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Un discurso anti inmigrantes y militarista de Trump ante el Congreso

Aunque la prensa americana e internacional preveía un discurso moderado para este primer “estado de la unión” de Trump, la alocución del presidente sorprendió a propios y a extraños superando las expectativas.

Jimena Vergara

@JimenaVergaraO

Miércoles 31 de enero | Edición del día

El primer “Estado de la unión” de Donald Trump y como vaticinaba la prensa mundial, mostró a un presidente moderado y conciliador. A pesar de ello y como subproducto de la “inestabilidad” del presidente, los fuertes choques entre el ejecutivo y el FBI apenas 24 horas antes de su comparecencia, mantenían en vilo a algunos.

A nivel internacional y por primera vez, el actual habitante de la Casa Blanca justificó su agresiva política exterior en los “valores occidentales” como la “democracia” y la “libertad”, utilizados por administraciones pasadas (demócratas y republicanas) para justificar la "guerra contra el terrorismo" y la injerencia norteamericana en Medio Oriente y otras latitudes del globo.

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La investigación en curso encabezada por el FBI respecto al llamado Rusiagate, fue la gran ausente del discurso. A decir de varios analistas, después del agrio cruce entre el FBI y la administración de Trump del día de anterior, la omisión del presidente respecto a su complicidad en la injerencia rusa en las pasadas elecciones presidenciales, tuvo el claro objetivo de desestimar la labor de un sector de la cúpula de la inteligencia estadounidense.

Cabe recordar que apenas el día de ayer, el ejecutivo y la bancada republicana intentaron presionar para hacer público un Memorándum elaborado por un operador republicano que supuestamente contenía información clasificada que exculpa a Trump en el llamado Rusiagate y pondría en cuestión la labor efectuada todos estos meses por el FBI. La presión fue tal que el subdirector del Buró Federal de Inteligencia renunció a su cargo en las primeras horas del lunes.

Si bien la percepción de los primeros meses de la administración es que todo volaría por los aires, la realidad es que el gobierno Trump ha sabido navegar por las turbulencias de sus propias contradicciones, nunca eliminándolas pero manteniéndolas a raya de un derrotero catastrófico. Dice Paul Heideman, editorialista de Jacobin que el Estado norteamericano es un aparato de dominio tan efectivamente poderoso que aun con un pésimo gestor al frente puede “hacer que las cosas se muevan hacia algún lado”.

Es un hecho que el trumpismo fue derrotado en aspectos claves de su discurso de campaña: fue incapaz de derogar el Obamacare e imponer sus condiciones hasta al final en la renegociación del NAFTA; está profundamente cuestionado por el Rusiagate; tuvo que purgar su gabinete producto de la presión interna, prescindir y confrontarse con su ex jefe de campaña Steve Bannon que representaba en la Casa Blanca a su base electoral y tuvo que retroceder en los aspectos más agresivos de su política migratoria (la cancelación de DACA por ejemplo que hoy es claramente moneda de cambio en el Congreso para la construcción del muro en la frontera).

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Pero en el medio de los recurrentes escándalos y las intrigas palaciegas que durante meses hicieron que los más prominentes analistas de la prensa americana plantearan que había una verdadera guerra civil al interior de la Casa Blanca, un sector de la cúpula del ejército logró atemperar coyunturalmente la crisis gracias a su habilidad para “poner orden” al interior del círculo cercano del presidente. Al mismo tiempo el trumpismo avanzó parcialmente en aspectos de su programa.

Así lo demuestra la aprobación de la reforma impositiva que garantiza ganancias millonarias a importantes sectores de la burguesía imperialista que no necesariamente están conformes con la presidencia actual. Es el caso del sector extractivista o aquel que reside en Silicon Valley. Por ello en medio de referencias a los “fundadores de la patria” como Washington, Jefferson y Lincoln, Trump se atrevió a sentenciar que el actual es “un nuevo momento americano”.

“Make America Great Again”

Desde el inicio de su alocución Trump planteó ante una audiencia expectante que demócratas y republicanos tenían que trabajar para llegar al objetivo de “Make America Great Again”.

