17 de octubre

Un momento ambivalente

Cuando a fines de 1943 Juan Domingo Perón se hizo cargo de la flamante Secretaría de Trabajo y Previsión, en el marco de la dictadura militar iniciada unos meses antes, encaró un doble proyecto estrechamente relacionados: por un lado, la construcción de un todavía difuso proyecto político personal y, por el otro, un intento de atemperación de la lucha de clases a través de la reformulación del orden político-social existente sobre las bases de una mayor representación*.

Diego Ceruso

Profesor y licenciado en Historia

Sábado 17 de octubre de 2015 | Edición del día

Para este doble objetivo, entre varios que pueden señalarse, se orquestó desde el Estado un andamiaje que incluyó el reconocimiento de nuevos y viejos derechos laborales, se propició la intervención obligatoria del sector público en el mundo sindical, la generalización de los convenios colectivos, entre otras medidas. La necesidad que el sector social que debía ser interpelado para obtener estas metas fuera la clase obrera se anclaba en la lenta pero sólida experiencia de lucha y organización que se había construido desde hacía 70 años. En particular, la visibilidad que había logrado el movimiento obrero, más claramente el industrial, y el influjo de la izquierda, mayormente el comunismo y el socialismo, en dicho proceso coadyuvaron para que se evaluara como necesario direccionar hacia allí las políticas laborales para ralear a dichas corrientes políticas: “es indudable que en el campo de las ideologías extremas, existe un plan que está dentro de las mismas masas trabajadoras; que así como nosotros luchamos por proscribir de ellas ideologías extremas, ellas luchan por mantenerse dentro del organismo de trabajo argentino” (Discurso de Juan Domingo Perón en la Bolsa de Comercio el 25 de agosto de 1944).

La oposición de un sector de la burguesía, de una porción de las Fuerzas Armadas y de la mayor parte de los partidos políticos, entre otros actores, al proyecto encarnado por Perón fue el elemento que radicalizó posiciones dentro y fuera del régimen militar y que finalmente provocó su renuncia y posterior encarcelamiento. Los fuertes rumores, pero principalmente la sensación de gran parte de los trabajadores sobre la posibilidad de la derogación de las conquistas obtenidas hasta allí provocaron el inicio de las movilizaciones el día 15 de octubre en Rosario, Tucumán, Chaco y el sur del Gran Buenos Aires para luego extenderse, generalizarse y finalmente concentrase en la marcha a la Plaza de Mayo el día 17. La huelga general de hecho, originalmente convocada para el 18 por una dirigencia sindical que influyó en la movilización pero que se evidenció absolutamente rebasada por las bases, marcó un punto de inflexión en diversos sentidos: obtuvo la liberación buscada, abrió el surco hacia un escenario electoral de otra índole que el pensado por el régimen, permitió la construcción de una nueva alternativa política para Perón y constituyó un mojón político y cultural en la clase obrera argentina dotándola de una importancia pública de niveles hasta allí inéditos.

Además, el 17 de octubre permitió, tras el triunfo de las elecciones, el comienzo del “primer peronismo”, hasta 1955, y la concreción de un sistema institucional de nueva estirpe representado por un gobierno “nacional-popular” bajo un liderazgo burgués con una fuerte composición obrera de su alianza política. He allí el hecho determinante del 17 de octubre para la clase obrera: su propia movilización la situó en la escena pública de modo permanente y relevante de modo de convertir en inviable cualquier proyecto político que obviase interpelarla de algún modo. Incluso, el fuerte proceso de regimentación y burocratización en las organizaciones sindicales, en líneas generales, operado a partir de allí no pudo hacerse sin una permanente tensión con bases y/o dirigencias que apelaban a mayores rangos de autonomía o independencia respecto del Estado o del peronismo.

Así, entonces, se nos revela la ambivalencia del hecho analizado. Primero, como un momento a partir del cual los trabajadores conquistaron derechos, participación y mayor incumbencia política. En segundo lugar, tras encolumnarse tras un proyecto de la burguesía y un liderazgo en esa dirección, se fortaleció un proceso que buscó denodadamente su institucionalización, supeditó las organizaciones gremiales a la lógica estatal y, en última instancia, inhibió al proletariado en la construcción de una alternativa de independencia de clase.

Diego Ceruso: Profesor y licenciado en Historia, Facultad de Filosofía y Letras, Universidad de Buenos Aires. Investigador y cursó sus estudios doctorales en esa misma universidad. Autor del libro Comisiones internas de fábrica: desde la huelga de la construcción de 1935 hasta el golpe de estado de 1943, coeditado por Dialektik/PIMSA durante el año 2010. Ha publicado artículos sobre el sindicalismo, la organización de los obreros en el lugar de trabajo y su relación con las corrientes políticas de izquierda en la década de 1930 en Argentina.

* Reproducimos este artículo publicado originalmente el 16 de octubre del 2014.







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