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Una reflexión sobre el poder, el Estado y la revolución

Algunos pensamientos sobre el problema del poder estatal a partir del declive de los Gobiernos “populares” latinoamericanos y de la relectura de la idea de revolución en la “Historia de la Revolución Rusa” de Trotsky.

Miércoles 3 de mayo | Edición del día

El gran y decisivo problema de la Revolución Rusa fue el problema del poder estatal, el problema de qué clase debería controlar el Estado y que forma asumiría ese Estado.[i]

A fines del siglo XX se dieron varios procesos de masas que salieron a enfrentar el modelo neoliberal en distintos países de Latinoamérica y dieron lugar a gobiernos autodenominados “populares”, que desviaron dichos levantamientos dándoles un cauce institucional a las transformaciones políticas, sociales y económicas que se reclamaban en las calles.

Gobiernos como el de Chávez en Venezuela, el de Lula en Brasil, Evo Morales en Bolivia o el Kirchnerismo en la Argentina son expresiones de de dicho relato, que sostiene la idea de que los cambios solo pueden realizarse desde la gestión del Estado capitalista, por Gobiernos que se presentan como “amigos del pueblo”.

De ahí se desprende la concepción del Estado capitalista como “cáscara vacía”, que lo considera un instrumento, una estructura técnica neutra que puede ser utilizada igualmente por sectores sociales opuestos con fines opuestos, ya sea a favor de las clases dominantes o a favor de las mayorías populares, restándole importancia al carácter de clase del mismo.

¿El Estado que empodera o el poder del Estado?

Según esta visión, las masas deberían delegar sus reclamos al Estado (o luchar porque éste sea ocupado por los “aliados del pueblo”) que mediante una relación fluida con los movimientos sociales, empodere a la población garantizándoles derechos arrebatados y limitando los intereses de los enemigos del pueblo.

Con esa promesa de empoderamiento, muchos movimientos sociales fueron cooptados por el Estado a partir de medidas extraordinarias, planes sociales, etc.
Sin embargo ninguna de dichas medidas fueron a fondo en tocar los intereses de “los poderosos”, sino por el contrario garantizaron cierto orden para que se sigan favoreciendo y el poder real no vuelva a ser cuestionado.

Estos Gobiernos emergieron luego del fin del ciclo de crisis económica y levantamientos populares, y cursaron el desarrollo de un ciclo de crecimiento económico y altos precios de las materias primas que exporta América Latina, lo que permitió que, simultáneamente, los empresarios hicieran enormes negocios y también se aplicaran medidas que apenas alcanzaron para permitir sacar de la miseria extrema a sectores de los pobres urbanos, combinado con la cooptación de muchas de sus organizaciones a partir de la administración de la ayuda social proveniente del Estado. Aunque estos Gobiernos fueron mucho más generosos con los capitalistas “nacionales” que en las concesiones a los sectores populares, sin embargo eran la expresión de una relación de fuerzas donde los trabajadores y sectores populares de Latinoamérica se venían recomponiendo y avanzando desde las derrotas de la década de 1990. Actualmente y ante las crisis producto de la recesión mundial, la burguesía imperialista necesita patear el tablero y avanzar hacia una nueva relación de fuerzas, más favorable a sus intereses, para lo cual no le sirve en este momento seguir “tolerando” Gobiernos de tipo “populista”.

Y ante dicho avance de la derecha en el continente, estos Gobiernos tuvieron dos opciones: radicalizarse y avanzar en la confrontación, realmente empoderando a los trabajadores, organizándolos y en perspectiva expropiar a la burguesía; o retroceder sin combate, abrirle el paso y dejando el escenario para ubicarse como una “oposición” responsable y totalmente dentro de las reglas del régimen democrático-burgués. El primer caso solo ocurrió una sola vez en la historia de nuestro continente: la revolución cubana de 1959, mediante una combinación de factores excepcionales. El segundo caso es la norma y ocurrió decenas de veces: en los últimos tiempos, por ejemplo, con los golpes institucionales en Honduras, Paraguay y últimamente Brasil, y con el triunfo electoral del macrismo en Argentina.

