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Un mundo desigual… y combinado

Un comentario al libro “¿Dónde queda el Primer Mundo? El nuevo mapa del desarrollo y el bienestar” (Aguilar, 2016) de las periodistas Hinde Pomeraniec y Raquel San Martín.

Fernando Rosso

@RossoFer

Jueves 1ro de diciembre | Edición del día

Es un libro raro, o no tanto.

Abarcar un mundo infinito e ilimitado y sus contradicciones esenciales no es tarea sencilla y el abordaje que Hinde Pomeraniec y Raquel San Martín hacen en ¿Dónde queda el Primer Mundo? El nuevo mapa del desarrollo y el bienestar, es muy efectivo en captar las tensiones medulares que marcan esta época rara, o no tanto.

El libro fue publicado poco antes del triunfo de Donald Trump en las elecciones estadounidenses (y de la muerte de Fidel Castro), y sin embargo describe varias de las tendencias que llevaron a su violenta emergencia. Trump es lo más raro del mundo y a la vez lo más natural si se analizan las causas que produjeron el fenómeno aberrante que tiene en vilo al planeta entero.

Es un libro periodístico, pero con un universo de lecturas de informes estadísticos (cuali y cuantitativos), datos duros, entrevistas e investigaciones que podrían alimentar el más completo paper académico, género al que por suerte no pertenece. Utiliza las herramientas de la crónica y hasta del ensayo, que no pocas veces permiten llenar de cuerpo y alma al frío dato positivo.

Con esa compleja y multidimensional mirada recorren los debates sobre cómo se mide el bienestar, las limitaciones de esa abstracción llamada PBI, donde la medición sobre la realidad de Nigeria -por ejemplo- dice poco y nada porque “puede ser uno de los países que los inversores internacionales miran con más interés, con un pronóstico de crecimiento económico del 5,5 % para 2017, según el Banco Mundial, pero con la mitad de su población que vive en la pobrera” (pág. 38).

Grafican los llamados milagros nórdicos, esos países donde el Estado de tan presente puede sentirse también como opresivo, ya que “la insatisfacción también es un derecho humano” (pág. 57). Paraísos que a la vez producen hombres como Anders Breivik, el noruego autor de uno de los atentados terroristas más salvajes del país que llegó a declarar: “Soy un comandante militar del movimiento de resistencia anticomunista noruego y jefe de justicia de la Orden de los Caballeros Templarios” (pág. 58). Esos enigmáticos territorios donde “disfrutar a pleno de una ciudad nórdica solo se puede poco tiempo, unos tres meses, lo que dura la luz. Luego llega la noche invernal y todo baja más de un cambio. El alcohol se transforma en una pesadilla de uñas largas” (pág. 63). Quizá se encuentren aquí algunas de las claves de porqué estos países son un terreno fértil para la irrupción de lo mejor que ha dado la novela negra en los últimos tiempos. Paraísos donde se siembra una abultada cosecha roja.

Visitan el gigante Chino y registran que “las protestas ciudadanas se duplicaron entre 2006 y 2010, con una multiplicidad de detonantes: corrupción gubernamental, expropiaciones de tierras, degradación medioambiental, pero sobre todo condiciones de trabajo y salarios. Según Foreign Policy, algunas de las huelgas más resonantes de los últimos años sucedieron con los trabajadores de Honda en Nanhai, quienes en 2010 reclamaban mejores salarios; con trabajadores textiles de Zengcheng, la llamada ‘capital del jean’, en 2011, y con los 30.000 trabajadores de Yue Yuen, una de las más importantes productoras de zapatillas de distintas marcas en Dongguan, en abril de 2014” (pág. 78). El sueño chino que ha tocado su techo y que sin ajustes estructurales puede perder el auge de su crecimiento económico, una realidad que empuja hacia una política internacional agresiva (que pone en debate su carácter como potencia), tanto hacia América Latina como África “donde la inversión china supera la del Banco Mundial y se ha convertido en uno de los principales motores para la atrasadisima y desigual modernización de la infraestructura de países” (pág. 81).

La catástrofe social de los refugiados que hace temblar a Europa tiene un capítulo especial: el pacto que la UE hizo con Turquía para que se convierta en un depósito de inmigrantes y una malla de contención para que los que huyen de sus tierras no lleguen a los países centrales, “servicio” por el cual recibe 6.000 millones de euros anuales; la sentencia que derrumba cualquier sentido común y que afirma que la inmensa mayoría son refugiados económicos y no refugiados de guerra; o la poquísima evidencia que existe “de que la llegada de inmigrantes reduce las posibilidades laborales y conduce al desempleo estructural o precariza las condiciones de trabajo” (pág. 110).

También recorren Australia, ese argentinian dream que no pudo ser, según la mirada simplista de no pocos economistas y comunicadores que no tienen en cuenta muchos factores, entre ellos, su ubicación estratégica. La nación “que desarrolló el marcapasos, el ultrasonido, la vacuna contra el cáncer cervical, la tecnología de los Google Maps y del wifi, la caja negra de los aviones y el implante coclear” (pág. 120). Ese vestigio europeo a las puertas de Asia al que los ingleses ubican down under y que también está moldeado por la inversión china, pero donde hay “quienes advierten que las posiciones de poder político y económico siguen reservadas a los blancos, que los trabajos peor remunerados o más precarios son para los inmigrantes” (pág. 125). El país que tiene un Museo de la Democracia Australiana que informa al público sin ruborizarse que los aborígenes tienen derecho al voto en todos los estados sólo desde 1967” (pág. 134). Esa monarquía constitucional que forma parte del Commonwealth y reconoce la autoridad de la reina de Inglaterra y que deja en evidencia el tamaño de la esperanza de ciertas elites locales.

