Un fletero comprometido con su carga (homenaje a nuestro Antonio Machado)

Demián Elizalde

Estudiante de FADU-UBA

Viernes 12 de abril | 17:30

Hay quienes pasan su vida llevando cosas. Hay veces que en ese llevar, en lo único que reparamos es en el tamaño, en la cantidad, en el peso. Y claro, no es lo mismo cargar una riñonera, una mochila o veinte cañas. Hay quienes entre las cosas que cargan ocultan. Gente de aspecto común carga bolsos en algún andén en busca de otra vida. Otros, que los mismos bolsos los llenan de billetes hasta falsear el cierre. Algunos de esos llevan también escopetas. Siempre lo que se carga habla de lo propio, de sus proyectos y de sus emociones.

Pero todo esto se quiebra cuando una vida entera se vuelve de viajes de carga. La vida de un fletero rompe con la norma de cargar cosas a las que el portador les tiene afecto. Un fletero lleva cargas de un lugar a otro. Siempre distintas cargas y a distintos lugares sin salir de ese circuito que termina por esfumar su salud.

Pero, ¿alguien conoce algún fletero que, en horarios descabellados, en lugares desde los más pintorescos de la recoleta hasta los más reventados lleve y traiga siempre la misma carga? Cualquiera que lo investigase terminaría por sacar la conclusión de que es un loco. Si tuviese la posibilidad lo atraparía y le sacaría a golpes una explicación de lo que hace.

En un mundo de alienación y desapego entre lo que uno hace en su trabajo y la persona; se vuelve imposible pensar que hay una idea del fletero entre las cosas que carga.

Pero hubo una excepción. Un tipo que laburó treinta años llevando y trayendo varias veces por semana, incluso varias veces en un mismo día la misma carga. Año a año. Al principio poco peso, pero con el correr de los meses cual bola de nieve se fue agigantando. Cada vez eran más manos las que recibían su carga. Que se encariñó quizás con ella, pero sin duda por las ideas que representaba. Las ideas de un mundo donde la norma de una persona sea la del afecto por lo que hace y no la obligación de hacerlo.

Me cuesta comprender cuándo fue que empezó a mezclar entre las cañas y los bombos las sonrisas. O cuando fue la primera vez que sintió la confianza para darle un abrazo a un joven completamente desconocido para él hasta ese entonces. Es que las luchas aceleran los tiempos y quizás entonces cinco minutos parecen una eternidad.

Este sistema nos roba a los imprescindibles, pero nos deja la responsabilidad de llevar otra carga. Todos los días a cualquier hora y a los lugares más variados. El recuerdo de ellos. Los Machado del mundo que dejan su vida (en el sentido figurativo y a su vez literal) en una madrugada.

¡Hasta siempre Machado!







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