Al mismo tiempo, en la debacle de estos Gobiernos “populares” se da el caso del chavismo en Venezuela, que ante su crisis y el avance de a oposición escuálida aplica una política de devaluación, despidos, represión y ajuste y medidas antidemocráticas, lejos de empoderar a los sectores populares, esto lleva a una encerrona que fortalece a las clases dominantes y a la derecha.

Y así, el discurso del empoderamiento por parte del Estado muestra su verdadero significado, que es el de la miseria de pelear solo por “lo posible”, por apenas tratar de revertir la herencia más extrema del neoliberalismo siempre y cuando no implique un enfrentamiento serio con la burguesía y el imperialismo, perpetuando la idea de que es imposible vencer a las clases dominantes y que solo se puede resistir en unidad y detrás de quienes, con dicho discurso, encubren las entregas al mercado mundial.

Sin embargo, fue Trotsky quien planteo que en países atrasados como Rusia en su momento, o los de Latinoamérica en la actualidad, se combina la debilidad de las burguesías nacionales que están íntimamente ligadas al capital imperialista y la fortaleza del movimiento obrero, que es la única clase social verdaderamente “nacional”. Así, la clave para resolver las demandas de las masas y defender las conquistas y llevarlas hasta el final, es avanzar de manera independiente de las clases dominantes hacia un Gobierno obrero, es decir preparar la revolución.

Sin embargo, los Gobiernos llamados “populares” se cuidaron muy bien de tomar ese camino, por las limitaciones propias de su carácter de clase y de su estrategia: pensemos, para resumir en dos casos, en el chavismo en Venezuela (basado en las fuerzas armadas y la burguesía “bolivariana”), o en el kirchnerismo en Argentina (basado en una alianza de un sector “progresista” del podrido PJ, en alianza con burócratas sindicales, derechistas de todo tipo y capitalistas amigos).

Tomar el poder del Estado para destruirlo

En 1917, la Revolución de Febrero en Rusia tuvo la contradicción de haber sido protagonizada por las masas de trabajadores y campesinos, dirigidos por los obreros educados en el partido bolchevique de Lenin, pero que al derrocar al zarismo, le entregó el poder estatal a los partidos políticos de la burguesía liberal que demostró ser incapaz de cumplir con las demandas del pueblo en las calles.

Fue en el mes de abril, con la llegada Lenin que la política del partido bolchevique tomo un giro planteando la necesidad que de que el poder pase a las organizaciones de autodeterminación del pueblo trabajador: los soviets. Con esto radicalizaba a las masas, para preparar su triunfo independientemente de sus enemigos.

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Unos meses antes de dicho triunfo, Lenin planteaba que “El proletariado necesita el Poder del Estado, organización centralizada de la fuerza, organización de la violencia, tanto para aplastar la resistencia de los explotadores como para dirigir a la enorme masa de la población, a los campesinos, a la pequeña burguesía, a los semiproletarios, en la obra de "poner en marcha" la economía socialista. Educando al Partido obrero, el marxismo educa a la vanguardia del proletariado, vanguardia capaz de tomar el Poder y de conducir a todo el pueblo al socialismo, de dirigir y organizar el nuevo régimen, de ser el maestro, el dirigente, el jefe de todos los trabajadores y explotados en la obra de construir su propia vida social sin burguesía y contra la burguesía”. [ii]

Y así fue como se preparó la insurrección hasta Octubre cuando los obreros organizados en el partido bolchevique y acaudillando a la gran masa campesina, se hizo del poder del Estado para desde allí empezar a hacer concretos los cambios radicales necesarios para resolver las carestías de las masas. Demostrando que el Estado, lejos de ser una “cáscara vacía”, concentra todo el poder de los capitalistas y por eso es necesario destruirlo y levantar un Estado transitorio, dominado por los trabajadores, que avance en las tareas socialistas en las fronteras nacionales, para continuar internacionalmente y culminar en el mundo entero con la explotación capitalista.

NOTAS

[i] Louis C. Fraina :La lucha por el poder del Estado en 1917: escritos en la revolución/ León Trotsky . CEIP León Trotsky, 2007. (pag. 59)
[ii] El Estado y La Revolución en Lenin, Obras selectas. (Tomo 2) Ediciones IPS, 2013.- (pág. 140 y 141)








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