En el apartado dedicado a la potencia del norte (compartido y comparado con Canadá) destacan que “las bases del país líder comenzaron a crujir al compás de onerosos fracasos militares y de una creciente inequidad que les permitió a los ricos ser cada vez más ricos y convirtió a los pobres en más pobres y cada vez más lejos del sueño americano”. En el país con el mayor número de matanzas múltiples y con más presos del planeta por metro cuadrado, la manifestación deformada de esa frustración tomó la forma de dos nombres propios: Bernard Bernie Sanders y Donald Trump. Dos outsiders que le hablaron (con demagogias de distinto tono) al país al que el neoliberalismo le produjo el hundimiento de una parte de su industria, pero que además tiene una infraestructura arcaica. Uno llegó a la Casa Blanca montado sobre la rabia y el otro se rindió a los pies de una mujer del establishment por excelencia.

También recorren la dividida Corea, el “primer mundo” israelí en Medio Oriente (donde quizá, el mayor déficit sea la ausencia de una crítica al carácter estructural de un estado colonial, un enclave imperialista en tierras palestinas), los llamados emergentes o los BRICs a los que los unen las etiquetas y los dividen sus intereses nacionales, la tierra prometida del África con países como Sudán del Sur que tiene al 91 % de su población bajo la línea de pobreza o Níger donde la miseria (un escalón más debajo de la pobreza) afecta al 89,3 %, mientras que en Marruecos eso sucede sólo con el 2,5 %; o la frustración reciente del sueño desarrollista latinoamericano.

Según la difusa categorización que cruzó el siglo XX, encuentran muchos terceros mundos en los primeros y nichos de primer mundo en los terceros. Aunque, como sabemos, todos los primeros mundos son iguales, pero algunos son más iguales que otros.

En su monumental Historia de la Revolución Rusa, el teórico y dirigente marxista León Trotsky escribió hace casi cien años una idea que venía madurando desde inicios del siglo XX: “Las leyes de la historia no tienen nada de común con el esquematismo pedantesco. El desarrollo desigual, que es la ley más general del proceso histórico, no se nos revela, en parte alguna, con la evidencia y la complejidad con que la patentiza el destino de los países atrasados. Azotados por el látigo de las necesidades materiales, los países atrasados se ven obligados a avanzar a saltos. De esta ley universal del desarrollo desigual de la cultura se deriva otra que, a falta de nombre más adecuado, calificaremos de ley del desarrollo combinado, aludiendo a la aproximación de las distintas etapas del camino y a la confusión de distintas fases, a la amalgama de formas arcaicas y modernas. Sin acudir a esta ley, enfocada, naturalmente, en la integridad de su contenido material, sería imposible comprender la historia de Rusia ni la de ningún otro país de avance cultural rezagado, cualquiera que sea su grado”.

¿Dónde queda el primer mundo?... brinda muchos elementos que ilustran este precursor pronóstico y esa tendencia que el capitalismo, de todos modos, no puede llevar hasta el final.

Pero además, grafica extensivamente otra contradicción contemporánea que en el presente se manifiesta al rojo vivo: la que existe entre el desarrollo de las fuerzas productivas y el límite de los estados nacionales y que se expresa como crisis orgánica desde Estados Unidos al Estado Español, desde Inglaterra a Italia.

En las conclusiones, unen sagazmente dos fenómenos: el Brexit inglés y los acuerdos de paz en Colombia antes de que fueran rechazados en las urnas por los colombianos. Puede decirse que tuvieron razón en la forma de equivocarse, porque no eran ejemplos contrapuestos sino complementarios, pero estaban íntimamente relacionados por las tendencias sociales y políticas que recorren y condicionan el planeta, al punto tal que tanto unos como otros tienen inconvenientes para traducir el veredicto electoral en política concreta.

Al principio del libro incorporan una certeza que debería ser puesta en cuestión: “El capitalismo puede tener mejor apariencia, en parte porque se ha convertido en el único horizonte de organización socioeconómica que se percibe como posible” (pág. 14) y, citando a Mark Fisher y su Realismo capitalista, afirman que “el capitalismo ocupa sin fisuras el horizonte de lo pensable” (pág. 16). Eso hasta cierto punto es real, tanto como la existencia de “un movimiento anticapitalista de formas diversas –con grupos de ‘indignados’ en distintos países, partidos políticos antisistema, performances artísticas, ocupación de espacios públicos- hace oír sus críticas, aunque como señalan algunos intelectuales, esté más cerca de pedir que el capitalismo modere su voracidad que de promover una alternativa posible” (pág. 15). Esto abre un delicado debate sobre el álgebra entre la realidad de los movimientos y la estrategia de sus representaciones políticas: ¿qué responsabilidad tienen los jóvenes que apoyaron a Bernie Sanders en que éste haya terminado como complemento de Hillary Clinton o los que llevaron a Syriza al poder para que culmine aplicando el plan de ajuste que rechazó todo el pueblo griego? Una polémica que no por clásica es menos actual.

Todos deberían darse esta vuelta al mundo en doscientas páginas que proponen Hinde Pomeraniec y Raquel San Martín y seguramente saldrán con más herramientas para interpretar el mundo y abordar con mayor densidad la tarea más importante: transformarlo.

Porque, después de todo ¿qué otra cosa puede ser el “buen vivir” sino a cada cuál según su necesidad y cada quien según su capacidad?




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