Cultura

Un homicidio

Sábado 27 de diciembre de 2014 | Edición del día

Ha vuelto el homicidio. Justo cuando la secuencia feroz de los femicidios en su brutal abundancia nos iba acostumbrando a todos a la idea de la mujer objeto, a la idea de la mujer pasiva, la mujer a la que le hacen pero no hace, la que recibe pero no genera; justo entonces, justo ahora, justo a tiempo, se produce un homicidio. Toda muerte, o casi toda, es por sí misma lamentable; pero ésta, ya que ha ocurrido, puede al menos resultar útil para hacer retroceder el tan viejo como renovado estereotipo de la mujer que el machismo casi sin tregua produce y reproduce.

Una mujer, María Alejandra Lafuente Casco. Ni puro objeto ni siempre pasiva ni víctima esencial por vocación o por destino. Mató al marido: lo liquidó. No faltará quien precise suponer que lo hizo en un arrebato, para que atine a encajar al menos en el casillero convenido de los desbordes pasionales. ¿Fue un impulso? No sabemos. Pero sabemos que, después de matar, María Alejandra Lafuente Casco se ocupó de un quehacer imposible de obrar bajo el imperio de la emoción febril. Muerto el marido, vuelto cadáver, se encargó de desmembrarlo: el torso aquí, la cabeza allá, brazos y piernas ahí, acullá las manitos. Luego de eso, el reparto. Porque a María Alejandra Lafuente Casco tampoco le cabe el modelo de la mujer de su casa, la que apenas si transita por el barrio. Lo suyo es la gran ciudad. Y para gran ciudad, México DF. Un pedazo del consorte fue a parar a Colonia Roma, otro pedazo a la colonia Valle Escondido, y así siguiendo, fragmento a fragmento, en un arte de la diseminación.

¿Mujer loca? Es lo que el estereotipo del machismo manda. Si no es pasiva, que sea demente. No obstante, no ha sido el caso. La locura, en María Alejandra Lafuente Casco, no es reacción ni es fatalidad. Más bien lo contrario, llegado el punto: fue astucia y fue estrategia. Porque María Alejandra Lafuente Casco, psicóloga de profesión, acertó a hacerse pasar por loca, lo simuló y consiguió su objetivo; internada en un neuropsiquiátrico, se escabulló de la investigación policial.

Al final, es cierto, la agarraron. Y bueno: no todo el mundo puede ser Emma Zunz. Pero al igual que Emma Zunz, en todo caso, María Alejandra Lafuente Casco actuó, pensó, calculó, planificó y ejecutó, simuló y disimuló, fue un sujeto y no un objeto. No deja de ser un aporte al panorama actual de las luchas de género, que hoy por hoy se estaban tal vez atascando un poco en la tan deplorable versión de la mujer como cosa inerte, a merced de una iniciativa que es siempre, por definición, de otro.







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Martín Kohan   /    Cultura

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