de vergüenza, me declaró su pobreza como si hubiera cometido un delito: una casita sin terminar porque tenía que trabajar todo el día, una jubilación “chiquita” con la que ayuda a su hija porque no tiene trabajo, dolores por aquí y por allá porque trabajó demasiado. Y la sentencia, claro está, también con su justificación: “tengo hambre, porque la plata no me alcanza”.

Marquesa siempre justifica sus actos y sus dichos. Quizás su vida fue moldeada por eternas justificaciones de sus actos. Quizás debió dar demasiadas explicaciones. No sabe de ayuda ni de asistencia. Nunca pidió, nunca le dieron.

Necesita hablar, contar, llorar un poco y que la escuchen. Necesita ser y que la dejen ser. Y así es. Así nos conocimos.

Gestión burocrática mediante, Marquesa recibió ayuda.

Ahora vuelve a la oficina cada quince días. Siempre saca numerito. Y viene con sus bolsitas.

Otro temple dibuja su rostro y su cuerpo, sin vergüenza. Cuenta y habla, y habla, no tan bajito. Sí, comió carne. Aunque está cara, y las otras cosas también.

Claro que habla, pudo ser ella. Y es.






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