Sociedad

OPINIÓN

Un sismo que obliga a mirar al ´85

La magnitud de este sismo, superior al de 1985, lo convierte en el más fuerte en 100 años. Van ahora 75 réplicas, y según anuncia la Presidencia, se espera una muy fuerte que llegaría a los 7° en menos de 24 horas.

Viernes 8 de septiembre | 12:22

Entre las muertes que han ocurrido, destaca -por absurda-, la del niño internado en un hospital en Tabasco que dejó de recibir oxígeno al irse la energía eléctrica que alimentaba la máquina que lo mantenía con vida.

¿Cómo es que no hubo una planta eléctrica de repuesto como se acostumbra en los hospitales? Esta muerte pudo haberse evitado. Seguramente los hospitales para la gente con cuenta con cuantiosos recursos económicos, no enfrentan esta situación.

Por la televisión, las autoridades informan que van a demorar en dar información sobre el estado de las comunidades más alejadas de las ciudades y cercanas al epicentro del temblor. Y que, si existieran situaciones riesgosas en esos lugares y necesidad de auxilio, la ayuda tardaría mucho en llegar con los temores que esto implica.

Esto es el capitalismo; donde la desigualdad que existe entre las clases sociales se expresa de esta cruda manera. No solamente se muestra en los accidentes o muertes laborales, o en las muertes por desnutrición infantil en las regiones indígenas, o con los accidentes en el sistema de transporte privado (peseras). No. Es también en estos siniestros donde se evidencia la crudeza de un sistema que no tiene como prioridad la seguridad de la clase trabajadora y la población pobre. Tal como estamos viendo en estos días con las inundaciones en amplias zonas de la Ciudad de México, debido al volumen de las lluvias.

La muestra más triste de esta desigualdad y de sus consecuencias, fueron los sismos de 1985, cuando el gobierno de Miguel de la Madrid -el de la crisis de 1982 que provocó una devaluación de 3,100%- se paralizó el medio de la tragedia que se abatió sobre la población. Mientras la ciudad mostraba una parte de su piel en ruinas, en la residencia oficial de Los Pinos reinaba la más absoluta calma. Una calma insultante por indolente. Así, el hombre gris se tornaba más gris todavía.

Edificios totalmente destruidos; viejas vecindades convertidas en escombros en menos de dos minutos; talleres de costura que resultaron una pesada tumba de concreto para las pobres trabajadoras que no tuvieron oportunidad de ponerse a salvo; decenas de enfermeras sepultadas bajo los muros y techos del Hospital Juárez.

Mientras, de manera infame, unos empresarios de fábricas de tela y talleres de costura -en la calle de San Pablo, junto al Hospital Juárez- mandaban a sus trabajadores a sacar de entre los escombros (con el riesgo de que los edificios se vinieran abajo a la primer réplica), las telas que los talleres colapsados sepultaron.

Sí. Fue la clase trabajadora la que centralmente sufrió las consecuencias de estos desastres naturales. Pero no por ello deben aceptarse como naturales estas tragedias. Allí afloró la corrupción gubernamental que permitió a las constructoras la edificación con materiales de bajísima calidad.

La insensibilidad capitalista y la organización obrera y popular

Ante la falta de reacción de un gobierno y de las instituciones del Estado -paradójicamente llamado “Benefactor”, fue la población la que, sin más herramientas que sus manos, empezó a buscar sobrevivientes entre los escombros de la derruida ciudad.

Algunos militantes trotskistas (supongo que los hubo de otras corrientes) salimos a la calle por iniciativa propia –la dirección del partido en que entonces militaba no tuvo reflejos- a colaborar en los rescates. Rescates que, la mayor de las veces fue de cadáveres, en medio del característico olor de esos días que nunca antes habíamos conocido: el olor a muerte. Algo que ni los pañuelos, ni los cubrebocas y la ropa recién lavados, podían eliminar.

Parecía como si en una asamblea sindical se hubiera acordado la organización del rescate, pues los improvisados rescatistas actuaban cada uno cumpliendo un rol específico, incluso haciéndolo por grupos.

Y entonces, la población tomó en sus manos el rescate urbano haciendo balance por las noches de las actividades realizadas, y de los lugares en donde probablemente habría sobrevivientes.

Surgieron los comedores populares; eran las "doñas" que sacaron mesas cubriéndolas de cazuelas de comida para los rescatistas y todo aquel que fuera parte de ese lamentable escenario.

Después el gobierno, reaccionando por derecha, mandó al ejército a controlar la situación, dispersando de esa manera las formas organización independiente surgidas al calor de la solidaridad. Tenían el antecedente de 1968, cuando desbarataron la organización democrática que fue el Consejo Nacional de Huelga.

Si los sindicatos -controlados férreamente por el charrismo- se hubieran puesto al frente y organizado de manera independiente y democrática las tareas de rescate y las acciones que se derivaran de éste, hubieran apuntado a lo que los marxistas llamamos una forma pre soviética.

Y con esto, organizar la distribución de alimentos (que implicaba expropiar a los grandes almacenes); la distribución de los medicamentos y la asistencia médica acompañando el control que hubieran ejercido los trabajadores de la salud que sufrieron cuantiosas pérdidas de compañeros y compañeras; organizar el acopio de víveres y ropa que demandaba la situación, porque el gobierno no hizo esa distribución.

Pero surgieron las organizaciones u uniones de vecinos y damnificados que de manera burocrática desalentaron la iniciativa de esas masas, y empezaron a pactar con el gobierno planes de reconstrucción de viviendas, despolitizando la iniciativa y el descontento vecinal.

Varios de los dirigentes de “izquierda” de esas organizaciones fueron cooptados por el gobierno y después por el naciente PRD. A cambio les otorgaron puestos de “elección popular”; varios de ellos lucraron con la gestión e hicieron de ella un modus vivendi.

A 100 años de la Revolución de Octubre y del gobierno de los Soviets, sigue planteada la necesidad de la organización independiente y democrática del campo y la ciudad para ejercer la conducción de nuestros propios destinos, y para enfrentar a los gobiernos de los capitalistas que no pueden siquiera garantizar condiciones dignas y seguras de vida para la población.






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