Política

DEBATE

Una vez más: peronismo e izquierda

Sobre la polémica Jorge Alemán-Eduardo Grüner-Horacio González. Una contribución sobre Marx, el “Qué hacer”, la clase obrera y los horizontes neoliberales.

Fernando Rosso

@RossoFer

Juan Dal Maso

juandalmaso@gmail.com

Sábado 25 de febrero | Edición del día

El debate iniciado a partir de una repentina nota que Jorge Alemán publicó en el diario Página 12 polemizando con el Frente de Izquierda y de los trabajadores (FIT), seguido por una sólida respuesta de Eduardo Grüner en la revista Topía y una posterior intervención de Horacio González en la revista La Tecl@ Eñe respaldando los argumentos principales de Alemán, vuelve a poner sobre el tapete la histórica controversia sobre las relaciones entre peronismo, clase obrera e izquierda.

Compartimos la rigurosa respuesta de Grüner prácticamente en su totalidad. No nos tomaríamos el trabajo de intervenir -a riesgo incluso de deteriorar lo que Eduardo ya hizo con su habitual solvencia-, si no fuera porque el nuevo artículo de González vuelve a poner en circulación los argumentos de Alemán, con mejor pluma y mayor sofisticación. Además, incorpora algunos elementos nuevos que intentan concretizar las abstracciones que Alemán volcó en el texto que originó la polémica.

Alemán utiliza la imagen de Sartre que define al marxismo como horizonte irrebasable de nuestro tiempo en términos teóricos, pero concluye -al igual que Horacio González- que el “populismo de izquierda” es el horizonte político insuperable de nuestra época, signada por el dominio absoluto del neoliberalismo. Luego de refutar el supuesto esencialismo marxista, Alemán sentencia que toda indagación emancipatoria en esta oscura era que nos tocó vivir será populista o no será nada.

Como el “populismo de izquierda” no existe como fenómeno “puro” en Argentina (¿existe en algún lugar?), la conclusión obvia es que la izquierda -como bien dijo ya Eduardo- debe subordinarse al peronismo y especialmente al kirchnerismo que sería su fracción “populista-progresista”, en cierto modo viviendo de las “glorias” del pasado (Alemán habla de la política de DD.HH.) y hoy muy golpeada luego de la derrota electoral ante la derecha de Mauricio Macri, pero con una figura (Cristina Fernández) que por diversas razones sostiene una importante base electoral.

Una primera conclusión preliminar: el texto que Alemán escribe desde el Estado español al comienzo de un año electoral, pretende intervenir en las luchas políticas argentinas en un escenario abierto e incierto y en un año clave. Si todo texto es político, algunos lo son más que otros. Traducido: es una exigencia al FIT para aliarse al Frente Ciudadano o las “nuevas mayorías” a las que convoca Cristina Fernández a todos y todas: desde la derecha peronista a la centroizquierda e izquierda. Como tal lo tomamos, como un fundamento intelectual de ese corto horizonte político.

No obstante las intenciones del primer polemista, el desarrollo posterior de la discusión comenzó a abarcar muchas aristas. En ese contexto, Horacio González intenta concretizar algunos puntos enunciados por Alemán, defendiendo el núcleo duro de sus argumentos y aportando otros.

En esta contribución, vamos a abordar cuatro órdenes de argumentos: 1- como pensó y problematizó el marxismo (el real y el de sus mejores exponentes, no el que inventa Alemán para luego refutar su propia caricatura con posterior respaldo de González) la expresión o “traducción” de la condición obrera estructural a la acción política en las propias elaboraciones de Marx; 2- la relación entre teoría y práctica en Lenin y el clásico Qué hacer que titula el texto de Alemán y en el que intenta apoyarse; 3- la experiencia de la clase obrera con el peronismo y la izquierda en la historia de la Argentina y 4- los mitos y realidades sobre los “horizontes emancipatorios” de nuestra época.

