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TROTSKY, SINDICATOS Y BUROCRACIA PERONISTA (ÚLTIMA PARTE)

¿Unidad con la “burguesía nacional”? ¿Es utópica otra salida?

La larga historia de dominación capitalista y su relación con los sindicatos conlleva a ciertos “sentidos comunes” sobre su rol o representatividad. Para analizarlos y debatir, tomamos varios trabajos de Trotsky que aportan elementos fundamentales para ello.

Andrea Robles

Querellante en la Causa Triple A |Integrante de Ediciones IPS-CEIP| @RoblesAndrea

Martes 6 de septiembre de 2016 | Edición del día

El programa histórico de la CGT se basa en la defensa del mercado interno y, por esa vía, de la capacidad de consumo de las grandes masas trabajadores. Que el desarrollo del mercado interno va de la mano del bienestar general de los trabajadores es otro de los "sentidos comunes" de la burocracia sindical y del peronismo. De esta manera, atan la suerte de los trabajadores a la de la "burguesía nacional", como sinónimo de progreso, condenando la perspectiva socialista –de una sociedad sin explotación y opresión– como utópica.

En la primera entrega, vimos como esta alianza estratégica de la burocracia sindical con la burguesía tiene una base material en el proceso de estatización de los sindicatos en la época imperialista. Y en países como el nuestro, que poseen una burguesía nacional débil, ultra dependiente del imperialismo, y una fuerte clase obrera de una peculiar tradición de lucha combativa, que enmarca a la burocracia sindical como un pilar fundamental para los intereses capitalistas.

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En la segunda entrega, basados en estas cuestiones, afirmamos que la fundación del peronismo y su continuidad histórica se deben a la necesidad de la burguesía y su Estado de lidiar con "cierta representación de la clase obrera" para dotar de estabilidad política al régimen capitalista, a través de una burocracia política, sindical y estatal. En el gobierno, el peronismo tiende a jugar un rol como partido del orden y de la contención, que Trotsky define como bonapartista sui generis, tomando ejemplos parecidos que se dieron en Latinoamérica.

Toda vez que la burguesía precisa liquidar conquistas y atacar las condiciones de vida de las grandes mayorías, la clase obrera con la lucha tiende a sobrepasar las “vallas de contención” de la burocracia sindical y del Estado capitalista. El dilema sobre cuál es la alternativa a los planes capitalistas y qué dirección necesitan los trabajadores recobra vigor. La unidad de la CGT expresó en clave burocrática esta tendencia en los primeros meses del gobierno de Macri. En el plano político, la “salida” es el apoyo a distintas variantes patronales, en general, del peronismo. Con políticas de colaboración de clases de tipo “frente popular” con los sectores de la burguesía “afectados” por los planes de gobierno, como vimos recientemente a la CTA junto a las cámaras empresariales en la Marcha Federal.

¿La burguesía es “nacional”?

La experiencia histórica, nacional e internacional de más de un siglo, muestra la incapacidad de la burguesía como clase para resolver las demandas democráticas y nacionales de la mayoría de la nación.

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No obstante, si algo caracteriza a la burguesía argentina industrial y agraria es su cipayismo, de origen con el imperialismo británico, en los –en los ‘50-‘60– con el norteamericano, basado en la política "desarrollista”. La burguesía nacional usurpa históricamente la riqueza argentina y condena a la población a alimentos carísimos, al trabajo infantil en el campo y hasta esclavo en las textiles. No es más que una socia menor del imperialismo [1]. Es decir, la burguesía es no “nacional” por excelencia, su único interés es beneficiarse a costa de los trabajadores y el pueblo.

La historia y el acceso a la información juegan a favor de conocer cómo amasaron sus fortunas los empresarios argentinos. La familia Macri es un buen ejemplo. La burguesía nacional y su socia mayor, el imperialismo norteamericano, son los verdaderos responsables de la última dictadura militar. El kirchnerismo o los sectores más “progresistas” también suelen referirse a “burguesía nacional”, a la pequeña y mediana empresa que en "estos momentos" (de estanflación, ya clásicos dentro del capitalismo argentino), se acuerdan de los trabajadores para pugnar por sus intereses empresarios. Mientras, las Pymes tienen el porcentaje mayor de trabajadores precarizados, por lo cual en su gran mayoría no solo no gozan de seguridad social sino tampoco de representación sindical. La burocracia de la CGT y de la CTA sí en cambio representa a la burguesía, son sus agentes al interior de los sindicatos. Su alianza estratégica con la “burguesía nacional”, no solo es utópica para el beneficio de los trabajadores, es una salida netamente reaccionaria.

