Cultura

NUESTRA HISTORIA EN EL ARTE

Un episodio de fiebre amarilla

¿Quién no se preguntó alguna vez “qué tienen que ver conmigo todas esas obras de arte que llenan los museos”? Te invitamos a recorrer juntos algunas producciones y episodios... y a descubrir que tienen mucho más que ver de lo que parece a simple vista. En esta edición “Un episodio de fiebre amarilla en Buenos Aires” de Juan Manuel Blanes (1871).

Domingo 17 de abril de 2016 | Edición del día

Un cuarto de conventillo en la ciudad de Buenos Aires. Una familia de inmigrantes. La madre muerta en el suelo y un bebé colgado de su pecho. Utensilios repartidos por el piso dan cuenta de un instante en que la cotidianidad ha sido quebrada. Dos notarios observan la escena. En último plano otro hombre muerto, posiblemente el padre. El torso desnudo, descansa sobre un arcón devenido en cama (y casi podemos leer en qué barco cruzaron el mar). Escoltando la puerta, un niño. El pecho en alto, bañado de luz. No mira adentro ni afuera. Sus ojos cargados de agua, aguantan las lágrimas. Los pies descalzos, entrecruzados, sostienen su joven fortaleza.

Fiebres amarillas

En 1871 Buenos Aires tenía ya 195.000 habitantes, no contaba con agua potable ni cloacas, ni recolección de residuos. Entre enero y abril de ese año la ciudad fue asolada por la epidemia. 145.000 personas debieron abandonar la ciudad y sus hogares. 14.000 murieron en el transcurso de esos meses, en su inmensa mayoría pobres e inmigrantes, aquellos que vivían en condiciones más precarias y hacinados, en la zona sur de la ciudad entre quienes la epidemia fue devastadora. La mitad de los muertos fueron niños.

Feos, sucios y malos

Recién 10 años después se propondría la tesis en la Habana del mosquito como transmisor de la epidemia. Por aquellos días, junto con la fiebre amarilla otra peste sacude Aires: un brote agudo de xenofobia señala a los inmigrantes como responsables de la enfermedad. Se generalizan las requisas policiales en los conventillos y en muchos casos se hacen hogueras con las pertenencias de los inquilinos y luego se procede a cerrar los establecimientos dejando a la gente en la calle.

Ellos y nosotros

¿Algún lector se sorprenderá al enterarse que el presidente Sarmiento y su vice Alvear, estuvieron entre los primeros en abandonar la ciudad a su suerte para ponerse a resguardo en la soledad de sus estancias y fincas en el interior?

Su salud y la nuestra

De 160 médicos que había en la ciudad al iniciarse la epidemia, solo 60 se quedan para asistir a los enfermos. En la pintura, los dos hombres de traje que contemplan la escena son los médicos Argerich y Roque Pérez que, al igual que Muñiz, permanecieron en la ciudad y murieron mientras asistían a los enfermos. Aunque el original de la obra se encuentra en el Museo de Artes Visuales de Uruguay, una réplica en relieve puede verse en Buenos Aires sobre la calle Caseros cerca del Hospital Muñiz especializado en Infectología, en homenaje a todos los que dejaron la vida durante la epidemia. En la actualidad, 145 años después, son los médicos y los trabajadores de la salud quienes a pesar de la falta de presupuesto e insumos y trabajando en pésimas condiciones, mantienen vivos nuestros hospitales.

Abril

El 10 de abril se registra el mayor número de muertos en un sólo día: 535. Luego este número empieza a disminuir. La epidemia está menguando. Por cierto no fue por la (im)pericia del gobierno, tampoco se trató, como muchos supusieron de que algún Señor en los cielos respondiera a las plegarias del pueblo diezmado. Lo cierto es que, igual que ahora pero hace 145 años, abril llegaba con los primeros fríos del otoño que se ocuparon de disipar los insectos vectores de la epidemia.

Plan de obras públicas

Con las secuelas de la epidemia todavía presentes se empieza a discutir la necesidad de proveer a la ciudad de agua potable y un sistema de cloacas y de manejo de residuos. Pasa el tiempo y con la vuelta a la normalidad, las obras llegan solamente a Barrio Norte y Recoleta, nuevo destino de los ricos que con la crisis habían abandonado los barrios bajos de San Telmo y Montserrat, transformando sus casonas en nuevos y rentables conventillos.

No tan distintos

Algunos la consideran la primera obra “moderna” del Río de la Plata y, aunque fue realizada hace casi 150 años, se puede decir que la historia que cuenta mantiene una triste actualidad: hoy en la Argentina capitalista, todavía son las mujeres más pobres, los trabajadores, los inmigrantes, los jóvenes, las principales víctimas de las ’crisis sanitarias’; son quienes viven aún hoy en las peores condiciones, sin agua potable y sin cloacas expuestos a todo tipo de enfermedades y padecimientos.






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