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UN MES DE LA ERA TRUMP

Un primer mes caótico para Donald Trump

Las órdenes y contraórdenes en el plano interno, el rumbo errático en la política exterior y las tempranas bajas en un gabinete, marcaron un inicio caótico de la presidencia de Trump.

Martes 21 de febrero | Edición del día

DOSSIER Un mes de la era Trump

El inicio de la presidencia de Trump ha sido caótico. Las órdenes y contraórdenes en el plano interno, el rumbo errático en la política exterior y las tempranas bajas en un gabinete aún en construcción contradicen la visión del presidente de que su gobierno es lo más parecido a una “máquina perfectamente ajustada”.

Parafraseando a un expresidente argentino, con Trump la Casa Blanca no está en orden. Más bien es el escenario de una pulseada dentro de la clase dominante y el aparato estatal norteamericano, de dimensiones y resultados aún desconocidos.

Es cierto que un mes es muy poco tiempo para definir con precisión el curso de un mandato que, en teoría, debería durar al menos cuatro años. Pero si fuera verdad eso de que “para muestra basta un botón”, estas cuatro semanas de la “era Trump” ya han dado varios indicios de lo que se puede esperar.

La hiperactividad presidencial de las primeras semanas dio paso a una sensación de fiasco que se fue instalando con el correr de los días. Parece no haber dudas de que, al menos por ahora, Trump es un presidente que sobreactúa como un francotirador, pero al que en verdad los otros poderes fácticos –estatales y corporativos- lo ponen en caja y lo obligan a retroceder cuando perciben que sus excesos pueden afectar sus intereses. Algo similar ocurre en la política exterior. Lo que va carcomiendo la autoridad que intenta construir.
Dicho con categorías políticas, es un gobierno bonapartista débil, como son en general los gobiernos que emergen producto de una polarización social y política sin precedentes y que no tienen la fuerza suficiente para construir un nuevo consenso interno.

De los intentos fallidos de Trump hay dos que sobresalen.

Uno, el rechazo de la Corte de la orden ejecutiva que prohibía el ingreso de ciudadanos de siete países de mayoría musulmana, que actuó en alianza con las grandes empresas tecnológicas de Silicon Valley y los medios corporativos liberales, que por el momento son la dirección política e ideológica del “frente anti Trump” hasta tanto se recupere el partido demócrata de la crisis que le provocó la derrota de Hillary Clinton.

El otro, la pérdida obligada de su asesor de seguridad nacional, Michael Flynn, que expresaba más directamente la política de acercamiento a Rusia que con gestos y tuits políticamente incorrectos viene planteando el presidente desde que era candidato. A esta baja se agrega el retiro voluntario de Andrew Puzder, el CEO de una cadena de restaurantes fast food que iba a ser el secretario de Trabajo. Por izquierda la casi certeza de que iba a desatar protestas con altas posibilidades de éxito de la campaña del salario mínimo de 15 dólares la hora, y por derecha su posición ambigua sobre la inmigración que ponía en duda su aprobación en el senado (justamente su rubro es uno de los que más explota mano de obra inmigrante) terminaron de convencer a este empresario que lo mejor era rechazar el convite.

El “affaire Flynn” es sin dudas el golpe más duro que ha recibido, hasta el momento, la administración republicana sui generis de Donald Trump. En esta crisis se ha visto involucrado el llamado “estado profundo” –ese aglomerado oscuro de agencias federales, espías y militares- cuyas rivalidades ya han llevado a diversos escándalos. A la vez ha puesto de manifiesto una fractura profunda en torno a la política exterior norteamericana.

Es un secreto a voces que como director de inteligencia militar bajo el gobierno de Obama, Michael Flynn boicoteó la política oficial norteamericana en Siria de “armar a los rebeldes” para derrocar al régimen de Assad, ejecutada por la CIA en acuerdo con Turquía, Qatar y Arabia Saudita. La línea de un sector del Pentágono, donde se ubicaba Flynn, era hacer un acuerdo con Rusia y poner el eje en la “guerra contra el Estado Islámico” para lo cual compartió de manera indirecta inteligencia militar con el régimen sirio.
No es de extrañar entonces las filtraciones a la prensa, en particular al diario Washington Post, de las conversaciones entre Flynn y el embajador ruso en Estados Unidos en las que el aún futuro consejero de seguridad nacional discute cómo disminuir el impacto de las sanciones contra Rusia que acababa de imponer Obama.

Otra hipótesis de conflicto interno surge de la economía. Las grandes corporaciones, que apostaron por Hillary, vienen respondiendo al gobierno Trump con la posición nada original de aprovechar todo lo que los beneficia –el recorte de impuestos, las desregulaciones laborales, financieras y ambientales, las prácticas antisindicales- y oponerse a lo que va en contra de sus intereses. En esto reside la ciclotimia que caracteriza a Wall Street que por ahora está en alza.