Marx, la ciencia y las clases

Pareciera que tanto para Alemán como para González, hay un Marx que explicó genialmente el mecanismo de explotación capitalista, pero dijo poco y nada sobre las clases y sus modos de organización social y política, su estrategia y la conformación de su consciencia. Especialmente González intenta reforzar esta interpretación en la “incompletitud” de una obra como El Capital. Es más, destaca esa “rareza” en términos de Sartre o la “brecha” de acuerdo a las proposiciones de Althusser.

Ambos postulan un Marx, ejem…, “cientificista” para poder oponerle con mayor facilidad el “arte de la conducción” peronista o la “contingencia” laclausiana.

Sin embargo, este Marx a-político pareciera existir sólo en su imaginación. Si no, qué podemos decir del Manifiesto Comunista, de la Carta al Comité Central de la Liga de los Comunistas o de folletos de clara intervención política como El 18 Brumario de Luis Bonaparte, La Lucha de clases en Francia 1848-1850 o La guerra civil en Francia. No son textos de explicación de los mecanismos objetivos del capitalismo, sino obras en las que la interpretación histórica, la política y la estrategia (al nivel de desarrollo que tenía en ese momento de la historia del movimiento obrero) se combinan para plantear una “lógica política emancipatoria” que une la condición de clase, las potencialidades revolucionarias de la naciente clase obrera y los modos posibles de articulación política de ésta con otras clases y fracciones de clases.

¿No está esbozada parcialmente en Marx la propia idea de hegemonía en el planteo de que el proletariado debía elevarse a “clase nacional” o que debía levantar un programa alternativo al de la burguesía republicana y la pequeñoburguesía democrática en las revoluciones de 1848, que Marx denominó “revolución permanente” y que Trotsky recogería medio siglo más tarde, en otras condiciones y con otras complejidades?

La conclusión general de las revoluciones europeas de 1848 sobre la necesidad de la independencia política del proletariado con respecto a la burguesía republicana y la desconfianza hacia la pequeñoburguesía democrática es, quizá, la gran lección estratégica del siglo XIX.

Transformar el marxismo (de Marx) en un discurso “científico” que no llega al mismo status en su formulación política y hacer de ello el punto de partida de una argumentación ¿no es demasiado básico?

González ratifica este primer “pifie” de Alemán, autor de un escrito sorprendentemente elemental desde el punto de vista político, con conceptos más refinados pero no por eso más precisos.

El momento del Qué hacer: ¿desde afuera o desde arriba?

Segunda cuestión: la consciencia de la clase obrera y su relación con las mediaciones políticas. Tanto en González como en Alemán, el “momento del Qué hacer” coincide con un rescate -a su manera- de la “consciencia desde afuera” que había postulado Lenin en su clásico libro.

Hay una diferencia sustancial entre el Qué hacer de Lenin y el de Alemán-González: sostener que la consciencia socialista deba introducirse “desde afuera”, que no surge de la propia práctica del movimiento obrero que tiende al tradeunionismo, no es lo mismo que defender que la “consciencia antineoliberal” (por llamarlo de un modo más acorde a los interlocutores) debe introducirse “desde arriba”, es decir, a través de un aparato político ligado directamente a las estructuras del Estado, transformado éste en un elemento favorable a las clases populares, idea contra la cual Marx ya había polemizado hace casi un siglo y medio con Lasalle. Una polémica que puede ser muy útil para pensar los límites del “antineoliberalismo” actual, bien descritos por Grüner.

Pero volviendo al Qué Hacer, debemos señalar que Lenin, siempre abierto a lo que venía desde abajo, modificó parcialmente su posición “anti espontaneísta” a partir de la experiencia de la revolución rusa de 1905, en especial, a partir del surgimiento de los soviets y los problemas de articulación que se planteaban entre estos organismos y el partido político.