Una buena parte del discurso estuvo dedicado a resaltar los “logros” de su administración, tamizados por las estadísticas tramposas de los estadistas republicanos.

En la América de Trump, se habrían creado 2.4 millones de empleos en el último año (la mayor parte en realidad engrosaron el llamado “empleo basura”), se habría incrementado cualitativamente el salario y las principales empresas trasnacionales norteamericanas estarían invirtiendo millones de dólares directos a la economía estadounidense.

Desde luego no faltó la mención a una de las empresas estrella del sector Silicon Valley, Apple, que como compensación por la reforma impositiva invertirá 3.5 billones de dólares en Estados Unidos este año. Asimismo el emporio petrolero Exxon Mobile, beneficiado por la desregulación en materia ecológica invertirá 50 billones de dólares en suelo estadounidense.

El actual representante de la principal potencia mundial, reivindicó también todas las reformas en materia de administración del Estado que según él, estarían liberando las finanzas nacionales del yugo de los tremendos gastos en burocracia que abonaron al déficit fiscal de los años previos.

Desde luego esta política para crear un “Estado barato” en realidad ha implicado el desfinanciamiento de programas sociales en materia de salud y educación.

El presidente republicano también presentó ante la opinión pública, una exagerada recuperación de la industria automotriz norteamericana que según él “estaría abandonando México para reinvertir en Estados Unidos”. Aunque el actual presidente dijo que esto está sucediendo en todo el país, se refirió específicamente al caso de Chrysler que ante la presión del ejecutivo estaría construyendo nuevas plantas automotrices en Alabama y Michigan.

La negociación sobre materia migratoria

En materia migratoria, Trump planteó que su administración ha presentado ante el congreso una iniciativa donde “todos tienen que ceder en algo”. Cuyos pilares fundamentales se basan en: 1) la oferta de legalización de 1.8 de inmigrantes sin papeles que claramente incluye a los casi un millón de dreamers, 2) la construcción del muro en la frontera con México que claramente se ha convertido en la moneda de cambio con el Partido Demócrata en el congreso para avanzar en la legalización de los beneficiarios del programa DACA, 3) la reforma del programa de visas para obtener el permiso de residencia que Trump llamó “la lotería de visas” y 4) Restringir a la familia nuclear (cónyuges e hijos) la posibilidad de solicitar la residencia para parientes en el extranjero.

De Guantánamo a Jerusalén

En materia internacional, después de asegurar que la lucha contra ISIS ha sido absolutamente exitosa, Trump planteó que los Estados Unidos están junto al pueblo de Corea del Norte y de Irán en su lucha por “libertad” contra sus respectivas “dictaduras”.

Además planteó la persistencia de Guantánamo que funciona en Cuba como campo de concentración ilegal y arremetió contra los gobiernos “comunistas de Venezuela y Cuba” que amenazan los “valores norteamericanos”.

Donald Trump reivindicó también el nombramiento de Jerusalén como capital del estado sionista de Israel.

Nada está dicho hacia las elecciones intermedias

A pesar de que hay mucha inquietud republicana sobre la presidencia de Donald Trump, los legisladores del partido de los “elefantes rojos” parecían eufóricos ante la “moderación” y “coherencia” del líder de la superpotencia. Habrá que seguir a pulso los vaivenes de un gobierno que por sí mismo, ha comenzado a poner en entredicho la estabilidad interna y del orden mundial.

El Partido Republicano está ante el peligro de perder la mayoría en el Congreso y un sector amplio no parece pensar que Trump “vale la pena”. Las pasadas elecciones locales en Alabama y Virginia demostraron que Trump enamora cada vez menos y que hay un amplio repudio a lo que los medios llaman su “política de odio”.

Por su parte la oposición no la está pasando bien. La cara desencajada de Nancy Pelosi, cabeza del Partido Demócrata durante el discurso del presidente y de los demócratas presentes, refleja la profunda crisis que impera en el partido de los “burros azules”, que tendrá que redefinir rápidamente su estrategia electoral y en el Congreso, si tiene ambición de asestar una derrota importante a los republicanos en este año de elecciones intermedias.








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