Sin embargo, sería equivocado asumir que los dueños del gran capital norteamericano tienen una posición homogénea.
La banca se garantizó la continuidad en el Tesoro a través de CEOs de Goldman Sachs. Las petroleras y mineras (y más en general sectores ligados a las energías tradicionales) también están más cercanas al gobierno, con Rex Tillerson, exceo de ExxonMobil como secretario de Estado.

Las automotrices han adoptado una posición más cauta que se basa en la consideración de que por ahora el “proteccionismo” de Trump es negociable y que a cambio de concesiones menores, como mantener algunos cientos de puestos de trabajo, podrían obtener importantes beneficios.
La oposición burguesa más decidida contra Trump parece estar concentrada en Silicon Valley. Estas empresas pueden beneficiarse en el corto plazo pero estratégicamente están en un curso de colisión con la administración trumpista, ya que son las principales beneficiarias de la deslocalización de la producción hacia China y otras zonas de mano de obra barata y también del sistema de visas laborales que les permite emplear personal muy calificado a bajo costo.

El presidente se ha encargado de dejar en claro que el status quo se terminó y que de ahora en más el mundo se las tendrá que ver con un Estados Unidos más proteccionista. En el marco de la incertidumbre generalizada, lo que se puede esperar es una política comercial más agresiva. Esto implica, por ejemplo, reemplazar los tratados comerciales con bloques o regiones por relaciones bilaterales que permitan, a cara de perro, obtener ventajas cualitativas para el capital norteamericano (“America First”) que las que surgen de “liderar” el orden (neo)liberal. Esto pone objetivamente en la primera línea de fuego a China pero también a aliados y socios como Japón, Alemania y México.

Pero más allá de este componente mercantil de la política exterior, es evidente que el presidente no tiene una “gran estrategia”. Sus declaraciones amigables hacia Rusia y el presidente Putin señalan un giro significativo de la política de hostilidad que sostuvieron las administraciones republicanas y demócratas en las últimas décadas. Sin embargo aún no está claro el significado concreto. Algunos analistas especulan con que este guiño a Rusia es de corto plazo y obedece fundamentalmente a tratar de resolver la situación en Siria y, a la vez, romper la alianza de Rusia con Irán. Otros sin embargo, señalan que es un cambio estratégico y que tiene que ver con invertir la relación establecida por Nixon a principios de la década de 1970 –aliarse a China contra Rusia- y separar a Rusia del bloque en el que objetivamente converge con China.
Como sea, el incidente con Flynn muestra la gran resistencia interna que encontrará si esta es su política.

A pesar de su unilateralismo verbal grosero (por ejemplo considerar “obsoleta” a la OTAN) en principio parece tener como estrategia no retirarse de los acuerdos y sistemas de alianzas de Estados Unidos, aunque sí renegociar una redistribución de las cargas de financiamiento y compromiso, que por ahora recaen fundamentalmente en Estados Unidos.
El método de amenazar y luego retroceder sin nada a cambio, que Trump ensayó con China, no parece ser idóneo para revertir la declinante hegemonía norteamericana. Esta política tácticamente explosiva pero sin un contenido estratégico claro está aumentando las tensiones y la inestabilidad a nivel internacional y puede llevar a conflictos de comerciales e incluso militares de gran magnitud.

El de Trump es sin dudas un gobierno burgués y antiobrero. Pero tiene debilidades de origen para asentarse como una “salida cesarista”. Incluso no se puede descartar que si va más lejos de lo que le conviene al gran capital norteamericano termine volteándolo. Aunque esta hipótesis aún es prematura, no debería llamar la atención que desde el día 1 de la presidencia haya sectores republicanos, como el que encabezan los hermanos Koch, trabajando para condicionar lo más posible a Trump y construir un liderazgo alternativo. Y que en los medios liberales circule la idea del “impeachment” como salida de emergencia.

Lo más interesante para quienes militamos conscientemente por poner fin al sistema capitalista es que estas divisiones de los de arriba alienten la emergencia de los de abajo. Los trabajadores tienen sus aliados en las mujeres que llenaron Washington y las principales ciudades el 21 de enero, los millones de jóvenes que votaron por izquierda a Sanders, los que se han movilizado para contra las políticas antiinmigrantes de Trump y en los explotados y oprimidos de todo el mundo, como los trabajadores mexicanos que sufren la ofensiva imperialista. Como hizo históricamente el partido demócrata ya está intentando capitalizar el descontento. A esto hay que oponerle una salida obrera, antiimperialista y anticapitalista.

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