El planteo de González apunta a que la clase obrera, en una interpretación unilateral del Qué hacer, sólo puede lograr una consciencia más o menos conciliadora, frente a la cual la práctica “educadora” de la izquierda es necesaria pero estratégicamente impotente. Sin embargo, la cuestión no es tan sencilla. Menos si tenemos en cuenta la propia experiencia histórica de la clase obrera argentina.

“Doble consciencia”

Antonio Gramsci, a quien con cierta audacia nos mandaron a leer a los militantes del FIT, señalaba que el “hombre activo, de masa” elabora prácticamente, pero sin una “clara consciencia teórica de su obrar, que sin embargo es un conocimiento del mundo en cuanto lo transforma”. Y agregaba: “Su consciencia teórica puede estar, históricamente, incluso en contradicción con su obrar. Casi se puede decir que tiene dos conciencias teóricas (o una consciencia contradictoria): una implícita en su obrar y que realmente lo une a todos sus colaboradores en la transformación práctica de la realidad; y otra superficialmente explícita o verbal, que ha heredado del pasado y ha aceptado sin crítica. (…). La cita puede leerse completa en la página 1385 de la edición de los Cuadernos de la Cárcel de Valentino Gerratana.

Esta “doble consciencia” tuvo una expresión peculiar en la experiencia histórica de la clase obrera de nuestro país desde la constitución del peronismo, sintetizada por Adolfo Gilly en la idea de la “anomalía argentina”: un movimiento sindical fuertemente estatizado por arriba tenía su contrapeso en el peso por abajo de la comisión interna, que retomaba las viejas experiencias de autoorganización y cuestionaba simultáneamente el poder del capital en el lugar de trabajo y el del Estado como disciplinador del movimiento sindical.

En la actualidad, la identidad peronista de la clase trabajadora es algo mucho más difuso y cuestionable (la “despolitización” a la que hace referencia González, aunque no es homogéneo en todos lados) pero un legado central del peronismo en el movimiento obrero sigue siendo el movimiento sindical estatizado, frente al cual la democracia de base continúa siendo la única alternativa posible, no ya para conquistar un consciencia socialista, sino para defender algunas demandas elementales.

Una vez más, el “momento del Qué hacer” no puede prescindir del momento del “desde abajo”.

Pero también Trotsky ha problematizado la cuestión de la consciencia de manera sencilla pero con mucha precisión: “Es seguro que ‘el ser determina la conciencia’. Pero eso no significa para nada que la consciencia dependa directa y mecánicamente de las circunstancias externas. La existencia se refracta en la consciencia según las leyes de esta última. El mismo hecho objetivo puede tener un efecto político diferente, a veces opuesto, según la situación general y los acontecimientos precedentes”. (La lucha contra el fascismo en Alemania, IPS-CEIP)

Lejos está el Frente de Izquierda de creerse “representando directamente a los explotados y eludiendo cualquier lectura política”, como sostiene livianamente Alemán. En los referentes más serios del marxismo, la problematización de esta cuestión no tiene nada que ver con el remedo que construye el autor de la nota de Página 12.

Peronismo, sindicatos y Estado

No es la primera vez que se discute: cuál es y hasta dónde puede llegar la consciencia de la clase obrera en general y de la Argentina en particular. Quién la representa más genuinamente, el peronismo o la izquierda.

Milcíades Peña, uno de los marxistas más importantes que dio la historia de nuestro país, representó en su propia trayectoria los dos extremos de esta interpretación: a fines de los ’50, desde la revista Estrategia sintetizaba bajo la fórmula “peronismo y revolución permanente” la idea de que la lucha por la legalidad del peronismo y la vuelta de Perón sólo podía ser satisfecha si la burguesía tenía “el fusil obrero en la nuca” y por ende llevaba a la revolución proletaria. A mediados de los años ’60, desde Fichas, señalaba que la clase obrera argentina era “conservadora y quietista” y que ambas características eran un “legado del bonapartismo”.

