Cultura

A 40 AÑOS - (I) LOS ANTECEDENTES

Un golpe contra la clase obrera y el pueblo

El 24 de marzo de 1976 los militares derrocaron a Isabel e impusieron la feroz y sangrienta dictadura que terminaría provocando la derrota del ascenso obrero y popular iniciado en el 69. Aquí, algunos de sus antecedentes.

Jueves 3 de marzo de 2016 | Edición del día

En esos años, los trabajadores y los sectores populares habían llevado adelante la gran gesta del Cordobazo, al que le siguieron otros “azos” en distintas provincias del país. A partir de ese momento –y como parte de una oleada internacional de radicalización política– la lucha de clases entró en una fase revolucionaria.

Además de contar con una importante fuerza numérica y peso social, la clase obrera llegó al Cordobazo con una gran experiencia de organización y de lucha contra el régimen cívico-militar impuesto en 1955. La mayoría de los trabajadores estaban afiliados a los sindicatos y en sus fábricas contaban con comisiones internas y cuerpos de delegados, organizaciones de base que les daba gran poder frente a las patronales.

A su vez, la situación abierta con el Cordobazo fortaleció la intervención de las corrientes de izquierda. En los años 70, la vanguardia obrera y la juventud se incorporaron a sus filas, especialmente en las organizaciones peronistas (Montoneros, FAP) o socialistas (PRT-ERP) que alentaban la vía guerrillera, estrategia que suplantaba la acción organizada de las masas por una guerra de aparatos militares. Las corrientes trotskistas, como el PST, también se vieron fortalecidas numéricamente.

Con la caída de Onganía y Levingston, tras el Cordobazo y el Viborazo, la burguesía entendió que debía rehabilitar al peronismo y llamar a elecciones para frenar el ascenso. El retorno de Perón del exilio era clave para contener la lucha de la clase obrera creando expectativas en las elecciones. Esta política logró un desvío, pero no puso fin al ascenso. Bajo el gobierno de Cámpora y luego de Perón, los trabajadores retomaron la lucha y enfrentaron el Pacto Social iniciando una experiencia con el peronismo en el poder.

En el año 1973 se desarrolló una crisis económica internacional. La “crisis del petróleo” y el inicio de los golpes de Estado impulsados por EE.UU. buscaban someter a su “patio trasero”. Para ello, diseñó el “Plan Cóndor” con la colaboración, entre otros, del imperialismo francés. El 27 de junio fue el golpe en Uruguay y el 11 de septiembre en Chile, donde se destacaban los “cordones industriales”.

Perón, Isabelita y la preparación del golpe

Perón buscó profundizar el Pacto Social y, ante el aumento de los reclamos obreros, reforzó el control estatal de los sindicatos (y el poder de la burocracia) a través de la Ley de Asociaciones Profesionales y alentó la represión paratestatal creando la Triple A. Desde su aparición en 1973, la organización parapolicial dirigida por López Rega persiguió y atacó a militantes de las organizaciones de izquierda y a los sectores de la vanguardia obrera y popular. También, el líder peronista, forzó la renuncia del gobernador de la provincia de Buenos Aires identificado con la Tendencia, Oscar Bidegain (reemplazado por Victorio Calabró, hombre de la UOM), y preparó el golpe que depuso al gobierno de Obregón Cano y Atilio López en Córdoba.

Con su muerte y la asunción de “Isabelita”, se profundizó el giro a derecha del gobierno a través del fortalecimiento de la política represiva. La triple A intensificó su accionar de la mano de Isabel y López Rega mientras que en Septiembre de 1974 se penalizó el derecho de opinión y las huelgas pasaron a ser un delito. Los ataques a locales partidarios y los secuestros y asesinatos de delegados combativos; defensores de presos políticos; periodistas y personalidades de la cultura eran moneda corriente.

La crisis orgánica que arrastraba la burguesía desde el 73 no logró resolverse durante el gobierno peronista, y en 1975 se profundizó. El gobierno atacó por derecha al Pacto Social y buscó un acercamiento con el imperialismo norteamericano. En junio el ministro de Economía, Celestino Rodrigo, anunció un paquete de medidas que beneficiaba directamente a los sectores concentrados: se devaluó la moneda un 100%, se elevó el precio de los combustibles y aumentaron los impuestos. Esta política de shock desencadenó una escalada inflacionaria, que sumado a la devaluación, atacaba directamente los salarios de los trabajadores. Por otro lado, gobierno puso un techo en las paritarias del 45%. Aunque los gremios más grandes consiguieron aumentos superiores a los establecidos, estos acuerdos fueron rechazados.

La experiencia de autoorganización de los años previos le permitió al movimiento obrero dar una respuesta rápida a los ataques de la burguesía. Se desataron nuevos conflictos en diferentes gremios para enfrentar el “Rodrigazo”: en Córdoba, Santa Fe, y más tarde, en el Gran Buenos Aires. Las movilizaciones se multiplicaron obligando a la burocracia sindical –que pretendía poner paños fríos en la situación– a actuar. En este proceso ganaron influencia las Coordinadoras interfabriles de GBA, Capital Federal y de algunas ciudades del interior. Eran órganos de Frente Único integrados por comisiones internas y organismos de base que prepararon un plan de lucha común.

La CGT se vio obligada a llamar a una huelga general para el 7 y 8 de julio. El paro fue total y marcó un hito en la historia política argentina: fue la primera huelga general contra el peronismo en el poder.

El gobierno debió retroceder y anunció la homologación de las paritarias. Además, se logró la caída de Rodrigo y López Rega, que huyó del país. El papel de la burocracia (quien mantuvo su apoyo incondicional a Isabel) y de la JTP (que no rompió con la política conciliadora peronista) fueron claves para evitar la caída revolucionaria del gobierno. Aunque existían dos grupos trotskistas (el PST y PO) no solo por su número sino también por su política, no lograron ser alternativa independiente y revolucionaria de dirección para los trabajadores.

La lucha entre las fuerzas revolucionarias y contrarrevolucionarias de mediados del 75, sumado a la debilidad de Isabel, llevó a la burguesía y al imperialismo a impulsar el golpe militar del año siguiente como salida a la crisis política.

A comienzos de marzo del 76, el nuevo ministro de Economía lanzó el Plan Mondelli, una suerte de reedición del Rodrigazo. Las Coordinadoras volvieron a movilizarse pero el golpe militar de Videla & Cía ya estaba preparándose con el apoyo de los partidos políticos burgueses, la Iglesia y la inacción de la burocracia. El objetivo era claro: eliminar la vanguardia obrera, reestablecer el orden y aumentar la productividad en beneficio de los grandes capitales.







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