Cultura

ESPACIO ABIERTO

Un recorrido por “Casa tomada”

Un análisis sobre el cuento “Casa tomada” de Julio Cortázar se cruza con la reflexión sobra la realidad, la historia, y la necesidad del arte.

Jueves 29 de enero de 2015 | Edición del día

“Nos gustaba la casa porque aparte de espaciosa y antigua (hoy que las casas antiguas sucumben a la más ventajosa liquidación de sus materiales) guardaba los recuerdos de nuestros bisabuelos, el abuelo paterno, nuestros padres y toda la infancia”.

Así describe Cortázar ese universo que, según él declaró en una entrevista, fue parte de un sueño, y del que surgieron multiplicidad de explicaciones, desde la metáfora del peronismo, hasta la imagen del paraíso con Adán y Eva.

El mismo escritor es quien manifiesta que si bien se trató de un sueño, no descarta la posibilidad de que esos hechos sean la respuesta inconsciente a algún fantasma que lo atormentaba.

Como explica Jung: “Si habla de sol, identifica con él al león, al rey, al tesoro de oro custodiado por el dragón y a la fuerza vital o “salud” del hombre… Nunca debe hacerse uno la ilusión de que un arquetipo puede finalmente ser explicado y, por consiguiente, liquidado”.

A partir de aquí, lo maravilloso del arte es que puede aparecer como reflejo de una realidad vivida y que permite reflexionar sobre esa realidad e intentar cambiarla; “el arte es necesario para que el hombre pueda conocer y cambiar el mundo”, afirma Ernst Fischer.

De vuelta en el relato, nos sumergimos en el conflicto de dos hermanos que comparten una casa y que, poco a poco, sienten que son desalojados. Pero ¿quién los desaloja?

“…escuché algo en el comedor o la biblioteca –describe Cortázar -. El sonido venía impreciso y sordo… Me tiré contra la puerta antes de que fuera demasiado tarde, la cerré de golpe apoyando el cuerpo; felizmente la llave estaba puesta de nuestro lado y además corrí el gran cerrojo para más seguridad”.

La narración está enmarcada en un clima de opresión pero lo llamativo es que los habitantes de la casa no se rebelan contra ese malestar y se dejan llevar por la inercia de tener que ir cerrando puerta tras puerta hasta ser desalojados.

Los personajes matan el tiempo, su vida consiste en llenar huecos para que el tiempo pase; ella teje, él ordena la colección de estampillas, ambos sucumben al ritual, hasta que él pronuncia la frase fatídica: “…poco a poco empezábamos a no pensar. Se puede vivir sin pensar”.

Podemos creer que este no pensar nos ocurre a muchos de nosotros cuando estamos frente al televisor, en una actitud totalmente pasiva, donde no atinamos a reflexionar ni a preguntarnos por lo que nos rodea y dejamos de lado toda actitud crítica; pasamos el tiempo así alienados en torno a la pantalla.

Los personajes del relato están en silencio, son como una pareja, cada uno es “el otro él mismo”. “El arquetipo de la sombra – según Jung – simboliza nuestra otra parte, nuestro hermano tenebroso del que no nos podemos separar. Integra una parte del individuo, una especie de desdoblamiento de su ser, que se halla unida a él como su ‘sombra’”. Magnifican entonces los sonidos de las agujas de tejer o el girar del papel en el álbum de estampillas, el crujir de los pasos o la simple respiración al dormir.
Cada uno es consciente del otro en todo momento: las voces de ella al soñar provocan que él se desvele; ella sabe cuando él no puede dormir porque oye caer el cobertor. No hay intimidad para estos seres.
En este nivel también la televisión participa a través de los reality show y la presencia de un Gran Hermano, un ojo que lo observa todo y que también lo sabe todo.

El cuento relata que los hermanos son expulsados de la casa en condiciones que no son claras, tiran la llave por la alcantarilla para evitar el riesgo de que “cualquiera intente entrar con la casa tomada”.

Cortázar presenta unos seres opuestos a lo que él pensaba del tipo de lector que le interesaba, un lector que se cuestiona, que indaga, como dice Fisher: “un individuo que se rebela contra el hecho de tener que consumirse dentro de los límites de su propia vida, dentro de los límites transitorios y casuales de su propia personalidad. Quiere referirse a algo superior al “yo”, algo situado fuera de él pero, al mismo tiempo, esencial para él”.

El arte proporciona esta capacidad de ir más allá de las cosas que tenemos a simple vista, de la pantalla del televisor que nos adormece; “con el arte buscamos unir el ‘yo’, limitado, a una existencia comunitaria; convertimos en social nuestra individualidad”, concluye Fisher.







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