Entre ambos polos oscila la experiencia histórica real de la clase obrera argentina, como planteábamos a propósito de la “doble consciencia”.

Pero Alemán y González quieren fijar su límite preciso en el “populismo [no tan] de izquierda”, al margen de que aquella lo excede ampliamente.

A diferencia de antaño, cuando se reducía el trotskismo a la táctica del “entrismo” y cuando afirmaba con graciosa ironía que no se sabía quién ganaba más si el entrista o el entrado, González ahora reconoce un peso relativamente importante al FIT (los diputados, diputadas y La Izquierda Diario), y algunas comisiones internas o gremios “diferentes” (como el del neumático-Sutna que ahora conduce la izquierda y pertenecía a la estructura de la CTA y no del tradicional sindicalismo peronista de la mayoría de los gremios).

Pero en el mismo acto que reconoce ese avance, casi “reprocha” que el intento de conducción y desarrollo de la izquierda no se inicie por gremios como los camioneros o los metalúrgicos.

Sin embargo, esto es hasta cierto punto falso. Cuando la izquierda clasista comenzó y avanzó entre los mecánicos (más estratégicos que los metalúrgicos), por ejemplo en la autopartista Lear donde condujo la comisión interna, no fue un problema de “atraso” de la consciencia de los obreros el que bloqueó su desarrollo, sino de fuerzas físicas: un sólido frente entre la conducción del Smata, en ese momento adherente al “populismo de izquierda”, el Ministerio de Trabajo del mismo “populismo” y su Gendarmería comandada por un “populista de derecha” como Sergio Berni (como vemos el “populismo” es muy elástico), declararon una guerra a la comisión interna que comenzaba a generar influencia en las grandes automotrices. Por esos enfrentamientos, alguna vez el propio González afirmó que en los piquetes de la Panamericana se escuchaba la más maravillosa música.

El “populismo de izquierda” en su versión criolla sostuvo a una burocracia sindical (¡Pedraza!) que tuteló la consciencia de gran parte de la clase trabajadora, no con las herramientas del consenso y la persuasión, sino con las crudas armas del totalitarismo sindical y los métodos policiacos y de patota avalados por el Ministerio de Trabajo.

No es una queja, porque estos son, como dice, los gajes del oficio, pero hay que reconocer que la consciencia de la clase trabajadora está moldeada -entre otras cuestiones- por estas condiciones y no por la libre discusión democrática en la cual los trabajadores “optan” por sus dirigentes “populistas”. Aunque hasta ese título le quede “grande” a muchos dirigentes sindicales que acomodan los principios a la magnitud de las prebendas.

La lucha por la consciencia se choca con la combinación del despotismo de fábrica y el totalitarismo sindical apoyado por las dádivas del Estado. Los intelectuales deberían ser “conscientes” de esta realidad, incluso hasta cuando escriben sobre populismo, izquierda y clase obrera.

Estos son solo unos ejemplos de un trabajo profundo que la izquierda (en particular el PTS) viene realizando hace años en el movimiento obrero y que hoy cobra un poco más de notoriedad, mientras los restos de “populismo de izquierda” se debaten entre la impotencia ante la “nueva derecha” y -parafraseando a Borges-, las sórdidas crónicas policiales que envuelven a muchos de sus exponentes.

Horizontes posmodernos

Eduardo Grüner interroga a Alemán por el famoso “duelo” que presuntamente la izquierda no se atreve a asumir.

“¿El duelo? Aparte de que no se ve bien a qué viene el tecnicismo divanesco, cabe preguntarse quién se nos murió, o qué objeto de deseo perdimos irrecuperablemente que nos haya sumido en su melancólica sombra”, dice un poco irónicamente Grüner.

