Cultura

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Un cuadro de la hija artista de Macri cuesta lo mismo que 55 salarios mínimos

Gimena Macri estudió en el IUNA y viajó a Estados Unidos para perfeccionarse en Artes Visuales. También estudió dibujo en Londres. En 2004, vendió sus obras hasta por unos 25.000 dólares. Cabe preguntarse, ¿Es esta la realidad de la mayoría de los artistas y trabajadores?

Agostina Orellana

Estudiante de Cine - UNLP

Sofía Matta

Estudiante de Artes Plásticas - Facultad de Bellas Artes

Lunes 7 de mayo | Edición del día

En las facultades de arte, vemos como miles de estudiantes de diversos países y provincias vienen todos los años a estudiar distintas carreras artísticas. No solo tenemos que pagar alquileres carísimos, sino también los servicios de luz y gas, y un boleto que cada vez aumenta más. Muchos no tenemos familias que nos puedan costear los gastos de vida, ni que decir de la carrera, y mucho menos pagarnos becas al exterior. Nuestra realidad no está aislada de lo que sucede a nivel nacional, donde el gobierno, como lo demuestran los aumentos en las tarifas y los despidos, quiere seguir avanzando sobre las condiciones de vida de los trabajadores.

Mozos, cocineros, repartidores, niñeras, encargados en kioscos, emprendedores. Son cientos los trabajos mal pagos y precarizados que nos rebuscamos para poder seguir la carrera. Muy diferente es nuestra realidad a la realidad de personajes como Gimena Macri, que viaja al exterior y se pasea por galerías de arte a las que accede solo una pequeña minoría de la población. Y lo puede hacer porque es parte de otra clase social, la de los empresarios. La que fomenta la idea de un arte mercantilizado, donde las obras de los pocos artistas reconocidos se venden por precios millonarios, mientras que las grandes mayorías trabajadoras quedan por fuera del disfrute del mismo y ni hablar de poder desarrollar cualquier tipo de arte u ocio.

Hasta hoy, los espacios que sirven para la exposición de obras, desde galerías, museos, bienales, festivales de cine o centros culturales, son escenarios transitados por una minoría del “sector artístico”, críticos, académicos, intelectuales que pueden hacer libre uso de su tiempo en el desarrollo de conceptos y herramientas que van abriendo paso a diferentes innovaciones sobre cada disciplina que abarca el arte contemporáneo. Un círculo de artistas y un mismo público al cual es cada vez más costoso el acceso.

Estas grandes estructuras, que si bien muchas se han levantado al interior de los barrios -en su intento de alejarse de ese arte tradicional dispuesto para el disfrute en privado de una elite- son espacios que reflejan una mirada muy alejada de la realidad que convive a su alrededor. Como la de los trabajadores que tienen que hacer turnos rotativos de hasta 12 horas antes de volver a su casa, donde el tiempo para lo simple como estar con la familia se vuelve la ocasión que escapa de la rutina. O la de los sectores populares, que día a día se la rebuscan para conseguir un plato de comida.

¿Qué distinto sería si en todo trabajo se repartieran las jornadas laborales, trabajando 6 horas (o menos) con un sueldo igual a la canasta familiar? De esa manera dejaría de haber desocupados, y además todos tendríamos el tiempo necesario para desarrollar cualquier tipo de arte.

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Si entendemos al arte como una herramienta para cuestionar la realidad, ¿por qué esto no se refleja en la formación académica de las universidades de arte? Al contrario, estamos acostumbrados a que nos resalten el individualismo y la competencia entre nosotros, a escuchar grandes discursos sobre que “si nos esforzamos, hasta podemos llegar a ser ministros de cultura o decanos”. Es decir, la universidad, y quienes la manejan, en vez de formarnos de manera que cuestionemos a un régimen que mantiene un arte para pocos, un régimen donde ni siquiera quienes accedemos a una formación académica sabemos si podremos vivir de esto en el futuro, nos prepara para adaptarnos al “estado de cosas actual”.

Pero... ¿Cómo resignarse ante un sistema que no tiene nada para ofrecer a nuestro futuro?

Cuando estamos atravesados por movilizaciones, por demandas, por reclamos que se escuchan desde cada lugar de trabajo y hacen eco en las calles, la pelea por democratizar los espacios culturales, tiene que cuestionar y proponerse transformar este sistema de raíz. Por una sociedad donde el libre acceso al tiempo de ocio de la clase trabajadora, sea el desarrollo pleno de ese arte que no solo desnudará la vida, sino que le arrancará la piel.








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