“La clase obrera es una y es bandera”

Si para el peronismo la clase obrera tiene que ser la columna vertebral y subordinarse a la burguesía, para el Manifiesto Comunista de Karl Marx, documento fundacional del marxismo, la clase obrera es la única clase verdaderamente nacional. Es decir, es la clase que puede representar los intereses del conjunto de los sectores explotados y oprimidos por el capitalismo, o sea, a las grandes mayorías. Pero ese rol no está dado de por sí, sino que para alcanzar conciencia de esa capacidad debe superar las divisiones existentes entre los mismos trabajadores y las impuestas por la burocracia sindical.

Trotsky aborda ambas cuestiones en dos trabajos muy importantes, escritos al fragor de hechos de la lucha de clases internacional entre los más decisivos del siglo XX.

Durante la Revolución española, en Clase, partido y dirección discute contra la concepción que sostiene que la clase obrera tiene la dirección que se merece: “En realidad, la dirección no es, en absoluto, el ‘simple reflejo’ de una clase o el producto de su propia potencia creadora. Una dirección se constituye en el curso de los choques entre las diferentes clases o de las fricciones entre las diversas capas en el seno de una clase determinada. Pero tan pronto como aparece, la dirección se eleva inevitablemente por encima de la clase y por este hecho se arriesga a sufrir la presión y la influencia de las demás clases. El proletariado puede ‘tolerar’ durante bastante tiempo a una dirección que ya ha sufrido una total degeneración interna, pero que no ha tenido la ocasión de manifestarla durante grandes acontecimientos. (…)

Es decir, no es que la burocracia peronista se eterniza en el poder porque es necesaria o representativa. En realidad es el mayor obstáculo para que la clase obrera verdaderamente sea “una y bandera”. Pero su superación no es un proceso espontáneo ni simple. Por eso mismo, que la clase obrera sea capaz de acaudillar al conjunto de los sectores oprimidos está íntimamente vinculado a la necesidad de construcción de un partido de trabajadores que luche por esa perspectiva revolucionaria. Es común escuchar de parte de direcciones sindicales que se dicen “apolíticas”, o de boca de sectores de izquierda populista, que este planteamiento obedece a un interés mezquino, de sectarismo o “egoísmo” de aparato.

Trotsky debate contra esta posición en La lucha contra el fascismo en Alemania para reafirmar la pelea porque la clase obrera avance en su conciencia de clase. Los que afirman que: “los intereses de clase están por encima de los intereses de partido”, caen en el sentimentalismo político o, lo que es peor, disimulan bajo frases sentimentales los intereses de su propio partido…La clase, tomada en sí, no es más que material para la explotación. El proletariado comienza a jugar un papel independiente a partir del momento en que pasa de ser una clase social en sí a ser una clase política para sí...

“Cuando la reacción exige que los intereses de la nación sean puestos por encima de los intereses de clase, nosotros, como marxistas, explicamos que, bajo la máscara de los intereses del ‘todo’, la reacción defiende los intereses de la clase explotadora. No se pueden formular los intereses de una nación más que desde el punto de vista de la clase dominante o desde el de la clase que pretende ocupar el papel dominante. No se pueden formular los intereses de una clase más que en forma de programa; no se puede defender un programa más que poniendo en pie un partido”.

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Hoy en día, el tradicional rol de la burocracia sindical de usufructuar la conquista de los sindicatos, e impedir que la clase obrera pese en la vida política nacional como alternativa para el conjunto de los sectores populares, plantea nuevas contradicciones en pleno desarrollo. Los ataques a las condiciones generales de vida del pueblo trabajador dejan menos margen para una lucha corporativa, por sector, y tiende a unificar las diferencias entre la clase obrera. Le quita bases materiales al reformismo obrero y los sectores más conservadores, que son su base de apoyo. A su vez, la propia crisis y divisiones del peronismo obliga a las centrales sindicales a tener que jugar más un rol doble, sui génesis, “corporativo” y “político”. Develan que los sindicatos son las instituciones de mayor poder de movilización del país aún cuando la burocracia mantiene una profunda división entre precarizados, terciarizados, efectivos, etc. sobre la que basa su poder. Es más claro cómo la divisiones de las centrales sindicales juegan a favor de los intereses de la burguesía, sus partidos y la política de gobierno.

Son nuevas condiciones para fortalecer una alternativa política de los trabajadores desde los sindicatos, en el movimiento estudiantil o de mujeres, como la que levantamos desde el PTS en el FIT y La izquierda diario. La única perspectiva realista que, retomando las mejores tradiciones de la clase obrera y del legado de Trotsky –del que en esta serie en homenaje al aniversario de su asesinato no hemos hecho más que plantear algunas primeras conclusiones– imponga una salida que hoy parte de luchar porque la crisis la paguen los que la generaron: los patrones y sus CEO.

Notas

[1] Desde comienzos de los ´90, ésta característica se acentuó de manera espectacular. En la actualidad, 400 de las primeras 500 firmas del mercado local son extranjeras.







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