En su “defensa”, González explica que el “duelo, tal como lo propone Alemán, sería seguir la ruta histórica de las dificultades por la cual el hacer siempre registra intervalos difíciles de definir o conceptualizar entre el capitalismo como concepto múltiple (económico, político, cultural, comunicacional), y el sujeto activo, sea cual sea su condición laboral”.

Pero en una conversación con el líder de Podemos, Pablo Iglesias, Jorge Alemán definió sin muchas vueltas el famoso “duelo” de un modo que posiblemente pueda ser útil para este debate: “La izquierda clásica sigue diciendo: ‘bueno, no superaron el modelo extractivista, no tocaron las estructuras profundas del capital… ‘. Pero ¿a cuántos tendríamos que haber matado y cuántos de nosotros tendríamos que haber vuelto a morir? Esto es lo que no añaden nunca en el análisis. Claro, por supuesto, si ha sido tan fácil de desmontar (se refiere al legado kirchnerista NdR), es verdad que no se produjo la revolución, porque, entre otras cosas, vivimos en el tiempo histórico del duelo de esa palabra”. (el destacado es nuestro NdR)

Si no se pudo avanzar más en las experiencias “populistas” que estuvieron al frente de los gobiernos de casi todo un continente entero es porque no sólo ha muerto Dios, también murió la revolución. Interesante paradoja, la ausencia de un horizonte de revolución serviría para justificar tanto la inevitabilidad del “populismo” como sus inconsecuencias, no con un programa revolucionario que nunca sostuvo y nadie le exige que sostenga, sino con su propio programa de “reformas”.

Soberana “astucia de la razón”...

En un intervención reciente, el prestigioso intelectual cubano Fernando Martínez Heredia señalaba que la mayoría de los jóvenes en Cuba no se sienten identificados con el socialismo. Lo mismo sucede en la Argentina, donde las identidades políticas de masas están dictadas desde hace décadas (con neoliberalismo y posneoliberalismo) por razones pragmáticas: consumo, “voto castigo”, “mal menor”.

Pero ¿por qué ser tan exigentes con los hombres y las mujeres de a pie, a quienes se presenta como meros “efectos de neoliberalismo” mientras se dice poco y nada del carácter ultraconservador que están jugando intendentes, gobernadores, diputados, senadores y sindicalistas del peronismo?; quienes ante la derecha en el poder se han transformado en lo que el inefable Jorge Asís definió con ingenio como “dadores voluntarios de gobernabilidad”.

Es por lo menos llamativo el balance, porque durante los últimos años en la Argentina y en América Latina, se han sobreproducido relatos y múltiples cartas abiertas en las que se aseguraba que las experiencias “populistas” eran lo opuesto absolutamente a la lógica neoliberal. Cuando desde la izquierda se mostraban todos los límites, la respuesta era que adjudicábamos las “concesiones” al imperio de las circunstancias (condicionamientos impuestos por la crisis del 2001, “viento de cola”, etc.) lo que en realidad era resultado de la capacidad y voluntad de transformación progresista de los gobiernos posneoliberales, en especial del kirchnerismo.

Pero cuando se desmoronan, como se dice, sin pena ni gloria, resulta que el neoliberalismo es todopoderoso y todo lo domina y a lo sumo habilita muy de vez en cuando algunos brotes de tímido “populismo”, porque, lógicamente la revolución ha muerto. Y en una curiosa operación cercana o que le concede a los críticos o historiadores de derecha, se identifica a la revolución con muchas muertes.

Hiperoptimistas de la voluntad en el período anterior, son super pesimistas de la inteligencia en la actualidad (un gramscismo un poco “bipolar”).

Finalmente, la culpa la tienen el neoliberalismo, el pueblo que es mero reflejo subjetivo de esa estructura y, como siempre, para no perder la costumbre, un poquito la izquierda. ¿No será mucho?

***

PD: Dejaremos para otro momento la cuestión de los gramscianos argentinos, mencionada por Horacio González, que hemos abordado en otros textos (ver por ejemplo acá y acá).






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